Ondina

5 10 2009

¿Por qué sonríes?

Estaba recordando la última vez que estuvimos aquí mismo los dos. No solos, nunca hemos estado solos aquí. Acababa de venir Carlos, el gran Carlos, al pueblo. Nosotros íbamos hacia la taberna, como cada noche, y allí nos encontramos con vosotros. Os parasteis para saludarnos, sobre todo al gran Carlos. A mi no, ya no me saludabais a mi. Os contamos que pensábamos irnos al estanque y decidisteis acompañarnos. Al llegar aquí, yo crucé a la otra orilla, esperando que tú te dieras cuenta que era una invitación a hablar. Y parece que sí se entendió así. Rubén te instó a que vinieras a mi lado y tú dijiste que no había nadie allí con quien quisieras estar.

Sí, lo recuerdo, pero no entiendo a qué viene eso ahora.

A nada en particular, pero es curioso que yo la haya traído y, precisamente ahora, decidas acercarte a mi para hablar, y luego nos acompañéis tú y tu novio a que le enseñe el estanque. ¿Recuerdas cuánto hace de eso? Yo sí, seis años, y con el anterior son siete. Demasiado tiempo. Y, sin embargo, aquí estamos, en el mismo sitio. Lo creas o no, yo sigo estancado en aquel año. Cada noche deseo volver a estar en la taberna jugando a las cartas a tu lado, con todos, mientras hacíamos trampas para que siempre ganásemos nosotros dos; deseo volver a aquella noche en la que hiciste, con sólo posar tu mano sobre mi brazo, que me quedase a decorar las calles del pueblo para los festejos, y con eso conseguiste que todos los que no querían participar me siguiesen a mi; deseo volver a aquella noche en la que fuimos a ver la lluvia de estrellas y en la que le pedí a una que la noche no acabara nunca porque estaba junto a ti; deseo volver a jugar aquel partido, en el que no hizo falta que yo me esforzase porque fue fácil ganar, sólo porque tu estabas viéndome jugar; deseo volver a aquel último día de fiestas en el que hicimos la barbacoa todos juntos pero yo preferí sentarme a tu lado para hablar contigo; deseo volver a pasar aquellas noches en las que se nos llegaban a hacer las cuatro o las cinco de la madrugada hablando por el messenger; deseo volver a aquel ultimo día de vacaciones en el que me despedí de ti y que tú no parabas, con voz temblorosa, de lamentarte por separarnos (que conste que el hecho de recoger el libro que te presté sólo era una última excusa para verte una vez más antes de marcharme); pero, sobre todo, deseo volver a aquella noche en la que viniste a por mi a las dos de la madrugada sólo porque cuando yo pasé a por ti ya no estabas, y en la que tu prima, en el camino del Monasterio, hizo todo lo posible porque yo me quedara a solas contigo; daría todos mis años vividos por volver a aquella noche en la que me hiciste salir de casa cuando ya me iba a dormir, sólo para, esta vez sí, quedarme a solas contigo y decirte cuanto te quiero. He intentado olvidarte ¿sabes? Incluso, he intentado odiarte. Y, al principio, lo conseguí, incluso me fijé en otras chicas. Pero cada vez que vuelvo aquí, cada vez que vuelvo a este rincón apartado de la mano de Dios y te veo, el muro que he construido desde la última vez se derrumba. Sé que yo no hice bien. Pero te hayan dicho lo que te hayan dicho, mi único error verdadero fue escuchar a quien no debía. ¿Sabes? Yo nunca te quise, al menos que yo me diese cuenta. Pero mi hermano siempre decía que yo ya me había enamorado de ti mucho antes de que yo me percatase de ello. Hasta por las calles, varios años antes, se rumoreaba que tú y yo teníamos una relación especial, algo más que una simple amistad. Pero no fue hasta ese verano de hace siete años que no me fijé en ti. Y todo porque fuiste la única que tuvo el valor suficiente para contarme lo que estaba pasando a mis espaldas, aunque lo supe por mí mismo varias noches antes. Desde entonces, tu cara es la última que veo cuando cierro los ojos al acostarme; tú nombre es el primer pensamiento que tengo cuando me despierto; joder, si todo lo que hago lo hago pensando en ti. Y sólo vuelvo a aquí para verte una última vez. Pero, repito, mi error fue hacer caso a los demás. Y creo que el tuyo también fue ese. Para bien o para mal, muchos eran los que tenían intereses puestos en que tú y yo acabásemos juntos o no. Al final, vencieron los que querían vernos separados. Y lo lamento. No porque tú hayas conseguido sacarme de tu vida. Sino porque yo no he conseguido sacarte de la mía. Aún así, algo me dice que no me has olvidado del todo. Te he visto, te he visto observándome cuando creías que no te veía. Te he oído preguntar por mí cuando creías que yo no te escuchaba. Si ni siquiera me has borrado de tu lista de contactos del messenger. Y la prueba definitiva es ésta, que has venido aquí conmigo, bueno, con nosotros y tu novio, cuando la he traído a ella, teniendo en cuenta que desde aquella noche aquí mismo nunca nos hemos vuelto a juntar. Pero no pasa nada. Seguiré apartado de tu vida. Esperando, más bien deseando, que te des cuenta que no quieres a la persona que está a tu lado, sino a mí. Que no has dejado de quererme en todos estos años, aunque otros hayan intentado decirte lo contrario. Que lo único que te mueve a ti también a volver aquí soy yo. Y que ha hecho falta que venga ella, que la hayas visto a mi lado, para darte cuenta que, de verdad, puede que yo no esté aquí para siempre.

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2 responses

4 04 2010
flor

woow!!! mencanta albert..!

5 04 2010
Athalberht

Muchas gracias flor… Gracias por pasarte otra vez 😉

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