Las dos puertas en Kobo

30 01 2020

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Emociones

23 01 2020

Cuando ella se dio cuenta de que su hermano había parado, solo pudo preguntarle:

—¿Qué pasa? —y temió la respuesta que pudiera darle.

Él no contestó enseguida. Por contra, dirigió su mirada hacia un punto al que ella no alcanzaba a ver.

—Estamos solo —respondió al fin.

Y, entonces, comprendió. Su hermano tenía razón. Allí solo estaban ellos, nadie más. Un grupo de siete personas que hacía poco tiempo que se conocía. El resto del espacio había quedado vacío de gente, cuando lo normal era todo lo contrario, incluso a aquellas horas en las que el sol ya había abandonado el cielo. Y la razón era simple. Solo la presencia del hombre impedía que también ellos hubieran huido del lugar. Porque entonces pudo sentirlo bajo la capa del influjo de seguridad que irradiaba su hermano. El miedo.

Entonces, él comenzó a caminar hacia el lugar que no había dejado de escrutar desde que paró el ejercicio.

—¿Qué te pasa? —le preguntó alguien—. ¿Por qué paras? —pero el interpelado desoyó ambas preguntas.

—No dejes que nadie se acerque —ordenó, sin embargo, a su hermana.

Ella cambió su posición para contemplar hacia dónde se dirigía. Y, entonces, los vio. Eran tres, y rodeaban a una joven que nada entendía de lo que estaba a punto de ocurrir. A simple vista, parecían personas normales. Pero ella los conocía bien. Y no auguraba nada bueno de los sucesos del futuro inmediato.

Pero, ¿por qué?, se preguntaba. ¿A qué venía todo esto ahora? Y supo que el destino estaba a punto de hacer de las suyas de nuevo.

Cuando él se acercó al grupo de su interés, se quedó mirándolos. Ninguno se había percatado de su presencia. Pero la imagen era clara. Los tres individuos de aspecto normal estaban acosando a la muchacha, que nada sabía del peligro en que se encontraba. Ella se revolvía, muerta de terror, en un intento de escapar de ellos. Pero no podría hacerlo, no de aquellos seres.

Cuando el hombre tuvo bastante, lanzó una orden, aún a sabiendas de que no sería acatada. Como era de esperar, ninguno llegó si quiera a escucharla, dado el clímax de excitación en el que se encontraban. Entonces, con un rápido movimiento, cogió a uno de ellos por la parte trasera de la sudadera que vestía y lo lanzó por el aire hacia atrás, a varios metros de distancia de donde se encontraba.

Ahora sí, los dos que quedaban prestaron atención a su persona, sorprendidos por la interrupción. Pero, cuando se percataron de a quién tenían frente a ellos, soltaron a su presa mientras siseaban. Sus ambarinos ojos hacían contraste con la cenicienta piel que envolvía el rostro de ambos. Cuando volvieron a emitir ese gutural siseo, la imagen de sus dientes afilados y ennegrecidos no mejoró el aspecto que tenían.

—¡Déjanos en paz! —arguyeron—. Necesitamos alimentarnos.

—Las alcantarillas están llenas de ratas. Ahí tenéis vuestro alimento —sentenció sin alzar la voz.

Y la reacción que tuvieron los dos monstruos fue la esperada. Uno de ellos saltó hacia él mientras sus cuerdas vocales emitían el tan característico siseo. El hombre, por su parte, no se inmutó y solo levantó su brazo derecho, abriendo por completo la palma de su mano. Cuando la criatura impactó contra esta, salió disparada hacia atrás mientras chillaba de dolor. No pudo hacer nada más mientras su cuerpo se iba deshaciendo como si fuera ceniza de madera. El otro, por su parte, entendió el mensaje a la perfección y huyó corriendo. Pero él hombre no estaba dispuesto a dejarlo marchar ahora. Recurriendo a su magia, desapareció de donde se encontraba y apareció en medio de la trayectoria del otro. Este, por su parte, no llegó a percatarse hasta que él hombre puso su mano sobre su pecho. El resultado fue el mismo que el de su compinche.

Durante unos segundos, se quedó mirando los restos de polvo que quedaron en el suelo de piedra. Solo cuando su hermana lo llamó, volvió a la realidad del momento. Y lo hizo para percatarse que aquello todavía no había acabado. Ahora, el tercer engendro que quedaba en pie, el primero del que pensaba haberse deshecho, la tenía a ella. No a su hermana. Si no a ella.

La tenía abrazada contra sí mientras una de sus garras apretaba contra su cuello, justo en una de sus venas yugulares.

—No te acerques —le ordenó la criatura cuando el hombre comenzó a caminar hacia ellos.

Él no obedeció y siguió aproximándose.

—He dicho que no te acerques —repitió—. O ella muere.

El hombre paró esta vez. Pero hizo un ligero movimiento de giro con su muñeca.

La chica, atrapada todavía entre las garras de la criatura, pudo escuchar el crujido del cuello de esta cuando se rompió. Entonces, la presión sobre su cuerpo se relajó y el monstruo calló al suelo. Cuando bajó su rostro para contemplarlo, comprobó cómo este se estaba desintegrando de la misma forma que hicieran antes sus dos compañeros. Una vez hubo desapareció, torció su gesto para mirar a la persona que le había salvado, pero él también había caído al suelo. Durante un segundo, no supo qué hacer. Pero la angustia la invadió y salió disparada hacia él. No hubo dado ni dos pasos, cuando alguien retuvo su carrera. Cuando se giró, furiosa, se encontró con el rostro de la hermana del otro.

—No puedes hacer nada por él.

Ella no comprendió las palabras de la otra. Pero, entonces, el cuerpo del hombre empezó a difuminarse en el entorno, hasta que, finalmente, desapareció del todo.

—¿Qué… Qué ha pasado? ¿A dónde ha ido?

La interpelada no contestó. Por contra, recogió sus cosas y comenzó a caminar.

—Será mejor que vengas conmigo —le conminó a la otra. Pero ella no supo moverse—. ¡Rápido!

Entonces, sin saber cómo, comenzó a caminar hacia la mujer, justo después de recoger también ella todas sus pertenencias.

El resto de personas se quedó allí, sin saber qué hacer. Pero ellos no importaban.

· · ·

Iba a hacer una pregunta cuando la otra se adelantó.

—Está en casa —empezó sin siquiera mirarla—. Como siempre que ocurre lo mismo.

—Pero…

—No lo sabemos —no la dejó terminar y tampoco añadió nada más.

Tras unos minutos caminando aprisa y sin mirarse la una a la otra, volvió a hablar.

—A nosotros también nos pilló por sorpresa cuando el poder de mi hermano despertó.

—No lo entiendo —fue lo único que la otra pudo articular.

—Tampoco nosotros. Pero es así.

»Mira —continuó—, las cosas van a cambiar a partir de ahora para ti, así que es mejor que empieces a aceptar todo esto… Espera, no me interrumpas y escucha… el mundo no es como la mayoría cree. Todos los cuentos que has oído, todos los mitos y leyendas, son reales. Junto a nosotros, conviven un sinfín de criaturas que, hasta ahora, solo pensabas que existían en el imaginario colectivo. Pero no es así. Y, como todo en este mundo, algunas de esas criaturas son buenas y otras son malas. Las que has visto hoy son de estas últimas. Chupasangre los llamamos. Vampiros, si los prefieres. Pero olvida todo lo que sabes. Sobre todo la versión romántica del vampiro que ha llegado a nuestros días. Son crueles y nos odian. Odian nuestros sentimientos y nuestras emociones. Pero, a la vez, dependen de ellas para sobrevivir. Se alimentan de nuestra sangre para poder acceder a ellas y sentirse, por un segundo, humanos. El problema es que cada vez que lo hacen, acaban con la vida de alguien. Eso es lo que iba a pasarle a la niña esa.

»No sé si te percataste que estábamos solos allí, cuando lo normal es que hubiera un montón de gente paseando por el lugar. Eso es porque, en el fuero más profundo de nosotros, todavía no hemos olvidado del todo este mágico mundo. Cada vez que evitas cruzarte con una persona, cada vez que decides no entrar en una calleja oscura, es porque tu instinto más primario está avisándote de un peligro que no puedes comprender. Eso es lo que ha pasado hace un momento. En una situación normal, también nosotros hubiésemos huido de allí sin saber por qué. La diferencia es que estaba mi hermano. Su influjo nos protegió. Él es una de las pocas criaturas benevolentes que todavía quedan en el mundo, y su misión es proteger al resto.

»Sé lo que estás pensando. Él es todo lo humano que puede ser. Igual que tú e igual que yo. Pero algo en él lo hace especial. Nadie comprende aún cómo ocurre. Pero lo cierto es lo que te estoy diciendo. Estos humanos especiales se encargan de instruir a los que acaban de descubrir sus poderes, para que el equilibrio se mantenga.

»El equilibrio… Es una cruel paradoja. Mi hermano tiene un vasto poder entre sus manos. Pero este solo se manifiesta cuando es necesario, en situaciones como la de hoy. Imagina qué podría hacer alguien con tanto poder. Por eso, su magia se autocontrola a sí misma. Y solo en situaciones de peligro despiertan sus facultades. Cuando el peligro pasa, estas vuelven a desaparecer. Pero la magia consume su cuerpo y su mente hasta límites insospechados. Y cada vez que hace uso de ella, cae en un sopor reparador. Lo cual es también otra extraña paradoja, pues es el momento más vulnerable para él. Pero la magia no lo abandona del todo, sino que, antes de desaparecer, lo devuelve al sitio más seguro para él, su hogar, para que recupere fuerzas. Ahora está en casa, en su habitación, durmiendo en su cama. Solo hay un problema. Cada vez que hace uso de sus poderes, tarda más en despertar. Hasta que un día ya no lo haga —terminó en un débil susurro.

Quedaron en silencio. La otra mujer no supo que contestar a toda esta historia. No podía creerla, salvo por el hecho que algo le decía en su interior que todo era cierto.

—¿Y yo? ¿Qué pinto en todo esto? —se atrevió a preguntar al fin, sobre todo por las palabras de la otra al principio de la historia.

Por un momento, la primera mujer no escuchó a la otra, como si estuviera sumida en sus propios pensamientos. Incluso, cuando se giró para mirarla, parecía que acabara de percatarse que esta la acompañaba.

—Piensa un poco —retomó la conversación al fin—. Cuando mi hermano atacó al primer chupasangre, este cayó lejos de ti, mucho más cerca de cualquiera de nosotros. Pero él fue directo a por ti, olvidándose del resto. Eres su debilidad, y ellos lo perciben… Sí, lo sé. Me contó lo que hablasteis. Tú no lo amas. Pero eso no oculta el hecho de que él a ti sí. A partir de ahora estarás en peligro por esto mismo… Créeme, si él pudiera evitar que así fuera, lo haría. Pero ya te habrás dado cuenta que nadie controla mucho en esto de la magia.

Y con aquel repentino silencio, abrió la puerta de su vivienda. La otra mujer ni se dio cuenta a dónde la llevaban hasta que llegaron allí. Entraron en los aposentos de su hermano, donde las dos comprobaron que él se encontraba bien. O todo lo bien que podía estar ahora.

—Ven, te curaré eso —le dijo mientras le señalaba en el cuello, donde el chupasangre la había amenazado con una de sus garras. Ni siquiera se había percatado que estaba herida.

Cuando terminó de limpiarle la herida y tapársela, la llevó a otra estancia de la vivienda.

—Tienes que aprender a defenderte, pues él no estará siempre cerca para hacerlo por ti —y, con aquellas palabras, abrió un cajón de una cómoda y extrajo un pequeño puñal de doble filo y manufactura delicada. Se lo tendió para que lo cogiera, pero la otra no se atrevió a hacerlo—. Vamos, cógelo.

Ante la orden, estiró su mano hacia él. Cuando lo sostuvo en su poder, el cuchillo comenzó a brillar. Al cabo de unos segundos, este había desaparecido. Pero la mujer sabía muy bien a dónde había ido, pues lo sentía dentro de ella.

—Es un puñal mágico. Embebido con la sangre de mi hermano. Gracias a esto, quien lo empuñe puede deshacerse de cualquier criatura como lo haría él. Pero no puede utilizarlo todo el mundo. Solo aquellos que han unido su destino a mi hermano.

»Sí, para bien o para mal, ahora formáis el uno parte del otro. No es culpa tuya —la tranquilizó cuando vio el gesto de su semblante—. Ni de él tampoco. Fue el chupasangre el que ligó vuestros destinos cuando cometió el error de atacarte. Por eso el cuchillo ha pasado a formar parte de ti. Si no estuvieseis unidos, el puñal no te hubiera aceptado.

»A mí tampoco me gusta. No por ti. Me importa un bledo lo que te ocurra. Si no por él. Como te he dicho, eres su debilidad. Aunque él no sea la tuya.

Y calló. La otra tampoco replicó.

—Tendrás que aprender a llamarlo —la interpelada no entendió—. No puedo ayudarte en esto. Tendrás que buscar tú el motivo para que acuda a ti cuando lo necesites. Y hazlo rápido. No vas a salir de aquí hasta que lo consigas.

Y con aquella última sentencia, salió de la habitación cerrando la puerta tras ella.

· · ·

Volvió a entrar en la habitación pasadas unas horas. Llevaba consigo una bandeja con un poco de comida y agua. Pero se sorprendió al encontrar a la mujer totalmente concentrada, sentada en el suelo en posición de loto. Solo cuando esta lanzó un exabrupto, se dio cuenta de que ella había entrado.

Se miraron. Pero ninguna de las dos dijo nada. Parecía que la sinceridad que había mostrado la primera había levantado una barrera entre ambas que ahora parecía insalvable. No le importó. Así que dejó la bandeja encima de la cómoda, y salió de la habitación sin mediar palabra alguna.

Tras un par de horas más, volvió a entrar en la estancia, esta vez para recoger la bandeja. Se encontró con que la mujer estaba en la misma posición en la que la había dejado. La comida no la había tocado.

—No lo estás enfocando bien —la interrumpió al fin.

La otra mujer abrió los ojos.

—Tienes que encontrar algo que le dé un motivo al cuchillo para acudir en tu ayuda…

—¿Y cómo hago eso? —preguntó en tono brusco, resultado de su desesperación—. Ni siquiera entiendo la mayoría de cosas que me has explicado.

—No lo sé —dijo la primera—. Mira —retomó cuando la otra torció el gesto—, la magia, en el fondo, trata de las emociones. Los chupasangre atacaron a la chica porque querían sentir por un segundo sus emociones. La magia de mi hermano despertó por su necesidad de proteger a los demás. Y se hizo más fuerte cuando tú estuviste en peligro. Ni siquiera necesitó tocar a la criatura como sí ocurrió con el resto. Cuando hablo de motivo, me refiero a una emoción que te dé un motivo para protegerte a ti misma.

»Me voy a arrepentir de esto —sentenció tras unos segundos de silencio—, pero voy a ayudarte.

Pasaron las siguientes horas en compañía. Una, apretando a la otra, forzándola todo lo que podía. La otra, lanzando improperios cada vez que fallaba, y sintiendo, cada vez más, el agotamiento que embriagaba su cuerpo.

De pronto, tras una breve discusión por parte ambas, la puerta de la habitación se abrió. Las dos se quedaron contemplando la figura del hombre, que se encontraba en un estado algo deprimente.

—¿Cómo… Cómo has despertado tan pronto? —pregunto, sorprendida, su hermana.

—Déjame a solas con ella —dijo él, por contra.

Ella fue a discutirle, pero, al final, cedió ante la demanda del hombre. Cuando la mujer salió de la habitación, ella y él se quedaron mirándose el uno al otro. El rostro del hombre mostraba tristeza. El de ella… no supo interpretarlo.

—Vamos a intentarlo una vez más —le conminó él.

Ella asintió con la cabeza.

Los dos se sentaron en la misma posición, la que ella había utilizado en todo momento. Y cerraron los ojos.

—Busca dentro de ti…

—¿El qué?

—La emoción que necesitas.

—Pero no sé cuál es.

—Sí lo sabes.

—No…

—Recuerda nuestra conversación. Lo que hablamos. Lo que nos dijimos. Y ahora imagina la posibilidad.

—¿Qué posibilidad?

Lo que recibió por respuesta fue que el hombre puso las manos de ella sobre las de él.

Y, entonces, lo sintió. La emoción que estaba buscando. Cuando abrió los ojos, el puñal se encontraba en su mano derecha.

Él la miró una vez más. Y ella hizo lo propio. Las palabras sobraron.

Entonces, él terminó el contacto, se levantó y salió de la habitación. Cuando lo hizo, el puñal volvió a desaparecer de la mano de la mujer.

Cuando él se cruzó con su hermana, ella solo le dijo:

—Yo no quería esto.

—Yo tampoco —le contestó, mientras volvía a fijar su mirada en la figura de la mujer sentada en el suelo.

Ella, por su parte, se la aguantó al principio, pero acabó bajando su rostro. No era necesario decir nada más, así que el hombre terminó de marcharse.





Capítulo II. El Sol y la Luna.

11 01 2020

‘…el Sol arde de pasión por la Luna, y ella vive en las tinieblas de su añoranza…’. La leyenda del amor entre el Sol y la Luna.

Diego despertó de forma abrupta, como solía hacer de un tiempo a esta parte. Durante unos segundos, se sintió desorientado. Pero, en su abotargamiento, todavía tenía fija la imagen del rostro de ellos en su mente. Después de todo, no había reposo que no trajese de las tinieblas de los recuerdos las caras de los que ya no estaban.

Llevó una de sus manos a su cabeza, en un intento de salir de aquel estado de debilidad en el que se encontraba sumido. Cuando consiguió fijar su vista en un punto indefinido del lugar, llegaron los retazos de lo que había sucedido…

¿Cuándo? ¿Hacía unas horas? ¿Días? No estaba seguro. Pero su memoria no le dejó duda alguna. Se había visto obligado a desenmascararse antes de tiempo. No es que en realidad importara, pues antes o después habría ocurrido. O, al menos, eso sospechaba, porque todavía desconocía el motivo de su vuelta. Pero la forma en que lo hizo no fue la mejor. Aunque no se arrepentía de ello. Con su actuación, había evitado que María y su hermana sufrieran un accidente. Sin embargo, fue aquello mismo lo que le hizo huir de Alpuente hacía ya tanto tiempo.

María. Volver a encontrarse con ella, aun cuando sabía que sería una circunstancia que no podría evitar, le causó un gran asombro. No habían mediado palabra alguna. No hubo tiempo para ello. Pero los efímeros segundos en que sus miradas se cruzaron fueron suficientes para comprender muchas cosas.

El tiempo no había pasado. Para nadie en realidad. Lo supo conforme se iba reencontrado con cada uno de ellos. Pero había albergado una chispa de esperanza con ella. Una chispa que se apagó nada más verla.

Desechó aquellos pensamientos. Por el momento no había solución posible. Así que se centró en lo más inmediato. Recorrió el lugar en el que se encontraba con la mirada, pero todo estaba en penumbra, salvo un pequeño destello azulado que surgía de su izquierda. Allí, sobre una mesilla de noche, un despertador digital marcaba las 21:53 de la noche. También podía leerse la fecha, dos días más tarde de su llegada. Así que aquello significaba que había pasado todo ese tiempo durmiendo. No se sorprendió por aquel hecho. Después de todo, de un tiempo a esta parte, recurrir a sus facultades especiales le causaba un gran agotamiento y precisaba de largas horas de reposo para recuperarse.

De pronto, se percató de que alguien más se encontraba en la habitación. Encendió la pequeña lamparilla que descansaba sobre la mesilla, junto al despertador, y descubrió que su hermana estaba durmiendo en un pequeño sillón a unos metros de la cama. Sonrió al verla, no pudo evitarlo, pues la mujer estaba tapada con una manta de color verde. Pero aquel gesto también significaba otra cosa. Sospechaba que ella habría pasado todo aquel tiempo junto a él, velando su descanso, aunque en realidad no lo fuera.

Se levantó de la cama en la que había estado durmiendo y comprobó que su hermana había sustituido la ropa con la que había llegado allí por una más cómoda. Se acercó a ella, para contemplarla en su reposo. No hizo intención de despertarla, pues suponía que ella también necesitaría descansar de todo lo que había sucedido hasta ahora, pero descendió su rostro hacia ella y depositó un delicado beso sobre su frente. La joven rebulló, cambiando su posición ante el contacto, y aquello provocó que lo viera. Allí, enganchado a un fino cordel de cuero que colgaba de su cuello, una pequeña lágrima de ámbar rojo se posaba sobre su pecho.

El amuleto. El objeto que le habían conminado a crear hacía ya tanto tiempo y que todos compartían. Diego se llevó su mano derecha hacia donde se encontraba el suyo, también colgando de su cuello. Y entonces revivió cada suceso tras su llegada a allí. ¿Cómo no se había fijado antes? No se percató en su momento, cuando había ido encontrándose con cada uno de ello. Pero todos, igual que él, igual que su hermana, llevaban el suyo puesto. Incluso María.

De pronto, se sintió abrumado por este descubrimiento y no supo cómo reaccionar. Salió de forma apresurada de la habitación, en un intento de recuperar el aire que estaba empezando a faltarle. No se percató de su deambular por la casa hasta que sintió el frio que se había apoderado de ella en la profunda noche que era ya. Había alcanzado la puerta de la vivienda durante su corta huida, pero al abrirla y recibir el helor del exterior, consiguió fijar su mente y percatarse de lo que estaba haciendo. Parecía que la baja temperatura que invadía la calle había focalizado sus pensamientos en algo que requería su inmediata atención. Por eso mismo, retrocedió en sus pasos, cerró la puerta y se dirigió hacia la estancia principal de la vivienda. Allí todavía se podían apreciar los rescoldos que quedaban del fuego que hubo estado encendido en la jornada ya acabada. Diego se acercó a la chimenea, cogió unos troncos del pequeño leñero adyacente y los depositó sobre las ascuas. Luego, con el fuelle que descansaba junto a uno de los muretes del hogar, avivó los restos todavía incandescentes. A los pocos segundos, unas vigorosas lenguas llameantes surgieron de los restos calcinados, abrazando la madera seca como si se tratara de un amante ávido de contacto físico.

Enseguida entró en calor, aunque sospechaba que, si se alejaba del círculo de acción de la chimenea, el frio de la noche volvería a invadir su cuerpo. No obstante, paseó su mirada por el resto de la estancia, buscando algo. Cuando encontró el objeto de su interés, su pequeña pitillera de cuero, se acercó hasta allí para cogerla. La abrió y sacó uno de los pequeños puritos que guardaba. Al instante, lo encendió con una de las cerillas que también había en su interior. La primera calada relajó su cuerpo de forma inmediata, pero no así sus pensamientos.

Se consiguió una de las sillas de asiento encordado que envolvían la mesa, en el centro de la estancia, y la acercó hasta el fuego. Allí, se sentó frente a él, buscando en la danza de las llameantes lenguas de fuego las respuestas que se escapaban de su entendimiento. Tan ensimismado estaba en aquella tarea mental, que no se percató de la llegada de su hermana hasta que esta le habló.

—¿Cómo te encuentras?

Diego no cambio su posición en un mismo momento. Pero, al cabo de unos segundos, giró su rostro hacia el origen de la voz. Apoyada en el quicio de la puerta estaba ella, con los brazos protegiendo su torso envuelto en una bata de lana. Cómo no, el color de la prende de abrigo era verde. El hombre le sonrió, pero no dijo nada más. Tan solo volvió a su posición inicial de contemplación de la candente hoguera. Tomó una nueva calada de cigarro y, tras exhalar el humo, lanzó el resto del canudo al fuego, al que se quedó contemplando.

—¿Por qué? —dijo al cabo de unos segundos.

No sé giró para mirar a su hermana tras aquella pregunta. Pero supo enseguida que ella no había entendido sus palabras.

—El amuleto… —y no dijo nada más.

Inmediatamente, Abril bajó su mirada hacia su pecho, donde el objeto por el que preguntaba su hermano descansaba sobre bata. Su instinto la obligó a esconderlo entre sus ropas, como si allí estuviera más seguro del influjo del exterior. Tras aquello, cogió otra de las sillas que había en la estancia y se sentó al lado del hombre. La mujer extendió sus manos hacia las de su hermano, entrelazándolas en las suyas. Durante unos segundos, su mirada se perdió en aquel contacto, pero terminó alzando su rostro para contemplar el de él. Y lo que descubrió fue la mirada de alguien que se sentía perdido.

—¿Por qué has vuelto, Diego? —preguntó ella.

El interpelado no le recriminó que cambiara el objeto de la conversación. Pero esa pregunta ya había sido lanzada a su llegada. La respuesta que tenía era la misma de entonces y así lo leyó su hermana en sus ojos.

Entonces, ella sacó de entre su ropa el colgante que acababa de esconder hacía un instante.

—Todavía recuerdo el día en que los creaste, hace ya poco más de ocho años —empezó mientras lo contemplaba—. Esto es lo único que nos ha mantenido a todos unidos, aun cuando todo lo demás nos separó.

Diego llevó su diestra hacia el cuello, donde descansaba el suyo bajo su jersey. Sabía a qué se refería su hermana. Tras su marcha después de lo sucedido, muchas fueron las veces en que pensó en deshacerse de él. Pero había algo que le conminaba a no hacerlo, una sensación que escapaba a su comprensión. Durante todo aquel tiempo pensó que había sido solo cosa suya. Pero, después de todo, parecía que no era así.

La mujer se levantó de su asiento. Al cabo de unos minutos, volvió portando una bandeja entre sus manos con algo de comida.

—Será mejor que cenemos un poco —sentenció. Y, tras aquello, depositó en la mesa varios platos con unas nueces, queso curado y varios encurtidos.

—No tengo hambre —respondió él.

—Eso no importa —contestó Abril mientras seguía parando mesa—. Necesitas recuperar fuerzas. Además, debemos obtener respuestas y es hora de buscarlas.

Diego no entendió las últimas palabras de su hermana.

—Ella estará donde siempre —aseguró ante la muda pregunta del hombre—. Donde ha estado esperando desde que te marchaste.

Aquella afirmación lo bloqueó a mitad movimiento de levantarse. Su hermana, por su parte, tan solo le conminó a que tomara su lugar en la mesa.

Cenaron de manera frugal, en silencio. No había nada más que pudieran decirse y, a veces, aquel silencio era la mejor compañía. Cuando terminaron, recogieron los platos y limpiaron la mesa. Tras aquello, Diego se abrigó con la chaqueta que le había proporcionado su hermana hacía dos días.

—¿Y qué le digo? —preguntó el hombre antes de salir de la estancia.

Abril sonrió.

—Lo sabrás llegado el momento.

Los dos se miraron, y ella le dio un beso en su mejilla.

Mientras Diego caminaba por las oscuras callejas de la villa, tan solo iluminadas por el tenue resplandor anaranjado de las viejas farolas, no podía quitarse de la cabeza las palabras de su hermana. Y, mucho menos, todos los acontecimientos que había vivido desde su llegada. Cierto era que habían sido pocos, pues la mayor parte del tiempo que había estado en Alpuente lo había pasado en cama, semiinconsciente. Pero no por eso dejaban de ser relevantes. La actitud del resto al reencontrarse con él no había sido una sorpresa. Después de todo, lo culpaban de lo que ocurrió en el pasado. Sin embargo, descubrir que todavía llevaban prendido de sus cuellos el amuleto, le había impactado sobremanera.

Aquellos pensamientos quedaron relegados a un segundo plano cuando la vio. Su hermana estaba en lo cierto. Allí estaba ella, dirigiendo su mirada al infinito de la oscura noche, en el mismo lugar en el que le dijo lo que sentía.

El mirador se encontraba en la parte más alta del pueblo, donde podía contemplarse toda la panorámica del casco urbano de la población. Pero sus encantos también eran otros. A la derecha del conjunto arquitectónico, sobre una pequeña muela de granito, descansaba una antigua fortaleza que perteneció a diversas dinastías que gobernaron la zona en el pasado. El pequeño castillo se encontraba ahora completamente derruido, pero siempre había sido uno de los atractivos turísticos del lugar. Finalmente, en la parte opuesta a las casas, la terraza descansaba sobre un profundo acantilado encajado entre las rocosas formaciones que pintaban el paisaje. Ahora no podía apreciarse aquella vista, pues todo estaba cubierto por el manto que dibujaba la noche en el lugar. Pero era precisamente allí donde María, el objeto de deseo del hombre, se encontraba sumida en sus pensamientos.

No tuvo valor para acercarse a ella. De pronto, se dio cuenta del frio que inundaba la noche y rebulló entre su abrigo. Su respiración también mostraba la baja temperatura del lugar, pues con cada exhalación, una voluta de vapor se formaba frente a su rostro.

—¿No vas a decir nada? —fue ella la que rompió el silencio, pero no cambió su posición sobre la balaustrada.

El hombre dio un respingo, sobresaltado por la pregunta de la mujer.

—¿Desde cuándo sabes que estoy aquí? —se atrevió a preguntar pasados unos segundos.

Entonces, ella se giró y enfrentaron sus miradas. Diego quedó hechizado en el mismo momento en el que lo hicieron. Desconocía las razones, pero desde que se encontró con ella por primera vez, siendo niños, los azules ojos de María siempre lo dejaban paralizado. Era extraño aquel sentimiento, sobre todo en él. La mujer, por su parte, solo tardó un efímero segundo en recomponerse de aquel contacto visual. De forma inmediata, dirigió su mirada hacia la muñeca izquierda del hombre, donde portaba la pulsera de cuero, recuerdo de un pasado suyo, de ambos, de todos. Él, en cambio, solo tuvo valor para fijar sus ojos en el cordón de cuero que se adivinaba entre el cuello de la ropa que ella llevaba puesta.

—Sigues teniendo ese horrible vicio tuyo —sentenció ella tras acercarse a él.

El hombre supo enseguida a qué se refería, pues él también notaba el olor del tabaco impregnado en su ropa. Sonrió ante aquellas palabras. A ella nunca le gustó que fumara. Pero no había conseguido librarse de aquel vicio ni siquiera tras todo aquel tiempo.

—¿A qué has venido?

Y Diego no supo discernir si se refería a su regreso a Alpuente o a su presencia allí en aquel preciso momento. Ella, por su parte, no aclaró esa duda.

—Hiciste aparición hace dos días —fue ella la que rompió, de nuevo, aquel incomodo silencio entre ambos—, y desde tu memorable actuación no has vuelto a mostrarte ante nadie.

El hombre volvió a callar, sin saber qué responderle. No pudo aguantar más el escrutinio de la mujer y descendió su rostro, fijando la mirada en un punto indefinido del pavimento.

—Diego —empezó de nuevo, pero su tono ahora era diferente, más como una súplica en vez de la recriminación de hacía un minuto—, ¿por qué has vuelto?

El interpelado alzó el rostro, atraído por el cambio sutil en el tono de ella. Pero la respuesta que tenía era la misma que había dado días atrás a su hermana. Aun así, se vio obligado a intentar responderle.

—No lo sé —sentenció en un susurro—. Pero algo me ha empujado a regresar.

Aquellas palabras provocaron el efecto que él mismo había sentido cuando tomó la decisión de retomar lo que aquí abandonó. Y, como le ocurrió a él, lo que vio en el rostro de la mujer fue miedo. Su hermana tenía razón, él era el nexo que los unía a todos. Lo fue en el pasado y lo era ahora, tal y como había comprobado al descubrir que todos portaban todavía el amuleto. No pudo evitar dirigir de nuevo su mirada hacia donde debía estar la alhaja cuando aquel pensamiento tomó forma en su mente. Pero también era el origen de todo lo que pasó entonces. El dolor, la desesperación, las muertes. Que ahora hubiera regresado solo traía del olvido aquellos sentimientos. A él mismo y al resto de implicados. No los culpaba porque lo odiaran. Que sintieran aquello al verlo solo era lo esperado. Y, aunque su hermana no mostrara aquella aversión por él, sí la descubrió en la mirada de todos al enfrentarlos hacía dos días. En cuanto a María, todavía no sabía que pensar.

—Tú magia —empezó ella de nuevo—. ¿Tiene algo que ver con todo esto?

Diego negó con la cabeza. Pero sabía que aquello no era del todo cierto. Pues, precisamente eso, era el origen de todo. Pero algo en su interior le hacía creer que sus facultades no eran la razón de su vuelta. Después de todo, nunca llegaron a desaparecer tras su marcha de Alpuente. Pero sí menguaron. Sin embargo, ahora que estaba de vuelta, sus capacidades no parecían haber aumentado de ninguna forma.

—¿Mamá? —dijo una vocecilla tras la espalda de Diego.

Aquella especie de pregunta, más una súplica que otra cosa, pilló totalmente desprevenido al hombre. Pero lo que acabó de romper todos sus esquemas fue el cambio de gesto en el rostro de María. Durante un infinitesimal instante, pasó de la sorpresa, al miedo y a la vergüenza. Pero se recompuso con prontitud y lanzó una mirada de ternura a quién había realizado la demanda tras él.

—¡Berta, cariño! ¿Qué haces aquí? —preguntó ella mientras se agachaba y estiraba los brazos. En ellos, recibió a una pequeña niña de rubios cabellos. No parecía tener más de siete años e iba vestida con un insuficiente pijama para el frio del exterior.

La mujer, por su parte, se quitó su abrigo y envolvió con él a la niña.

La demanda de la niña no dejaba dudas sobre el parentesco de ambas. Pero si Diego aún albergaba alguna, descubrir la ternura con la que la mujer trataba a la pequeña solo ratificaba la obviedad. Además, la chiquilla no solo era rubia como su madre, si no que en su pelo destellaban los mismos reflejos irisados que en el de la mujer.

—¿Quién es este señor? —preguntó la niña a su vez, sin contestar a la réplica de la mujer, y se volvió para mirar a Diego.

Y fue aquel gesto el que terminó por desconcertar de forma absoluta al hombre. Como había comprobado al instante, la pequeña era igual de rubia que su madre. Pero sus ojos no eran azules como los de ella, si no verdes. Un verde que conocía muy bien y que solo hacía dos días había vuelto a ver después de ocho años. Los ojos de Abril, su hermana. Un pensamiento claro destelló en la mente del hombre. No había otra posibilidad. Y recordó aquella noche que nunca abandonó su memoria.

—No tienes derecho a hacer esa pregunta —sentenció la mujer con fuerza.

Ella misma pudo discernir lo que estaba formándose en la cabeza del hombre. Y aquella idea la violentó. Había tomado una decisión hacía ocho años y no iba a dejar que su vuelta lo tirara todo a la basura.

María se levantó mientras agarraba a la pequeña de su mano. Tras aquello, comenzó a caminar hacia el hombre. Pasó a su lado y lo dejó atrás. Diego pudo sentir el roce de ella cuando lo adelantó, así como aquel perfume a almizcle que no había logrado olvidar.

Era curioso cómo la memoria traía del olvido pequeños recuerdos que, a priori, parecerían insignificantes. En aquel momento, mientras María se marchaba con la niña cogida de su mano, Diego solo podía pensar en la escena de una antigua película de Clint Eastwood. En ella, Frank Horrigan, el personaje que interpretaba el actor, sentado en las escaleras del monumento a Lincoln, veía marcharse a Lilly, con la que acababa de hablar y de la que estaba enamorado. Cuando ella ya se encontraba a cierta distancia, Frank lanzó un pensamiento al aire en voz baja. Si se gira para volver a mirarme, es que siente algo por mí. Mientras, no dejaba de mirarla. Entonces, la mujer interpretada por Rene Russo, se giró a lanzar una última mirada al personaje de Clint, mientras le sonreía. María no sonrió, pero sí se giró para realizar ese último y efímero vistazo a Diego. Cuando ella volvió su rostro hacia el camino que le llevaban sus pies, fue el hombre el que sonrió.

Pero su hermana se había equivocado. No supo qué decirle.
Aunque quizás fuera porque no había llegado el momento correcto.





El niño al que le gustaba correr

4 01 2020

Había una vez un niño al que le gustaba correr. Pero tenía un problema con sus rodillas, pues siempre le dolían y nunca podía hacer largas distancias. Un día llegó otro niño. Este segundo niño no era muy importante, salvo que da pie para contar la historia del primer niño. Ambos niños se hicieron muy amigos y pronto descubrieron que a los dos les gustaba correr. Por eso mismo, decidieron apuntarse a una importante carrera que se celebraba en su ciudad. Los dos estaban muy ilusionados por la carrera, pues, aunque sabían que no iban a ganar, tendrían la oportunidad de correr con los mejores corredores del mundo. Todo fue bien al principio para el primer niño. Se sentía a gusto corriendo, su ritmo era bueno y parecía no mostrar signos de flaqueza. Pero, pasada la mitad de la carrera, aparecieron los dolores en sus rodillas. El primer niño siempre supo que era cuestión de tiempo. Y solo pudo acabar la carrera por el empuje y compañerismo del segundo niño. Al cruzar la línea de meta, el primer niño se prometió que nunca más correría una carrera de este tipo. Pero al niño le gustaba correr, y continuó haciéndolo, aunque siempre fueron distancias más cortas. Un día, apareció una niña. El niño se fijó en ella al instante. Pero pronto entendió que la niña estaba fuera de su alcance, pues era demasiado bonita para él. Además, él era muy tímido y nunca encontraría el valor para acercarse a ella. Para sorpresa suya, un día, la niña empezó a hablar con él, a decirle cosas, a preguntarle… Pero el niño continuaba pensando que nada tenía que hacer con ella. Hasta que ella le preguntó si quería correr una carrera con ella. Era una carrera importante, igual a la que corrió con el segundo niño al principio de la historia. Y el primer niño recordó su promesa tras acabar aquella carrera. Y supo al instante, nada más mirar a la niña, que rompería su promesa. Y supo también que iría con ella incluso al fin del mundo si ella se lo pidiese.





Relatos Fantástico I / Relats Fantàstics I

6 11 2019

Ya puede encontrarse la recopilación de relatos fantásticos, “Relatos Fantásticos I”, en la plataforma Rakuten Kobo. Podéis encontrar un enlace para su adquisición en la sección de “Publicaciones” de la barra de navegación superior.

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Capítulo I. El retorno del hijo pródigo.

30 10 2019

‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo’. Lucas 15:21.

La voz del piloto fue lo que le sustrajo de su profundo sueño, lo que significaba que estaba llegando a su destino después de no sabía cuántas horas de vuelo. Lo extraño era que no recordaba haberse quedado dormido. Sin embargo, había sucedido mientras leía el libro que llevaba consigo, y ahora se sentía aletargado, como si hubiera salido de un estado de sopor que no pudiera controlar. El supuesto sueño no le había ayudado a descansar, cosa que no le sorprendió. De un tiempo a esta parte, dormir no le permitía recuperar fuerzas.

Desechó aquel pensamiento de forma inmediata. Después de todo, aquel hecho no tenía remedio por el momento y había aprendido a convivir con él. Sin embargo, otra coyuntura atrajo su atención. Había algo que se había desvanecido de su mente en cuanto abrió los ojos, pero que pudo retener en su memoria el tiempo suficiente para fijarla en ella. Una mujer. Aunque no conseguía ubicar su rostro, pues toda ella estaba envuelta en bruma.

Todavía seguía pensando en ella cuando una de las azafatas le recordó que debía abrocharse el cinturón de seguridad. Aquello provocó que el sueño quedara olvidado por el momento. Guardó el libro en la pequeña mochila de cuero que siempre llevaba consigo, e hizo lo que le habían solicitado. Entonces, el avión inició el descenso para aterrizar, acto que ocurrió al cabo de unos segundos. Le llevó un infinitesimal momento percatarse y aceptar lo que aquello significaba.

Todavía no sabía qué le había conminado a volver después de todo aquel tiempo. Pero algo en su fuero interno le había forzado a hacerlo, lo cual podía significar muchas cosas y ninguna a la vez. Lo único que tenía claro era que lo sabría llegado el momento, como había ocurrido siempre.

La terminal del aeropuerto estaba plagada de pasajeros esperando para recoger su equipaje. Aunque llevaba consigo un pequeño macuto con su documentación esencial y el libro, hizo lo propio, pues había facturado una maleta con algo de ropa y su portátil. Mientras esperaba, consultó su reloj de bolsillo, una pieza antigua de plata, decorada con interminables filigranas. Era pronto todavía. Cuando esta llegó, cerró el reloj, se hizo con ella y guio sus pasos hacia la salida. Una vez en el hall, se acercó a la oficina de una de las empresas de alquiler de vehículos que regentaba el lugar. No le llevó mucho tiempo contratar los servicios que precisaba. Ya con el vehículo a su disposición, solo le quedaba iniciar la siguiente etapa de su viaje.

Encendió la radio para amenizar lo que le quedaba de trayecto, pero apagó el navegador del coche. Después de todo, ahora se encontraba en casa y conocía el camino que debía seguir. En cuanto salió del garaje del aeropuerto, pudo comprobar que el paisaje urbano era ligeramente diferente a cuando partió de allí, un hecho que no le extrañó. Habían pasado muchos años desde que pisara por última vez aquel lugar y no había esperado que todo siguiera igual.

Aquel pensamiento le hizo sonreír por lo paradójico de la situación. Los sucesos que le deparaba el futuro confirmarían este hecho casi con total seguridad. Después de todo, al final, todo había cambiado para mal, precipitando que él tuviera que marcharse. Y no albergaba la esperanza de que aquello se hubiera olvidado. En el lugar al que se dirigía no se solían olvidar las cosas con facilidad.

La antigua carretera comarcal que debería haberle llevado hasta el lugar en el que todo empezó, había sido modificada, ampliando el número de carriles y convirtiéndola en una pequeña autovía hacia el interior de la región. Ahora, ya no se entraba por el casco urbano de ninguna de las poblaciones que se desperdigaban por el territorio. Solo en su tramo final se vio forzado a tomar la salida que le indicaba la dirección correcta. Así era más fácil la conducción, y más segura. Pero convertía aquel acto en algo vulgar y aburrido.

Sin embargo, todo aquello no le importó lo más mínimo cuando vislumbró el cartel que indicaba el punto final de su viaje. Allí, por contra, parecía que el tiempo se hubiera detenido, pues fue la misma imagen la que descubrió cuando, en una curva de la carretera, se enfrentó a la entrada de la villa.

Alpuente. Así se llamaba aquel lugar. Una tierra olvidada en el interior de la provincia y que se vanagloriaba de tener un pasado que ya nadie recordaba. De forma curiosa, era el pasado lo que más temía de allí.

Le llevó solo unos segundos aparcar el vehículo. Nada más entrar en el pueblo, había una pequeña zona de aparcamiento que utilizó para su cometido. Sabía que aquello le obligaría a caminar hasta la que fue su casa, pero no quería aparecer allí como si no hubiera pasado el tiempo, aunque se arriesgara a que alguien lo viera antes de tiempo.

Al abandonar el vehículo, alzó su rostro hacia el cielo para fijarse en la incipiente tormenta que se estaba formando y que le había acompañado todo el trayecto hacia allí. Sería cuestión de minutos que el agua en forma de lluvia descargara con fuerza. Lo que ya se apreciaba era el violento viento que acompañaba a las nubes.

Callejeó por los diferentes recovecos de la villa con prisa, dispuesto a evitar que la tormenta lo alcanzara en el exterior. Transcurridos unos minutos, por fin entró en la que era su calle. Allí, solo tres viviendas unifamiliares regentaban el lugar. Después de todo, Alpuente poseía un núcleo urbano muy pequeño, que había perdurado en el tiempo tal y como fue concebido en el pasado. El pavimento de la callejuela estaba adoquinado de forma irregular con piedras extraídas de los montes de los alrededores. De hecho, muchas otras de las calles de la villa seguían el mismo diseño sin sentido, como si solo fuera una necesidad secundaria el adecuar el caminar de las gentes del pueblo.

El portal de su casa era el primero de la fachada derecha. La vivienda mostraba una construcción arcaica, con paredes blancas simulando los antiguos encalados de los pueblos. Las ventanas de la planta que descansaba sobre el suelo estaban enrejadas, pero no, así, el primer piso. Descubrió que la valla que circundaba la terraza, situada en una segunda altura, había sido sustituida por otra. La casa todavía escondía un piso más, oculto en el subsuelo de la vivienda y que servía de sótano en el que guardar aquellas pertenencias de menor uso. Pero lo que a él siempre más le había gustado de aquella visión era la parra que decoraba parte de la pared. La enredadera había surgido de forma espontánea en el lugar, pues ninguno de sus antepasados la plantó allí nunca. Así que todos pensaban que algún grano de uva había caído en aquel sitio durante alguno de los periodos de vendimia de la zona. El fruto habría desaparecido de forma alguna, quizás comido por la fauna que habitaba en los alrededores, y la semilla quedó y germinó, demostrando que la naturaleza tenía fuerza suficiente para surgir de cualquier minúsculo rincón. Quizás había ayudado el hecho de que por el subsuelo de la villa discurría un pequeño acuífero que, seguro, proporcionó a las raíces de la parra el agua necesaria para su crecimiento.

Suspiró para desechar aquellos recuerdos. Pero también lo hizo como un intento de obtener fuerzas y poder dar el siguiente paso. Pasado aquel ínfimo momento, se dispuso a llamar a la puerta. Como sabía, la casa no tenía timbre alguno, y mucho menos una aldaba que utilizar. Por lo que golpeó el ventanuco con sus nudillos. Al instante, se escuchó unos pasos en el interior que se dirigían hacia allí. La persona que lo recibió hizo que la poca fortaleza que había adquirido de camino allí flaqueara un momento al verla. Se recompuso como pudo y saludó:

—Hola, Abril… —aunque no tuvo valor para añadir nada más.

El rostro le devolvió la mirada de forma suspicaz, como intentando entender quién era la persona frente a su puerta. Sus ojos, de color verde oliva, estaban enmarcados en unas gafas de pasta negra que resaltaban con la blancura de su piel. Llevaba los labios pintados de un rojo intenso. Sobre su hombro izquierdo descansaba una trenza que recogía su pelo castaño.

Sonrió de forma sutil ante aquella imagen, descubriendo cuán feliz se sentía de volver a verla. Pues no fue hasta ese momento que se dio cuenta cuánto la había echado de menos. Y fue aquella mueca suya la que aclaró la intriga de ella. Después de todo, solo su hermana, la mujer que ahora le recibía, era capaz de entender aquellos gestos de su cara.

La joven comprendió, entonces, quién era la persona que se había presentado frente a su casa. Y se preguntó cómo no lo había reconocido al instante. Al fin y al cabo, no había cambiado tanto. Allí seguía su pelo corto y moreno, con la indomable onda que se le formaba en el flequillo. En seguida, su vista bajó hacia la muñeca izquierda de su hermano, comprobando que todavía llevaba puesta la fina pulsera de cuero, recuerdo de un pasado peligroso.

—¡Diego! —dijo al fin, y se lanzó en un abrazo hacia su cuello.

Este recibió el gesto abrumado, pero se dejó contagiar por el calor que sintió. Y aquello provocó que sus temores iniciales se disolvieran un poco, como si fueran niebla en una mañana ventosa. Cuando la mujer consideró suficiente aquel repentino achuchón, arrastró hasta el interior de la vivienda al recién llegado.

—¿Qué haces aquí? —preguntó una vez se sentaron en el sofá del salón-comedor. Aquella pregunta escondía mucho más de lo que parecía a simple vista. Y así lo demostraba el rostro de su hermana.

Él, por su parte, ignoró la cuestión y dirigió su atención hacia todo lo que le rodeaba. La estancia estaba envuelta en las sombras que proyectaba el fuego encendido en la chimenea. Los mismos muebles que recordaba, vestían todo el lugar. Incluso las sillas que él encordó, hacía tanto tiempo ya, habían perdurado a todos aquellos años.

—¿Y los papás? —ya se había percatado que los interpelados no estaban allí. De hecho, tuvo la sensación que no habían pisado esa casa desde hacía mucho. Así que tomó aquella ausencia como excusa para desoír la pregunta de su hermana.

La mujer, por su parte, lanzó un gesto despectivo que daba a entender cuál era la intención de su contertulio. Pero él no mudó su empeño, así que le concedió aquella pequeña victoria.

—Ya no vienen por aquí mucho. De hecho, ahora están de viaje, disfrutando de unos días de descanso —pero no quiso contarle nada más. Después de todo, no estaba dispuesta a seguir su juego todo el rato. Así que volvió a poner la misma cara con la que había formulado su pregunta inicial.

Diego suspiró, comprendiendo que su hermana no le daría tregua alguna más. Se levantó de su asiento y rebuscó en uno de los bolsillos del zurrón. De allí sacó una pequeña pitillera de cuero en la que guardaba unos puros de pequeño tamaño. Con una cerilla, encendió el caliqueño. La primera bocanada la expulsó directamente al fuego de la chimenea, a la que se había acercado para contemplar su fuego. La visión de las anaranjadas lenguas ardientes siempre le había producido una sensación de relax, algo que ahora necesitaba. Igual que fumarse aquel cigarro. No lo hacía muy a menudo, pero, de un tiempo a esta parte, llevaba consigo una pequeña reserva de sus puritos favoritos, por si la necesidad lo requería. No obstante, el fuego no le transmitió esa tranquilidad que tanto anhelaba en esta ocasión. Más bien sirvió como un espejo del pasado. Y en él pudo contemplar el rostro de todos los que ya no estaban igual que ocurría desde entonces en sus sueños.

Giró su cuerpo para huir de aquella visión, no sin antes lanzar el cigarro a medio acabar. Pero la visión que encontró no era mucho mejor. El sentimiento de alegría que le había embriagado tras su reencuentro con su hermana, se fugó de allí como si fuera un pajarillo asustado. Y no porque en la mirada de ella hubiera reproche alguno. Sino porque descubrió en ella lo único que no pudo soportar: lástima. A fin de cuentas, solo su hermana era capaz de leer correctamente cada uno de sus gestos. Así que hizo lo único para lo que no estaba preparado todavía: hablar.

El hombre se sentó, esta vez, en una de las sillas que circundaba la mesa que regentaba la estancia. Sobre el mármol que hacía de superficie de la misma, reposó sus manos, las cuales entrelazó. Y en ellas perdió su mirada, fijándola en un punto en concreto: la pulsera de cuero de su muñeca izquierda.

—No lo sé —dijo al fin.

Y tras pronunciar aquellas tres únicas palabras, fue capaz de volver a levantar el rostro para encontrar el de su hermana. Esta, por su parte, no mudó el gestó ni pronunció réplica alguna.

—Lo digo en serio, Abril —se justificó él—. No sé por qué he vuelto. Pero algo me ha forzado a hacerlo.

Ella lo miró, intentado discernir si le estaba contando la verdad. Pero su hermano no sabía mentir, así que tuvo que tomar aquellas palabras suyas por ciertas. Se levantó y se acercó a él. Una vez a su lado, posó su mano derecha sobre el hombro del otro.

—Entiendes que eso no traerá nada bueno, ¿no?

Él asintió. Pero volvió a perder su mirada en la pulsera mientras la rozaba con los dedos de su mano derecha.

—No importa —volvió a hablar ella—. Lo afrontaremos igual que hicimos en el pasado: juntos.

Él dirigió su rostro, de nuevo, hacia el de su hermana, y pudo descubrir que le estaba sonriendo, como siempre había hecho cuándo la había necesitado.

—Solo espero que no acabe como entonces.

Ahora fue Diego el que mudó su gesto, dibujando una extraña sonrisa en sus labios. Pero Abril sabía que aquella mueca no era de júbilo. Si su hermano tenía una extraña manía, era esta, afrontar cualquier situación con una sonrisa. Aquello contrariaba a cuantos se encontraban a su alrededor, pues nunca conseguían entender aquellos gestos suyos. Pero no así ella, que era capaz de diferenciar cada una de sus muecas, aunque para el resto resultaran todas iguales.

—Debemos irnos —dijo ella tras unos largos segundos de silencio.

Él no comprendió el significado de aquellas palabras.

—Cuanto antes los enfrentes, mejor. Así que vayámonos, los encontraremos donde siempre —y con aquellas palabras, salió de la estancia hacia algún otro punto de la casa.

Él intentó seguirla, pero cuando estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta, se topó con su hermana de nuevo, que le tendía una vieja cazadora suya. Se sorprendió de que todavía guardaran su ropa al alcance de la mano.

—Póntela. Se avecina tormenta y no quiero que te constipes.

Diego sonrió ante aquel gesto de su hermana. Había olvidado que ella siempre se había preocupado de su bienestar, sobre todo en ausencia de su madre. Parecía que, tras todo el tiempo que habían estado separados, las viejas manías no se habían olvidado después de todo.

Abril, por su parte, ya llevaba puesta una gruesa chaqueta de lana que, probablemente, se había tejido ella misma. Y en su brazo derecho colgaba un paraguas de cuadrados verdes. Aquella visión ensanchó más todavía su gesto. Su hermana tenía una ligera obsesión con el color de sus ojos, el verde, y lo utilizaba siempre que podía en su ropa. Al fijarse ahora, el hombre pudo comprobar que vestía con una blusa de color verde oscuro, estampada con lunares marrones. El vaquero que llevaba era una fotocopia invertida de la prenda superior. De color marrón, estaba decorada con círculos de mayor tamaño de un tono diferente de verde. Incluso la rebeca de lana jugaba con la tonalidad de sus ojos de diferentes formas.

La villa era pequeña y solo tardaron unos pocos minutos en recorrer el camino del destino al que le dirigía su hermana. La luz que se filtraba por las ventanas de la taberna contrastaba con la oscuridad que se había hecho dueña del exterior. Aunque la noche ya estaba cercana, la ausencia de claridad se debía a los nubarrones que amenazaban con la inminente lluvia. Pero esta parecía no querer descargar después de todo. El fuerte viento, sin embargo, continuaba vapuleándolo todo a su paso. Así que los dos hermanos entraron con premura en cuanto se acercaron a la puerta del local.

No había mejor lugar en aquel momento, pues la calidez del sitio ayudaba a no querer permanecer mucho tiempo en el exterior. Ambos agradecieron aquel calor en cuanto entraron y se libraron del frío viento. Diego escudriñó el entorno con atención, mientras Abril depositaba el paraguas en el lugar que habían acondicionado para ello. Como su hermana le había informado hacía un rato, todo el mundo se encontraba allí. Bueno, no todo el mundo. Ella no. A los otros los encontró en un rincón apartado, jugando al futbolín con unos desconocidos.

Su hermana lo agarró del brazo y lo obligó a acompañarla hasta la barra, donde esperaron a que la camarera les atendiera. Cuando así ocurrió, la mujer pidió dos cervezas. Después de todo, las viejas costumbres no se habían perdido todavía. Ya con las bebidas en sus manos, se giraron para continuar con el escrutinio de la sala. Pero no se acercaron a ninguna mesa libre, sino que permanecieron junto a la barra. Era aquel un lugar peligroso, pues permitía que cualquiera de los que se encontraban en el local los descubriera con suma facilidad. Pero, por el momento, eso no había ocurrido. Hasta que ocurrió. Una mujer posó sus azules ojos en la figura de Diego, intentando discernir qué tenía de familiar aquel hombre. Él, por su parte, le sostuvo el gesto. Después de todo, había acudido allí para aquello, y ya nada cambiaría el desenlace de los próximos acontecimientos. E, inmediatamente, quedó prendido en ellos. Pero la realidad le decía que no eran aquellos ojos los que deseaba contemplar. Aunque eran muy parecidos y, en un primer momento, podría haberlos confundido, no eran los mismos, ni en forma, ni en lo que le provocaban cuando los contemplaba. Pasado aquel pequeño lapsus, hizo lo único que podía hacer: saludó a la mujer alzando la botella de vidrio. Ella se sorprendió ante aquel gesto. Pero fue en concreto eso, lo que hizo que su memoria se disipase y recordara a la persona que le devolvía la mirada. Ya estaba hecho, la chispa que desencadenaría el incendio había prendido. Ella, por su parte, se levantó de forma repentina, recogió su abrigo y se marchó sin disculparse con sus acompañantes. Solo cuando estaba a punto de salir por la puerta del local, volvió a mirar al hombre. Le sostuvo la mirada un único segundo más y, tras aquello, abandonó la taberna de forma rauda. Diego pudo ver entonces que, en el exterior, la lluvia ya había hecho presencia sobre Alpuente.

—Ya está hecho —le dijo su hermana cuando la otra hubo desaparecido.

Él asintió.

—¿Continuamos? —Añadió mientras dirigía su mirada hacia el fondo de la sala, donde se encontraba el futbolín.

Diego repitió su inclinación de cabeza y los dos hermanos se encaminaron hacia el rincón.

Nadie más alzó su mirada hacia ellos cuando pasaron junto a las diferentes mesas del local en su camino hacia la parte trasera donde se encontraba la mesa de juego. Ni siquiera las personas objeto de su cambio de ubicación parecieron percatarse de su presencia allí. Así que, continuando con su intento de derribar el castillo de naipes, Diego posó su botellín en una de las esquinas del futbolín.

—¿Podemos jugar? —preguntó a continuación.

Aquellas palabras distrajeron la atención de dos de los jugadores, los que en realidad no le interesaban, por lo que en aquel preciso momento recibieron un gol.

—¡Eh! —dijo uno de ellos—. Me ha distraído —añadió mientras le señalaba con su brazo.

Las dos personas en las que estaban interesada Diego y Abril rieron, dando a entender que no les importaba aquel hecho. Pero sus carcajadas se truncaron cuando fijaron sus miradas en los recién llegados. Así se mantuvieron unos segundos, enfrentados, aguantándose el gesto. Pasado ese lapsus de tiempo, uno de ellos giró su rostro.

—A pagar —dijo—.

—Queremos la revancha —sentenció la pareja de desconocidos.

—No —le respondió el mismo.

Los otros iban a replicarle, pero algo en el rostro del que acababa de hablar les hizo pensárselo mejor. Así que depositaron un billete de 10 € cada uno sobre el borde de la mesa y se marcharon refunfuñando.

Diego sonrió por lo que acababa de contemplar. Después de todo, las dos personas que quedaron habían sido sus amigos en el pasado y los conocía bien. El hombre los volvió a estudiar de nuevo, de forma más detenida ahora. No habían cambiado mucho ninguno de los dos. Víctor, el que había despachado a los otros tan amablemente, seguía llevando el pelo extremadamente corto, recuerdo de su antigua formación en el ejército. Sus ropas también seguían ese estilo militar. Pero, como les había ocurrido a todos, se apreciaban sutiles diferencias que habían aparecido con el tiempo. La principal de ella era la anilla que llevaba en su oreja izquierda. Diego la reconoció al instante. Una pequeña alhaja plateada decorada con filigranas de estilo celta. Pero había sido otra la persona a la que había pertenecido en el pasado. Alguien que ya no estaba. Alguien que nunca más estaría.

El otro, de complexión más robusta que su compañero, sin embargo, no llevaba ningún recuerdo del pasado. Al menos, ninguno visible. Pues sabía lo que estarían pensando todos de que él estuviera allí. Incluso la mujer que se había marchado hacía unos instantes. Incluso a quien había ido a buscar.

Manolo, que así se llamaba el cuarto componente de aquella pequeña tertulia, intentó no mostrar gesto alguno que revelara el impacto recibido al reencontrarse con Diego. Pero no consiguió el efecto deseado.

—No habéis respondido —dijo al fin Diego, guardándose para sí toda la información que había extraído solo de aquellas miradas.

Los dos interpelados se miraron con gesto mudo, sin siquiera mover un músculo de sus respectivos rostros. Pero, al fin, Víctor les invitó a tomar posiciones en el tablero de juego con un movimiento de su brazo derecho. Aunque el rostro de ambos indicaba que no estaban muy contentos por su aparición. No los culpaba por ello. Después de todo, ese sería el sentimiento generalizado que albergarían todos hacia él. En Alpuente no se olvidaban las cosas fácilmente. Y el pasado que compartían todos no era para olvidar, ni mucho menos.

—¿La apuesta de siempre? —preguntó el joven, a lo que los otros dos respondieron con una inclinación de cabeza como si fueran siameses.

Abril y Diego, por su parte, no necesitaron mirarse para saber qué debían hacer. Los dos hermanos ocuparon su posición en su correspondiente lado de la mesa tal y como habían hecho cientos de veces antaño. Ella, en la defensa y la portería. Él, en el medio y la delantera. Se sonrieron por ello, y aquel gesto no agradó a sus contrincantes.

Víctor metió la moneda que le había lanzado Diego en la ranura del futbolín y apretó el pequeño botón de metal. Al instante, las bolas rodaron a través de la trampilla, produciendo el sonido característico al que estaban todos acostumbrado. Cogió una de las pelotas de plástico duro y la lanzó en medio de la mesa de juego. La esfera golpeó contra el tablero desnivelado y este hizo que se desplazara hacia los jugadores centrales de Diego. Este, por su parte, apenas dejó tiempo a que la pelota se acercara a uno de sus monigotes, y lanzó un latigazo con su mano izquierda que hizo que el muñeco la goleara con increíble fuerza. La bola salió con tanta velocidad, que ninguno de los otros dos tuvo tiempo de tapar el hueco por el que se coló, entrando, finalmente, en la portería contraria.

Víctor y Manolo lanzaron una exclamación que era a la vez sorpresa y frustración. Cuando alzaron sus respectivos rostros a hacia la pareja que tenían enfrente, descubrieron que ambos sonreían con picardía. Ahora, el juego se centraría en la zona de la portería de los dos amigos, donde procedieron a hacer el siguiente saque. Después de varias jugadas y rebotes, Manolo consiguió realizar un golpeo hacia la portería de Abril, pero esta, veloz como una culebra, consiguió interponer a su portero para evitar el tanto. Después de aquello, el juego continuó. La pareja que formaban los dos hermanos había sido la mejor en este juego en el pasado. Parecía que el tiempo no había minado sus facultades, y pronto los dos amigos se vieron en una cruel desventaja en cuanto a goles encajados.

Solo quedaba ya una bola en juego cuando todo cambió. Hacía un rato que los dos hermanos habían intercambiado las posiciones en un intento de igualar más la contienda. Pero aquello fue igual de inútil, pues pronto quedó patente la abrumadora derrota a la que estaban sometiendo a sus contrincantes. La pelota había llegado a uno de los defensas de Diego cuando este percibió un olor. No, un olor no. Un perfume. El de ella. El de la única que importaba. Giró su rostro hacia la dirección en la que había captado el aroma y descubrió su rostro mirándole. No supo interpretar su gesto, pues este mostraba un semblante pétreo. Pero daba igual, pues quedó hechizado en sus ojos. En sus azules ojos. Los que desde el principio quiso contemplar. Y, ahora que los tenía frente a sí, no supo cómo reaccionar. Así que hizo lo único que se le ocurrió: acabar con el juego. Apartó la mirada, lo cual le costó más de lo que habría esperado, y con un ágil movimiento fruto de años de experiencia jugando al futbolín, elevó la pelota de plástico en el aire, lanzándola hacia delante. Esta surcó el corto espacio en un vuelo perfecto y, para sorpresa de todos, se coló por la portería contraria sin que nada pudiera hacer Víctor. Cuando Diego se giró para enfrentarse a la recién llegada, ya se había ido.

La vio escaparse por la puerta del local mientras se adentraba en la tupida cortina de agua en que se había convertido la llovizna de hacía un rato. Sin mediar palabra, dejó a las tres personas que compartían la mesa de juego con él y fue en pos de la mujer. Cuando Diego consiguió alcanzar el exterior, la joven ya estaba cruzando la calzada principal del pueblo. La lluvia la empapaba por completo. De hecho, debió estarlo ya cuando cruzó su mirada con ella hacía unos segundos, pero no se percató entonces de este hecho.

—¡María! —la llamó.

La interpelada se giró al oír su nombre. El hombre, por su parte, volvió a fijar su mirada en la de la mujer. Y el efecto que se produjo fue el mismo. Cuando los azules ojos de ella se posaron sobre él, el mundo se paró a su alrededor, quedando atrapado en sus iris.

Ahora que las tenía delante a las dos, pues la mujer a la que había saludado con el botellín en lo que parecía ya otra vida se encontraba al lado de la primera, su hermana, pudo distinguir las diferencias en los ojos de ambas. Ambas miradas compartían el mismo color, pero lo que le transmitían era bien diferente. Y el motivo le era desconocido. Pero las diferencias no acaban ahí. La mujer que le tenía hechizado poseía una melena rubia y un cuerpo esbelto. Su hermana, en contrapunto, era morena y de constitución más menuda, lo que la hacía parecer más robusta. Lo único que parecían compartir como rasgo físico, era el tono claro de piel.

Diego todavía divagaba sobre este pequeño encuentro, cuando algo en su interior rompió el hechizo al que estaba sometido. Aquella sensación no lo era desconocida. Pero no había esperado sentirla allí. Al menos, no tan pronto. Giró su rostro, rompiendo el contacto visual con la muchacha y buscando el origen de su desasosiego. Para cuando lo hizo, el tiempo a su alrededor se detuvo como si se quedara congelado. A su izquierda, por la larga avenida en la que estaban, circulaba un vehículo a una velocidad desmesurada para lo estrecha que era la calle. Y, en ese momento, comprendió el peligro en el que se encontraban. No él, si no las dos mujeres que esperaban en medio de la calzada. Así que no tuvo más remedio que recordar por lo que escapó de allí hacía ya tanto tiempo.

El coche estaba fuera de control y no parecía que hubiera visto a las dos mujeres. Así que continuó su camino de forma inexorable hacia ellas. Quizás la lluvia y la escasa luz del lugar contribuyeran a que el final de todo aquello acabase en tragedia. Por tanto, Diego se vio obligado a recurrir a lo único que podría salvarlas. Con un movimiento que parecía perezoso y lento en extremo, levantó su brazo derecho, mientras sentía como por una de sus fosas nasales resbalaba algo líquido. Sangre, se dijo, tal y como había esperado. El vehículo, por su parte, estaba ya a escasa distancia de las dos mujeres cuando, de forma fortuita, paró de golpe, mientras la parte trasera se levantaba del suelo. Cuando todos los que habían asistido a la escena se fijaron más en lo que estaba sucediendo, comprobaron que el morro del coche estaba aplastado, como si hubiera chocado contra un muro. Pero allí, entre este y las mujeres, no había nada. Ellas, por su parte, comprobaron que la lluvia ya no las mojaba, aun cuando en el resto del espacio continuaba azotando la tormenta. Ambas se giraron para buscar a Diego. Pero, cuando posaron su mirada sobre el hombre, el cuerpo de este se encontraba tendido sobre el suelo.





Relato “70” seleccionado

2 09 2019

Me complace informar que mi relato “70” ha sido seleccionado para formar parte de la antología “Mundo Tóxico” de la revista “Aeternum”. Aprovecho para agradecer a los integrantes de la convocatoria por haberse decantado por él. Podéis ver el anuncio oficial aquí.