¡Chas!

6 12 2013

El hombre cerró la puerta mientras su invitada todavía estaba cruzando el jardín a toda prisa. Debería haberlo previsto, de hecho lo hizo, pero como en las anteriores ocasiones, decidió intentarlo una última vez. Al final, todo había acabado como siempre.

Se giró airado cuando la hoja de la puerta encajó en el marco.

-¿Por qué lo has hecho? -preguntó con enfado, aunque conocía cuál sería la respuesta.

-Dímelo tú -contestó la mujer mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa traviesa-. Tan sólo soy un producto de tu imaginación. Un mero utensilio de tu subconsciente para obtener aquello que deseas.

Efectivamente, aquellas eran las palabras que siempre escuchaba cuando comenzaban con la discusión. El hombre negó ante su argumentación y decidió dejarlo estar. Después de todo, no tenía solución.

Todo comenzó hacía poco más de tres años, días después del entierro de su novia. Primero había comenzado a tener sueños con ella, y al poco tiempo, se encontró con su figura frente a él, como si nunca se hubiera marchado, sentada en el sofá del salón que iba a ser la casa de ambos.

Había intentado negar aquel hecho, no hacer caso de lo que sus ojos veían. Pero luego comenzaron los sonidos en forma de palabras con su voz. La “aparición” empezó a hablar con él. Hasta que un día todo aquello se convirtió en una parte más de su vida y la aceptó como tal en ella.

Con el paso del tiempo, él cedió ante su alucinación y decidió interaccionar con ella. Pero el fantasma, la ilusión, fantasía o vete a saber qué, lejos estaba de ser la persona que él había conocido. Se mostraba caprichosa, pícara y atrevida, sobre todo con las “invitadas”, como ella las llamaba. Después de todo, los sueños era imposible dominarlos.

Las “invitadas” no eran más ni menos que otras mujeres con las que intentaba pasar página, olvidar lo sucedido y rehacer su vida. Pero fuera donde fuese él, y estuviera con quien estuviese, siempre se encontraba al lado suyo, dispuesta a ayudarlo en lo que hiciera falta. Las supuestas ayudas tampoco eran tales, pues lo único que conseguía siempre era espantar a sus intentos por olvidarla.

En esta ocasión sólo hizo falta una mano helada sobre la espalda y algún que otro truco más. El efecto conseguido fue el de siempre. Su cita huyó asustada y ahora se estaban enfrentando de nuevo. Ella no dejaba de sonreír, lo que provocaba que él se enfadara más todavía.

La alucinación siempre argumentaba que todo aquello ocurría por la simple razón de que él no quería olvidarla. La prueba estaba en ella misma, pues al poco tiempo de su muerte, la mente del hombre había inventado una forma de traerla de vuelta a su lado.

Pero el hombre también había pensado en otra posibilidad, aunque no sabía si aquello era más halagüeño o no. Creía que lo que ella misma definía como una alucinación, su mera presencia allí, no fuera si no un verdadero fantasma, venido de un mundo desconocido para estar junto a él.

Obviamente, no había comentado ninguna de las dos posibilidades con sus conocidos, pues temía que lo tomaran por loco o acabasen burlándose de él. Así que había aprendido a convivir con ella, fuera alucinación o espíritu.

Pero su actuación de aquella noche había sido la gota que colmó el vaso, y decidió tomar el asunto por los cuernos. Desde hacía un tiempo, había contemplado la posibilidad de poner fin a aquello, y probar cuál de sus dos teorías era verdadera. Aunque el método en el que había pensado sería drástico, pues una vez tomada la decisión no habría marcha atrás.

Abandonó la estancia, dejando a la aparecida sola. Al poco rato de su caminar, el fantasma ya estaba al lado suyo, persiguiéndolo, intentando averiguar qué era lo que pasaba por su mente.

-Dímelo tú -espetó el hombre-. Si eres una parte de mí, deberías saber cuál es mi propósito.

La aparición soltó una carcajada mientras lo acompañaba.

-No entres en este juego -le reprendió-. Lejos estás de ser un rival digno en él.

Ya en la cocina, pues ese era su destino, el hombre se acercó a uno de los muebles y abrió el primer cajón. De él extrajo un cuchillo, una pequeña navaja con la que habitualmente pelaba y cortaba las verduras.

-No serás capaz -sentenció la mujer, pero su rostro no mostró sorpresa alguna.

-Tengo que saberlo -suplicó el hombre, pues sentía que todo aquello estaba volviéndolo loco-. Y ésta es la única forma.

Su fantasía soltó una nueva carcajada como respuesta, pero no dijo nada más.

El hombre titubeó al principio, pero comenzó a alzar el cuchillo mientras su brazo entero temblaba. Lo apretó contra un lateral de su cuello, justo por donde pasaba su carótida derecha. Allí, volvió a sentir miedo, pero el semblante de la mujer continuaba burlándose de él. Aquello provocó que se armara de valor y presionara con más fuerza. Al momento, sintió como la hoja metálica se introducía en su carne, desgarrando todo lo que encontraba frente a su filo. Perforó la artería. Se sorprendió de lo fácil que había sido, y de lo poco que había sufrido, pues salvo un ligero pinchazo inicial, no sintió ningún dolor más. Finalmente, un chorro pulsátil de sangre caliente empapó su mano, la que aguantaba el cuchillo. El líquido vital se derramó por su extremidad y su pecho, mojándolo todo de un fuerte carmesí, hasta llegar al suelo. Así siguió durante unos segundos, sintiendo como se derramaba aquel fluido que momentos antes se encontrara en su interior.

Poco tiempo pasó cuando el hombre comenzó a sentir que sus fuerzas flaqueaban. Fue derrumbándose en el suelo lentamente, casi como si aquel movimiento fuera premeditado. Al instante comenzó a hacerse presa de él un sopor incontrolable, que provocó el cerrado de sus párpados. Hasta que al final, su vida se desvaneció por completo. El hombre estaba muerto.

• • •

El hombre despertó asustado. Un ensordecedor estruendo taladraba sus tímpanos de tal manera que incluso sentía dolor, forzándolo a taparse las orejas con sus manos. Además, al abrir los ojos, sus pupilas permitieron el paso de una ingente cantidad de luz, y sus iris todavía no habían conseguido filtrarla, por lo que se vio obligado a cerrar los párpados para evitar el daño que también le provocaba aquello.

El sonido fue menguando y comenzó a captar matices diferentes en él. Pero lo que escuchó lo tenía sobrecogido. Entre todo el galimatías que captaban sus tímpanos podían diferenciarse miles de voces, además de muchos otros sonidos que empezaba a reconocer, sónidos que se encontraban a mucha distancia. Poco a poco, con el paso de los segundos, estas voces y sonidos también fueron filtrándose, descartando aquellas que no le interesaban, hasta que al final, todo volvió a la normalidad. Aquello provocó que el hombre se atreviera a abrir los ojos, pues entendió que la luz también podría haberse atenuado. Y así fue.

Lo que descubrió cuando su visión se tornó correcta también lo sorprendió. Se encontraba en la cocina de su casa, tirado en el frio suelo, completamente desnudo. Se levantó con cuidado, pues se encontraba algo mareado. Una vez de pie, contempló su entorno. En un principio todo parecía como siempre, por la salvedad que no recordaba qué hacía allí ni por qué estaba momentos antes en el suelo.

-¡Chas! -gritó alguien a su lado. Y aquella palabra se introdujo en su cabeza como si se tratara de millones de cristales rompiéndose a la vez. De nuevo tuvo que taparse los oídos, pero en esta ocasión aquello no sirvió de nada.

Aquel sonido también remitió con el tiempo. Cuando lo hizo, se giró hacia la fuente del mismo y, entonces, comprendió todo lo que momentos antes no entendía.

Frente a él se encontraba su aparición, rota en una eterna carcajada. Su figura comenzó a difuminarse mientras parecía flotar hacia la pared trasera. Al cabo de un instante todo su cuerpo se había tornado translucido, casi transparente. Sólo los ojos de la mujer, verdes como esmeraldas, conservaban su opacidad. Oyó su musical voz:

-No me puedes atrapar -sentenció. Y mientras aquellas palabras todavía resonaban en su mente, la mujer atravesó la pared a la que se dirigía hacía unos segundos.

Una repentina oscuridad hizo presencia en el lugar, que fue cerrándose entorno a la figura del hombre. Sintió bajo sus pies que el suelo estaba mojado. Su vista se fijó en un charco rojo que fue recorriendo con la mirada, hasta que se encontró con un cuerpo. Era el suyo, tumbado en el suelo, con la piel cetrina y la mirada perdida. Entonces comprendió lo que estaba sucediendo.

La oscuridad se acercó todavía más al hombre. Éste, asustado, se acuclilló junto a su cuerpo inerte, abrazándose las rodillas y sintiendo un frio mortecino. Así se quedó hasta que todo se volvió negro y solamente quedaron él y su cadáver.

Verdaderamente, su decisión parecía no tener vuelta atrás.

• • •

Tributo a Álex y Cristina

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2 12 2013
srsempere

Me ha encantado. Puedes seguirme en http://www.cementeriodelibrosolvidados.wordpress.com

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