Corpus, Anima

18 04 2008

Llevo un par de horas metida en mi habitación, no quiero salir de aquí. No quiero verme la cara y descubrir que no es una pesadilla lo que me está pasando. Mis padres hace rato que se han marchado a trabajar. Aún no saben nada. Me compadezco de ellos cuando me descubran, aunque lo hago más de mí. He decidido no ir a clase hoy, ¿cómo voy a hacerlo?. He mandado un mensaje a Julia y le he dicho que no me esperase, que no me encontraba bien y que no pensaba ir a la universidad, que ya la llamaría cuando me sintiera mejor. Pobre de ella, nunca le he mentido, pero ha sido necesario, es mejor que por el momento no se entere de lo que me pasa y si por mí fuera no lo haría nunca. Estoy bastante nerviosa y tomar conciencia de que esto no es un horrible sueño no me ayuda en nada. No sé lo que hacer, creo que me voy a volver loca. Finalmente decido enfrentarme a la realidad y salir de mi habitación.

Abro la puerta y la claridad que baña toda la casa me impacta en la cara. Entrecierro los ojos y cuando mi vista se ha acostumbrado a la luz del lugar, comienzo a caminar. Me dirijo al cuarto de baño. Mi nerviosismo aumenta y empiezo a sudar. El baño está abierto, también aquí entra mucha luz. Con la mirada gacha, contemplando mis pies, penetro en la estancia y me coloco frente al espejo. Levanto la cabeza, lentamente. Mi nerviosidad se ha transformado en histeria, pero consigo controlarme y me trago un lamento que afloraba en mi garganta. Poso la mirada en el cristal azogado y mi alma se derrumba al contemplar la imagen que se refleja en él. No puede ser, no puedo ser yo la persona que me devuelve la mirada, no soy así. Finalmente, la poca fortaleza que aún me quedaba, que aún me mantenía en pie, se derrumba y como un poderoso torbellino, me engulle a mí también. Necesito sentarme y lo hago encima de la tapa del retrete. Exteriorizo mis emociones, al principio con un quedo sollozo y después con un incontrolable llanto silencioso que humedece mis mejillas. Consigo serenarme, aunque aún estoy muy nerviosa. Vuelvo a mirarme en el espejo, en el fondo confiaba estar equivocada, pero la imagen no permite las dudas, la persona que me devuelve la mirada es un chico.

Al despertarme, las sensaciones que recorrieron mi cuerpo me pusieron sobre aviso y a medida que mi mente se desatolondraba del estado somnoliento en el que todavía me encontraba, pude confirmar el horror. Aún así no quería aceptar la realidad, pero la prueba irrefutable es la imagen que observo en el espejo. Me contemplo de arriba abajo. Es increíble, mi cara de piel clara y fina ha sido sustituida por la de un joven de mandíbula marcada y una sombra negra de barba, ahora algo pastosa por los restos de las lágrimas secas. El pelo antes largo y rubio, cual rayos de sol al amanecer, se ha transformado en corto y moreno como negro azabache. Me centro en este momento en mi físico, mis pechos han sido suplantados por unos firmes pectorales y mi estrecha cintura ha aumentado su tamaño para poder aguantar la enorme espalda de hombre que me ha aparecido. Me quito la parte superior del pijama, para poder contemplarme mejor y descubro que la pequeña marca de nacimiento en forma de media luna de mi hombro izquierdo es lo único que se ha salvado de tan extraño suceso.

De pronto, salgo de mi estupefacción para comprobar que se ha instaurado sobre mí, otra vez, un miedo atroz, pues escucho como alguien inserta alguna llave en una cerradura.Inmediatamente después se abre la puerta de casa. Oigo unos pocos pasos, una puerta que se cierra, la de la entrada supongo, y más pasos. Definitivamente hay alguien dentro. Me abalanzo con ímpetu sobre la puerta e intento cerrar el pestillo para que nadie pueda entrar. En mi arranque repentino, choco contra ella, produciendo un ruido algo estruendoso que se percibe en toda la vivienda, pero consigo cerrarlo.

-¿Quién hay ahí? -pregunta mi padre. Reconozco su voz-. Sonia, ¿eres tú? ¿Por qué no estás en clase?.

Empiezo a sudar de nuevo, mis manos están temblando. No sé que hacer. Decido quedarme callada y esperar a que mi padre se vaya, quizá piense que se ha imaginado lo del ruido. Se para ante el baño. ¿Cómo va a pensar que se lo ha imaginado? Ya habrá visto en mi habitación la mochila donde llevo los libros; sabe que estoy aquí, que no me he ido a la universidad.

-Sonia, ¿estás bien? ¿Te pasa algo? –pregunta, mientras golpea con la mano la puerta.

No contesto.

-Oye, ¿me escuchas? ¿Te pasa algo? –insiste. Mi silencio está empezando a preocuparlo como demuestra su voz, pero decido seguir callada.

Empieza a aporrear la puerta con fuerza. Intenta abrirla, pero no lo consigue. Segundos después se oye un sonoro golpe, quiere echarla abajo. De momento resiste, pero eso no alivia mi creciente nerviosismo. Un segundo impacto la hace crujir mientras sigue preguntando por mi estado. Estoy aterrada, deduzco la inminente escena que se va a producir y eso acelera ostensiblemente mi pulso. Con el tercer golpe consigue descolgar una de las bisagras del marco, de un momento a otro habrá irrumpido en la estancia. No me equivoco, el cuarto impacto hace saltar los restantes goznes y el pasador, abriendo la puerta de par en par. Mi padre consigue entrar en el baño. Me descubre en su interior, aunque no me reconoce como demuestra la estupefacción de su rostro. Sin pensárselo dos veces, se abalanza sobre mí y me coge del cuello mientras me empuja contra la pared.

-¿Quién eres tú? –pregunta-. ¿Cómo has entrado? ¿Dónde está mi hija? –está muy alterado.

-Papá… –consigo articular. No reconozco mi voz y no es por la presión que ejercen sus manos sobre mi garganta. Cuando he estado gimoteando ya me había dado cuenta, pero no ha sido hasta ahora, que he pronunciado las primeras palabras, cuando he tomado conciencia de su cambio de timbre-. Déjame… que te explique –concluyo.

-¡No me tomes el pelo, chaval! ¿DÓNDE ESTÁ MI HIJA? –grita. Sus ojos demuestran una cólera incontrolable que se puede desbordar en cualquier instante.

De pronto, sin quererlo, fija su mirada sobre mi hombro izquierdo, descubriendo la pequeña media luna de un tono más rosado. Me mira a los ojos, tampoco han cambiado su forma original, y me reconoce dentro de ellos. Sus párpados se abren sobremanera. Me suelta repentinamente y retrocede unos pocos pasos. Toso un par de veces y recupero una correcta respiración. Lo miro, directamente a sus ojos, y con gran esfuerzo empiezo a hablar. Le cuento todo lo que ha sucedido, todo lo que he sentido desde que me he despertado y él, con gran asombro y estupor, asiente. Que gran alivio, me ha creído.

• • •

La psiquiatra parece desconcertada. Sabe que lo que le acabo de contar es la verdad, pero no acaba de creérselo. Vuelve a estudiar mi historial médico, ahí están todas las pruebas y análisis que me han hecho desde entonces. No han encontrado nada extraño salvo, claro está, mi metamorfosis. Nadie consigue explicar este fenómeno. De pronto recuerdo que no le he contado las reacciones de mi madre pero decido callarme, la pobre lo está pasando también muy mal. Han pasado ya algunos meses desde aquella mañana y los médicos siguen sin darnos una explicación, incluso la mayoría se han dado ya por vencidos y nos han recomendado asistir a terapias para aceptar la nueva situación. Me gustaría verlos a ellos en ella.

-¿Cuáles son tus aficiones? –la pregunta me saca de mis pensamientos.

-Toco la guitarra –le respondo-. Aprendí, cuando era pequeña.

-¿Coleccionas algo?

-Sí, me gustan mucho las armas, sobre todo los puñales –no sé de donde he sacado este pasatiempo, pero tengo repleta la habitación de estos artefactos. La mujer anota algo en una libreta que tiene, supongo que para sacar más tarde mi perfil psicológico.

-Háblame de tus amigos

-Mis amigos… ya no tengo amigos, todos me repudian –mi semblante se ensombrece al pronunciar estas palabras. La única que aún se digna a hablarme es Julia, pero lo hace con temor y sé que a mis espaldas se compadece de mí. No los culpo, ni a ella ni a los demás; lo más seguro es que mi reacción fuese la misma.

-¿Qué estudias? Porque estás estudiando, ¿no?

-Sí -le respondo-. O al menos lo hacía. Estaba matriculada en empresariales, pero lo he dejado, no tengo ánimos para acudir a las clases. -La mujer asiente mientras escribe de nuevo en sus apuntes.

La conversación deriva por otros recovecos, y así se pasa la sesión de hoy. Ha sido larga, nos ha llevado toda la tarde, pero mi caso parece interesar a la psiquiatra. Lo que más siento es el dineral que se están gastando mis padres con esto. Hemos acudido a todas partes. A la seguridad social, a especialistas de renombre, medicinas alternativas y a un sinfín más de posibilidades, pero no hemos conseguido nada, salvo vaciar cuantiosamente nuestra cuenta corriente.

-Bien, te espero dentro de dos días –me dice. A parte de eso, no me comunica nada más.

• • •

El último médico, algo progresista por cierto, al que acudí me dio la dirección de un curandero. Yo expresé mi sorpresa con un extraño gesto de mi ceño.

-En mi trabajo he observado muchas cosas asombrosas y extrañas. No tanto como tu caso, pero sí sorprendentes. Si hay alguien que puede ayudarte, es él –fue su escueta explicación. Tengo que admitir que la sinceridad con que pareció hacer aquella declaración abrió en mi corazón una pequeña rendija a la esperanza.

• • •

Mis padres y yo decidimos ir a visitar a este personaje. Llegamos enseguida a su domicilio y llamo por el portero electrónico. Enseguida se oye como alguien coge el auricular, pero no dice nada. La puerta del patio se abre. Entramos en él y empezamos a subir las escaleras. Cuando llegamos a nuestro destino observamos que la entrada de la vivienda a la que nos dirigimos también está abierta, pasamos al interior de la casa y la cerramos. Me sorprende la decoración del lugar pues había imaginado que me encontraría con un habitáculo poco iluminado y con estanterías repletas de fetos de animales en botes de cristal con alcohol etílico, pieles de serpientes o esqueletos de pequeños roedores. No es así, la vivienda es como cualquier otra. Encontramos al hombre en un pequeño estudio, está de espaldas a nosotros revisando algunos documentos que hay encima de un escritorio. Es algo mayor, de unos cincuenta o sesenta años. Tiene el pelo canoso y le llega hasta los hombros. Su ropa no destaca nada de su personalidad, va vestido como cualquier otra persona.

-Pasen, no se queden en la puerta –dice sin girarse el hombre-. Tú debes de ser Sonia.

Me sorprendo ante aquella afirmación. Mis padres y yo nos miramos extrañados. Ni ellos ni yo hemos llegado a hablar con él, es imposible que sepa quien soy, sobre todo con mi actual aspecto. De pronto pienso que quizás el joven doctor le avisase de nuestra posible llegada.

-Se equivoca señorita, Luis no ha hablado conmigo.

Aumenta mi asombro. En ningún momento he pronunciado una sola palabra y sin embargo ha contestado a mis pensamientos como si lo hubiese hecho.

-Te estarás preguntando como sé estas cosas –comenta mientras se gira. Se produce un nuevo aumento de mi desconcierto al observar los ojos de tan extraño interlocutor. ¡Es ciego!

-Sí, lo soy –afirma.

-¿Cómo… cómo es posible… ? –no consigo acabar la frase.

-A veces, la perdida de algún sentido, permite un aumento sensitivo de los demás… no sólo de los físicos –me contesta directamente a mí, como si me estuviese mirando. La sensación que percibo es exactamente esa; a pesar de la deficiencia visual, el misterioso personaje se comporta como si no careciese de su vista-. En cuanto a cómo sé que eres una mujer y no un hombre, es sencillo, tu alma sigue siendo la misma, no ha cambiado, es más, no puede hacerlo, es imperturbable, inmutable; por eso tu padre te reconoció al verte reflejada en tus ojos aquel día. Son el espejo del alma y nunca mienten.

Miro a mis padres, parecen tan desconcertados como yo, aunque la desconfianza que tenían preconcebida sobre el curandero no ha desaparecido.

-Bien, será mejor que empecemos –comenta y con un gesto de la mano nos invita a sentarnos en las tres sillas que hay delante del escritorio, parece, como ya ha demostrado, que nos estuviese esperando. Sin embargo, él se sienta en un sillón, sin ayuda de ningún tipo. Parece conocerse bien la casa, aunque después de lo visto ya no sé que pensar.

Se interesa mucho por mis sentimientos y emociones, y sobre todo, por la mañana que descubrí tan singular transformación.

-Una cosa más, ¿se comporta Sonia alguna vez como si no fuese ella? –la pregunta es para mis padres y lo hace de forma como si los estuviese mirando de verdad. Ellos parecen no comprenderlo, pues se miran de manera extraña-. Quiero decir, ¿ha hecho alguna vez algo y después no lo recuerda? –les aclara.

-No, nunca su carácter ha sido insólito –responde mi madre-. ¿Por qué? –añade. En toda la tarde no ha cambiado su parecer con respecto al hombre. Sigue recelando de él y nada de lo que diga la va hacer cambiar de parecer.

-Les explicaré. En ocasiones, entes de otras dimensiones se materializan en la nuestra de formas muy diversas. Un buen ejemplo sería algo parecido a lo que le ha ocurrido a su hija. Metamorfosean el cuerpo del individuo a su antojo. Es una forma de posesión y la manera de averiguarlo es ésta, diferenciando los momentos en los que el personaje conserva la conciencia de los que no –comenta. La sorpresa es patente en el rostro de mis padres; por mi parte soy capaz de creer ya cualquier cosa-. Pero no se preocupen –nos tranquiliza-, el caso de su hija es distinto. Al no haber sufrido ninguna de estas posesiones, el problema radica en otro lado. Existen muchas teorías de las razones, pero ninguna es convincente, por eso no los aburriré con ellas. Sólo decirles que por alguna causa, el cuerpo y el alma de su hija se han intercambiado con el cuerpo y el alma de otra persona, el de un chico por lo que podemos deducir por la fisonomía que observamos. Como el alma es inmutable, lo que ha cambiado ha sido el cuerpo. Lo que hay que hacer es buscar a la otra persona para poder llevar acabo el rito de transformación. He estado estudiando algunos textos antiguos y…

-¡Ya está bien! –le interrumpe mi padre-. Ya se ha burlado suficiente de nosotros –ellos ya no querían acudir al hombre, si lo han hecho es porque yo les insistí. No creen en estas cosas y toda la plática no les ha convencido-. Teorías, entes, dimensiones… no somos idiotas, no va a conseguir engañarnos con sus mentiras.

-No intento engañarlos –el extraño personaje no parece contrariado ante la reacción de mi padre. Lo más seguro es que esté acostumbrado a ellas.

-Vayámonos, no quiero seguir escuchando tonterías –ordena, entretanto nos obliga a levantarnos.

-Están cometiendo un error –no es una amenaza como demuestra el tono de su voz-. Soy su única esperanza –termina, mientras nos deja marchar.

• • •

Es martes. Han pasado los meses. Nadie ha encontrado ninguna solución a mi problema. He dejado de asistir a la terapia psiquiátrica, ya no tiene sentido. He perdido toda esperanza. Muchas cosas han cambiado desde aquella mañana; el contenido de mi armario, ese momento cada veintiocho días, la crema depilatoria por la espuma de afeitar, y un sinfín más que no merece la pena mencionar.

No hay nadie en casa. Estoy en mi cuarto, es media tarde y una ligera brisa entra por la ventana, perfumándola de un olor a geranios procedente de las jardineras que hay colgadas fuera. Sentada en la cama, afino mi guitarra. Hago vibrar las cuerdas, compruebo los tonos y marco algunos acordes. Cuando decido que el sonido es el adecuado comienzo a tocar una canción que me agrada mucho por su estilo melancólico, “The sound of silence” de Simon & Garfunkel. Siento como la magia de la melodía recorre mis dedos, dándole a los filamentos del instrumento la oscilación e intensidad adecuada, produciendo unos sonidos que bañan la estancia, relajando mi mente y transportándola a un mundo donde no existe el dolor.

Concluyo la canción y el hechizo de su armonía se desvanece devolviéndome a la realidad. Recorro la habitación con la mirada, inspeccionándola. De pronto, algo en una de las estanterías llama mi atención. Dejo la guitarra sobre la cama y me levanto. Cuando llego a ella cojo uno de los objetos que la adornan y lo contemplo. Es una daga antigua de estilo musulmán, con una hoja sinuosa de doble filo. La parte superior de su empuñadura está decorada por una calavera humana y el resto de ella ornamentada con brillante obsidiana. Está bien equilibra y es bastante ligera. Juego con ella un rato. Al cabo de unos segundos la acerco a una de mis muñecas tomando mi decisión final. Presiono y la deslizo sobre mi piel. No siento dolor, ya no. La sangre empieza a salir a gran velocidad, primero roja pero tornándose negra por la oxidación. Repito la operación en la otra. Percibo como se escapa mi vida. Voy deslizándome lentamente hacia el suelo, dejando caer la daga con un estrepitoso ruido. La última imagen que contemplo es la de mi despertador, marcando las 18:37.

Mi póstumo pensamiento es para mis padres. Los compadezco, porque no van a comprender mi decisión, pero ya es demasiado tarde para dar marcha atrás. Exhalo mi último suspiro. Ahora soy yo quien escucha el sonido del silencio.

• • •

En otro lugar, un hombre algo mayor, de unos cincuenta o sesenta años, con el pelo canoso que le cae sobre los hombros, contempla un periódico. Esto no sería nada significativo de no ser porque el hombre es completamente ciego. Esta leyendo un artículo sobre una joven que ha aparecido muerta en una calle de la ciudad. El articulo dice: “…una mujer joven, de unos veinte años, muere el pasado martes. Eran pasadas las seis y media de la tarde cuando la joven se desplomó al suelo sin ninguna causa aparente. Los testigos presenciales afirman que no pasó nada. Los médicos no han sabido encontrar las causas de este suceso y…”. Termina de leer el artículo. Comienza a pasar las páginas sin detenerse en ninguna en especial, parece que busca alguna cosa. Llega a la sección necrológica y comienza a leer. Se interesa concretamente por una esquela:

-Yo les podría haber ayudado –dice mientras niega consternado con la cabeza-. Con su ceguedad han arrastrado a dos jóvenes a la muerte, pues el alma no puede vivir sin el cuerpo. Si uno muere, el otro también. Ya no hay solución posible –concluye mientras por sus mejillas resbalan dos lágrimas.

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