El barquero

2 09 2008

-Un billete –pidió el hombre.

-¿De ida? –el barquero no esperó respuesta pues ya la conocía. Aún así, el hombre asintió con la cabeza-. Sí, todos pedís sólo un billete de ida. Nadie vuelve del lugar a donde vais. Un viaje sin retorno, al olvido –rió cínicamente.

-¿Cuánto tardaremos? –preguntó el hombre mientras subía en la barca.

-No lo sé –respondió el barquero-. Eso depende de ti. Son los pasajeros los que limitan el tiempo del viaje. Así que acomódate, no será un viaje divertido.

El barquero comenzó a remar y la barca empezó a deslizarse lentamente por el agua. Durante los primeros minutos de la travesía ninguno de los dos dijo nada. El barquero estaba acostumbrado a aquel tipo de viajes, así que se dedicó a realizar su tarea, sin importarle la presencia del otro. Siempre el mismo movimiento con los remos, sin descanso, hasta llegar al lugar de destino.

El acompañante sin embargo, no dejaba de escudriñar su entorno, interesado por los alrededores. Aunque en realidad no podía observar mucho, pues sólo se podía ver unos pocos metros más allá de donde se encontraban. El espacio lo envolvía una extraña oscuridad que no permitía ver en la lejanía. El agua, extrañamente tranquila, estaba cubierta por una espesa neblina que se arremolinaba cada vez que los remos salían y entraban en el agua.

Pero el barquero sabía que antes o después todos los pasajeros acababan hablando, pues el viaje era aburrido, y casi nunca se sabía cuando acabaría. Sin embargo, el hombre que ahora lo acompañaba no mostraba interés por hablar, al menos no de momento.

Se preguntaba, como siempre hacía, qué era lo que había ocurrido para que cada pasajero suyo acabara allí, realizando aquella travesía. Como siempre, no lo sabía, a menos que alguien decidiera contárselo. Pero la mayoría de las veces, ni ellos mismos sabían por qué estaban allí.

-Una noche desapacible –por fin rompió el silencio el hombre.

-No, aquí siempre hace este tiempo –respondió el barquero, sin siquiera mirar a su interlocutor.

-Que siempre haga este tiempo no quiere decir que no sea desapacible –le reprochó el otro.

Esta vez el barquero sí que dirigió una mirada al hombre. Fue muy breve, pero teniendo en cuenta que nunca miraba a los que le acompañaban en la barca, decía mucho a favor de éste.

-¿Cuánto tiempo lleva aquí? –retomó de nuevo la conversación después de otros minutos de silencio.

El barquero volvió a mirar a su acompañante, pero esta vez lo hizo abiertamente sin intentar esconder su acción. Era extraño, nadie nunca antes le había hecho aquella pregunta. Normalmente se limitaban a lamentarse, a hablar de ellos, y en el mejor de los casos, sólo unos pocos permanecían en silencio durante todo el viaje. Pero este hombre lo había sorprendido en dos ocasiones, y eso no era fácil, dada su actual situación. Decidió contestar, de todas formas, no tenía nada que perder.

-Es difícil decirlo –contestó torciendo los labios-. Llevo tanto tiempo, que parece que nací remando esta barca.

El hombre asintió, dando a entender que comprendía lo que el barquero sentía.

-¿Pasa mucha gente por aquí? –continuó.

-Sí –contestó rotundamente-. Más de la que se puede imaginar. Podríamos decir que todos, antes o después, están condenados a subirse en mi barca.

Un nuevo silencio. El hombre, otra vez, empezó a contemplar los alrededores, con la esperanza de poder vislumbrar algo más que en sus anteriores ocasiones. Pero siempre era igual, oscuridad y niebla. Si no fuera por el leve vaivén de la barca y porque podía contemplarse en la superficie de las oscuras aguas que rodeaban a la embarcación que ésta avanzaba, cualquiera pensaría que no se habían movido ni un centímetro desde que habían iniciado el viaje.

-¿Y usted, por qué está aquí? –por primera vez en su historia, ahora era el barquero el que realizaba una pregunta.

-No lo sé –respondió el hombre después de unos segundos de duda.

El barquero, por tercera vez consecutiva, se sorprendió ante la respuesta del otro. No cabía duda de que este hombre no era como el resto de personas que llegaban hasta él.

-Llegué hasta la orilla y vi la barca –continuó el hombre-. Pensé que sería una buena idea subirme en ella.

-¿No hubiera sido mejor volver, dado el desapacible tiempo que hace? –preguntó con sorna.

El hombre sonrió mirando al barquero.

-No lo creo –respondió-. Vengo de allí, sé lo que hay.

-Bueno, esa es su opinión. Es tan buena como la de cualquier otro.

-¿Qué hubiera hecho usted en mi lugar? –se interesó el hombre.

-Esa pregunta no tiene sentido –contestó el barquero-. Yo conozco esto, sé lo que hay al otro lado de estas aguas.

-Que más da que lo sepa. ¿Qué hubiera hecho? –insistió.

El barquero contempló nuevamente al hombre. Sin duda, era una persona extraña. Nadie como él había pasado por allí antes.

-Volverme –respondió al fin.

-Sabía que diría eso –reprochó el hombre-. ¿Por qué? ¿Por qué se hubiera vuelto?

-Porque sé lo que hay al otro lado.

-¿Y no es bueno lo que hay al otro lado?

-Eso depende de la persona –sentenció el barquero.

-Como la duración del viaje.

-Como la duración del viaje –repitió.

Los dos callaron. El hombre continuó en su escrutinio del lugar. Lo que no sabía era que lo intentase cuantas veces lo intentara, el resultado siempre sería el mismo. El barquero prosiguió con su tarea y no dejaba de mover los remos para que la barca avanzara.

-Estamos llegando –rompió el silencio el barquero.

El hombre prestó atención entonces, mirando delante de la barca. Al cabo de unos segundos, la niebla empezó a dispersarse, aunque no mucho. Ante ellos apareció una pequeña playa, que llevaba a un camino estrecho, perdiéndose en la oscuridad.

La barca enseguida tocó tierra, y el hombre bajó. No así el barquero.

-Ha sido un placer –se despidió del barquero.

-Más de lo que usted imagina –sentenció.

De nuevo, el barquero empezó a remar, alejándose de la orilla.

-Una última pregunta –empezó el hombre.

-Adelante –dijo el barquero.

-¿Cómo se llama este río? –pregunto alzando la voz, pues la barca cada vez estaba más lejos.

-Es el Río de los Muertos –respondió el barquero. –Y el camino que tiene detrás, lleva a la Tierra del Más Allá –después de eso se oyó una corta carcajada.

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