Mi camino

23 05 2014

Las cinco y veinte de la tarde pasadas. Volvía a casa tras una dura jornada. De pronto me paré. Estaba en la esquina de la calle Alfonso I. Me arreglé la falda y el abrigo, ansiosa. Llevaba una bufanda gris perla nueva. Respiré hondo y reanudé mi marcha.

Debía cruzar la plaza del Pilar para llegar a casa. En ella se encontraba algunos de los edificios y monumentos más significativos de la ciudad: la Basílica del Pilar, la Catedral del Salvador, el Ayuntamiento, la Lonja, la Fuente de la Hispanidad o la gran bola de piedra con la que jugaba de niña creyendo que podía viajar por el mundo con solo indicarle dónde quería ir. Nada de aquello atrajo mi atención, pues conocía bien el lugar.

También había una pequeña cafetería con terraza. No tenía muchos clientes fuera debido al frio. Sin embargo, el sí estaba, como siempre. Hoy llevaba un abrigo gris oscuro y pantalón marrón canela. No tenía guantes, pero se frotaba constantemente las manos. En la mesa, sólo un cortado.

El corazón se me paró de golpe cuando levantó la mirada. Aparté la vista intentado disimular. Deseé no haberme sonrojado. Divisé el Paseo Echegaray y Caballero, y enfilé a toda prisa hacia él por la calle Salduba.

Nunca se percataba de mi presencia. Pero yo lo veía ahí todas las tardes después del trabajo. Solté mi habitual suspiró por nuestro efímero encuentro. Las cinco y media. Empezaba a cruzar ya el puente en dirección a casa. Mañana sería viernes, así que volvería a verlo.

 

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Por Es Ther.

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