El deseo

16 07 2008

-Deseo… –empezó la mujer-. Deseo sacarlo de mi cabeza. Olvidarlo todo.

Entonces apretó el pequeño corte que se había hecho unos instantes antes, consiguiendo que de él manaran unas pocas gotas de un color rojo brillante. Éstas abandonaron su mano enseguida, surcando el corto espacio que les separaba de su destino, cayendo, y alcanzando la superficie de las aguas del cristalino estanque donde se encontraban. Las gotas de sangre produjeron una pequeña perturbación en forma de ondas, que cesaron al cabo de unos segundos. El líquido rojo empezó a perder su brillo mientras se mezclaba con el agua, hasta desaparecer totalmente. El ritual había acabado, y el deseo se cumpliría.

-Cuidado con lo que deseamos, pequeña –intervino el hombre que la acompañaba-. Porque corres el riesgo de que se haga realidad.

La mujer se giró, mirando al hombre que acababa de hablar. No lo conocía, al menos personalmente. Se lo habían presentado en un momento de desesperación. Había seguido todas sus indicaciones para conseguir su propósito. Ahí acababa su relación con él. Después de lo sucedido hacía unos instantes, no volvería a verlo nunca más.

-Para eso he venido ¿no? –dijo algo irritada.

El hombre torció la boca, simulando una sonrisa cínica, pues su media cara quemada no le permitía realizar aquel acto con la gracia deseada.

-Sí, para eso has venido –respondió al fin-. Pero hay que tener precaución con los deseos. No todos son buenos, si no se formulan correctamente.

-El mío es sencillo –contestó, apartando la mirada del hombre.

-Demasiado –sentencio él en un susurro.

La mujer no oyó la última palabra de su acompañante, ya que se había girado para buscar la salida del lugar donde se encontraban. El hombre la siguió con la mirada, observando sus movimientos, contemplando, apreciando su dolor. Al cabo de un rato, negó con la cabeza, apesadumbrado.

Dentro de su dolor, la mujer ahora se sentía mejor, pues sabía que su petición se cumpliría. Hacía tan solo unos meses atrás no hubiera pensado lo mismo, pero ahora, después de todo lo sucedido desde entonces, todo había cambiado.

Desde el principio nada fue sencillo. El accidente que había sufrido junto a su pareja, la había dejado sola. En sus recuerdos todavía estaba aquel fatídico suceso. Los dos rodando por los aires, dentro del coche, después de que se hubiesen salido de la carretera porque ella se quedara dormida. Pero el destino no fue justo. Ella, culpable de aquello, había salido relativamente ilesa. Tan solo unas magulladuras y unos moratones demostraban que algo había ocurrido. Pero su compañero, su pareja, sentado en el asiento del acompañante, no tuvo tanta suerte. El accidente lo dejó maltrecho, pues sufrió una hemorragia interna que los médicos no pudieron detener. Su vida acabó en una fría sala de operaciones, tumbado en una mesa de un quirófano, mientras todos luchaban por mantenerlo en este mundo.

Desde entonces, ella había perdido todo interés por las cosas que la rodeaban. Su dolor era tal, que en varias ocasiones había intentado seguir sus pasos. El tiempo fue pasando, pero el dolor no menguaba, se mantenía a flote, arañando, recordándole cuanto lo quería.

Por fin, decidió pasar página y seguir con su vida. Pero no lo conseguía. Determinó sumirse en su trabajo, para tener la cabeza ocupada y evitar sentir el dolor. No funcionó. La compañía de sus seres queridos y amigos tampoco funcionaba. Hasta que apareció una vieja amiga suya. Por algún motivo que no llegaba a comprender, necesitaba sincerarse con ella, contarle todo lo que sucedió aquel día, transmitirle sus sentimientos desde entonces, la mayoría de dolor, en definitiva, apoyarse en ella para intentar salir adelante.

Fue entonces cuando su amiga le contó algo muy curioso. Hacía algún tiempo, conoció un pueblecito en el que se rumoreaba que uno de los habitantes del lugar poseía un estanque algo especial. El pequeño acuífero se encontraba tan solo a unos metros del lugar donde vivía este hombre, y se accedía a él por una pequeña gruta que daba al sótano de la vivienda.

Los lugareños contaban que este estanque poseía características especiales. A modo de pozo de los deseos, cualquiera podía pedirle lo que quisiera y las aguas mágicas del estanque lo proporcionarían.

La mujer en un principio desoyó la historia de su amiga. Pero la desesperación pudo más que la razón, y un día decidió visitar al hombre de la historia. Mantuvo una entrevista informal con él, que se limitó a un café a entradas horas de la tarde, acompañado con algún pequeño tentempié. El hombre escuchó la historia de su tertuliante, lo que sabía sobre el estanque. Oyó sus argumentos para que le dejara utilizarlo. Como le era imposible olvidar a su compañero, el dolor que sentía en su interior, la consternación por lo ocurrido, y un sin fin más de razones.

Cuando ella acabó, el hombre asintió. No se negó a su utilización. Pero le hizo una advertencia, pues el hombre pensaba que todo lo que se pedía tenía un precio, y había que estar dispuesto a pagarlo. La mujer pensó que hablaba de dinero, pero el hombre lo negó.

-Estas aguas reclamarán algo de ti –le advirtió mientras la señalaba en el pecho-. Si no estas dispuesta a realizar el pago, no conseguirás nada.

La mujer, sin pensárselo, aceptó.

Ese era el motivo por el que ahora la mujer se encontraba en casa de aquel extraño personaje.

Después de unos segundos de incertidumbre la mujer se despidió. Aquella era una de las condiciones para poder entrar en el estanque. Después de la petición, ella se marcharía, sin hacer ningún tipo de comentario. El hombre negó de nuevo con la cabeza, apesadumbrado, cuando la mujer entró en su coche para marcharse.

-Muy alto es el preció que debe pagar.

La mujer arrancó el coche, y segundos después, se marchó del lugar. El camino de vuelta a casa era largo, y la oscuridad se había hecho dueña de los aledaños. Sería bien entrada la noche cuando llegase a su casa.

Después de unos minutos de viaje, una leve llovizna hizo aparición. Pronto se transformó en un fuerte aguacero que a duras penas permitía la visibilidad de la carretera, por lo que la mujer decidió reducir su velocidad. Este hecho la perturbó, pues desde el accidente, no se sentía a gusto con un volante entre sus manos, y sólo el hecho de retrasar su llegada a casa, la abrumaba todavía más.

Su suplicio, para desconocimiento de la mujer, terminaría pronto.

El tiempo fue pasando, y la lluvia no menguaba. De repente, algo se cruzó en la carretera, justo delante de ella. La mujer pegó volantazo, para esquivarlo. Intentó controlar el coche, volver a ponerlo en la dirección correcta. Pero fue inútil, el asfalto mojado hizo que el vehículo patinara, saliéndose de la carretera. Dio unas cuantas vueltas de campana, rodando por el suelo, hasta que finalmente, se paró.

• • •

-¿Qué es lo que le pasa? –preguntó uno de los internos al compañero que atendía a la mujer.

-Es extraño –contestó.

-¿A que te refieres? –insistió.

-La mujer parece estar bien –comenzó-. Tan sólo tiene unos pocos arañazos, pero ninguna lesión grave.

Los dos hombres la miraron, sentada en una silla de ruedas del hospital, con el pijama de los enfermos, y un aspecto desmejorado.

-¿Entonces?

-No lo sé. Parece tener una lesión cerebral, pero no hemos encontrado nada.

-¿En que te basas para pensar eso?

-No anda, no porque no pueda, porque puede. No… sabe andar, ni hablar. No sabe quién es. No sabe escribir. Es muy extraño. Es… como si hubiese… olvidado. Como si hubiese olvidado… todo.

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