El rostro

29 04 2010

Ahí estaba. Como cada noche. Una imagen borrosa al principio, pero conforme pasaban los segundos, más nítida. Y en ella, una sola cosa, un rostro. El resto, oscuridad absoluta.

Así había sido desde el día en que volvió de la muerte, desde el día en que despertó del coma. El accidente no lo recordaba, y eso que ya habían pasado varios meses. Igual ocurría con los días anteriores. Amnesia postraumática transitoria habían dicho los médicos. Pero no conseguía recordar nada de lo sucedido. Sólo aquel rostro.

Era una mujer. Hermosa, etérea, insustancial. Su cara, su piel, era tersa y fina, casi blanca. Sus rasgos parecían esculpidos en ella con delicadeza, con amor. Y sus ojos, sus almendrados ojos, ambarinos como lava incandescente, lo atrapaban cada vez que fijaba su mirada en ellos. Su cabeza estaba cubierta con una negra capucha que se fundía con la oscuridad del entorno. Sólo unos cortos mechones rubios, como oro bruñido, escapaban de vez en cuando de ella.

Y así aparecía cada noche en sus sueños desde aquel día. El joven no recordaba quién era aquella mujer, pero estaba empezando a convertirse en una obsesión descubrirlo.

Los médicos que atendieron su caso le informaron que, desde su punto de vista, era bastante improbable que esa imagen que se repetía en su mente fuera en realidad un sueño. No existían datos para afirmar que las personas que habían pasado por una situación de inconsciencia grave pudiesen tener recuerdos de ese período, y menos la capacidad de soñar. Por tanto, aquel rostro debía ser algún conocido suyo, anterior a su accidente. Pero por más que Alleno intentaba recordar, no conseguía ponerle nombre a aquella cara.

La noche tras su regreso al mundo de los vivos, el semblante de la mujer hizo su primera aparición. Sus rasgos no mostraban sentimiento alguno; tampoco pronunciaba ninguna palabra que pudiera indicarle quién era. Tan sólo, para su frustración, lo contemplaba. Pero lo que más le inquietaba era lo que él sentía al mirar aquellos ojos. Aquella mirada, aquellos llameantes ojos parecían escudriñarlo, observarlo, como si estuvieran evaluándolo, y nunca conseguía saber por qué. Aquel hecho le producía inquietud, un malestar irracional que no podía controlar.

Y así se había repetido cada noche desde aquella primera.

Ya habían pasado varios meses. Sus heridas físicas curaron bien y rápido. En realidad, salvo algunos rasguños y contusiones, no había sufrido ningún daño de importancia, excepto aquel estado de coma que lo dejó postrado en una cama durante un par de semanas.

Sus amigos le contaron lo sucedido. Volvía de unos días en la montaña cuando se quedó dormido al volante, víctima del cansancio. Abrió los ojos en el instante justo en el que el coche se salía de la calzada, quizá por el estruendo que produjo el vehículo al chocar contra las barreras laterales. No tuvo tiempo de enderezar el volante para volver al carril de la carretera, por lo que se vio saltando arbustos de la ladera de una montaña por donde circulaba la vía. El coche frenó en seco al estamparse contra el gran tronco de un viejo roble que se interpuso en su camino. El cinturón de seguridad evitó que saliese disparado por la luna delantera, pero el airbag no se abrió y su frente impactó con fuerza contra el volante, abriéndole una brecha en la cabeza y provocándole aquella inconsciencia. Del resto había poco que contar. Su estancia en el hospital fue sencilla, sin incidente alguno, hasta el día en que despertó.

Ahora, después de aquello sólo el rostro aquel estaba en sus pensamientos. Las noches ya no eran ese momento de descanso que tanto necesitaba. Y el resto del día se había convertido en una obsesión en la que por su mente sólo pasaba aquella cara, desviando sus pensamientos, distrayéndole. Kendra la llamaba en secreto, pues, como habían dicho los médicos, debía conocerla. Su nombre verdadero no lo recordaba, si tal era el caso.

Había empezado a acudir a un psicólogo. La terapia, le habían dicho, le ayudaría a recordar. Aunque Alleno no estaba seguro si quería recordar el accidente. Pero con esa excusa fue a ver a uno. No obstante, sus intenciones eran bien distintas. Las citas con el especialista sirvieron para que, al menos, consiguiera centrar sus pensamientos. Ahora, aquel rostro no estaba todo el día en su mente. Había conseguido apartarlo la mayor parte del tiempo; sólo en las sesiones de terapia salía de su subconsciente para tomar protagonismo, y, claro estaba, durante su vigilia, pues en eso se habían convertido las noches.

Aún con todo, no había conseguido recordar a la mujer, y la obsesión aumentaba. Al cabo de un tiempo, también dejó de ir a terapia, perdida la esperanza. Había perdido todo lo avanzado con el psicólogo, y ahora el rostro se aparecía en cada persona con la que se encontraba. Para él, todos eran iguales, hombres, mujeres, niños y ancianos, todos eran Kendra.

Alleno no sabía por qué había escogido el nombre de Kendra para la mujer. Aquello no significaba que relacionara aquel nombre con el rostro que ahora se le aparecía en todo momento. De hecho, estaba seguro que aquel no era su verdadero nombre. Pero algo en su interior lo había obligado a identificar a la joven de alguna forma. Y, de igual modo, algo le decía que Kendra era el apelativo adecuado.

Durante las siguientes noches, la relación entre los dos fue estrechándose, al menos por parte de Alleno. El hombre intentaba conocer de alguna forma a aquella mujer que lo atormentaba, y no se le había ocurrido mejor método que empezar a hablarle. Lógicamente, él era siempre el que llevaba la iniciativa de todos los coloquios, hasta tal punto que aquellas cuestiones formulado eran respondidas por él, forjando una historia que, realmente, no existía.

Aquella “estrategia”, como las anteriores, acabó tornándose inútil. Su obsesión no menguó, al contrario, el deseo de saber de ella, de intentar conocerla, lo encerró en sí mismo, hasta trastornarlo más de lo que empezaba a estarlo meses atrás.

Y entonces recurrió a un último intento.

• • •

Tomar la decisión no ha sido sencillo. De hecho, no estoy seguro de que vaya a funcionar. Pero no sé que más hacer. Me siento desesperado.

El lugar parece extraño. Una pequeña y oscura calle sacada del Londres de las antiguas películas de la Segunda Guerra Mundial. Una sinuosa neblina lo envuelve todo, arremolinándose entre mis tobillos con cada paso que doy. La iluminación, tenue y pobre, tampoco acompaña. Un único portal preside toda la fachada del destartalado edificio, como si se tratase de la entrada a una oscura cueva o la boca de algún viejo dragón. Los peldaños de las escaleras están gastados, desquebrajados, y el posa-manos resbala con facilidad debido a los largos años de uso.

Cuando llego a mi destino, el ático del último piso, descubro que la puerta está entreabierta, como si se esperase la visita de alguien, como si se me estuviera esperando. Me inquieto.

Entro en la vivienda con paso tembloroso y cierro con precaución. Parezco un ladrón furtivo entrando a robar. La casa, igual que la calle, está poco iluminada y nada destaca del mobiliario del lugar, a diferencia de lo que yo había creído. Sonrío levemente desechando aquel pensamiento, pero no consigo relajarme.

-No tienes por lo que temer aquí, Alleno.

La voz, profunda y ronca, me sorprende y giro con presteza hacia su origen. En mi brusco movimiento golpeo algún objeto de la mesilla que estaba observando, pero no parece que haya tirado nada, pues no oigo su choque contra el suelo.

Ante mí, un hombre mayor, casi anciano, parece contemplarme con interés, algo totalmente absurdo e imposible sino fuera por el hecho de que es ciego. Mi mirada se queda prendida de sus ojos y éstos parecen devolvérmela. Al final, aparto la vista apesadumbrado. El anciano de melena cana sonríe como si aquello se repitiera cada vez que alguien lo visita.

De pronto, me percato de que me ha llamado por mi nombre, el cual nunca le había dicho pues es el primer contacto que tengo con él. Lo vuelvo a mirar, pero no a los ojos esta vez.

Su porte es casi noble, parece un antiguo caballero sacado de las leyendas artúricas. Para la edad que aparenta su musculatura aún es firme y fuerte. Su rostro esta marcado por el paso del tiempo, sus manos también. Su pelo es blanco plateado. Si no fuera por su vestimenta creería que es el propio Rey Arturo.

El anciano se gira, todavía sonriendo. Me insta a seguirle y así lo hago. Su caminar por la casa no es errático ni parece aprendido. Aunque es de suponer que en su estado conozca cada rincón del lugar, su deambular no da esa sensación. Camina como cualquier persona que no tuviera su problema de visión, sin contar los pasos, sin medir las distancias. Incluso, de vez en cuando, parece que gira el cuello observando algo que deja atrás.

Entramos en una pequeña habitación. Su despacho, si puede llamarse así. La estancia es pobre en mobiliario, un sencillo escritorio con unas butaca y un sofá regentan la sala. Sólo una pequeña estantería parece guardar los libros más preciados del hombre. El resto se encuentra en varios montones desperdigados por el suelo.

Me invita a sentarme y, de nuevo, acato su deseo. Seguidamente pregunta el por qué de mi visita. Pero sospecho que no es necesaria mi explicación. Aún así, algo me impide callar y mi voz decide contar lo poco que sé. Después de mi parloteo, el anciano asiente, satisfecho con lo expuesto. Rebusca entre unos papeles y libros que estaban preparados encima del escritorio. Sus bordes y las hojas han visto mejores tiempos, amarilleadas y roídas. Allí todo parece haber sobrevivido a muchos años, largos y pesados. Para mi sorpresa coge uno documento en concreto y simula leerlo. La representación parece tan legítima que no me atrevo a interrumpirlo y espero a que él decida atenderme de nuevo.

De pronto, levanta la cabeza y fija su velada mirada en mí. Su sonrisa no ha desaparecido todavía.

-Hay algo que debo saber -argumenta.

Yo asiento, dispuesto a cooperar.

-Sé que tu historia es correcta, tus gestos tu lenguaje corporal dicen mucho más de lo que ha dicho tu voz. Pero no me informan de todo lo que necesito. Debemos llegar más allá.

Aquellas cuatro palabras instauran en mí un temor que no pudiese creer que existiese. Y más aún lo hace el hecho de que el anciano no ha dejado de sonreír desde que lo hiciera cuando llegué.

-Tranquilo -se apresura a decir mientras alza una de sus manos.

Se ha percatado de mi miedo e intenta calmarme.

-Como ya he dicho antes, nada hay aquí que debas temer.

Se levanta con elegancia y yo realizo el mismo movimiento, aunque no con idéntico resultado. Estoy hecho un flan y todo mi cuerpo tiembla como si fuera gelatina rancia. Se acerca al sofá, donde estoy sentado, pero él se acomoda en una de las butacas cercana. Me explica que es necesario realizarme un proceso de hipnosis para conocer los más profundos deseos mi ser, sin nada del entorno que pueda interferirlos. En ese momento deseo salir corriendo, pero mis piernas no responden y, para sorpresa mía, asiento ante su petición.

Me tumbo en el sofá y cuando estoy listo, el anciano empieza a hablar.

La hipnosis comienza.

• • •

Alleno no recordaba nada de aquel momento. Lo último, nada más despertar de la hipnosis, era que se encontraba muy alterado, incluso exhausto, pero no conseguía acceder a sus recuerdos. Su estado le hizo aumentar su nerviosismo he intentó buscar consuelo en el anciano que lo acompañaba. Y, entonces… todo ocurrió muy deprisa.

El hombre ciego lo observaba, estaba seguro de ello, aunque no entendía cómo. Su rostro estaba impávido, sereno. Alleno comprendió que aquel extraño personaje había encontrado la respuesta a su inquietud. Cuando le preguntó por lo que había sucedido no contestó, al contrario, intentó calmarlo. Pero aquello produjo el efecto contrario en Alleno, perturbándolo si todavía era posible aquello. Su mente, en aquel preciso momento, quedó trastornada más de lo que ya lo estaba y el joven vio algo que le hizo apartar la atención de su acompañante.

Detrás, por el resquicio de la puerta, una figura se deslizó entre las sombras. En realidad, quien quiera que fuera, parecía fundirse con ellas, formando un todo. Aquel hecho le hizo recordar su sempiterno sueño. Apartó con un brusco movimiento al hombre y salió tras quien fuera que estuviese también allí. En su repentino arranque Alleno no escuchó las advertencias del anciano, que le conminaban a no seguir lo que parecía era una ilusión.

Alleno llegó a la oscura calle, donde la niebla todavía deambulaba a pocos centímetros suelo. Ahora, una fina llovizna había hecho acto de presencia, empapando las aceras. En una esquina, Alleno pudo comprobar como la misma sombra se deslizaba sutilmente ante sus ojos. Salió disparado tras ella, intentando alcanzarla. Pero cada vez que el hombre torcía un recodo, la figura hacía lo propio en otra esquina.

Por fin, tras una larga carrera, ante Alleno se abría una amplia avenida que le proporcionaba cierta ventaja si encontraba a su fantasma. Y lo hizo. Unos metros más delante, la encapuchada mujer parecía no temer a la acuciante tormenta que parecía estar cogiendo fuerza.

Las gotas de lluvia resbalaban por su capa como si no la mojaran, ajenas a su presencia. Entonces, la cabeza de la silueta se giró, mostrando aquellos ambarinos ojos de fuego que tanto habían enloquecido al hombre. La mujer comenzó a caminar, lentamente, invitándole a que lo alcanzara.

Alleno así lo hizo. De nuevo, no escucho los gritos de súplica que le advertían de su destino. El joven sólo tenía atención para una cosa, la negra figura que se encontraba tan sólo a unos metros de él. Pero, repentinamente, se convirtió en un espectro que comenzó a difuminarse lentamente. Sólo cuando el extraño fantasma desapareció Alleno volvió al mundo de los vivos. Entonces, todos los sonidos de su entorno se zambulleron en su ser, demasiado tarde ya para esquivar el camión que se le hecho encima en aquel preciso momento.

• • •

-¿Qué ha pasado? -la voz de la mujer es profunda, pero no indica resentimiento ni réplica.

El anciano se gira, sabedor de quién es la persona que acaba de hablarle.

-Al final encontró lo que buscaba -responde sin siquiera levantar el rostro.

-Lo sé -asiente ella-. He tenido que llevarle a su nuevo destino.

-Entonces, ¿no has sido tú quien lo ha reclamado?

El anciano no necesita mirar a la mujer para saber que ésta responde con un gesto de su cabeza. Aunque su negación no es necesaria, pues el hombre conoce la respuesta de antemano.

-Lo reclamé para otro menester bien distinto. Y tú debías ayudarlo.

-Así lo hice -responde el anciano con presteza, esta vez prestando la debida atención a su acompañante-. Pero no aceptó tu don.

-Tú lo hiciste.

-Es verdad -contesta el hombre mientras se levanta y abandona la estancia. La mujer lo sigue, fundiéndose con cada sombra del lugar-. Pero mi facultad es muy diferente. Yo posee el don de la comprensión y el aprendizaje. Sin embargo, a él le otorgaste el don de la visión. Aunque la mía era distinta, más terrenal -dice con sarcasmo-,y me la quitaste para que aceptara tu “regalo”, no ha podido entrelazar la física con la psíquica.

-Otros lo han hecho, ¿por qué él no?

-¿De veras no lo sabes? -ahora toda la atención del anciano está puesta en la mujer.

Ésta niega de nuevo con la cabeza. El fuego de sus ojos deja un suave fulgor con cada movimiento de su rostro.

-Tu presencia le abrumó desde el principio -el espectro oscuro sigue sin comprender-. Se enamoró de ti… y no supo ver nada más. No ha parado hasta que te ha encontrado… no ha parado hasta que ha encontrado la Muerte.

Aquel comentario crispa a la mujer que comienza a desvanecerse lentamente.

El anciano sonríe con cinismo.

-Adiós… Kendra.

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