Hijo de la luna

2 03 2009

La noche estaba ya muy avanzada cuando la gitana abandonó su hogar. Se internó en el bosque cercano a la aldea, una inmensa formación boscosa que rodeaba las montañas y peñascos sembrados por toda aquella agreste tierra. Sus pasos estaban guiados por la desesperación y el desaliento.

Había tomado la decisión hacía algún tiempo. Pero tuvo que aguardar para que el momento fuese el idóneo. Ahora, después de tanto esperar, había llegado ese momento

La brisa nocturna danzaba alrededor de los árboles, meciendo sus ramas y hojas, y, a la par, contribuyendo a que la temperatura del lugar fuese fría. El atuendo que vestía la gitana no la ayudaba a guarecerse de aquel helor nocturno, pues sus ropajes se reducían a una fina camisola y a una falda algo desvencijada. Los pies estaban cubiertos por unas espardeñas de esparto que ataba a sus tobillos con un grueso cordón de algodón. El calzado, que igual que la falda también había vivido mejores tiempos, no protegía a la mujer de las afiladas piedrecillas y la pinocha que había por todo el suelo del bosque.

La joven, pues no aparentaba tener mucho más de veinte años, se movía con cierta rapidez, seguros sus pasos. No obstante, no paraba de girarse constantemente, verificando que nadie la siguiese y esperando que no se hubiesen percatado de aquella escapada a las montañas.

No pretendía estar fuera mucho tiempo, tan sólo lo necesario, por lo que esperaba que no la echasen de menos. Después de todo, antes del amanecer ya habría regresado a la cálida seguridad de su cama y nadie se habría enterado de su huida.

Su deambular por el bosque no era errático. Conocía muy bien aquellas tierras, pues desde niña las había recorrido, sola o en compañía de sus padres y hermanos. Y en todos aquellos años había adquirido un conocimiento de los aledaños que muchos envidiaban.

Su destino era un risco escarpado al borde de una montaña, un lugar lo bastante alto y lo bastante solitario para cumplir su propósito. Tardó un tiempo en llegar al punto exacto, una gran roca, casi suspendida en el aire, que estaba bastante lejos de la aldea. Desde lo alto podía verse la pequeña aldea en que la gitana vivía, o podría verse si fuese de día, ya que ahora la negrura de la noche impedía ver mucho más allá de un par de pasos. No obstante, la luz de la luna llena que alumbraba en lo más alto del firmamento proporcionaba una luminosidad suficiente para la tarea que tenía pensado realizar la mujer.

Se acercó al borde del risco y allí se arrodilló en el suelo. De un zurrón que traía consigo extrajo un par de velas. Las encendió con pedernal y acero que también había añadido con anterioridad a su ínfimo equipaje. La mecha de los dos cirios prendió enseguida, otorgando a los alrededores una nueva fuente de luz. Inmediatamente, incontables mosquitos y demás insectos se sintieron atraídos por el resplandor que producían las dos candelas y se acercaron a ellas. La gitana no se preocupó por la presencia de estos entrometidos visitantes y se dispuso a su quehacer.

De nuevo introdujo sus manos en la bolsa de cuero. Esta vez extrajo de ella un gran libro. Estaba forrado en piel y sus hojas estaban amarilleadas y agrietadas por los bordes, lo que denotaba que el manuscrito, pues el libro parecía estar escrito a mano, era viejo o, más bien, antiguo.

La joven abrió el tomo y comenzó a pasar las hojas rápidamente. Estaba buscando un pasaje concreto. No se interesó por el resto del escrito, de ahí que fuese directa a lo que estaba buscando, pues sabía muy bien dónde encontrarlo. Cuando llegó a la mitad del libro más o menos, paró y comenzó a pasar las hojas más pausadamente. Al cabo de un rato encontró el fragmento que buscaba. Empezó a leerlo detenidamente, mostrando mucho interés en lo que ponía allí. Cuando terminó, volvió a la página de inicio y lo releyó otra vez. De nuevo terminó su lectura y esta vez asintió, conforme con lo leído. Había memorizado las palabras del texto, dispuesta a recitarlas para cumplir su propósito. Cerró el pesado libro y lo introdujo en el zurrón. Hizo lo mismo con el pedernal y el acero. Sólo las velas encendidas quedaron fuera, a la intemperie de la ligera brisa.

Se mantuvo en la misma posición en la que llevaba durante todo ese tiempo, arrodillada sobre el suelo. Apoyó las manos en tierra, con las palmas totalmente abiertas. Cerró los ojos. Entonces, comenzó a recitar el texto que había memorizado hacía unos instantes. Habló en un susurro imperceptible para nadie que hubiese estado a su lado. Con cada nueva palabra, la salmodia iba subiendo de tono. Ahora hablaba de forma normal. Fue alzando los brazos lentamente, con un movimiento circular. El cántico se tornó por momentos más grave, y con el aumento de intensidad en él, sus brazos iban ascendiendo hacia arriba. Finalmente, terminó el canto con un grito que hubiese despertado a cualquiera que estuviese cerca de ella, pero al encontrarse en medio de la montaña, nadie oyó. Y con ese clamor, acabó de alzar totalmente los brazos al cielo. De repente, y ya en silencio, hizo una especie de reverencia, inclinándose hacia el suelo.

Un resplandor en el cielo nocturno atrajo la atención de la muchacha. Por un momento pensó que alguien la había seguido y ahora se disponía a apresarla para hacerla volver a su casa. Temerosa de que hubiesen visto su invocación, su rostro se tornó serio, con una mueca de terror. Pero al mirar tras de sí comprobó que no había nadie en las cercanías. No obstante, el destello seguía allí e iba aumentando en intensidad. La gitana alzó el rostro hacia el cielo, pues era de allí de donde venía, y sonrió. Su plegaria había sido escuchada.

La luna, que estaba llena aquella noche, mostraba un aro de luminosidad que envolvía todo el entorno. La luz fue creciendo, haciéndose más intensa a cada momento. Ahora, el resplandor era tan fuerte que la joven tuvo que apartar la mirada del satélite nocturno, por miedo a que el fulgor la dejase ciega. Entonces, algo comenzó a preocupar a la gitana. ¿Y si alguien advertía aquella luz?

-No temas muchacha –dijo una voz melodiosa, vaporosa, como si fuese la brisa la que hablaba-. Sólo tu serás quien se percate de lo que acontezca aquí esta noche.

La joven se asustó al oír una voz tan cerca de ella y dio un pequeño respingo. Intentó abrir los ojos, pero una fuerte luz blanca envolvía todo el lugar. Se llevó su mano a la cara parapetando la intensidad lumínica, dispuesta a averiguar quién era la persona que acababa de hablar.

-¿Quién eres? –preguntó algo asustada, mientras abría lentamente los ojos.

Su mirada fue acostumbrándose poco a poco a tanta luz, y a cada instante que pasaba, una figura fue materializándose delante de ella. La gitana no la reconoció. Frente a sí se encontraba una figura femenina. Estaba envuelta por una radiante luz blanca, más bien plateada. Su rostro, de una tez pálida, era lo único que se veía, pues el resto de su cuerpo estaba bañado por esa extraña luz que lo cubría como si fuera una delicada seda y le era imposible mirarlo. Su piel parecía fina, tan fina, que se veía a través de ella. Sus ojos grises y sus labios rosados le conferían una extraña belleza.

La gitana se sintió fea en su presencia. Con su piel morena y curtida por el sol, su pelo negro como el azabache y sus ojos verdes, se sintió intimidada por la presencia de la otra mujer.

-No tienes porqué temerme –volvió a hablar con su melodiosa voz-. Mi nombre es Selene. Y he acudido a tu llamada.

La muchacha se percató de que la aparecida parecía estar con los brazos abiertos, como esperando a que se levantara y le dijese por qué la había llamado. La gitana se quedó quieta, arrodillada allí, sin saber qué hacer. De pronto, se levantó abrumada, comprendiendo quién era la persona, si podía calificarse así, que estaba ante ella. Se alisó la falda a la par que se limpiaba la tierra que se había adherido a ella, con la intención de hacer más presentable su imagen. No lo consiguió, pues su aspecto, resultado de la larga caminata durante la noche y del viento que arreciaba en la zona, no le habían conferido una imagen delicada, como ahora ella pretendía aparentar.

Durante unos instantes no supo qué decir. Se quedó callada todo ese tiempo. La figura que tenía delante no la instó a hablar, sino que se mantuvo con las manos entrelazadas, esperando a que la muchacha se decidiese a manifestar sus deseos. Sabía que estaba abrumada por su presencia. Ahora, su mente sería un tremendo galimatías de ideas desordenadas. Debía concederle aquellos valiosos segundo para que aclarase sus pensamientos.

Pasó el tiempo y, finalmente, la gitana se movió. Fue una leve oscilación, pero la aparecida se percató de ella y supo que ya estaba preparada. Empezó a abrir la boca, balbuceando unas palabras que sonaron ininteligibles. Selene sonrió.

-Tranquila muchacha –le dijo-. Como ya te he dicho, no tienes nada que temer.

La gitana se sonrojó y agachó la mirada, algo avergonzada.

-Desearía… -empezó de nuevo.

De pronto, levantó el rostro, y en él ya no había miedo, sino resolución.

-Desearía desposar a un joven de mi aldea –pidió al fin.

Selene la miró, evaluándola. Sabía cuál había sido la preocupación de la muchacha desde el principio. La joven ya empezaba a ser considerada algo mayor para las costumbres de sus gentes. Y ella no quería quedarse sola para el resto de su vida. No obstante, la mujer sabía que su petición estaba basada en un sentimiento puro y noble, aunque egoísta por su parte.

-¿Lo pides por amor? –preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

La gitana asintió enérgicamente, varias veces. De pronto, su mente empezó a pensar en el chico al que había atado sus sentimiento. Se sonrojó de nuevo, pero esta vez por un motivo distinto.

El rostro de Selene se tornó serio en ese instante.

-¿Conoces el precio? –preguntó en un tono de voz que asustó a la muchacha.

La muchacha negó con la cabeza a la par que añadió:

-No, señora.

Esta vez fue Selene la que asintió.

-Tu petición será aceptada, tu deseo cumplido –se paró un instante. Volvió a mirar a la gitana-. Pero a cambio quiero el primer hijo que engendres.

La muchacha se quedó parada, con la boca abierta. Calló, pues no supo que decir. Empezó a meditar si el precio era desmesurado. Su mente volvió a recuperar el rostro del joven que le había robado el corazón. Y, entonces, tomó una decisión.

-Está bien.

Selene sonrió.

-Que así sea.

• • •

Selene cumplió su promesa, tal y como le había dicho a la gitana. Desde la mañana siguiente el apuesto joven que había robado el corazón de la muchacha comenzó a rondarla. Primero de una forma sutil, dejándole flores en el alfeizar de la ventana de su habitación, o mandándole cortos versos de amor. A los pocos días, el muchacho se volvió más atrevido y empezó a encontrarse medio a escondidas con la joven. Y sus encuentros estaban llenos de romanticismo.

Pronto formalizaron la relación. Las respectivas familias de los jóvenes se mostraron de acuerdo con el noviazgo, por lo que a los pocos meses la pareja comenzó a prepararse para su matrimonio.

La celebración fue por todo lo alto, dentro de lo que se podían permitir ambas familias. Acudieron todos los aldeanos del lugar, y el patriarca de la aldea bendijo la unión, como era costumbre entre sus gentes.

Después de la ceremonia celebraron un gran festejo en el que cada uno aportó lo que pudo. Con sillas y mesas de sus propias casas los aldeanos improvisaron un banquete en la plaza del pueblo, alrededor de la fuente de piedra que presidía el lugar. Todos, incluidos los familiares y los novios, prepararon algo de comer para compartir con el resto de gentes.

No hizo falta adornar el entorno con flores, pues era primavera, y todos los árboles de la plaza y las jardineras de los balcones de las casas estaban en flor. Éstas amenizaron la velada con el aroma que despedían. Tan solo, aquí o allí se colocó algún farolillo para alumbrar el lugar, ya que la noche hacía horas que había caído sobre la aldea.

Pronto, un gran jolgorio se adueñó de todos los invitados. La cena dio paso al baile nupcial, en el que los novios tuvieron que bailar solos ante la mirada atenta de todos los presentes. Cuando la última nota de la melodía sonó, la pareja se fundió en un apasionado beso que fue aplaudido fervorosamente por los contertulios. Entonces, la música comenzó a sonar alegremente y contagió esa alegría a todo el mundo. Enseguida, las destartaladas mesas y sillas que los aldeanos habían utilizado para acomodar la cena dieron paso a un gran espacio abierto que la gente ocupó con sus bailes. Y así la noche fue pasando, entre bailes y risas de los invitados.

En un momento de la noche la pareja protagonista se despidió de sus vecinos y se encaminaron a su casa. Los aldeanos sonrieron con picardía ante el acto que estaba a punto de suceder entre los dos jóvenes.

Los novios, entrelazadas sus manos, entraron por la puerta de una pequeña cabaña situada en la periferia del pueblo, lejos de la música y el griterío, donde tenían más intimidad. Subieron las escaleras de madera y entraron en el dormitorio principal, una pequeña habitación algo más grande que las del resto de la casa.

Tras cerrar la puerta, ambos comenzaron a acariciarse y a besarse amorosamente. La pasión se adueñó de sus cuerpos y ellos se rindieron ante ella. Ya en la cama, con los cuerpos semidesnudos, sus piernas se entrelazaban como si fueran serpientes. Sus brazos se enrollaban alrededor del cuerpo del ser amado. Y sus labios se encontraban continuamente, fundiéndose.

Así transcurrió la noche, entre besos, abrazos y caricias. Hasta que sus cuerpos se unieron en uno solo.

Y la luna sonrió.

• • •

La fecha estaba cercana ya, y el miedo de la muchacha aumentaba con cada día que pasaba. En un principio había confiado mantenerlo en secreto, pero a los pocos meses el tamaño de su vientre adquirió una grandaria lo bastante llamativa como para no poder esconderlo durante más tiempo.

En ningún momento olvidó su trato con Selene. El problema estaba en que nunca había imaginado que ese momento llegase tan pronto. Ahora estaba próximo, lo sentía, y tendría que idear un plan lo bastante ingenioso como para que nadie sospechara de sus intenciones. Aunque no sabía cómo hacerlo, pues explicar su trato con la luna, el precio que tenía que pagar por verlo cumplido, no era tarea fácil. Pero tendría que intentarlo.

Aquella misma noche decidió que sería el momento adecuado para su cometido. Transcurrió el día muy nerviosa, pero había conseguido encontrar las palabras adecuadas que transmitiría a su espeso y por eso se sentía segura de sí misma. Ahora estaba preparada para lo que tuviese que venir. O, al menos, eso era lo que ella pensaba.

La puerta de la cabaña se abrió haciendo que los goznes que la mantenía sujeta a la pared chirriasen de forma escandalosa. La muchacha se asustó por el ruido que produjeron. Una ráfaga de viento precedió al cuerpo del joven que era el motivo de sus problemas. Las velas que alumbraban la estancia se apagaron debido a la ventolada. Todo quedó a oscuras.

En la calle, no obstante, una claridad sobrenatural envolvía el ambiente. La gitana se asomó por la ventana mientras buscaba algo con lo que encender los cirios. La luna, que asomaba por detrás de la montaña alumbraba todo el entorno, pues estaba llena. Parecía que estuviese esperando a lo que tenía que venir, como un espectador impaciente, expectante.

Mal augurio, pensó la muchacha.

Finalmente, se acercó a la mesa donde estaban las candelas y las encendió mientras parapetaba con la mano para que el aire no volviese a apagarlas, aunque la puerta ya había sido cerrada. La gitana se sobresaltó al encontrar a su marido detrás de ella. Él, sin embargo, la besó en la mejilla, contento de volver a verla.

La mujer suspiró aliviada. Su nerviosismo no la ayudaba en nada a realizar la tarea que se había propuesto para ese momento. Decidió relajarse mientras preparaba la mesa para que su marido y ella pudiesen cenar. Durante la cena quizás encontrase un momento más adecuado. Entró en la cocina y al rato salió de ella con dos platos, dos vasos y los cubiertos en la mano. Empezó a distribuirlos, pero de pronto, una sensación extraña la hizo parar.

Se echó las manos al vientre, pues el feto acababa de moverse de forma brusca. Entonces comenzaron los dolores. Notaba como el útero se contraía a intervalos regulares produciéndole un gran sufrimiento. A la par, el abdomen se le endureció de forma brusca. La muchacha, sobresaltada, adivinó enseguida lo que aquello significa. Su hijo estaba de camino.

Pero las contracciones cesaron tan repentinamente como habían empezado. No obstante, la gitana no tubo tiempo de relajarse, pues en aquel preciso momento, notó como por sus pierna corría lo que parecía algún tipo de líquido. Acababa de romper aguas. Y de nuevo, las contracciones hicieron aparición, y con ellas, otra vez el dolor. Esta vez chilló, pues era insoportable la tortura a la que se veía sometida.

Unos rápidos pasos se oyeron en la estancia superior, y enseguida, su marido bajó por las escaleras. Cuando llegó a su lado se asustó por la cara desencajada que mostraba su mujer pero pronto adivinó, sobre todo al descubrir el charco bajo sus piernas, a qué se debía.

-Busca ayuda -consiguió pedir en un susurro la gitana.

Sin mediar palabra, el hombre salió por la puerta de la vivienda.

Pasaron los minutos, lentamente, y el hombre no regresaba. El dolor la laceraba cada vez más y se hacía insoportable. La muchacha se dejó caer al suelo, exhausta. Allí, con las piernas flexionadas, notó como su hijo intentaba salir del útero. Entonces, la puerta de la entrada se abrió bruscamente, dando paso a varias personas. La primera era su marido que entró rápidamente buscando a su mujer. Cuando la encontró tendida en el suelo se acercó a su lado. Detrás iban la matrona del pueblo, una mujer ya entrada en edad avanzada, y sus ayudantes, jóvenes aprendices que algún día se convertirían en lo que ahora era ella.

Las muchachas enseguida se acercaron a la gitana. Mientras tanto, la anciana impartía ordenes. El hombre se apresuró a traer lo que le había pedido, un cuenco con agua caliente que extrajo de la olla puesta al fuego para la cena, y unas cuantas sabanas y toallas limpias.

Adecuaron la sala lo mejor que pudieron para que su tarea resultase más sencilla. En cuanto a la parenturienta, le rasgaron la falda para que no estorbase en su cometido, mientras la acomodaban mejor en el suelo con unos cuantos almohadones. Y así, durante aquellos primeros minutos, se dedicaron a adecuarlo todo para comodidad de la gitana.

Ahora comenzaba la tarea difícil, ayudar a traer al niño al mundo. Las aprendices sólo tenían que asistir a la gitana, apoyarla e indicarle que tuviese una respiración adecuada para que todo fuese más fácil. Una de ellas, sin embargo, se puso al lado de la partera, atenta a todo lo que esta pudiese necesitar. Por su parte, la comadrona, arrodillada frente a la gitana, estaba dispuesta para iniciar su tarea.

La vagina tenía la dilatación suficiente como para que no hubiese problemas ante la llegada del bebé. En aquel preciso momento, la cabeza de la criatura hizo aparición.

La anciana se sobresaltó. Sus aprendices la miraron extrañadas, pero enseguida se olvidaron de su reacción, pues la gitana volvía a chillar mientras empujaba. La matrona recuperó la compostura rápidamente y de nuevo se puso a la tarea.

Ahora, con la cabeza prácticamente fuera, la cogió entre las manos, de forma delicada para no dañarla pero decididamente, y comenzó a estirar lentamente. A la vez, empezó a girar a la criatura hasta que esta se encontró cabeza arriba. Entonces, estiró con mayor decisión. Medio cuerpo del niño ya estaba fuera y solamente harían falta un par de empujones para que saliese totalmente.

Y, al final, con un último grito de la madre, la anciana extrajo completamente a la criatura. La gitana cayó rendida al suelo, y las aprendices la tumbaron apoyando su cabeza en uno de los almohadones. La matrona introdujo al niño en el agua caliente para limpiarlo de toda la sangre que lo manchaba, mientras las muchachas la ayudaban.

Todas se miraron de forma seria. No podían creer lo que sus ojos veían. Comenzaron a murmurar nerviosamente, pero la mujer las conminó y callaron, avergonzadas.

Mientras la partera terminaba de limpiar al bebé, las jóvenes ayudaron a la gitana a levantarse y la llevaron a su habitación, donde se tendió en la cama. Su rostro y su pelo revuelto mostraban el esfuerzo que acababa de realizar. Al cabo de un rato, la anciana entró con el niño entre sus brazos, que lo depositó sobre los de su madre.

Ésta sonrió, alegre de tener al fin a su hijo. Apartó la mantita que cubría su rostro, y entonces lo vio. Oh, cruel verdad, ahí estaba, patente y real, la prueba del miedo que la había atenazado durante aquellos largos nueve meses. La gitana alzó el rostro, llena de temor, hacia la anciana, buscando algún tipo de respuesta que ella ya conocía bien. Ésta le sostuvo la mirada, pero no abrió la boca.

Entonces, entró su marido, alegre, radiante de felicidad. Las muchachas se volvieron cuando lo oyeron y se miraron, nuevamente nerviosas. El hombre se acercó a la cama y se sentó al lado de su mujer. Al igual que ella, él también apartó la mantita que cubría el rostro de su hijo para contemplarlo.

Se levantó sobresaltado, estupefacto. Aquello no podía ser.

Miró a su mujer sin saber que decirle. Volvió a acercarse, lentamente. Su nerviosismo era patente, pues al alargar los brazos para tomar a la criatura sus manos temblaron. El niño comenzó a llorar símbolo inequívoco de que notaba el estado de su padre. La gitana, postrada en la cama, también se encontraba muy nerviosa. El hombre comenzó a acunar al bebe para que callara y, al cabo de unos segundos, el niño dejó de llorar. Fue en ese momento cuando se decidió a mirarlo nuevamente, pues hasta entonces, en todo el rato que lo había tenido en brazos, no se dignó a mirarlo por miedo a lo que podía descubrir. Acomodó a la criatura para sujetarla con un solo brazo, y con el otro se dispuso a apartar la mantita que lo envolvía. Sus ojos, verdes como la aceituna, se quedaron prendidos en los de su hijo, grises como nubes de tormenta. El rostro que le devolvía la mirada era pálido en extremo, incluso ceniciento.

Devolvió al niño con brusquedad a los brazos de su madre. Se giró para contemplar a la matrona, pidiendo con su semblante una explicación que no encontró en la anciana. Ansioso de que alguien respondiese a su muda pregunta, recorrió con la mirada a cada una de las ayudantes de la partera, pero obtuvo la misma respuesta de cada una de ellas.

Se giró con brusquedad. Una de sus manos se alzó hasta la cabeza y revolvió su cabello en un intento de aclarar sus ideas. Pero aquello no tenía sentido, o, más bien, estaba todo claro.

-Fuera -susurró el hombre.

Unas palabras que casi nadie oyó.

-¡Fuera! -gritó esta vez, mientras miraba a la anciana con ojos de ira contenida.

Las jóvenes ayudantes dieron un respingo, sobresaltadas. Se miraron unas a otras, incapaces de moverse. No ocurrió lo mismo con la matrona, que reaccionó con presteza. Las conminó a que salieran de la estancia, y ellas, contentas y aliviadas porque alguien les dijese qué hacer, salieron todo lo rápido que sus temblorosas piernas les permitieron.

El hombre empezó a caminar por la habitación. Su deambular era errático y aumentaba a medida que lo hacía su estado de excitación. Entonces se paró. Giró su cuerpo bruscamente y se enfrentó a su mujer.

-¿Qué quiere decir esto? -preguntó con los dientes apretados.

La gitana se quedó callada, asustada.

-¡Responde, mujer!

Su gritó atronador no ayudó y, por contra, su miedo aumentó. No sabía qué contarle. No sabía cómo explicarle la naturaleza del nacimiento de su hijo.

-No… no sé a qué te refieres -decidió darle largas, en una vano intento por apaciguar el ánimo de su esposo.

-No me tomes por idiota -explotó-. Me has engañado. Este hijo es de un payo -sentenció finalmente mientras señalaba a la criatura.

La muchacha se sorprendió por lo que revelaron las palabras de su marido.

-Yo… no sé como explicártelo -ante aquella revelación, decidió contarle su trato con la luna.

-Calla, mujer -le ordenó.

Ella se asustó más.

-No quiero oír tus mentiras -y con aquellas palabras salió de la habitación.

La mujer oyó como su marido bajaba por las escalares hacia el piso de abajo. Lo oyó caminar por las estancias de la planta baja. Y, al cabo de unos minutos, subir de nuevo por la escalera. Entonces, la puerta de la habitación se abrió bruscamente, golpeando contra la pared de al lado mientras el hombre entraba por ella.

Estaba enfurecido y todos los movimientos de su cuerpo así lo demostraban. Gesticulaba con nerviosismo, sin un motivo aparente para lo que hacía. Balbucía palabras sin sentido, y cada vez que intentaba decir algo, su lengua se trababa en un vocablo incomprensible.

-Me has engañado -consiguió decir al fin.

-No -se apresuró a defenderse la gitana mientras negaba con la cabeza y se levantaba un poco de la cama.

La criatura recién nacida estaba a su lado. La había dejado en la cunita, que las ayudantes de la matrona le habían preparado, mientras su marido había bajado.

-Ahora me las pagarás -habló de nuevo, y lo hacía con rabia.

Entonces, el miedo de la gitana aumentó repentinamente.

De detrás suyo, su esposo sacó un cuchillo de cocina que había llevado en los pantalones. Se acercó rápidamente hacía ella enarbolando la rudimentaria arma.

-¿Qué hac…? -intentó preguntar la muchacha, pero sus palabras murieron antes de que terminara la frase.

Un tajo enorme, consecuencia de una puñalada en el pecho, sangraba sin parar. La mujer no tuvo tiempo de reaccionar, pues el hombre volvía a abalanzarse sobre ella. De nuevo clavó el cuchillo es su carne. Una y otra vez lo hundió en su pecho mientras ella luchaba por zafarse de su agresor.

Mientras tanto, el bebé comenzó a llorar, asustado por los gritos que profería su madre.

De pronto, la mujer dejó de forcejear y cayó muerta en el lecho, pero no por eso el hombre dejó de asestarle puñaladas. Sólo cuando quedó exhausto cejó en su empeño. Respiraba entrecortadamente y todo su cuerpo estaba manchado de sangre. Se asustó por este hecho y dejó caer el cuchillo al suelo. Miró hacia donde estaba la cama. El panorama era dantesco. Las sábanas, la almohada y el colchón estaban empapados en sangre. Sangre procedente de las innumerables cuchilladas que le había asestado a la gitana que ahora tendía muerta en el lecho.

Se acercó presuroso hacia el cuerpo de la muchacha. Su mirada estaba perdida en el techo, sin ningún signo de vida. Se tendió sobre ella y comenzó a llorar desconsoladamente, arrepentido por lo que acababa de ocurrir.

Así estuvo durante largos minutos. Pasado un tiempo, el cansancio pudo más que su arrepentimiento y dejó de sollozar. Pero un lloriqueo todavía podía oírse en la estancia. Giró su rostro hacia la fuente del ruido. Allí estaba el bastardo, gimiendo y gritando como un descosido mientras pataleaba fervientemente. Se acercó para contemplarlo una vez más. El niño estaba bien formado y parecía tener el peso adecuado. Hubiese sido un niño agraciado si no fuera por el hecho de que era blanco, totalmente blanco. El hombre hizo una mueca de asco y lo tapó. Había tomado una decisión y nadie se interpondría en su camino.

Cogió al niño en brazos, la última vez que lo hizo, y salió de la estancia. Recorrió toda la casa y se paró ante la puerta de salida. La abrió un poco y echó una ojeada a fuera. No había nadie y una profunda negrura lo envolvía todo. Aquello sería perfecto para lo que se disponía a hacer.

Salió al exterior y, con pasos sigilosos, bordeó la casa. La suya era una de las últimas de la aldea, por lo que estaba cerca del bosque. Se internó en él, temeroso de que alguien lo viera. Pero nadie lo hizo. Además, la criatura había dejado de llorar en el momento en el que lo tomaron en brazos. Así todo sería más fácil.

Anduvo muchos kilómetros, penetrando cada vez más adentro, en lo más profundo de la espesura. Sus pasos le llevaron por caminos y veredas estrechos. Una extraña niebla se adueño del lugar y se arremolinaba en sus pies con cada paso que daba. Ahora, la luna regentaba el firmamento nocturno. Estaba llena e irradiaba un extraño fulgor que le permitía contemplar sus alrededores con total claridad.

Finalmente, su deambular acabó llevándolo a un risco escarpado. El destino había querido que fuese el mismo que la gitana eligió hacía ya tantos meses atrás para realizar su invocación.

Se acercó al precipicio y observó los aledaños. Todo estaba oscuro allá bajo. Nadie lo vería realizar su cometido. Extendió los brazos. El pequeño pataleaba juguetonamente. De repente, se estremeció debido al frío de la noche. Al hombre no le importó, pronto acabaría su sufrimiento y su traición sería vengada.

Soltó al niño. Pero se sorprendió ante lo que sus ojos contemplaron. El pequeño cuerpo de la criatura, envuelto en la cálida mantita, estaba flotando en el aire, justo en el mismo sitió en el que lo había soltado. Reculó unos pasos, asustado.

Un rayo de luz salió del cielo y alumbró unos metros más atrás de donde él se encontraba. Su miedo aumentó. Intentó contemplar lo que alumbraba el rayo, pero la luz era muy intensa. Al rato, fue desvaneciéndose, lentamente. Una extraña figura se dibuja en la oscuridad, justo donde el rayo había dejado de alumbrar. Estaba envuelta por una intensa luz plateada que no dejaba adivinar su cuerpo. La cubría como un manto lumínico. Sólo su cara, serena y de tinte pálido, quedaba a la vista. Tan pálido como la criatura que ahora flotaba detrás de él.

-No temas -sentenció con una musical voz-. He venido a por mi hijo.

Y justo cuando terminó la última palabra, el cuerpo del niño comenzó a deslizarse por el aire hasta posarse en los brazos de la extraña mujer. La criatura sonrió y la aparecida le devolvió el gesto.

-Este niño es fruto de una traición -gritó el hombre exasperado-. Debe morir.

Selene alzó el rostro. Ahora su semblante dibuja un enfado atroz. El gitano se asustó y reculó unos pasos. Aquello fue fatal para él, pues con el último movimiento, su pie no encontró suelo y se topó con el vacío. Trastabilló hacia atrás, precipitándose por el precipicio.

-Ya está, pequeño -tranquilizó la luna al niño-. Ahora estás a salvo.

• • •

-Que historia tan bonita, abuela. Cuéntame otra -pidió la niña con su cantarina voz.

-No querida -se negó la anciana-. Ya es tarde y debes descansar -la niña hizo unos pucheros con los labios, pero se metió en la cama-. Además, todavía no he acabado con ésta.

La anciana se acomodó a los pies de la cama y se alisó la falda. Ese juego malicioso de la vieja mujer puso nerviosa a la niña. Por fin, y después de continuar unos segundos más con esa espera, decidió poner fin al sufrimiento de su nieta y continuó con la historia.

-Cuentan que cuando la luna está llena es porque su niño no necesita ninguna atención. Pero cuando el niño llora, la luna mengua para hacerle una cuna.

-Sí, claro -rió la niña ya entre las sábanas.

-Bueno, querida. Eso es lo que se ha dicho siempre -y la anciana le dio un beso en la frente. -Buenas noches, pequeña.

-Buenas noches, abuela.

La anciana salió de la habitación. Al cabo de un rato la niña se quedó dormida. Seguro que soñaría con lunas llenas, pensó la vieja mujer.

Muchas horas después, un ruido despertó a la chiquilla. Alguien estaba llorando fuera, parecía un bebé. La niña salió de la cama y se acercó a la ventana. Intentó ver quién era quien lloraba, pero fuera no había nadie. Entonces, la niña alzó la cabeza al cielo. Allí estaba la luna, blanca y radiante. Estaba llena.

El niño continuaba llorando. Aquello le hizo recordar a la niña la historia que horas antes le contara su abuela. Para su asombro, la luna comenzó a menguar y, de repente, el llanto de la criatura cesó.

• • •

“Tributo a Mecano”

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