Niebla

14 01 2009

La frondosidad del lugar no dejaba ver a muchos metros de distancia. Y la creciente oscuridad, producto del anochecer, no ayudaba.

-Será mejor que acampemos –dijo Rubén al fin, dejando caer la mochila en el suelo. Un ligero crepitar se produjo cuando las hojas secas que cubrían el sotobosque se quebraron ante el peso de la bolsa.

-¿Por qué? –preguntó Óscar.

-Porque estamos dando vueltas tontamente –respondió mientras se giraba para contemplar a su primo y a Lucía, la novia de éste.

-Admitámoslo chicos –intervino Sofía, acercándose hacia sus tres compañeros-. Nos hemos perdidos. Rubén tiene razón, lo mejor que podemos hacer es acampar y mañana ya continuaremos.

-Todavía queda un poco de luz. Podemos seguir un rato más –sentenció Lucía, que no se soltaba del brazo de Óscar.

-Lucía –empezó Rubén-, no sabemos dónde estamos. Y llevamos un buen rato caminando en círculos. La noche se avecina, y este es el mejor sitio que podemos encontrar por el momento. Lo mejor será quedarnos aquí y esperar hasta mañana.

-Está bien –intervino el otro chico-. Pasaremos la noche aquí. Que más da un sitio que otro –y después de sus palabras se despojó del enorme bulto que cargaba a las espaldas, dejándolo al lado de la mochila de Rubén. Las dos chicas hicieron lo mismo y al cabo de unos segundos todos estaban sentados alrededor de una pequeña hoguera que habían encendido con ramas y hojas secas.

Lo que parecía haber comenzado como un estupendo fin de semana en la montaña pronto se vio estropeado. Al cabo de unas pocas horas de caminata, los cuatro chicos se dieron cuenta de que se habían perdido. Hacía tan solo unos minutos que habían tomado la bifurcación equivocada, y cuando quisieron darse cuenta ya era demasiado tarde. Decidieron volver, pero el angosto terreno y la niebla que imperaba en el lugar desde hacía un buen rato provocaron que se extraviaran.

Ahora los cuatro se apretujaban unos contra otros, mientras alargaban sus manos hacia el llameante fuego, pues la noche apuntaba fría. Parecía mentira que tan solo unas horas antes estuvieran llenos de ilusión por la perspectiva de una salida campestre.

Rubén, con mirada ceñuda, contemplaba a sus compañeros. Óscar, su primo, estaba abrazando a Lucía en un intento para que la chica entrase en calor. Rubén sonrió, pues sabía cuanto se querían sus dos amigos. Se conocieron gracias a él, y desde el primer momento supo que aquella cita a ciegas había sido todo un éxito. Ambos se quedaron embelesados con el otro en cuanto se miraron a los ojos.

Lucía era una persona actual, práctica, que tenía las ideas claras. Su primo por el contrario, era un chico extravagante y algo despreocupado. Por eso supo que ambos encajarían bien. Al fin y al cabo, los polos opuestos siempre se atraían. Habían pasado ya siete meses desde aquel día. Todo un logro para Óscar, pues sus relaciones sentimentales nunca habían durado tanto. Pero esta vez era distinto. La chica que ahora lo acompañaba lo había atrapado de tal manera que su primo parecía una persona totalmente distinta.

Óscar dejó de achuchar a su novia y miró a su primo. Lo vio sonreír y le devolvió el gesto. Inmediatamente después, le hizo una seña con la cabeza indicando el lugar donde estaba sentada Sofía. Rubén enseguida entendió la intención de su primo.

La excursión había sido una excusa para estar a solas con su amiga. Desde que la había conocido, Rubén no podía dejar de pensar en ella. Los ojos de la muchacha, con sus tonalidades grisáceas, se aparecían en los sueños del chico, haciendo que sus sentimientos hacia ella fueran cada vez más fuertes.

Después de unos días de insistir, Rubén pudo convencerla de que los acompañase, a él y a Óscar y Lucía, a esta excursión, y aunque el muchacho no tenía muchas esperanzas, Sofía al final aceptó.

Rubén se sentía atraído por el misterio que la chica irradiaba. Sofía era una persona algo reservada, aunque no por eso tímida. Siempre tenía una fina sonrisa dibujada en sus labios, y su mirada era profunda y sincera. Sin percatarse siquiera, la joven tendió una red alrededor de su amigo que lo tenía apresado, a merced de lo que ella quisiese. Rubén se sentía totalmente atrapado, sin fuerzas para resistirse.

El muchacho se levantó del lugar donde estaba sentado y se dirigió hacia la chica. Ésta se percató de la presencia de su amigo al cabo de unos segundos y lo miró, sonriéndole, como siempre hacía. Rubén sintió una punzada en el pecho, pero estaba acostumbrado a que le pasase siempre que la miraba, así que no se inmutó. Se sentó a su lado, sin decir nada durante unos minutos. Al cabo de ese tiempo comenzó a hablar.

-¿Qué tal estás? –preguntó intentando iniciar una conversación.

-Bien –respondió ella-. Con un poco de frío, pero bien –añadió frotándose las manos.

-Sí –afirmó él-, se ha vuelto fría la noche. Y la niebla que nos envuelve carga el lugar de humedad.

Sofía asintió. Rubén no supo que más decir. Siempre que intentaba un acercamiento, el joven se veía bloqueado, sin saber que hacer. Por eso sus intentos se limitaban a unas pocas palabras en cada ocasión. Pero esta vez era distinto. Rubén se encontraba en su elemento, la montaña, y sabía como proceder ante cualquier contratiempo. Se levantó y se encaminó hacia las mochilas. Después de unos segundos de rebuscar en la suya, sacó una pequeña chaqueta. Se la acercó a su amiga.

-Ten –le dijo-, para el frío. Siempre llevo algo de ropa en la mochila. Por si acaso –y le sonrió.

Sofía aceptó la prenda. Se levantó para ponérsela. Entonces, el colgante que siempre llevaba al cuello apareció entre los pliegues de la cazadora que ya llevaba encima. Rubén lo contempló, absorto. Era una alhaja extraña, totalmente de plata, igual que la cadena, y con una bola de cristal azul oscuro en el centro. No parecía nada especial, pero en todos lo que la ojeaban instauraba un sentimiento de desconcierto, como si les produjese alguna sensación de malestar. Sofía era consciente de los sentimientos que las personas albergaban cuando veían su reliquia, pero no quería separarse de ella, pues había sido un regalo de su madre antes de que muriera, y le tenía mucho cariño al collar.

Rubén apartó la mirada, como siempre hacía. La muchacha se percató de ello y enseguida tapó el colgante. La niebla que los envolvía se arremolinó alrededor de Sofía, alzándose unos centímetros por encima del suelo. Pero cuando la joven dejó de moverse, volvió a la normalidad.

Se sentó de nuevo.

-Gracias –dijo al fin-. Ahora me siento mucho mejor –y volvió a sonreírle.

Nueva punzada en el pecho.

-No hay de qué mujer –sentenció su compañero, y nuevamente se quedaron callados.

La noche estaba tranquila. Ningún ruido se oía en la penumbra, salvo el ulular de algún búho o lechuza que estuviese de caza por los alrededores. Sin nada más que hacer, los cuatro compañeros pasaron el tiempo contando historias o jugando a juegos sin sentido. Al cabo de unas horas, y después de haber comido lo que tenían preparado para cenar, todos empezaron a sentirse cansados.

-Sería mejor que nos fuéramos a dormir, chicos –sentenció Lucía-. Yo estoy rendida.

Todos asintieron ante sus palabras. Rubén y Óscar se levantaron, acercándose a una de las mochilas. De ella sacaron dos pequeñas tiendas de campaña de montaje rápido. Tan solo había que desplegarlas en el suelo y ellas solas adquirían su forma definitiva.

-Está bien chicas, cada una a su nido –dijo en tono burlón Óscar.

Las dos jóvenes se dirigieron hacia una de las dos tiendas de campaña, seguidas de cerca por Óscar. Lucía se giró repentinamente y levantó su brazo en señal de stop.

-¿Dónde crees que vas pasmarote? –preguntó la muchacha-. Esta es la tienda de las chicas.

-Yo duermo contigo “churri” –dijo el chico-. Dejemos a Rubén y a Sofía en la otra tienda.

-De eso nada piltrafilla –le contradijo su novia-. No pienso quedarme a solas contigo. Quién sabe lo que puedes hacerme –le recriminó con gesto irónico.

-Pero “churri”…

-De “pero” nada, Óscar. Tú, a dormir con tu primo, que Sofía y yo estaremos mejor solas –y con esas últimas palabras, ambas se introdujeron en la tienda, mientras reían por lo bajo.

-Yo lo he intentado compañero –le dijo Óscar a Rubén.

-Ya, y seguro que lo has hecho por mí –le recriminó medio en broma.

-La duda ofende primo –dijo al fin el otro, mientras se metían en su tienda.

Al cabo de unos minutos, los cuatro amigos se habían quedado dormidos. Fuera, el fuego todavía crepitaba, mientras las pocas llamas que lo componían bailaban entre la madera carbonizada. La niebla que les había acompañado durante toda la noche, aumentó, envolviéndolos, cubriéndolo todo como un manto de seda blanca. La hoguera pronto se apagó debido a la humedad de la que la bruma estaba cargada, dejando el pequeño claro del bosque en total oscuridad.

• • •

Un grito desgarrador despertó a los chicos. Ambos, tapándose los ojos por la hiriente luz de la mañana, se levantaron rápidamente. Óscar fue el que más se asustó, pues enseguida reconoció la voz de su novia. Rubén abrió la cremallera que cerraba la entrada de la tienda de campaña y los dos chicos salieron al exterior. Consiguieron ver a Lucía sentada en el suelo, con una cara que denotaba terror. Rubén siguió la mirada de su amiga, pero la luminosidad del lugar le impedía ver más allá de unos pocos metros de distancia, por lo que tuvo que esperar a que su vista se acostumbrara a tanta cantidad de luz. Cuando lo hizo, se quedó con la boca abierta, sin creer lo que estaba contemplando.

Óscar por el contrario, se lanzó encima de su novia, preocupándose por ella. Intentó tranquilizarla, pues mostraba un alto estado de nerviosismo.

-Tranquila, mujer –le decía mientras ella movía los brazos señalando algo delante de ellos.

-Óscar –llamó su primo. Éste no le hizo caso, continuaba intentado que la joven se serenase. Pero no lo conseguía.

-Óscar –repitió.

-¡Qué! –se giró exasperado. Entonces lo vio, y entendió por qué Lucía estaba tan asustada-. ¿Qué coño…?

Se encontraban en el centro de lo que parecía una plaza. Alrededor de ésta había diversas edificaciones, entre las que se apreciaba, justo frente a ellos, una pequeña iglesia. El resto eran casas pequeñas, y el complejo en conjunto parecía un pueblo.

-¿Dónde estamos? –pregunto Óscar, que se había acercado hasta su primo, perdido ya todo interés en Lucía.

-No lo sé –consiguió articular Rubén mientras contemplaba el lugar.

Lucía continuaba sentada en el suelo, temblando por su estado de nervios, e intentaba decir algo entre balbuceos ininteligibles.

-Sofía… –pronunció al fin.

-Sí –Rubén recuperó la compostura, aunque era difícil hacerlo-. Será mejor despertarla y averiguar dónde estamos. -Se dio la vuelta y se dirigió hacia la tienda donde habían pasado la noche las chicas.

-No… –habló de nuevo la muchacha, pero no consiguió acabar la frase-. No está –Rubén se paró al escuchar las palabras de su amiga, justo en el momento en que intentaba entrar por la pequeña abertura que había quedado en la entrada de la tienda de campaña-. Ha desaparecido.

Entonces, el muchacho, preso de un sentimiento de temor, entró rápidamente en el pequeño habitáculo y, para estupefacción suya, comprobó que estaba vacío. Rebuscó entre la ropa, como si la joven pudiera estar escondida entre alguna prenda de vestir, o bajo el saco de dormir, pero, como cabía esperar, no la encontró.

-¿Dónde está? –preguntó cuando salió de la tienda.

-No lo sé –respondió Lucía, todavía asustada-. Cuando desperté ya no estaba.

-Tranquilízate primo –dijo Óscar, pues comprobó que Rubén cada vez estaba más nervioso-. Vamos a buscarla, tiene que estar por aquí.

El muchacho asintió después de unos segundos de cavilación.

De pronto, Lucía volvió a gritar. Pero esta vez no era de espanto.

-¡Allí! –oyeron los dos muchachos. Se giraron. Lucía apuntaba con el dedo, por lo que siguieron la dirección que este marcaba. Alzaron la mirada, hacia lo alto. Frente a ellos, aunque de porte pequeño, se alzaba de forma majestuosa la iglesia. Junto a ella, un pequeño campanario, no mucho más alto que el edificio principal al que pertenecía. En la pequeña arcada de lo alto de la torre, junto a la campana, había una persona, una chica. Era Sofía.

-Sofía –gritó Rubén-, quédate ahí. Ahora subimos por ti –y salió disparado hacia el enorme portón de madera que había en la fachada principal del templo.

Sus dos amigos lo siguieron sin pensárselo dos veces.

Rubén intentó abrir la puerta, pero no pudo conseguirlo.

-¿Cómo ha conseguido entrar? La puerta pesa demasiado para que haya podido abrirla ella sola –afirmó el muchacho después de un par de intentos.

-Eso ahora no importa –intervino su primo-. Empujemos los tres juntos –y así lo hicieron. Al cabo de unos segundos de incertidumbre la puerta comenzó a ceder ante sus esfuerzos y terminó abriéndose lo suficiente para que los tres amigos pudiesen entrar.

Dentro estaba todo muy oscuro y no parecía haber nadie. De hecho, todo el pueblo parecía estar desierto.

Ante ellos se abría una gran sala que terminaba en un mediocre altar lleno de polvo. Parecía que nadie lo hubiese utilizado en mucho tiempo. Igual pasaba con los bancos que servían para que la gente se sentase a escuchar la ceremonia. Además, la madera, tanto de la puerta como de los bancos, parecía carcomida.

-Por aquí –ordenó Lucía tras descubrir una pequeña abertura en una de las paredes laterales del lugar.

El hueco en la pared conducía a una estrecha escalera de caracol con escalones de piedra. Los tres muchachos decidieron subir por ella. Al cabo de un par de minutos llegaron a lo alto del campanario, y la luz que se filtraba por las arcadas los deslumbró cuando entraron en él.

-Sofía –llamó Rubén, pero no obtuvo respuestas. Sus dos acompañantes hicieron lo mismo, con idéntico resultado.

-¿Dónde está? –preguntó al fin Óscar.

-No lo sé –respondió su primo-. No parece estar aquí. Pero si hubiese bajado nos la hubiésemos cruzado en las escaleras –Óscar asintió ante las palabras de Rubén.

-¡Allí! –volvió a gritar Lucía. Los dos chicos se acercaron a su amiga. Se asomaron al exterior, mirando la plaza.

Abajo, justo en el centro, estaba Sofía, mirándolos.

-¿Cómo ha conseguido bajar sin que la viésemos? –preguntó Óscar. Ninguno de sus acompañantes supo que contestar.

Aún así, todos se giraron y comenzaron a bajar por la escalera que momentos antes habían subido. Los primeros síntomas de cansancio, debido a las carreras que se estaban pegando, empezaron a aparecer y los muchachos comenzaron a respirar más fuertemente, intentando inhalar el máximo de oxígeno posible.

Al cabo de otro par de minutos, los tres habían vuelto a salir a la plaza. Pero no tuvieron descanso, pues en ese preciso momento vieron como Sofía giraba la esquina de una de las callejuelas que había al otro lado del lugar. Volvieron a correr, persiguiéndola. Y en cuanto entraron por la calle comenzaron los problemas.

Una bifurcación se encontraba ante ellos. Dos caminos, dos direcciones. Una elección. Pero pensar en cual elegir era una pérdida de tiempo.

-Vosotros dos por la derecha –ordenó Rubén a sus amigos-. Yo iré por aquí. –Y desapareció por la calle de la izquierda.

Rubén continuó corriendo por la elevada pendiente que adquiría la calle a medida que avanzaba. Su respiración era entrecortada y pesarosa. Pronto comenzó a jadear muestra de un gran cansancio. Pero el joven estaba decidido a no detenerse en su intento por encontrar a su amiga.

Todo había sido muy extraño desde que despertaron. Primero lo del pueblo. La noche anterior habían acampado en un pequeño claro del bosque en el que se habían perdido. Y cuando llegó la mañana, estaban en medio de la plaza de un pueblo misterioso. Después estaba el extraño comportamiento de Sofía. La habían buscado cuando la creyeron desaparecida, pero la chica no se dejaba alcanzar cada vez que la veían. Cuando creían haberla encontrado, la muchacha volvía a desaparecer, como si no quisiese que la atraparan. Y no había que olvidarse del hecho que, aparte de ellos, no parecía haber nadie más por allí. Todo era muy extraño.

Rubén giro la esquina que tenía delante y se sorprendió al ver a Sofía justo allí parada.

-Sofía, ¿qué te pasa? –preguntó con la voz entrecortada después de haber recuperado un poco la respiración.

Ella lo miró, sin hacer ningún gesto.

-Debéis marcharos –habló finalmente, aunque lo hizo en un susurro-. Busca la niebla Rubén, y desapareced de aquí.

Aunque las palabras de la joven habían sido dichas en un tono muy leve, su voz era firme y autoritaria. Rubén se asustó sin saber que hacer.

-Rubén ¿dónde estás? –oyó que preguntaba en algún lugar cercano su primo.

-Estoy aquí –respondió apartando la mirada de su amiga.

Para cuando volvió a mover la cabeza, Sofía había desaparecido nuevamente.

Rubén sintió un empujón. Óscar y Lucía chocaron accidentalmente contra él, al girar la esquina.

-Estaba aquí –afirmó el muchacho girándose para hablarles a sus amigos. –justo delante de mí.

De pronto, el rostro de Lucía se llenó de miedo mientras señalaba algo a espaldas de Rubén. El muchacho se giró y los tres amigos se quedaron contemplando una escena imposible. Ante ellos, en la pared del fondo, en un gran clavo oxidado que había incrustado entre las piedras que formaban el muro, estaba colgado el misterioso colgante de su amiga. Del suelo, un trozo de madera carbonizado empezó a elevarse lentamente. Al cabo de unos aterradores instantes, se apoyó en la blanquecina pared recubierta de cal, como si quisiese escribir algo. Entonces, unas letras aparecieron mientras el pequeño trozo calcinado se movía:

HUID SI NO QUEREIS PERDER ALGO MÁS QUE VUESTRA PROPIA VIDA

Los muchachos fueron leyendo con voz entrecortada cada palabra que se iba dibujando. Asustados, empezaron a temblar de miedo.

-Salgamos de aquí –ordenó Óscar mientras tiraba de su novia y de su primo.

Rubén se soltó de éste y se dirigió hacia la pared. Con cada paso hacia ella su miedo aumentaba. Aún así, se acercó lo suficiente, alargó el brazo, y cogió el colgante de Sofía. Una sensación extraña recorrió todo su cuerpo, pero se dio la vuelta y siguió a sus compañeros.

Al cabo de unos minutos de ardua carrera, volvieron al origen de sus problemas, la plaza del pueblo.

-¿Qué hacemos ahora? –preguntó Lucía.

Rubén recordó las palabras de su amiga. “Busca la niebla” había dicho ella. Y eso es lo que pretendía hacer, aunque no sabía cómo.

-Salgamos de aquí –sentenció sin saber hacia donde dirigirse.

Justo en ese preciso instante algo sucedió. No sabían que era ni lo que estaba ocurriendo, pero junto a ellos, alrededor suyo, sintieron una presencia extraña, atemorizadora, y el miedo de los muchachos aumentó todavía más.

Después de varios minutos corriendo, giraron una esquina y se encontraron con un bosque, oscuro y profundo. Por entre las raíces y los arbustos asomaba una extraña bruma de color blanco. Parecía relucir de forma extraña.

-Yo no pienso entrar ahí –balbuceó Lucía.

Entonces lo notaron, algo se acercaba. No sabían como explicarlo, pero algo estaba intentando darles alcance. Sin pensárselo, los tres chicos se adentraron en el bosque.

• • •

Los tres despertaron repentinamente, a la vez. Se encontraban de nuevo en el bosque en el que habían acampado la noche anterior. Se miraron, sin entender.

-Será mejor marcharnos –dijo al fin Óscar, todavía asustado.

Rubén se echó la mano al bolsillo donde se había guardado el colgante de su amiga.

• • •

Ha pasado ya mucho tiempo desde entonces. Pero todavía sigo esperando. Sentado en el mismo claro, espero que ella regrese de dónde quiera que estuviésemos aquel día. Pero siempre es lo mismo. Nunca ocurre nada.

De pronto siento frío y me arrimo más a la hoguera que he encendido unas horas antes. Echo otra rama, para que no se apague el fuego. Las llamas crepitan al entrar en contacto con la húmeda madera. Como un amante vergonzoso, intentan poseerla, pero el pequeño tronco planta batalla. Lo que no sabe es que está condenado a perder. Finalmente, cae derrotado en su contienda, y el fuego se hace presa de él. Al cabo de unos segundos entro en calor.

De uno de los bolsillos de la cazadora saco un colgante. El mismo que Sofía lucía en su cuello aquella noche. Todavía hoy me produce escalofríos mirarlo, pero algo me dice que en él esta la respuesta. Aún así, nada ocurre, y yo, sigo esperando.

• • •

Detrás del extraño visitante del bosque, una densa niebla empieza a formarse. No alcanza el claro sin embargo. Al cabo de unos minutos, una figura surge entre ella. Se acerca lo suficiente, pero sin llegar a abandonar la bruma. Así, Sofía permanece contemplando a su viejo amigo. Al rato, regresa al interior de la niebla, desapareciendo, y con ella la neblina se evapora.

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One response

18 01 2009
Alberto

Hola interesante tu blog, quizá te gustaria echar un vistazo al mio , soy novato algun consejo no me vendria mal, gracias http://secuestrodegabriel.blogia.com/

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