El despertar de los condenados

17 03 2012

Jano estaba al volante del coche. Se dirigía, junto con su hermana y una amiga de ella, a pasar el día en el pueblo en el que veraneaban. Aunque ahora no era verano, ni mucho menos. El chico había quedado hacía unos días con su amiga Carla, una compañera de la universidad, en hacer una pequeña salida campestre. Así que habían decido utilizar ese fin de semana para tal cometido.

Jano y Carla se habían conocido hacía un par de años, en una asignatura que cursaron juntos. Cuál fue la sorpresa de ambos el verano de aquel año al encontrarse los dos en una de las muchas aldeas que poblaban el termino del pueblo del joven. El muchacho descubrió entonces que la madre de su amiga poseía una pequeña casa en la zona.

Carla había convencido a su amigo para que realizaran aquella salida. La joven llevaba un tiempo planeando aquella actividad con un grupo de amigos que Jano no conocía. Pero como el destino elegido fue el pueblo del joven, la muchacha decidió invitarlo a él también. Jano, por su cuenta, hizo lo propio con su hermana Sara y con Natalia, la amiga de ésta.

Llegar hasta el pueblo era sencillo, sólo había que tomar la salida norte de la ciudad y conducir cerca de cien kilómetros por esa misma carretera. No habían desvíos que tomar. Un único camino hacia la sierra, hacia uno de los rincones más olvidados de la comarca.

El viaje fue placentero, como siempre, amenizado por la música que sonaba en la radio. Todavía era muy temprano, así que las dos chicas aprovecharon para dormir un rato, pues la travesía les llevaría casi hora y media.

Pero al fin llegaron. Eran cerca de las diez menos cuarto de la mañana, así que todavía tenían un poco de tiempo hasta que el resto llegaran allí. Jano dirigió el vehículo hacia su casa, donde podía aparcar en la misma puerta.

La calle, adoquinada desde no se sabía cuándo, era pequeña. Tan solo tres viviendas, aunque una estaba abandonada, la ocupaban. El joven aparcó. Después, entre los tres, sacaron el poco equipaje que habían decidido llevar para aquella jornada.

Se dirigieron hacia la plaza del pueblo, el lugar donde habían quedado con Carla y sus amigos y se dispusieron a esperar sentados en uno de los bancos que había allí. En el centro de la plaza había una gran fuente de piedra que hacía mucho tiempo había dejado de funcionar. Todos los años la reparaban, para que las gentes del lugar pudieran utilizarla, pero siempre volvía a estropearse.

Jano contempló el lugar ensimismado, reviviendo viejos recuerdos de tiempos ya pasados, cuando todavía era niño. Aunque el pueblo era pequeño, el joven siempre había podido cruzarse con los diferentes vecinos que vivían allí. Era extraño que allí, a la hora que era ya, no se hubiesen encontrado con nadie. Incluso, observó, la carnicería, el único local comercial que tenía el privilegio de estar ubicado en aquella pequeña plaza, permanecía cerrado, cosa extraña, pues el chico no recordaba que nunca hubieran cerrado, ni siquiera en un día festivo.

Pero pronto olvidó aquellos pensamientos, pues en aquel preciso momento su hermana le hizo ver que Carla había aparecido, y no lo hacía sola, aunque no esperaba que lo hiciera con las personas que iban tras ella. Ante él se encontró a cinco personas que conocía muy bien, pues eran sus compañeros de clase: Rubén y Carlos, y Begoña y Silvia, además de la propia Carla.

Ahora comprendía el chico el motivo de aquel viajecito y porqué su amiga había insistido tanto en que no quedaran todos juntos para acudir allí. Jano dirigió una mirada acusadora a su amiga y ésta hizo lo propio pidiéndole disculpas por aquella encerrona. Pero el joven no estaba dispuesto a perdonarla, al menos no tan pronto, y estuvo a punto de levantarse, marcharse y dejarlos a todos allí plantados. Si no lo hizo fue por la sensatez de su hermana, que enseguida se percató de lo que sucedía y con su mano lo conminó a calmarse.

Y la razón de todas aquellas miradas y ninguna palabra era Begoña.

Begoña era una chica de la misma edad que el joven, jovial y muy alegre, de mirada clara y sincera, y con una sonrisa que siempre estaba instaurada en su rostro. Pero también era el mayor de los quebraderos de cabeza del muchacho, pues él, sin haberlo previsto, se había enamorado de su amiga.

Begoña y Jano se conocieron hacía ya unos cuantos años en la universidad. De hecho, el joven se quedó prendido de ella la primera vez que la vio y, desde entonces, su única obsesión había sido formar parte de su vida. Y lo había conseguido, pero no de la forma que él había deseado. Pronto se convirtieron en buenos amigos, aunque no era lo que el chico quería. No obstante, esa relación perduró y creció, esperando por su parte que la joven dejara un día de verlo como un amigo y lo hiciera como él siempre había anhelado. El tiempo fue pasando y Jano perdía con cada día que pasaba la esperanza. Y un buen día, cuando todo el grupo estaba estudiando para un examen, los dos tuvieron un fuerte encontronazo por alguna tontería que el joven ya no recordaba. Pero desde entonces la relación se enfrío, hasta el punto que cada vez que se veían los dos acababan discutiendo. Sus amigos intentaron que los dos jóvenes se reconciliaran, pero no lo consiguieron. Jano no conocía el motivo de la chica para seguir enfado con él, aunque debía de haber uno, pero sí conocía el suyo propio: se había cansado de esperar, se había cansado de seguirla a todas partes como un perro faldero, y había decido alejarla de su vida.

Parece que aquel era el último intento de Carla porque la pareja se reconciliara.

-Bien, ya hemos llegado -dijo Carla y de nuevo pareció pedirle disculpas con la mirada.

Jano los saludó a todos, intentando no dejar entrever cómo se sentía en aquel momento, e hizo las presentaciones oportunas.

Después de esto empezaron a caminar, no sin antes Carla les explicase dónde se encontraban. Aunque la mujer no veraneaba precisamente allí, la aldea donde lo hacía se encontraba algo más al norte del término, el par de veranos compartidos con Jano le hizo conocer bien el pueblo y, en vistas que el hombre había decido no hablar, tuvo que hacerlo ella.

Anduvieron un rato por las diversas callejuelas, contemplando cada rincón, deleitándose con todo lo que veían. Pero antes de empezar la visita propiamente dicha debían hacer acopio de provisiones, así que su deambular los llevó hasta la panadería del pueblo para comprar algo de pan para el almuerzo y la comida. Pero se llevaron una sorpresa cuando comprobaron que el establecimiento estaba cerrado, algo extraño siendo sábado por la mañana. No había ningún cartel informativo que indicara cuándo pensaban abrir.

No obstante, el animo de los jóvenes no desfalleció y decidieron acercarse a uno de los bares para pedir unos bocadillos. Jano todavía estaba enfurruñado con la situación y no participaba mucho de las conversaciones de los demás. Ni siquiera prestó atención a las preguntas que le hizo su hermana sobre lo extraño de que todavía no se hubieran cruzado con nadie o de que la panadería y la carnicería estuvieran cerradas.

Ya en la calle principal, se dirigieron hacia la taberna, un pequeño asador donde la hermana de Jano había trabajado algún verano. Pero para desconcierto de todos, también estaba cerrado.

-¡Joder! -exclamó Carlos-. Esto parece un pueblo fantasma. ¿Están todos muertos o qué?

Y fueron precisamente aquellas palabras lo que atrajo la atención de Jano hacia su entorno, hacia lo que sucedía a su alrededor.

-¿Qué has dicho? -preguntó el joven algo airado.

Su amigo fue a contestarle pero cuando contempló el rostro de Jano se sintió azarado y las palabras no surgieron de su boca.

-¿Qué has dicho? -repitió el joven, esta vez zarandeando a su acompañante.

-Nada Jano… era una broma… Sólo llamaba la atención sobre el hecho de que todo esté cerrado.

El interpelado lo soltó y se volvió. Examinó su alrededor como si fuera la primera vez que lo hiciera. Y entonces comprendió.

Se giró de forma imperiosa, buscando a su hermana.

-¿Lo notas? -le preguntó, aunque no esperaba su respuesta pues ya la conocía.

-¡No puede ser! -contestó ella, asustada.

-No hay otra explicación -dijo el joven, zanjando la discusión.

La turbación que mostraban los rostros de los dos hermanos contagió a sus compañeros y también ellos se asustaron, pero no supieron por qué.

Jano volvió a girarse repentinamente.

-Llámala -ordenó.

Sara siguió con la mirada hacia donde había indicado su hermano. Sus ojos estaban clavados en una de las ventanas de enfrente que pertenecía la casa de Clara, una amiga suya. La joven extrajo el móvil y marcó el número correcto. A los pocos segundo una voz sonó por el altavoz del aparato.

-Clara, soy Sara. Asómate a la ventana, por favor -solicitó la muchacha.

Pero la voz del otro lado del aparato se negó a hacerlo argumentado que no se encontraba en casa.

-¡Joder Clara! -le recriminó ella-. Sé que estas en casa. Estoy bajo tu puerta con unos amigos. Tienes que dejarnos subir -la voz de la muchacha mostraba una alarma que sus compañeros no supieron entender, pero ya estaban asustados del comportamiento anterior de los dos hermanos, y el tono de la joven no ayudó a relajarlos.

Un instante después, alguien descorrió una cortina en la ventana que Jano había indicado y una chica se asomó desde detrás del cristal. El rostro que adquirió cuando contempló a su amiga, al hermano de ésta y a sus acompañantes, sólo confirmó lo que ya todos estaban pensando. Algo iba mal.

-Jano, ¿qué está pas…? -empezó a preguntar Carla, pero su amigo la conminó a callar con un gesto imperioso.

Enseguida, una puerta se abrió frente a ellos y una chica los instó a que entrasen con premura. Los dos hermanos, entre empujones, consiguieron que todos hiciesen lo que les había pedido la muchacha. Cuando la puerta de la calle se cerró parecieron recuperar algo de la calma perdida. Sólo fue un momento para recobrar el aliento, pues, mientras se dirigían al salón de la casa, Jano volvió a hablar.

-Clara, ¿qué está pasando aquí? -preguntó.

La interpelada apartó la mirada del rostro del chico, abrumada por su presencia. Ninguno de los que acompañaban a Jano dijo nada, esperando que la pregunta de su amiga aclarase las incógnitas.

-Hemos perdido el control -sentenció al final la muchacha.

El rostro de Jano se ensombreció asumiendo lo que esas palabras significaban.

-Jano, ¿que pasa? -fue Carla de nuevo la que puso voz a lo que todos deseaban preguntar pero ninguno se atrevía. Desde que había comenzado aquella disparatada actitud por parte de su amigo y su hermana, se vieron superados por la situación y se dejaron arrastrar por ellos dos, que parecían ser los únicos que entendían lo que estaba sucediendo.

-Más tarde vendrán las explicaciones -contestó el chico, sin dirigirle la mirada si quiera-. Ahora necesito entender qué está pasando -pero su habla sólo fue dirigida a la nueva miembro de grupo.

Clara no contestó, al menos inmediatamente. Parecía estar buscando las palabras adecuadas para aquel menester. Decidió sentarse para relajar su cuerpo, pues mostraba un elevado estado de excitación. Algunos la imitaron, aunque no les habían ofrecido tal descanso. No fue el caso de Jano, que se quedó esperando la explicación de su amiga.

-El cura -dijo al fin en un susurro-. Fue el cura.

Jano no comprendió.

-Le explicamos nuestro cometido -sus palabras surgieron de su boca atropelladamente, como si intentara excusarse, y ya no pudo parar de hablar-. Hicimos lo mismo que con los anteriores párrocos. Pero éste era diferente. Sus creencias, su credo, eran casi obsesivos, y pensó que su fe podría salvarnos… -la mujer suspiró, algo más calmada después de librarse de aquella carga-. Cuando nos prohibió el acceso a la iglesia, hicimos como habíamos hecho otras veces: actuamos a escondidas. Y durante un tiempo con aquello bastó. Pero nos descubrió. Consiguió arrebatarnos las llaves del santuario y… ya no pudimos hacer nada más.

-¿Cuánto hace de eso? -preguntó el joven.

-Esta noche se cumplirá la semana.

-¡Joder! ¡Y por qué no me llamasteis! -exclamó enfadado.

-¡No pudimos! -gimoteó ella-. Nada funciona. Ni los móviles, ni internet, nada.

-Pero te hemos llamado -se apresuró a añadir Sara.

-Sí, sí -afirmó nerviosa-. Aquí todavía funciona todo, pero no podemos contactar con el exterior.

»Y nadie tenía el valor para salir a buscarte. Llevamos encerrados desde entonces.

Los amigos de Jano ahora estaban más asombrados que asustados. No entendían de qué iba todo aquello y la conversación que estaba manteniendo su amigo con la chica tampoco aclaraba nada. No obstante, no se atrevieron a preguntar, pues sus rostros mostraban una alarma que hizo que se preocuparan aunque no comprendiesen por qué.

-¿No habéis dado el aviso? -preguntó Jano angustiado.

La muchacha negó con la cabeza.

-¡Joder! -exclamó él dando un aspaviento-. Maldito cura. ¿No conoce el dicho de “donde fueres haz lo que vieres”? -aquello lo dijo más para sí que para sus acompañantes, no obstante, ninguno intentó contestarle.

-¿Qué vamos a hacer? -lloriqueó Clara.

-Enmendar la situación. Todavía queda algo de tiempo -sentenció en un susurro-. Ya sabes lo que tienes que hacer -dijo dirigiéndose a su hermana-. Espera a que el sol esté en su posición.

-¿Qué vas a hacer tú? -le preguntó mientras asentía a su orden.

-Voy a hacer una visita al nuevo cura. Tranquila -declaró al contemplar el gesto de su hermana-, todavía no pueden hacerme nada. Volveré antes de que el sol baje. Espero -pero aquello último lo dijo para sí mismo y nadie lo oyó.

• • •

Jano tuvo que desplazarse hasta el pueblo vecino para llegar a la casa del párroco. El sacerdote regentaba varias de las iglesias del lugar, pero no vivía en el pueblo del muchacho. Así que el joven se vio obligado a servirse del coche para llegar hasta allí.

Ahora, el sol estaba lo suficientemente alto en el cielo como para que no sufriera ningún tipo de peligro. No obstante, la amenaza todavía no había llegado tan lejos, así que allí podía sentirse a salvo. Aún así, su regreso debía enmarcarse dentro de las tres horas de seguridad, un periodo de tiempo que comprendía entre la hora anterior al mediodía solar y la hora posterior.

Jano llamó a la puerta y, al cabo de un instante, ésta se abrió. El joven no esperó a que el cura le dijese nada y entró de forma atropellada. El párroco pronunció algunas quejas a las que no hizo caso y lo obligó a acompañarlo al interior de la vivienda. El tiempo apremiaba y no había que andar con miramientos. Además, con todo, no era seguro permanecer en el exterior.

-Deme la llave -ordenó, aunque lo hizo calmadamente.

El interpelado, al principio, no supo a qué se refería su extraño visitante pero al final, la memoria le trajo a su entendimiento el verdadero significado de aquellas tres únicas palabras.

-Hijo mío -comenzó con una sonrisa risueña-, no debes preocuparte por nada. Como ya les he dicho a los otros, no hay nada por lo que temer.

Y fue esa actitud, como si lo tratara como un niño pequeño al que estuvieran educando, lo que rompió la calma de Jano.

-Mire -gritó, provocando que el cura se asustara-, por mí puede pensar lo que quiera. Necesito esa maldita llave y va a decirme dónde la guarda.

Entonces, el rostro del sacerdote cambió, como si contemplara a un monstruo delante suyo. Jano no supo qué fue lo que hizo cambiar la actitud del padre pero, fuera lo que fuese, el hombre se levantó tembloroso y salió despedido de la estancia. El muchacho hizo intención de seguirlo pero, cuando se decidió a ello, el cura volvió con el objeto que el joven había venido buscando, una enorme y pesada llave de hierro, tosca y fea.

-Ya la tienes -sollozó el hombre-. Haz lo que tengas que hacer pero, por favor, no vuelvas por aquí.

Jano comprobó el miedo que se había hecho presa del párroco. No obstante. Aún tenía una última cosa que decirle:

-¿Conoce lo que debe hacer?

El párroco se extrañó ante aquellas palabras. Al momento, comprendió lo que Jano quería decirle, por lo que asintió con un movimiento tembloroso. El joven se sintió satisfecho con aquel gesto, pero añadió unas ultimas palabras mientras salía de la estancia:

-No es a mí quien debe temer -sentenció. -Ojalá sobreviva a esta noche -pero aquellas últimas palabras las pronunció en un susurro inaudible.

• • •

Jano introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar con un chirrido a hierro oxidado. La gran puerta del santuario comenzó a abrirse mientras sus goznes rugían. Antes de entrar, el muchacho se giró y alzó su vista al cielo. Todavía había tiempo, pero debía darse prisa, el sol comenzaba a descender.

La iglesia estaba a oscuras, pues no tenía ninguna ventana, pero la poca luz que entraba por la puerta era suficiente para su cometido. No se entretuvo en contemplar su entorno, lo conocía perfectamente.

Se dirigió a su izquierda, hacia la entrada del campanario. Detrás de la pequeña portezuela que daba acceso al mismo, se escondía una tortuosa escalera de peldaños de piedra que hacía tiempo había dejado de estar en buen estado. Ninguna luz alumbraba la estrecha escalinata. Sin embargo, colgada de un clavo en la pared había una pequeña linterna de petaca. Jano la cogió y la encendió. Aquel exiguo fulgor le permitiría ascender por los escalones sin ningún tipo de percance.

Subió por la escalera con velocidad. En seguida alcanzó lo más alto del campanario y allí ya no fue necesaria la luz de la linterna, pues los diferentes ojos de la fachada proporcionaban la claridad del mediodía, acompañada por las diferentes sombras que creaban cada una de las campanas que coronaban aquella torre. Pero no era ninguna de aquellas campanas la que interesaba al muchacho.

Justo en el centro de la estancia, Jano se agachó. Limpió el suelo con la mano, levantando el polvo que llenaba el piso. Al instante descubrió una pequeña losa. La presionó con la mano y ésta cedió bajo el peso que el joven aplicó. Un crujido, como el roce de piedras, hizo girar el rostro del muchacho. A su derecha, en una de las paredes que circundaban el lugar se había abierto un pequeño hueco. Jano se acercó e introdujo el brazo; extrajo su contenido, una pequeña campana, poco más que un tosco y feo cencerro. No obstante, el artilugio tenía un peso desmesurado para su minúsculo tamaño. El joven lo contempló. No era lo que había imaginado. La diminuta zumba no tenía badajo, lo que extrañó al chico. Pero había sido instruido en aquella misión desde que tenía memoria y, aunque nadie recordaba ya como debía ser el instrumento que ahora tenía entre sus manos, pues desde hacía siglos no había sido necesaria su utilización, Jano sabía qué debía hacer.

Con un grácil movimiento de su mano hizo sonar la campana y, para su sorpresa, ésta produjo un dulce sonido, leve y tenue al principio, pero fue aumentando su tono conforme se dispersaba por el aire, hasta llegar a los confines del mundo.

El aviso había sido dado. Ahora sólo faltaba que todos supiesen cómo debían defenderse.

• • •

Jano entró en su casa con premura. Todavía no había terminado de cerrar la puerta cuando Sara salió a su encuentro.

-Ella está aquí.

Lucía. A ella se refería su hermana.

Jano entró detrás de la joven, directos al salón de la vivienda, donde debían encontrarse todos. Al entrar allí, el chico comprobó que su hermana había seguido los pasos adecuados. La chimenea estaba encendida y sobre la mesa reposaban varios candelabros, quinqués y candiles, todos con una vela. El muchacho aprobó todo aquello con un leve asentimiento. Después, contempló a cada uno de sus amigos hasta que, al fin, su mirada se encontró con la de la visitante. Está se levantó cuando se percató del escrutinio del joven. Iba a decir algo, pero Jano no se lo permitió.

-¿Qué haces aquí? -preguntó él en cambio.

-Puedo ayudar -contestó. Su voz sonaba decidida y así era su pose, como invitando a que la contradijera-. Sé cuál es tu cometido. Puedo serte de utilidad.

-Ya no te compete a ti cumplir esa misión. Tu tiempo pasó.

Lucia era una persona orgullosa, nada acostumbrada a que le llevaran la contraria, así que Jano había supuesto que la mujer mostraría odio hacia él tras escuchar aquello. Pero, para su sorpresa, no fue así. Sus ojos, sus azules y cristalinos ojos, mostraron una gran tristeza cuando comprendió el significado de aquellas palabras. Y entonces, el hombre comprendió que, igual que él, la mujer había cambiado desde su último encuentro. Pero, como había dicho, el tiempo había pasado y ya nada era como fuere antaño.

La joven se sentó, perdida la esperanza, entonces Jano dio por concluida la conversación. Pero ahora vendrían las preguntas, lo veía en sus rostros, así que tendría que contarles la verdad. Sólo esperaba que estuvieran preparados para asumirlas, sino no podía asegurar su seguridad.

-Os debo una explicación -dijo al fin, antes de que nadie dijera nada.

Aquellas palabras atrajeron, si cabe más, la atención sobre el muchacho. Jano intentó volver a hablar, pero ningún sonido salió de sus labios. No sabía qué contarles y mucho menos sabía cómo hacerlo. Intentó aclarar sus ideas y al final encontró un hilo del que tirar.

-¿Sabéis lo que significa mi nombre?

Nadie dijo nada, pero todos se miraron entre sí comprobando si alguien contestaba a la pregunta.

-Jano -dijo el chico saboreando cada letra. -Significa Guardián.

Nuevamente hubo silencio.

-Eso es lo que soy. Soy el guardián de una puerta.

Todos estaba intrigados, pero ninguno parecía dispuesto a decir nada. Finalmente, Begoña fue la que rompió aquel inquietante mutismo.

-¿Qué tipo de puerta?

Jano se giró buscando su mirada. Lo hacía por primera vez desde que la viera por la mañana. De hecho, tenía la sensación de que era la primera vez que la contemplaba desde que habían discutido. La joven se la aguantó, al menos al principio, pero algo en él la inquietó y tuvo que apartarla.

-Una puerta al Inframundo.

La habitación enmudeció todavía más, si era posible.

-¿Al infierno? -preguntó estupefacta Carla.

-El Infierno es un paraíso comparado con el Inframundo -sentenció. -En el Inframundo están encerradas todas aquellas almas que han sido corrompidas a límites insospechados. Asesinos, violadores, genocidas, malhechores, criminales de la peor calaña. Todos aquellos que en vida han cometido un crimen imperdonable son encerrado allí tras abandonar este mundo.

Jano sabía que no le creían, al menos, no conseguían creerle. Pero nadie se atrevió a contradecirle. Desde el momento que el joven comprendió qué estaba ocurriendo allí todos se dejaron llevar por él. Su repentino cambio de humor no les permitió contradecirlo en sus actuaciones.

-¿Qué habéis sentido cuando habéis oído el aviso?

-¿Qué aviso? -volvió a hablar Begoña.

-El tañido de la campana -respondió él mientras la miraba de nuevo.

Y entonces comprobó que comenzaban a entender.

-Miedo -contestó en un susurro, y todos asintieron ante la palabra de la joven.

-Y más que sentiréis. Esta noche. Cuando el sol deje de calentar -el joven esperó a que asumieran lo poco que les había contado. Pero ya tenía captada su entera atención. -Mirad, muchas cosas escapan al entendimiento humano. Pero a lo largo de la historia, unos pocos elegidos eran capaces de resolver algunas de esas incógnitas. Mis antepasados fueron algunos de esos pocos.

»Por todo el planeta se esconden puertas a otros mundos. Y aquí hay una de las pocas que cierran el Inframundo. Mis antepasados la descubrieron y discernieron también sus secretos. Enseñaron a los habitantes de aquí cómo debían mantenerla cerrada. Porque si la puerta se habría, los muertos podrían andar en el mundo de los vivos, alimentándose de ellos.

-Pero Jano,no hemos visto nada que pueda confirmar tus sospechas -comentó Carla.

-Porque aún es pronto -explicó-. Pero esta noche se cumple una semana de que fuera sellada por última vez…

-Jano -lo interrumpió su hermana.

El muchacho se volvió hacia el origen de la voz.

-Sí, tienes razón. Estoy adelantándome.

»Como os he dicho, aquí se guarda una de las puertas que conducen al Inframundo. Las almas encerradas en él pugnan por salir a cada momento de su atormentada existencia. Pero existe un ritual para impedirles el acceso a nuestro mundo. Un ritual que hay que cumplir cada noche. Así ha ocurrido desde que nuestros antepasados tienen memoria. Si el rito dejara de realizarse, los espectros que son ahora podrían intentar escapar de allí. Y eso es lo que ha sucedido. Bien es cierto que no parece que haya escapado ninguno. Pero sospecho que nadie de por aquí ha querido arriesgarse a descubrirlo.

»Veréis, si alguno de esos fantasmas escapase y se topase con un vivo, intentaría alimentarse de él. Pero existen algunos mecanismos de protección. El más poderoso es la luz solar. Mientras el sol brille, sobre todo cuando más alto se encuentre en el cielo, el mediodía, y la hora precedente y posterior, los espíritus no pueden vagar por nuestro mundo. Pero cuando el sol se esconde… -Jano negó con la cabeza-. Lo descubriréis esta noche. Aún así, todavía poseemos formas de protección. La simple luz de una vela, o la lumbre y el calor de una fogata puede mantenerlos alejados, siempre y cuando no salgáis de aquel lugar que en ese momento se considere vuestro hogar. En la calle, al desamparo de la oscuridad, nada os protegerá.

»Toda esta explicación no tendría sentido si no hubiera transcurrido una semana desde la última vez que se cerró la puerta. Si se hubiese intentado sellar otra vez el peligro habría sido paliado. Pero no ha sido así. Esta noche se cumple la fecha límite. Los espectros vagarán por las calles… y todos estaremos en peligro.

Jano calló. Nadie dijo nada. Y, entonces, lo vio en sus rostros. Empezaban a notar el miedo, empezaban a sentir la presencia de los fantasmas.

-¿Y qué se puede hacer? -dijo alguien pero el muchacho no se preocupó en saber quién fue.

-Nada -respondió-. No está en vuestras manos hacer nada. Soy el Guardián de la puerta. Sólo yo tengo el poder de volver a sellarla…

-Esto es una estupidez -le interrumpió Carlos.

Jano volvió su rostro hacia él y pudo comprobar en su mirada que no se creía las palabras que acababa de pronunciar. Tenía miedo igual que el resto, su gesto lo demostraba. Y era aquel mismo temor el que lo inducía a negarlo. Porque aceptar lo que su amigo estaba diciendo sería mucho peor.

-¿Estás diciendo que una especie de muertos vivientes van a caminar por las calles esta noche?

-No -lo contradijo Jano y el rostro de su amigo pareció relajarse-. Estoy diciendo que unos fantasmas, unas almas malditas, vagarán entre nosotros buscando su alimento. Buscándonos a nosotros. Porque cada vez que se alimenten de algún humano serán más fuertes para permanecer en este mundo. Y llegará un momento que poseerán el poder suficiente para no abandonarlo. Entonces, estaremos perdidos…

-No me lo creo -sentenció el muchacho, pero el tono de su voz no mostraba la determinación que quería transmitir con sus palabras-. Es una estupidez.

-Puedes irte cuando quieras -y con un gesto de su brazo, Jano lo invitó a que lo hiciera.

-No… -su voz se quebró-. Quiero ver en qué acaba todo esto.

Jano asintió, pero no añadió nada más.

• • •

La noche llegó temprano, como Jano había temido.

Lucía, que se quedó en la casa porque ya no era seguro salir al exterior, ayudó a los dos hermanos a disponerlo todo para mantener un mínimo de seguridad. Colocaron un candelabro en cada una de las habitaciones y tenían más previstos para aquellos que quisieran deambular por la casa. Al menos, estaban bien surtidos de velas y no las habrían gastado todas cuando llegara el amanecer.

El muchacho había descartado dormir aquella noche. No porque no pudiera hacerlo, sino porque si conseguía conciliar el sueño, éste sería atacado por sus más terribles pesadillas mientras los espectros vagasen por el mundo. Y lo peor sería que no podría despertar, quedaría atrapado en ese mundo de terror hasta que el calor del sol llegase de nuevo al mundo.

No esperaba que sus amigos siguieran sus indicaciones respecto a este hecho, por lo que se compadecía de aquellos que intentaran dormir.

Por lo demás, no quedaba mucho que hacer en la casa, así que todos se dispusieron a ver pasar las horas. El apetito parecía haber desaparecido, por lo que nadie se dispuso a preparar algo para la cena. No obstante, Sara organizó sobre la mesa lo poco de picar que habían llevado, por si al final alguien se animaba a pegar un bocado.

Y así, el tiempo fue pasando, lentamente. Todos pudieron comprobar como un sentimiento de pesadumbre se adueñaba de sus personas, haciéndoles, incluso, difícil respirar. Más de uno se giró en algún momento creyendo haber escuchado un grito que en realidad no se había producido. Pero Jano sabía que así había sucedido, al menos en los más profundo de sus almas. Los espectros chillaban y gritaban y, aunque los oídos no eran capaces de escucharlos, los espíritus de los vivos sí, y temían por lo que oían.

Decidió deambular un poco por la casa, para estirar las piernas e intentar despejar la mente. Sus pasos le llevaron hasta la que era su habitación. Ésta estaba a oscuras, igual que el resto de la casa ya que la luz artificial parecía dañarles los ojos como si fueran alfileres. No obstante, innumerables sombras titilaban a la luz del único candil que reposaba sobre la mesita de noche. Fue una de estas sombras la que atrajo su atención. Al principio no la reconoció porque la vela no era suficiente para iluminar su cara. Pero su saludo, lanzado más como un suspiro, le hizo reconocerla al instante.

Begoña.

Jano se quedó contemplándola. No había esperado encontrarla allí, en su habitación. Era la primera vez que estaban a solas desde que hubieran discutido hacía unos meses. El muchacho la había evitado siempre que pudo e intentaba que hubiese alguien con ellos si se veía obligado a compartir su compañía.

El semblante de la joven era como el de todos, incluso el suyo supuso. Una tremenda turbación se reflejaba en él. Aun así, le sonrió al verlo. Pero él no fue capaz de devolverle aquel efímero gesto. Aunque ya no recordaba por qué habían discutido, lo cierto era que desde entonces le dolía estar cerca de ella.

Y fue por eso que tomó una decisión.

El muchacho se acercó a la cama y se sentó en el borde, casi al filo. Ella le siguió con la mirada, contemplando su andar.

-Begoña -empezó-, tengo que contarte algo.

La joven se sentó a su lado, pero él no se atrevió a mirarla. En cambió, tenía la vista perdida en algún punto lejano entre las sombras del suelo.

-Te quiero. Estoy enamorado de ti.

La muchacha se llevó una mano a la boca, pero no dijo nada.

-Sólo quería… -comenzó de nuevo-. Mañana… No sé lo que va a pasar mañana… No sé cómo acabará esto… Por eso quería que supieras…

-¿Qué ocurrirá mañana, Jano? -la voz de la joven sonaba asustada.

Él negó con la cabeza.

-Sólo debes sabes que mi corazón te pertenece desde el primer día que te vi…

Y esta vez sí que la miró, intentado retener en su memoria la alegría que le trasmitía su mirada cuando la contemplaba.

Iba a añadir algo más cuando la puerta de la habitación se abrió. Por el resquicio de la puerta asomó la cara de Lucía. La joven pareció sorprenderse de encontrarlos allí, juntos, pero no comentó nada.

-Jano. Deberías bajar.

-¿Qué pasa? -preguntó alarmado.

-Es uno de tus amigos. Quiere marcharse.

Jano suspiró, pero se levantó dispuesto a solucionar aquel embrollo. Sólo perdió un momento en volver a mirar a Begoña. Ella pareció devolverle el gesto, pero ninguno de los dos pronunció palabra. Lucía, por su parte, se sintió incomoda y salió delante de ellos, sin esperar a que la siguieran. Pero los dos lo hicieron.

Cuando los tres llegaron al comedor se encontraron con el resto. El causante del altercado era Carlos, como el joven ya había supuesto, y se encontraba en un estado alterado.

-Estoy harto de esta gilipollez -sentenció-. Sólo quiero salir a la calle para demostraros que esto es una supina estupidez -aquella actitud era resultado de la extraña sensación de temor que estaban viviendo todos.

Su hermana, intentaba hacerle entrar en razón. Pero el chico la hizo desistir.

-Esta bien, Sara -comenzó-. Que haga lo que quiera. Déjalo marchar.

La interpelada se quedó estupefacta ante las palabras de su hermano. Intentó replicarle, pero, al contemplar su rostro, cedió en su postura.

-Bien -dijo Carlos en tono vencedor. Recogió las pocas pertenencias que había traído y se dispuso a salir.

Jano los conminó a que no lo siguieran, por lo que todos se quedaron allí, esperando a oír la puerta. Pero el sonido no se produjo. Nadie se movió. Todos posaron su mirada sobre el joven, esperando a que él moviera ficha.

El tiempo fue pasando lentamente mientras las llamas de las velas danzaban a su alrededor despidiendo fantasmagóricas figuras con las diferentes sombras. Al cabo de unos minutos, el muchacho se levantó de la silla en la que se había acomodado y salió de la estancia. Todos lo siguieron. Cuando llegaron al recibidor se encontraron con la figura de Carlos tendida en el suelo, en posición fetal, abrazando su cazadora mientras sollozaba palabras ininteligibles.

Jano se situó al lado de su hermana y, en un murmullo, le dijo:

-Yo he cumplido con mi parte. Cumple tú ahora con la tuya.

La muchacha lo miró unos segundos. Al fin, asintió.

• • •

Después de aquel incidente nadie discutió los argumentos de Jano. Algunos intentaron dormir, pero ninguno pudo conseguirlo. Caminaron por las diferentes habitaciones de las viviendas, y cada vez que se acercaban al vestíbulo una congoja todavía mayor se apoderaba de ellos. Aunque nadie llegó al estado de Carlos, porque no intentaron aproximarse a la puerta de entrada, y mucho menos sin la protección de una vela.

Finalmente, el nuevo día llegó, y con los primeros rayos de sol el miedo pareció apaciguarse. Aun así, debían esperar a que el astro rey se alzara lo más alto posible en el cielo. Esta vez sí que comieron algo, un desayuno frugal. Parecía que el nuevo calor les había insuflado valor.

Por fin llegó la ansiada hora que les permitiría deambular por las calles. Jano se levantó, dispuesto a abandonar la casa y dirigirse hacia el destino para el que le habían preparado desde el día en que nació. Siempre había visto aquella posibilidad como algo lejano, poco más que un cuento traído del pasado. Pero el momento había llegado, para bien o para mal, y él era el único que tenía una posibilidad de solucionar aquello.

Se sorprendió cuando el resto de integrantes de la casa lo siguieron.

-Vamos a acompañarte -sentenció Begoña cuando él les preguntó qué estaban haciendo.

Jano la miró y la muchacha le mantuvo aquel gesto un instante, pero al final bajó los ojos, azorada. El joven sonrió, al menos interiormente, pero su rostro no produjo gesto alguno. Después torció la cara hacia su hermana. Ella, sin embargo, sí le sostuvo la mirada.

-Está bien -y realizó una leve inclinación de cabeza.

Pero las sorpresas no terminaron ahí. Cuando cruzaron la primera esquina, todos pudieron comprobar como las gentes del lugar se asomaban por las ventanas, incluso alguno se atrevió a salir al exterior y verlos pasar. En sus rostros Jano pudo comprobar el tormento al que habían sido sometidos aquella noche, hacía tan solo unas horas. Pero también descubrió un sentimiento de compañía, como si intentaran trasmitirle fuerzas. Todos los lugareños sabían cuál sería su misión en breve. El joven los miró a cada uno, dándoles las gracias silenciosamente; alguno, incluso, le levantó la mano, saludándolo. O despidiéndose, no sabía discernirlo.

El resto de la comitiva quedó impactado por las muestras de apoyo que estaba recibiendo su amigo, lo que les hizo pensar que, después de todo, el cometido de éste no fuera sencillo. Jano vio el desconcierto de sus acompañantes, pero no intentó sacarlos de su asombro. Y, aunque había estado dispuesto a enfrentarse a su inmediato futuro, quizá, ahora que lo acompañaban, no fuera capaz de afrontarlo en solitario.

Por fin, llegaron ante las puertas de la iglesia. El muchacho procedió de igual forma que la vez anterior. De nuevo, los goznes de las puertas chirriaron cuando éstas se abrieron, produciendo un sonido ensordecedor. Y, de nuevo, la luz inundó esa zona del templo, pero no fue suficiente para iluminar toda la planta.

Jano avanzó seguido por el resto de personas que lo acompañaban. Esta vez dejó a su izquierda la entrada del campanario y se dirigió hacia el altar de la iglesia. Para ello tuvo que ascender un par de peldaños, ya que el tabernáculo se encontraba algo elevado respecto al resto del piso. Allí, la luz que se filtraba por la abertura de la entrada no llegaba a iluminar la zona. Pero al muchacho no le importó, pues, en realidad, no le era necesaria para lo que se proponía hacer.

Extrajo una pequeña navaja que siempre le acompañaba cuando salía de excursión. Abrió la hoja y la apretó contra su mano derecha. Después, con un suave movimiento, produjo un pequeño corte en la palma de la misma. La cerró formando un puño y apretó los dedos. En seguida, la sangre, roja, empezó a brotar de la herida. Al cabo de unos segundos, había suficiente para que ésta fluyera entre los dedos. Finalmente, una gota se desprendió de la mano y, surcando el espacio que la separaba del suelo, cayó en él, produciendo a su vez otras diminutas gotitas que salpicaron la piedra que pisaba.

De pronto, y para asombro de todos, el lugar se inundó de una fantasmagórica luminosidad que los envolvió a cada uno. Un dibujo, más intenso si cabe en resplandor, comenzó a formarse en el suelo. Los trazos surgieron del punto donde había caído la pequeña gota y, desde allí, se extendieron como si fueran serpientes por el resto de la iglesia, subiendo, incluso, por las paredes y el techo. Al final, todo el edificio estaba impregnado de estas líneas de luz. Un remolino de viento hizo aparición después y los muchachos se vieron atrapados por él. Ninguno podía moverse del sitió que se encontraban. Por el contrario, sintieron como si una extraña fuerza tirara de ellos. La luz que inundaba el lugar fue aumentando en intensidad y pronto se hizo imposible contemplarla. Incluso, con los ojos cerrado, todos percibieron aquel resplandor que pugnaba por dejarlos ciegos.

Repentinamente, todo cesó. El viento desapareció y la luz se apagó. Entonces, comenzaron a abrir los párpados, para contemplar que ahora se encontraban inundados por una impenetrable oscuridad. Empezaron a sentir un frío inhumano, como si les arrebataran el calor de sus cuerpos.

-No se permite la entrada de los vivos aquí -dijo una voz gutural

Aquel sonido de ultratumba los pilló a todos por sorpresa, por lo que se asustaron, llegando incluso a emitir alguno un quejido de miedo. Pero no vieron a nadie, la oscuridad no se lo permitía.

-Muéstrate -exigió Jano. Intentó que su voz sonase audaz, pero no lo consiguió.

El muchacho mantenía la mano que se había herido cerrada en un puño, aunque ya no sangraba, como pudieron comprobar sus amigos. Aunque la negrura que los envolvía parecía insondable, si se mantenían juntos podían contemplarse unos a otros.

La desagradable voz rió y el sonido que emitió parecía el chirrido de innumerables cadenas rozando unas con otras.

-J… Jano -dijo alguien detrás de él, pero no consiguió identificarlo-. Deberíamos irnos.

El interpelado no hizo caso. En cambio, escrutaba su entorno con la intención de distinguir a quién produjese aquella desagradable estridencia.

-Estos son mis dominios -empezó de nuevo la voz-. Aquí, mi palabra es ley. ¿Quién exige, pues, mi presencia?

-Quien ha venido a destruirte.

Aquellas cinco palabras produjeron un efecto perturbador en el resto. Nadie sabía qué debía hacer Jano en aquel extraño lugar. Pero nunca habían supuesto que debiera enfrentarse a alguien, si podía llamarse así a quién estuviera detrás de aquellos aullidos.

Pero Jano y su hermana lo habían sabido desde el principio. Como habían contado, durante los primeros días la puerta que separaba ambos mundos podría haberse cerrado sin ningún tipo de percance. Pero ahora, pasado el tiempo de seguridad, la única manera de volver a sellarla era matar al regente de aquel lugar de pesadilla, pues él era el único que tenía el poder para mantenerla abierta. Pero, ¿cómo se mataba a alguien que ya estaba muerto? El muchacho esperaba que todas las enseñanzas a las que se había visto sometido fueran ciertas.

De pronto, todo el entorno se iluminó. No con ningún tipo de luz natural o artificial, sino con el resplandor que emitían unos cuerpos recién aparecidos de la nada. Así, Jano y sus amigos se vieron rodeados por un incontable número de personas. O al menos eso fueron antaño. Ahora eran una especie de espectros, fantasmas pertenecientes a los individuos más peligrosos de la humanidad. Estas apariciones translucidas, etéreas y sin consistencia, estaban formadas por cuerpos en avanzado estado de descomposición, mostrando alguno heridas que en algún momento debieron ser sangrantes y huesos sin un atisbo de carne que los recubriese, que, al instante, parecían recuperar la imagen que tuvieron en el momento de su muerte, y al momento siguiente semejaban mantener una fusión de los dos estados anteriores, siempre cambiantes.

El corro era amplio y muchos engendros los formaban. Tantos, que entre todos podrían haber ocupados cientos y cientos de las ciudades que poblaban el mundo, y aún así, habrían sobrado espíritus para andar por él.

Pero, frente a ellos, apartada de la ingente masa de fantasmas, una figura destacaba sobre las demás. Aunque era semejante en apariencia al resto, parecía más grande, más majestuosa, más fuerte.

Jano adelantó un paso. Alguno intentó seguirlo, pero el muchacho los retuvo.

-Pocos personas pueden reclamar el derecho de realizar la tarea que tú has mencionado.

Jano alzó su brazo, tembloroso, pero cuando abrió la mano, el miedo pareció desaparecer de su cuerpo. Repentinamente otra luz hizo aparición. Esta vez era un fulgor blanco que emitía un calor plácido. Su palma no mostraba signos de la herida que se había infligido hacía unos minutos. Por contra, el extraño resplandor formaba una figura, una espada cuya empuñadura se encontraba en el centro de los metacarpos, mientras que la hoja se extendía hacia arriba, por todo el dedo corazón hasta su yema.

El espectro sonrió.

-¡Un Guardián!

-Así es -replicó el muchacho-. Y te conmino a que cierres la puerta que une nuestros mundos.

El fantasma soltó una carcajada que inundó el lugar.

-Creo que no. No se nos presentaba una oportunidad como esta desde hacía siglos. Así que no vamos a desperdiciarla -y, tras pronunciar aquellas palabras, en la mano diestra del espíritu apareció una herrumbrosa espada del mismo material irreal que estaba formado su cuerpo. El espectro comenzó a andar hacia su adversario-. ¿Ya les has dicho a tus compañeros qué les pasará si tú fallas?

Por respuesta, ante Jano se formó una réplica aumentada de la espada que llevaba tatuada en la mano.

El fantasma volvió a reír.

-Parece ser que no -volvió a hablar-. Por como te han mirado no deben saber cuál puede ser su destino -dicho eso, salió disparado hacia el joven

Jano interpuso la espada entre su cuerpo y el arma de su atacante. Las dos espadas, tan distintas una de la otra, entrechocaron, produciendo un sonido metálico que nadie esperaba.

-Eso no ocurrirá.

Después, empujó a su adversario, que salió disparado hacia atrás. El espectro volvió a sonreír. De repente, atacó de nuevo. Jano fintó hacia un lado escapando por milímetros del filo de su contrincante y le contraatacó por la espalda. Pero el fantasma fue más rápido que el muchacho y se revolvió con velocidad, interceptando el golpe.

Al instante, comenzó un intercambio de golpes que hicieron que las dos armas se besaran una y otra vez. Así se mantuvieron unos minutos, bailando ambos con pasos medidos, esperando el error de su rival. Pero los dos oponentes estaban bien entrenados; Jano había sido preparado a lo largo de su efímera existencia para aquello, y el espíritu había tenido toda su eternidad, esperando aquel momento.

No obstante, el muchacho no había previsto una cosa. Su rival estaba muerto y, por tanto, no le afectaban las debilidades que se estaban apoderando de él. Empezaba a sentir los primeros síntomas de cansancio, lo que provocaba que cada golpe ya no fuera tan certero, que su defensa ya no le diese tanta ventaja, que llegara un segundo tarde a cada movimiento. Por contra, el fantasma ganaba terreno con el paso de los minutos. Ahora, Jano defendía su posición más de lo que le hubiese gustado admitir. Había abandonado el ataque a momentos puntuales, intentando esperar el error de su oponente. Pero éste no llegaba. El fantasma era diestro con la espada.

De repente, el espectro lanzó una estocada desde arriba. Jano movió el brazo, dispuesto a frenar el golpe. Pero el movimiento había sido una artimaña y sus reflejos, lentos ya, no se percataron hasta que fue demasiado tarde. En el último segundo, el espíritu frenó el golpe, lo que provocó que el movimiento precipitado del joven lanzara su cuerpo hacia el frente. El fantasma aprovechó aquello y golpeó con una de sus rodillas en el estómago del muchacho. Éste, cortada su respiración, cayó al suelo de rodillas. La violencia del impacto le hizo perder las pocas fuerzas que aún conservaba y la espada se le escapó de la mano.

El arma voló por el aire en dirección a la negrura, pero antes de que tocara el piso, se desvaneció, como si de bruma matutina se tratase.

Entonces, el espectro se movió con velocidad. Agarró a Jano del cuello y lo alzó en el aire.

-Estás acabado -sentenció, y lanzó su otro brazo hacia atrás.

Con fuerza, disparó un fuerte puñetazo. Pero el puño no impactó en el pecho del joven, sino que se introdujo en él, llegando hasta su corazón. Allí, en la cavidad torácica, aprisionó el órgano vital del muchacho, estrujándolo.

Jano gritó, presa de un dolor que nunca imaginó que existiese. Un dolor que no era físico. Un dolor que indicaba que le estaba arrebatando la vida.

• • •

Sara vio como transcurría toda la batalla. Si había albergado alguna esperanza de que su hermano saliese victorioso, ésta se vio truncada cuando su espada desapareció en la nada, como si nunca hubiese existido. Ahora, los gritos de Jano la tenían paralizada. Ella era la única que comprendía el significado de aquel pavoroso berrido.

Su momento había llegado. Debía cumplir con su parte si no quería que todos, incluida ella, acabaran atrapados en aquel mundo de espectros.

Se acercó a la persona que sería su salvación, si todo salí como esperaba.

-Estás acabado, Guardián -dijo el espectro y rió.

Jano gritó todavía más fuerte.

-Tú puedes salvarlo -dijo Sara.

La persona interpelada no se movió, atrapada en los alaridos de su amigo. Su rostro denotaba temor, aunque la joven no sabía por qué exactamente, si por el destino de su hermano, por el de todos, o por el suyo propio.

-Díselo. Lo sientes. Sabes lo que tienes que hacer -volvió a intentar. Pero de nuevo no obtuvo contestación.

Sara se mostró cada vez más nerviosa. Estaba perdiendo por momentos la esperanza. No podía comprender por qué no hacía nada. Lo había visto en su rostro. Lo supo desde el momento en que se conocieron. Pero si no lo admitía, todos estarían perdidos.

-¡Díselo! -repitió con más insistencia.

Entonces, la persona a la que iban dirigidas sus palabras se giró, mirándola como si fuese la primera vez que lo hacía. En su rostro comprobó aquello por lo que la conminaba a hablar. Y entonces comprendió que el miedo que había observado en su rostro no era por su pronto destino. Qué equivocada había estado. Su temor era otro.

-No tengas miedo -la ayudó.

-Tu corazón me pertenece ahora.

Aquellas palabras despertaron un recuerdo en la mente de la joven. Y entonces Begoña lo comprendió. Comprendió lo que le decía Sara. Y comprendió lo que le decía su corazón.

-No -sentenció, dirigiendo su rostro hacia los dos contrincantes. Pero el espectro reía, sin prestarle atención-. ¡Su corazón me pertenece a mí! -le gritó.

El fantasma se volvió, captada su atención, pero volvió a reír, como si las palabras de la joven fueran un chiste.

-Buen intento, Guardián. Pero no es suficiente. Ella debe corresponderte.

-¡Díselo de una vez! -la conminó Sara en un último intento desesperado.

Begoña volvió a mirarla, pero fue sólo un instante. Ahora sabía qué debía hacer.

-Sí es suficiente -argumentó. El espectro volvió a mirarla, pero esta vez no rió-. Porque yo… lo amo -dijo al fin.

• • •

…lo amo.

Aquellas palabras fueron como un bálsamo para Jano. Sus fuerzas, que habían estado desapareciendo poco a poco desde que el fantasma capturase su corazón, volvieron a él como un torbellino desbocado, insuflándole de vida.

Llevó su mano hasta la muñeca del espíritu y la cerró entorno a ella. De pronto, el rostro del espectro se contrajo en un rictus. Con un leve movimiento, Jano empezó a extraer aquella fantasmagórica extremidad de dentro de sí. Su contrincante pugnó por evitarlo, pero ya no tenía el poder suficiente para someterlo. Cuando la arrancó de su ser, empujó el etéreo cuerpo del fantasma, lanzándolo hacia atrás.

Jano volvió a abrir la palma de la mano, aquella en la que llevaba el tatuaje mágico, y la espada volvió a aparecer. La empuñó con su diestra y lanzó una rápida estocada dirigida a su adversario. El espectro también se movió con presteza, interponiendo su arma. Pero ésta no detuvo el golpe. La espada del muchacho la atravesó como si de humo se tratase, y encontró su cuello, que cercenó limpiamente, igual que si hubiese sido el de un vivo.

La cabeza del espectro voló por los aires mientras su cuerpo translúcido se derrumbaba como un castillo de naipes. Antes de que ambos tocasen el suelo, se difuminaron en el espacio, desapareciendo para siempre.

Jano se dejó caer, agotado. Sólo silencio se percibía.

• • •

Una fuerza desconocida los invadió a todos. Parecía que tirasen de sus cuerpos en mil direcciones diferentes. De pronto, se sintieron arrastrados hacia no sabían dónde. Al fin, la extraña energía cesó, volviendo a encontrarse en la iglesia. Los extraños dibujo que adornaban todos los rincones del santuario comenzaron a desvanecerse. Cuando desaparecieron completamente, todos lo sintieron en su ser. La puerta se había cerrado.

Jano intentó levantarse del suelo. Pero volvió a caer, exhausto. Cuando se movió de nuevo, una mano lo cogió, ayudándolo. Una vez estuvo de pie, buscó el rostro de su ayudante. Ante sus ojos descubrió el de Begoña. Los dos se miraron, como si el tiempo se hubiera detenido, y ya nunca volvieron a separarse.

• • •

Varios días después, el periódico hablaba de un extraño suceso. El párroco de un pequeño pueblo había desparecido sin dejar ningún tipo de aviso. Cuando los feligreses empezaron a preocuparse por su ausencia, decidieron llamar a la Benemérita. Bajo la supervisión del sargento de guardia que se encargaba de aquel turno, una pareja de guardia civiles forzaron la puerta de la residencia del sacerdote. La casa estaba vacía, pero no había signos de que el hombre se hubiera marchado, pues todas sus pertenencias estaban en su sitio. Mientras registraban toda la vivienda, otro guardia civil encontró en un campo cercano la ropa del párroco, dispuesta en el suelo como la hubiera llevado puesta en cualquier momento del día. Junto a ella, donde habría estado una de sus manos, los restos de una vela también se apoyaban sobre la hierba. No habían signos de lucha ni ningún rastro que pudieran seguir. La investigación que se llevó a cabo no alojó ningún tipo de aclaración. Pero en la zona todos sabían qué fue lo que realmente sucedió.

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