Naturaleza Muerta

2 11 2009
La niña se despertó asustada. Fuera, el mar estaba embravecido y las olas provocaban un estruendo al chocar con las rocas que atemorizaron a la muchacha. Se levantó todavía temblando, pero intentó calmarse conforme tomaba conciencia de lo que ocurría. Introdujo sus pequeños pies, fríos como consecuencia de su miedo, en unas zapatillas de piel de conejo que la chiquilla tenía bajo su cama, se abrigó con una bata de algodón y se dispuso a contemplar el exterior por la ventana. La noche todavía era presente y todo estaba oscuro. Nadie andaba ya por las calles y sólo se percibía la presencia del fuerte viento en su temible llanto ensordecedor y en el vaivén de cortinas y carteles de los locales que poblaban la aldea.

Sólo una extraña roca blanca destacaba en el fondo negro de la playa en la que desembocaba la calle donde vivía la niña. La misteriosa roca, como una pincelada que no encajase con el resto del lienzo, era el único objeto que se intuía en la arena. El mar, rudo y peligroso aquella noche, no se atrevía a tocarla, ni siquiera las salpicaduras de las olas la mojaban.

La muchacha se estremeció, todavía asustada. En su habitación en realidad no hacía frío, pero la chiquilla siempre se sentía intimidada cuando contemplaba aquel singular pedrusco que emergía de la arena como si de una seta se tratase, y más en una noche oscura como aquella en la que la Diosa Selene había descuidado su vigilancia y el mar se mostraba iracundo.

De pronto, la puerta de la estancia se abrió, asustando todavía más a la pequeña. Por el resquicio de la puerta que se había formado, un haz de luz de candela inundó la habitación y, detrás de ella, apareció una mujer anciana, su abuela.

-Niña mía, ¿qué haces despierta? -preguntó preocupada. La anciana se había despertado con los movimientos de su nieta y acudió a ver qué le ocurría cuando comprobó que no volvía a dormirse.

La pequeña, por contra, no contestó a su abuela sino que giró su cuerpo para continuar contemplando al exterior. La mujer se acercó a ella, intrigada por aquello que reclamase el interés de la niña. Entonces, al fijar la mirada en lo único que destacaba en aquella visión nocturna, la anciana comprendió qué era lo que inquietaba a su nieta.

-¿Quién a perturbado tu descanso pequeña, Evonne o Mikkel?

Nuevamente, la niña giró su cuerpo, pero esta vez para contemplar a su abuela, cosa que hizo con intriga. La anciana sonrió, pícara, traviesa. La mujer conocía cuanto divertían a la chiquilla los viejos cuentos y las historias de antaño. Además, aquel tipo de relatos conseguían que se calmara cuando se encontraba nerviosa o asustada, como en aquel momento. La mujer acercó dos sillas a la ventana, para que la niña contemplara el exterior mientras le relataba la historia que tenía en mente.

-Esa roca blanca -empezó mientras señalaba con su huesuda pero fuerte mano al exterior-, cubierta por entero de salitre, se la conoce desde hace siglos por Evonne. Y Mikkel es quien provoca ese temible oleaje ahí fuera.

-¿Mikkel es el mar, abuela? -interrumpió la niña sorprendida.

-No, pequeña -sonrió la anciana ante las ansias de saber de su nieta. Había conseguido lo que quería y todavía no había contado casi nada de la historia-. Mikkel es el amado de Evonne, un pobre marinero que cayó presa del Dios del Mar.

»La historia cuenta así…

• • •

El sol aún no había nacido cuando Evonne y Mikkel despertaron aquella temprana madrugada. El hombre la miró embelesado como hacía cada mañana. La belleza del rostro de su compañera siempre lo atrapaba y le era difícil escapar de su embrujo. Tan etéreos eran sus rasgos, tan puros e irreales, que todavía no comprendía la suerte de la que disfrutaba al tenerla a su lado.

Se acercó lentamente, intentando no romper el mágico silencio que los envolvía, y la besó. Ella, entre una sonrisa efímera, respondió al gesto de amor del hombre. Y con aquella pequeña y leve caricia, un torrente de pasión y sentimientos se desató entre los dos jóvenes. Así, el despertar de la mañana quedó empañado por algo más importante, más profundo, la llama de amor que prendía en los dos.

Los dos amantes, ausentes del mundo que los rodeaba en aquel momento, no percibieron el peligro que se cernía detrás de ellos, pues alguien, un ser poderoso y vengativo que no cede con facilidad lo que considera de su propiedad, los vigilaba con estrecha mirada, corrompido por los celos que le invadían.

Ya con su luz, el sol inundaba la superficie del mar cuando Mikkel se subió a su barca, dispuesto a partir como cada mañana. Junto a la embarcación, Evonne despedía a su amado con la promesa de esperarlo allí mismo a su regreso. El rito era el mismo todos los días. Y, mientras el joven desaparecía en lontananza, ella esperaba quieta junto a la orilla a que la silueta de su amado desapareciese de su vista. Una vez cumplido este hecho, ella volvía a su hogar, dispuesta a preparar el retorno del hombre.

Pero un susurro maligno, extraño para todos, hizo presencia aquella brumosa mañana, aunque ninguno de los dos distinguió sus palabras. Y ya fue tarde cuando ese murmullo se convirtió en un grito de desesperación.

-¡Maldito pescador! Despídete de ella, no quiero compartir su corazón -esas fueron las palabras del Rey del Océano cuando Mikkel estaba en alta mar, lejos de cualquier semejante.

Así, esas mismas palabras que empezaron en la mañana como un rumor, se convirtieron en un alarido lanzado a la cara del hombre. Un bramido que llegaron a los oídos de la propia Evonne. Y la mujer supo, al instante, que su compañero se encontraba en peligro.

No estaba equivocada, pues el Dios del Mar capturó a Mikkel con la única intención de separarlo para siempre de Evonne. Él estaba enamorado de la muchacha y se retorcía de celos cada vez que ella y el hombre compartían su mutuo amor. De esta forma, el Mar separó a su rival de lo que él consideraba una de sus posesiones.

• • •

-Y desde entonces, Evonne espera todavía en la orilla el regreso de su amado. Y cuentan en la aldea que las olas las provoca el propio Mikkel en su intento por escapar del Mar, y que la sal que cubre la Roca Blanca es el resultado de las lágrimas derramadas por Evonne al comprender que su amado nunca volvería junto a ella.

• • •

“Tributo a Mecano”

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