El legado

30 04 2013

La prueba escrita de aptitud ya había comenzado cuando los dos extraños personajes entraron por la puerta. Sus rostros, escondidos bajo unas negras capuchas, era imposible contemplarlos. El resto de sus cuerpos también estaba tapado por la capa que portaban encima.

Los dos extraños anduvieron unos pasos y escrutaron la amplia sala. No lo divisaron con aquella efímera ojeada, pero el guerrero sabía que lo buscaban a él. Decidió no descubrir su presencia y rezó porque se marcharan sin armar ningún incidente.

El profesor al cuidado de los alumnos se acercó a los recién llegados y el guerrero supo entonces que no iba a tener tanta suerte.

-Por favor -les conminó el hombre-, estamos en un examen. No se permite la entrada a nadie después de cerradas las puertas.

Como contestación, uno de los personajes hizo un leve gesto con la cabeza. Su compañero se movió entonces en respuesta a la orden muda de su amo. Se paró a escasos centímetros del maestro y con un rápido movimiento, lo cogió por el cuello. Aquel gesto hizo que se le cayese la capucha, revelando una cabeza totalmente libre de pelo y vello. Su rostro era blanco, ceniciento, casi translúcido, y las venas se le marcaban con un tinte azulado, formando un entresijo de dibujos sin forma alguna reconocible. Elevó al hombre que era su presa del suelo y apretó su mano. Al instante, el profesor empezó a boquear, intentando hacer pasar por su garganta el aire que aquel extraño le estaba privando. Forcejeó con él, pero lo superaba en fuerza.

El guerrero no pudo aguantar más aquella situación y se levantó de su asiento. Sus compañeros sentados en los sitios de al lado lo miraron, asustados por lo que estaba sucediendo. Pero nadie hizo nada a parte de él.

Se acercó hacia el extraño y el maestro. El otro personaje se percató de su presencia, pero se mantuvo al margen, observando.

-Suéltalo -le conminó en un susurro.

El hombre no se movió. Mientras, el profesor luchaba por intentar seguir respirando.

El guerrero alzó una de sus manos y tocó la sien del extraño hombre. Entonces sí se giró. Su semblante cambió de gesto. Antes albergaba ira, pero ahora se había instaurado en él sorpresa. De pronto, se llevó las manos a la cabeza, dejando caer a su presa, y abrió la boca, como si intentará gritar. Pero de ella no surgió sonido alguno. No obstante, aquello era lo que estaba haciendo, emitir un chillido silencioso que mostraba un dolor manifiesto. Y así se hizo patente cuando cayó al suelo de rodillas, todavía sujetándose la cabeza con ambas manos. De pronto, comenzó a convulsionar y al cabo de unos segundos, su cuerpo inerte quedó tumbado en el suelo.

El guerrero lo miró, apesadumbrado por lo sucedido. Al fin, giró su rostro hacia el otro extraño.

-Márchate -le conminó en el mismo tono de voz que ordenara antes al recién caído.

El interpelado torció el gesto, dibujando una siniestra sonrisa en su cara. Sin embargo, el movimiento que hizo no fue lo pedido por el guerrero. Se acercó hacia él, despacio, casi arrastrando los pies, como si aquel movimiento le estuviese prohibido.

-Dame lo que he venido a buscar y me marcharé -y sonrió de forma siniestra.

El guerrero no mudó el gesto. Tan sólo le mantuvo la mirada intentando escrutar la legitimidad o falsedad de aquellas palabras.

-Me fue legada a mí -sentenció al fin, aunque sabía que aquellas palabras no agradarían a su interlocutor.

El extraño ensanchó más la mueca de sus labios.

-Te conozco -afirmó con rotundidad-. En todos estos largos años no he parado de estudiarte. Y sabía que dirías eso -paró su coloquio y escrutó al guerrero intentando discernir cuál era su pensamiento. Pero, en el fondo, sabía lo que realmente pasaba por su mente-. Esperaba que no tuviese que llegar a esta situación.

Con un rápido movimiento lo cogió por el pecho. El guerrero se mantuvo impasible, como si esperara aquella reacción. El otro lanzó con fuerza su brazo y lo levantó del suelo, desplazándolo varios metros por el aire. Fue a dar con la espalda contra la pared del fondo de la sala, pero no hizo ningún movimiento. Entonces, el encapuchado saltó en el aire y desenvainó su mandoble. Con una grácil estocada intentó atacar al joven, pero éste paró el golpe con sus manos. Atrapó la hoja de la espada entre sus dos palmas, impidiendo que el filo se acercara a su rostro. El extraño pugnó por liberar la hoja, pero su intento fue inútil. El guerrero contrajo el semblante y con un giro de sus muñecas quebró la espada de su oponente. Varias esquirlas de metal saltaron por el aire.

El encapuchado sonrió con malicia, como si aquella pequeña proeza no lo sorprendiera lo más mínimo. Comenzó a saltar de pupitre en pupitre, pues su anterior acción lo había transportado encima de uno y se alejó del joven.

-Aún me queda algún truco más -sentenció-. Recuperaré lo que me corresponde por derecho propio -y seguidamente pronunció unas pocas palabras en un extraño lenguaje ya olvidado, mientras con sus mano dibujaba unos raros signos en el aire.

Pero el guerrero también había sido instruido en aquel arte antiguo y comprendió enseguida lo que su contrincante se proponía.

Al instante, una volutas de humo negro hicieron aparición, envolviendo cada una a los diferentes compañeros que también estaban examinándose en aquella estancia. La extraña niebla mutó, adquiriendo la figura de aquella persona a la que estaba enlazada, pero no cambió la tonalidad de su color inicial, por lo que las figuras se convirtieron en réplicas exactas de color carbón. Entonces, cada una alzó al personaje que tenía al lado y amenazaron con una daga de humo a los demás.

-Ya sabes lo que tienes que hacer si no quieres que tus compañeros perezcan -amenazó el encapuchado.

-Sí -afirmó el guerrero-, lo sé -y rompió el silencio del lugar con un agudo chillido que fue aumentando en intensidad hasta convertirse en una pitido estridente.

Los cuerpos de bruma comenzaron a vibrar de forma extraña y a tomar consistencia, volviéndose más vítreos. Hasta que, al cabo de unos segundos, ya no había rastro de aquella negra neblina y se habían convertido en cuerpos de vidrio negro. El guerrero tornó su grito más agudo todavía, lo que provocó que los aparecidos vibraran aún más. Finalmente, y tras la aparente desaparición del grito, las extrañas formas estallaron todas a la vez en innumerables porciones de cristal, liberando a sus presas.

El encapuchado prorrumpió en una carcajada.

-Tienes recursos -afirmó-. Eso debo admitirlo. Pero como te he dicho, te he estudiado -paró un segundo, pero enseguida retomó su coloquio-. Te conozco -sentenció-. Conozco tus miedos -y comenzó a saltar de nuevo entre las mesas, sin una dirección aparente-. Conozco tus esperanzas -continúo mientras se movía por la estancia-. Y conozco tus deseos -y volvió a sonreír-. Conozco tus más ansiados anhelos -y con aquellas palabras paró su deambular.

El guerrero no había dejado de contemplar a su oponente, midiendo sus movimientos, intentando discernir cuál sería su siguiente paso. Por eso no se percató del lugar en el que detuvo su avance, porque en un principio pensó que su extraño baile no era más que otra distracción. Hasta que al final lo hizo. Pero ya era demasiado tarde.

El encapuchado estaba junto a ella.

Entonces, el extraño alzó a la muchacha con brusquedad y la retuvo con su brazo izquierdo, abrazándola, mientras ella pugnaba por liberarse. De su cinto, con su mano derecha, desenvainó una herrumbrosa hoja de puñal-. No me dejas otra opción -sentenció.

Y clavó el cuchillo en la garganta de la joven. Cuando lo extrajo, la sangre de la chica comenzó a surgir de la herida a borbotones.

El encapuchado soltó a la muchacha a la vez que dejaba caer el cuchillo. El guerrero volvió a gritar mientras caía al suelo, pero esta vez de puro dolor. Aquello duró sólo un segundo, pues ahora fue su turno de pronunciar unas extrañas palabras en aquel lenguaje olvidado. El cuerpo de ambos, agresor y víctima, quedó suspendido en el aire. Paralizados en una especie de burbuja atemporal en la que no existiera el paso del tiempo. El cuello de la joven dejó de sangrar como efecto de aquel prodigio, pero todavía estaba herida de muerte. De igual forma, el oxidado cuchillo quedó inmovilizado en el espacio, justo en el momento en que por su punta resbalaba una gota de color carmesí.

El guerrero se acercó a la muchacha y la contempló un segundo. Al momento, extendió su mano y cogiendo la de ella, desaparecieron repentinamente.

• • •

El anciano se encontraba de pie frente al guerrero, como si lo esperara. El joven no lo miró, pues ya había supuesto que lo encontraría así. Por contra, se dirigió a la butaca más cercana y depositó en ella a la muchacha. Contempló su rostro de nuevo. Si no fuera por la horrible herida que tenía en el cuello, su semblante habría parecido sereno. La chica no podía haber previsto lo que le ocurriría hasta que ya fue demasiado tarde, por lo que en realidad no tuvo tiempo ni para mostrar miedo.

Era hermosa, eso no lo podía negar. Quizás la más bella que nunca hubiera conocido. De hecho, por eso se encontraba en aquella estancia realizando una prueba de aptitud que sabía no le supondría ninguna dificultad. Así había sido desde el principio, una especie de juego en el que sólo participaban ellos dos. Él se limitaba a realizar los más inverosímiles cometidos que a la joven se le ocurrían, y ella disfrutaba viendo cómo él lograba cada hito que le proponía.

En realidad, el guerrero no sabía si para la muchacha era en verdad un juego, pues cada vez que terminaba con una de sus peticiones, ya tenía otra en mente para acercarlo todavía más hacia ella. Para él, en el fondo, nunca fue un juego. Solamente realizaba aquello que parecían hazañas para estar más cerca de la joven. Pero nadie lo conocía en realidad y lo que para otros podrían parecer asombrosas proezas, para él no eran más que un simple divertimento.

Hasta ahora.

La naturaleza de su ser lo convertía en un peligro para cualquiera que estuviese a su alrededor. Por eso deambulaba por los diferentes rincones del mundo, sin asentarse durante mucho tiempo en un mismo lugar, para que no le reclamasen lo que guardaba, aquello que le había sido legado para que protegiera.

Pero al conocerla a ella todo había cambiado. La joven se instauró en lo más profundo de su ser, en aquel rincón de su corazón al que nadie había conseguido penetrar. Y cuando se percató de que podría estar poniéndola en peligro ya fue demasiado tarde. Estaba atrapado en aquel extraño sentimiento que se había hecho presa de él, por lo que no pudo abandonarla.

Finalmente, el guerrero giró su cuerpo para encararse al anciano. El hombre tenía el rostro orientado hacia él, esperando a que terminara de aclarar sus ideas. Si no lo conociera desde hacía ya tanto tiempo, el joven habría pensado que el anciano estaba contemplándolo. Pero aquello era imposible y lo sabía bien.

El anciano era ciego. Sus ojos estaban velados por una niebla blanquecina que no permitía vislumbrar ni el iris ni la pupila que los formaban. Pero la sensación que había tenido cada vez que se encontraba con él era que, de alguna forma, el anciano veía. El escrutinio que aquellos ojos apagados hacían sobre todo lo que le rodeaba era mayor que el que podían hacer muchos de los hombres que conocía. Además, el anciano sabía cosas, muchas cosas, y siempre se adelantaba a cualquier acontecimiento. Por eso no se sorprendió cuando, al aparecer allí con la joven, él ya estaba esperándolo. Y estaba seguro que conocía el motivo de su visita.

El guerrero era maestro en muchas artes antiguas y misteriosas, pero entre sus habilidades no estaba la curación, y mucho menos la de una herida mortal como aquella que ahora deslustraba el cuello de la joven. El don de restaurar la salud era raro entre los hombres y sólo unos pocos eran versado en él. El anciano era uno de esos pocos, quizás el mejor que conocía. Si él no podía salvarla, nadie lo haría.

El guerrero mantuvo el escrutinio del hombre, esperando a que se decidiera a actuar. En realidad el tiempo ahora no le procuraba. Había lanzado sobre la joven, y por ende sobre su agresor, una antigua magia ya olvidada por la mayoría que inmovilizaba el paso del tiempo. El hechizo creaba una especie de burbuja o de estancia alrededor de aquellos a los que iba dirigido, en la que el caminar de las horas se detenía. El único precio a pagar era que los sujetos sometidos al encantamiento también quedaban congelados.

Al fin, el anciano se decidió a actuar. Se dirigió hacia la butaca, en la que ahora descansaba la joven, esquivando cualquier obstáculo que encontrara en su camino. El guerrero no se sorprendió por este hecho, el hombre nunca conseguía chocar con nada. Lo que no tenía tan claro era que lo hiciese porque se conociese la ubicación de cada mueble o porque en realidad los viera.

Se arrodilló ante la muchacha y la tomó de la mano. Durante unos segundos se mantuvo así. El guerrero no sabía qué era exactamente lo que el anciano hacía, pero siempre procedía de la misma manera. Ahora, con la mano de la joven entre las suyas, el anciano parecía estudiar de alguna forma a la chica, como si hablara con ella. Después, como siempre, se centró en la herida. Primero la tocó y la miró, o al menos eso habría hecho si pudiese ver. Pero el guerrero ya conocía la ambigüedad de esta acción en el hombre. Después, introduciendo sus dedos en el corte, extrajo un poco de sangre.

En esta ocasión el guerrero sí se sorprendió pues, aunque al principio el preciado líquido vital había surgido de un carmesí escandaloso, ahora estaba completamente negro. Pero aquello era imposible ya que el hechizo debería haber detenido el proceso de oxidación de la sangre. No obstante, el guerrero intuyó que no era aquello lo que había sucedido, pues aquel negro era diferente del tono amarronado que adquiría la sangre al entrar en contacto con el aire.

El anciano se llevó los dedos manchados primero a la nariz, olisqueando aquella extraña viscosidad, pues el líquido también había adquirido mayor consistencia, y después a la boca, lamiéndolo. En los dos casos arrugó el rostro, como si estuviese asqueado con lo que había olido o degustado.

Finalmente se levantó y cogiendo un pequeño paño que había en una mesa cercana, se limpió la mano. Se tomó su tiempo en aquel menester, incluso parecía que se cerciorase de que su extremidad había quedado liberada de aquella sustancia que le había causado repulsión. El guerrero no lo apremió, no era necesario además, sabía que el anciano se tomaría un breve periodo en aclarar sus pensamientos. Al cabo de ese tiempo, se decidió a hablar.

-Tu amiga ha sido herida con una daga, ¿verdad? -el joven asintió pero no añadió nada más-. Y el arma tenía un aspecto herrumbroso, como si hubiera sobrevivido a muchas edades -de nuevo el guerrero confirmó el comentario de su interlocutor.

El anciano negó con la cabeza con disgusto.

-La chica -volvió a hablar de nuevo-, ha sido atacada con una Daga Negra. Sabes lo que eso significa, ¿no?

Este tipo de armas habían sido creadas con magia antigua, mucho más antigua de la que él se podía servir. Según se rumoreaba, las Dagas Negras procedían del mismo periodo en que los demonios caminaban entre los hombres. De hecho, algunos sabios opinaban que cuando se forjaban estas armas, el metal fundido que un día formaría los cuchillos se mezclaba con unas gotas de sangre de estos infames seres, y que era la magia de los demonios la que le daba su forma final.

El guerrero conocía todas estas leyendas. Y ahora también sabía lo que debía hacer para salvar a aquella persona que había conseguido entrar en lo más profundo de su corazón.

-Entonces… ¿lo harás? -preguntó el anciano mientras el guerrero ya se marchaba.

El joven se paró y giró su rostro hacia el otro, encontrándose con la enigmática mirada del anciano. Pero no hizo nada más. Entonces, el anciano asintió, intuyendo el pensamiento del guerrero.

• • •

El guerrero volvió a aparecer en la sala en la que tan sólo hacía un momento estaba examinándose. El resto de compañeros, agolpados unos ante la figura congelada del encapuchado y otros intentando ayudar al maestro, se sobresaltaron cuando hizo su aparición. Se percató de que nadie se preocupaba del primer caído. Además, ninguno se atrevió a decir nada. De hecho, conforme el guerrero fue acercándose al agresor de la muchacha, todos se apartaron de su camino, abriendo un pasillo para que pudiese dirigirse sin impedimentos.

Él no dijo nada, no necesitaban explicación alguna y mucho menos quería darlas.

Se paró ante la figura del encapuchado y se tomó unos segundos en observarlo. Conocía bien a la persona que se ocultaba bajo el manto. Él también lo había estudiado, aunque aquello hubiera sido en el pasado. Entonces bajó su rostro y miró su mano diestra. Con la siniestra acarició cada pliegue de su palma. Cuando llegó al tercer metacarpiano, en el dedo corazón, se detuvo. Deslizó su índice izquierdo por la pequeña marca que había allí. Sólo era una minúscula cruz invertida, poco más que un tatuaje que ninguna aguja mojada en tinta pudiese realizar. El símbolo estaba grabado a fuego en la piel y embutido de una magia que pocos sabían utilizar. Nadie, de todos los que lo acompañaban silenciosamente en esa habitación, sabía qué era aquel símbolo, ni siquiera la persona que era la razón por lo que ahora lo contemplaba.

La decisión había sido tomada en el mismo momento en que comprendió la gravedad de la herida de su amiga. Aquella especie de protocolo sólo era un preámbulo para ordenar sus pensamientos. Pero no tenía dudas.

-Al final, tendrás lo que venías a buscar -sonrió, aunque no sentía júbilo en su interior-. Pero no de la forma que esperabas.

Entonces extendió su extremidad derecha, aquella en la que tenía impresa la pequeña cruz. Inmediatamente, el símbolo se iluminó, como si irradiara una luz propia. A la vez, justo delante de donde tenía la palma de la mano abierta, un contorno difuminado empezó a formarse. La figura fue tomando forma y consistencia paulatinamente, hasta que al cabo de unos segundos todos pudieron descubrir su naturaleza. Era una espada, de porte sencillo, sin filigranas ni decoración alguna. Un mero utensilio con el cometido para el que había sido forjado. La razón por la que el extraño se encontraba allí.

La Hoja celestial la llamaban algunos de los pocos que conocían su existencia. El arma procedía de un periodo posterior a las Dagas Negras, pero había sido creada durante la misma era que éstas. En realidad habían sido muchas las que llegaran a las manos de los hombres. Creadas por los ángeles, servían para contrarrestar la magia de los maléficos puñales y permitían que la humanidad pudiera defenderse de los demonios. Ahora, sólo la que portaba el guerrero había sobrevivido a aquella época convulsa, y casi nadie la recordaba ya.

Cuando el arma hubo aparecido del todo, el guerrero la empuñó. Lanzó varias estocadas al aire, comprobando su equilibrio. Nunca se había visto obligado a utilizarla, por eso ahora se deleitaba en su efímero manejo, mientras miraba como rasgaba el vacío. Al fin se decidió a acabar con aquella pantomima. Miró de nuevo al encapuchado, sólo un segundo, y entonces movió su brazo, el que portaba la espada, de abajo a arriba. El arma describió un arco perfecto, dirigido a la figura congelada. Parecía que no hubiese realizado tajo alguno, pero entonces la capucha del hombre se deslizó por su cabeza, cortada en dos, descubriendo un rostro que todos los presentes en la sala ya conocían. El mismo que el de la persona que ahora portaba el arma mágica.

-Adiós hermano -murmuró el guerrero.

Mientras inclinaba la cabeza y se daba la vuelta, pronunció las palabras que liberarían al encapuchado de su prisión atemporal. El extraño, por contra, sólo tuvo un efímero suspiro para comprender lo que había sucedido, pues en ese momento su cuerpo se separaba en dos mitades casi simétricas. No tuvo tiempo de sentir cómo se le escapaba la vida mientras su sangre se derramaba por el suelo.

La Daga Negra nunca llegó a chocar contra el piso, pues cuando su dueño perdió la vida, se desvaneció como si fuera humo, neutralizada su existencia y su capacidad para hacer daño.

El guerrero volvió a desaparecer, dejando allí a todos mientras intentaban comprender el por qué de lo que habían presenciado.

• • •

Justo en el momento en que el guerrero reaparecía en la vivienda del anciano, la muchacha se levantaba de la butaca en la que había sido depositado su cuerpo congelado. Ella también había sido liberada del hechizo en cuanto el joven pronunció la magia.

El guerrero la contempló, y fue él el que ahora quedó atrapado en la relatividad del tiempo. Examinó a la muchacha y como la primera vez, quedó hechizado por su porte. Sólo su cuello, donde había sido herida por la Daga Negra, mostraba una marca más blanquecina en la piel. Una cicatriz que evidenciaba lo cerca que había estado de perderla para siempre, pero que desaparecería con el paso del tiempo.

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