Simbiosis

24 11 2013

La roca seguía allí, justo donde recordaba. En realidad no había esperado que no estuviera, pero sintió un extraño alivio cuando la vio. Sabía que era una tontería, pero no había podido evitar experimentar aquella sensación.

Se subió a ella y se sentó en una oquedad donde sus glúteos encajaban a la perfección. Entonces, recostó su espalda sobre la lisa superficie de la piedra, tal como hiciera en innumerables ocasiones antaño. Ya aposentado y con el cuerpo en perfecto descanso, se dispuso a disfrutar del paisaje.

Frente a él, al otro lado del escarpado barranco, se alzaban las ruinas de una antigua fortaleza, un baluarte construido por una perdida civilización que dominó aquella región en tiempos ya olvidados.

A Shai le gustaba aquel lugar, aunque nunca había conseguido entender por qué. Su retiro se encontraba escondido entre la espesura del bosque y el matorral. De hecho, nunca en todas las veces que había estado allí, se había cruzado con nadie. Pero eso había sido mucho tiempo atrás.

Ahora el joven no buscaba ocultarse del mundo como en las anteriores ocasiones en las que había recurrido a su pequeño rincón del monte. O tal vez sí, todavía no lo tenía muy claro. Al principio, la idea de acercarse a la roca había surgido instantáneamente, casi de forma inesperada. Pero el hecho de que no hubiese invitado a sus amigos a que lo acompañaran quizás quería decir que, en realidad, deseaba ocultarse durante un momento.

De un tiempo a esta parte, había sentido la necesidad de regresar al lugar donde había pasado su niñez. Aquel pequeño pueblo, con poco más de una veintena de casas, estaba apartado de cualquier ruta conocida. De hecho, no tenía nada de importante si no fuera porque había cumplido la función de capital de un antiguo reino, y los muros medio reduidos que ahora estaba contemplando, eran el único vestigio de aquella época dorada. Pero ya a nadie le interesaba la historia y, poco a poco, aquel municipio había ido desapareciendo de los mapas más relevantes de la época.

Convencerlos a todos para que lo acompañaran allí no había sido sencillo, pero al final lo había conseguido. Ahora, el resto de integrantes del grupo estarían preguntándose el por qué de que él hubiese desaparecido. En realidad no estaba preocupado por lo que pudieran pensar, en el fondo le daba igual. Pero como muestra de consideración, había redactado una efímera nota explicativa de su paradero:

                                 “Salgo a dar una vuelta. Volveré en seguida.                                                                                                     Shai.”

Sonrió al recordar aquellas palabras. Para ser sinceros, “efímera nota explicativa” no definía correctamente aquella escueta misiva.

No obstante, algo lo había obligado a desplazarse hasta allí, igual que a acercarse hasta la aldea. Quizás fuera un sentimiento de añoranza, pues desde el día que partió no había vuelto a aquel lugar. Ni al pueblo ni a la roca.

Shai tenía la sensación de que el mundo era una extraña noria que nunca paraba de girar. La única peculiaridad que poseía es que su movimiento podía ser lento o más rápido, dependiendo de una serie de sucesos aleatorios que nadie podría controlar jamás.

Su vida allí había sido sencilla desde el principio, como la del resto de habitantes del lugar. Pero pronto descubrió que él no era como los demás y quizás el destino, la fortuna o vete a saber qué, tenía preparado algo diferente para él.

Su vida cambió radicalmente cuando una nueva familia se estableció en el lugar. Y desde entonces la noria que era su mundo había girado de forma vertiginosa precipitando los sucesos que habían desembocado en su partida de allí. O debería decir, más bien, en su huida.

Pero aquello ya estaba olvidado. La noria había vuelto a girar y el pasado había quedado atrás. O eso pensaba él, porque entonces escuchó como se quebraba una rama en el suelo.

En realidad, no habría sido necesario que se girara para descubrirla, porque el lugar estaba inundado de su peculiar perfume. Aunque hasta ese preciso momento no se había percatado de él. Y fue entonces cuando descubrió que quizás su necesidad por volver allí podía haber sido influenciada por fuerzas ajenas a su persona.

La visión de la mujer lo hechizó como la primera vez. Como todas las anteriores veces en las que se habían encontrado.

La primera vez que se cruzó con su mirada había sido unos días después de la llegada de los extraños al pueblo. La familia al completo se había instalado en una vieja casa abandonada y habían comenzado a reformarla. Un día, cumpliendo sus labores cotidianas, Shai pasó al lado de la cerca de la cabaña y allí estaba ella. Entonces sólo era poco más que un adolescente que nada sabía del amor, pero al contemplarla, su cuerpo experimentó una serie de sensaciones que nunca antes había sentido. La muchacha era bonita, mucho más que cualquier niña de su edad que viviera en los alrededores. Su dorada cabellera reflejaba constantemente los rayos del sol. Su piel blanca y fina despedía destellos de forma continua. Y sus ojos, de un azul claro intenso, parecían una laguna acariciada por el viento de lo cambiante que era su color.

Poco a poco, con el paso del tiempo, se descubrió buscando cualquier excusa para acercarse al cercado del jardín donde la muchacha pasaba todas las mañanas en un intento por contemplarla una vez más. Finalmente, se atrevió a hablar con ella; o más bien habría que reconocer que se atrevió a contestar a uno de sus saludos. Aquella pequeña cortesía creó un pequeño lazo entre los dos jóvenes y al cabo de un tiempo comenzaron a tener una relación más amigable.

Poco sabía él entonces que aquella relación se haría más intensa y cercana y que los llevaría a convertirse en seres distintos al resto del mundo.

La joven se quedó parada, contemplándolo, cuando se percató de que había sido descubierta. Pero la pose de su figura y su semblante no dejaba lugar a dudas. Su actitud era altanera, desafiante, como había sido desde que la conoció. Y sus ojos, sus celestes ojos, se habían posado en los suyos, atrapándolo como en las anteriores veces. El joven sentía una especial atracción por la mirada de la muchacha, como si un hechizo mágico se apoderase de él y ya no le permitiese ver más allá de sus iris. Y Shai sabía muy bien de lo que hablaba cuando se refería a la magia, porque en el fondo, sabía que todo aquello era cosa del poder que ambos compartían.

-Hola Vhea -se atrevió al fin a decir.

Aquellas palabras provocaron que la mujer relajara la rigidez de su cuerpo, lo que desembocó en algo que nunca antes había sucedido: ella le apartó la mirada.

-¡No! -pensó el joven, apesadumbrado. Porque ese gesto sólo podía significar una cosa. La cuestión estaba ahora en si sería capaz de negarse-. ¡Pues claro! -se contestó a sí mismo al instante. Precisamente por aquello había huido. Y entonces decidió dar el primer paso.

-¿Qué haces aquí? -preguntó, aunque esas tres únicas palabras surgieron como tres disparos de escopeta. La chica no se movió ni volvió a mirarlo-. Porque está claro que quieres algo. Si no, no estarías aquí.

Entonces, Vhea alzó el rostro y lo miró de nuevo. Había recobrado parte de su determinación, aunque no toda.

-Necesito tu ayuda -le dijo.

Aquella afirmación le bastó para confirmar la sospecha que comenzó a formarse cuando se percató de la presencia de la joven. Pero aún así quería oírlo de su boca.

-¿Por eso estoy aquí? -preguntó-. ¿Tú me has hecho venir?

Ella afirmó, con la cabeza, sin despegar sus labios, pero su resolución, aunque frágil, no había desaparecido.

-No -sentenció Shai, y con aquella negación comenzó a caminar, alejándose de la roca.

Vhea no se atrevió a mirarlo cuando pasó por su lado. La negación de Shai le había golpeado fuertemente, y fue aquel golpe lo que endureció de nuevo su actitud, volviéndose resoluta. Se giró y fue en pos de él, pero cuando estuvo sólo a unos pasos detuvo su caminar, temerosa de acercarse más. No obstante, su firmeza era fuerte.

-¿Te vas así? ¿Sin escucharme siquiera?

Shai se paró al oír su voz. Sabía que tenía razón, que no era correcto lo que estaba haciendo después de lo que habían pasado juntos. Pero fue precisamente eso, lo que habían pasado juntos, lo que le producía temor.

-Escúchame, por favor… -susurró ella de nuevo.

-Vhea…

-¡Por favor!

Shai lanzó un suspiro y se giró. De nuevo se encontró con su mirada y supo en aquel preciso momento que no podría negarse, que no lo haría, porque en el fondo lo necesitaba.

La familia de Vhea era poseedora y guardiana de un antiguo y poderoso artilugio mágico: un arco. Nadie, ni siquiera ellos recuerdan quién o cuándo se fabricó aquel arma. Pero su poder era inmenso y ellos eran los encargados de protegerlo.

Fue precisamente este valioso artilugio el que los llevó hasta el pueblecito donde vivía Shai, pues aunque ellos eran sus guardianes, no poseían la capacidad de utilizarlo. Por eso mismo cada generación de su familia vagaba por el mundo en busca de la próxima persona que tuviera la facultad de usarlo. Y parece que habían encontrado en Shai a esa nueva persona.

El arco tenía la facultad de matar a cualquier presa a la que se apuntase con él, sin importar obstáculos y distancia. De hecho, cuando Shai hacía uso del arma, era capaz de encontrar a cualquier persona del mundo y fijar su objetivo en su corazón. La flecha lanzada por el arco encontraría a su objetivo estuviera donde estuviese, aún con los innumerables impedimentos que hubiera en su camino.

Pero lo que en un principio parecía una especie de don, pronto se convirtió en una maldición, sobre todo para el muchacho.

El arco sólo debía utilizarse cuando su uso, y por tanto la muerte de una persona, estuviese justificada. Pero cada vez que Shai utilizaba el arma sentía la desesperante necesidad de emplearla de nuevo. Para evitar esa exigencia, el guardián del arco era el único que podía guardarlo bajo su custodia. Así, se creó una especie de vínculo o simbiosis entre los dos personajes: Vhea, pues era ella la guardiana del artilugio, tenía la capacidad de resistir su adicción, pero no podía utilizarlo; y Shai era capaz de tensarlo y disparar sus mágicas flechas, pero no podía soportar su llamada.

Ésto desembocó en un final que nadie había previsto. Shai se convirtió en una especie de yonki del arco que lo llevó a transformarse en un asesino despiadado. Por esto mismo, Vhea puso sobre seguro el arma, para que el muchacho no sintiera su presencia. Pero esto no bastó, y el joven tuvo que huir y dejar su pasado atrás si quería sobrevivir.

-Es Mhea -la joven no esperó a que el otro le permitiese hablar, así que sus palabras aparecieron de forma atropellada cuando éste se giró-. Bueno, Mhea no. Es Thed, su pareja. Es… es… -Vhea parecía nerviosa ahora que había comenzado a relatar sus preocupaciones-. Es un hijo de puta. Le pega, la maltrata, incluso ha llegado a abusar de ella… ¡La ha violado Shai! -le contó entre lágrimas-. Pero ella está ciega y se ha vuelto dependiente de él. Ahora… ahora…

-Sabrá que hemos sido nosotros -la interrumpió el chico en un susurro.

-Lo sé. Pero aún así…

-Nos odiará -la volvió a cortar.

-¡Me da igual! -le chilló exasperada-. Mientras esté a salvo, no me importa lo demás -terminó entre balbuceos-. ¿Lo harás? -preguntó esperanzada al cabo de unos segundos.

Shai se quedó mirándola, de hecho no había parado de hacerlo desde que comenzó aquella conversación. Suspiró, no para arrepentirse de una decisión que en realidad ya había tomado, sino por el hecho de lo que les acarrearía lo que iban a hacer. Entonces asintió con un leve movimiento de cabeza.

-Sólo pongo una condición -sentenció.

-Lo que quieras.

-Lo haremos como antiguamente -la chica no le entendió-. De la forma correcta. Los buscaré a ambos y sondearé sus corazones. Y sólo si es lo correcto lo haré.

-Pero…

-No. Ya que me haces pasar por esto de nuevo, lo haremos a mi modo.

Ahora fue ella la que asintió, pero no estaba muy de acuerdo con la decisión.

Shai comenzó a concentrarse como hiciera en tantas ocasiones antaño. En un principio pensó que le costaría muchos más después de tanto tiempo, pero la magia era nativa en él y le resultaba sencillo invocarla. Los sonidos del mundo se silenciaron repentinamente y sólo el latir de su corazón llegaba a sus oídos. Entonces, comenzó a alzar el rostro mientras sus ojos se tornaban rojos completamente, como si estuvieran inundados por sangre, pues al fin y al cabo su poder provocaba el sangrado del órgano vital de los demás. Poco a poco, también el sonido de sus latidos fue desapareciendo, sustituido por el pálpito de muchos otros. El primero en llegar hasta él fue el de Vhea, y lo sintió igual que cuando la conoció, fuerte, rítmico, acompasado, limpio y puro. Se olvidó enseguida de ese sonido que conocía tan bien y comenzó a percibir el de otras personas. Le llevó tan sólo unos segundos encontrar los que buscaba y cuando lo hizo, quedó impactado por lo que escuchó.

Ambos corazones, el de Mhea y el de Thed, gritaban, pero lo hacían de forma diferente. Thed también tenía un latido fuerte, pero a diferencia del de Vhea, el suyo era ensordecedor, atronador, como los truenos de una despiadada tempestad cuyo único propósito fuera inundar el mundo. Aquel hombre era malvado a más no poder, y cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino acabaría aplastado por el yugo de su odio. El de Mhea por el contrario, gritaba de miedo, por todo lo que había sufrido, pero más por todo lo que sabía que todavía tendría que soportar. Aún así, no tenía el valor suficiente para escapar, y eso era su perdición.

Shai entendió enseguida que si alguna vez había habido alguna causa justificada para que hiciera uso del arma, era aquella. Así que cuando volvió a la realidad, su rostro ya advirtió a Vhea de la decisión que había tomado.

Ahora fue ella la que hizo uso de su magia. Igual que a Shai, a la muchacha tampoco le costó nada recurrir a su poder. Vhea también alzó el rostro, pero en este caso, sus ojos se volvieron blancos, como si refulgieran una luz inmensa. Extendió uno de sus brazos y entre los dedos de sus manos comenzó a formarse la figura de un arco.

Vhea se lo tendió cuando se completó su invocación. Shai se tomó su tiempo en cogerlo, sabedor de lo que ocurriría si lo hacía. Pero había dado su palabra y se sentía obligado a cumplirla. Ahora fue él el que estiró su brazo y tomó el arma entre sus manos. En realidad, la palabra “arco” no se ajustaba correctamente a la herramienta que cargaba. Era poco más que una vara de madera algo curvada. Su superficie estaba llena de muescas y malgastada por el paso del tiempo. Y ahí acaba todo. No tenía cuerda con que tensarlo, pero no le hacía falta.

Shai se detuvo un momento, deleitándose en contemplar el arma. Sus dedos acariciaron cada mella de su lomo, reconociéndolas todas. Entonces, lo volvió a sentir, como si no hubiera pasado ningún tiempo desde que disparó por última vez. Pero tenía un cometido que cumplir, por lo que no se dejó llevar por su necesidad.

Sostuvo el arma con su mano izquierda, la opuesta a su ojo dominante, y acercó la diestra a donde debería haber estado la cuerda para tensarlo. Entonces, articuló los dedos como si estuviera tensando la fina soga. Cualquier observador ajeno a lo que estuviese sucediendo se habría sorprendido al ver cómo se curvaba el lomo, pero ninguno de los dos lo hicieron, porque conocían la magia que estaban empleando. Cuando el joven alcanzó la máxima tensión que le permitía la longitud de sus brazos, un extraño reflejo se formó en el lugar donde debería haber estado la flecha. Entonces, el chico soltó sus dedos y el destelló salió disparado como si de una saeta se tratase. En su caminar por el aire, Vhea y Shai pudieron comprobar como iba desplazándose el reflejo. Fue surcando el espacio de forma inexorable, en linea recta, justo en dirección al baluarte del joven contemplara hacía unos minutos. El extraño fulgor no chocó contra sus muros, sino que pareció fundirse con ellos, atravesándolos. Y así sucedía en realidad. Ninguno de los dos puso en duda que la mágica flecha encontraría su diana. Y aquello no tardó mucho en suceder, pues ambos sintieron al unísono como el latir de la persona que era el blanco se extinguió repentinamente.

Entonces, Vhea respiró aliviada, aún a sabiendas que el que fuera su amigo tenía razón: Mhea la odiaría por aquello. Se giró para contemplar a su acompañante y en ese momento descubrió que, en realidad, nunca debió pedirle al joven que volviera a hacer uso de su don. Shai había perdido el control de sí mismo. Sus ojos volvían a ser de color carmesí y una finas líneas del mismo tono irradiaban desde ellos, envolviendo todo su rostro. Contempló como aquel extraño hechizo se apoderaba del muchacho, pues las líneas iban inundando toda su piel. Y supo que aquello sólo significaba una cosa: Shai había perdido el dominio de sí mismo y había vuelto a convertirse en un asesino sin control.

El joven apuntó hacia algún otro lado y casi disparó. Sólo la rápida actuación de la chica impidió que Shai completara su acción. Entonces, el chico se volvió y alzó el arma contra ella. La joven no temía por su integridad, pues como guardiana suya, el arco no podía dañarla. Pero debía parar a su viejo amigo si no quería que nadie más resultara dañado injustamente.

Vhea intentó recordar las enseñanzas del anterior guardián, su padre. Éste siempre había dicho que una simbiosis completa entre guardián y verdugo impediría la necesidad que el último sentía al hacer uso del arma. En el fondo, siempre había comprendido lo que aquello significaba. Pero nunca había tenido el valor para reconocerlo. Y quizás el hecho de que su hermana necesitara de su ayuda había sido una mera excusa para traerlo hasta ella. Así que ahora asumió lo que ocurría en su corazón. Porque, en el fondo, todo se reducía a eso, el corazón.

Vhea se acercó al joven. Éste hizo intención de disparar, pero descubrió que no podía hacerlo. Entonces, la joven lo alcanzó y posó su mano en el brazo que tenía extendido. La reacción fue inmediata. Las líneas carmesí que se habían dibujado por todo su cuerpo comenzaron a retroceder. La chica se acercó todavía más a él, y cuando ya lo tenía sumido en su hechizo, lo besó.

Shai sintió de nuevo latir su corazón, pero no con una furia asesina, como hacía unos segundos, sino más pausadamente, de forma casi perfecta. Pero percibió algo más, los latidos de Vhea. Y comprobó que ambos corazones palpitaban al unísono, como si fueran uno sólo.

La simbiosis, ahora, era completa.

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Ganador del segundo premio del “V Concurso de relato corto fantástico, Forjadores 2013”

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