CdP – Capítulo 1

17 11 2014

Los dos compañeros cruzaron el umbral uno detrás del otro. El lugar estaba abarrotado de gente, pero nadie se percató de su presencia. Aún así, prefirieron quedarse en la parte de atrás, apartados del resto para que no se fijaran en ellos. El más alto de los dos llevaba una sudadera y unos vaqueros. La capucha del suéter ocultaba su rostro en un intento de no correr riesgos; nadie debía reconocerlo. No obstante, aquello no era ningún problema, pues muchos de los asistentes vestían de forma parecida. Del mismo modo, el arco de su mano izquierda y el carcaj colgado de su espalda tampoco debían ser motivo de curiosidad, igual que la corta espada que llevaba atada a la pernera del pantalón; otros también cargaban con sus armas. Su acompañante, sin embargo, tenía la cara descubierta y sólo portaba un cuchillo, pero no para ser utilizado como arma. Su misión sería más sencilla.

El recinto era amplio, algo más de cincuenta metros en su parte larga. En épocas pasadas aquel edificio había albergado competiciones deportivas, y el escenario que todos contemplaban se había utilizado para celebraciones de índole musical. Pero el acto que ahora estaba teniendo lugar era muy distinto.

Frente a ellos, justo en el lado opuesto del recinto, dos personas se encontraban subidas en el entarimado. Un hombre robusto presidía la escena y recitaba un coloquio del que todos prestaban atención. A su izquierda, una mujer joven estaba subida encima de un barril, con las manos atadas a la espalda. Pero lo más interesante de ella era la soga que se encontraba a su lado. La cuerda se encontraba atada a una de las bigas que sujetaban el tejado. Lo que los dos compañeros estaban presenciando era una ejecución. Una ejecución que debían evitar.

-¡Bruja! -empezaron a corear todos al unísono. Una palabra que había tomado un cariz peligroso para aquellas mujeres a las que fuera dirigido.

Alguno de los asistentes lanzó un tomate podrido que impactó sobre la cara de la chica. Dánish se percató desde la distancia del odio que irradiaban los verdes ojos de la joven. Pero los gritos e insultos no cesaron. Mientras, Dóug se deleitaba con el espectáculo que estaba realizando y del que era partícipe.

Dánish sabía que todo aquello era una estúpida pantomima. Lyanna, la mujer que estaba siendo juzgada, si podía decirse así, por brujería, no había cometido ningún delito de tal índole. Aquello sólo era una excusa para realizar un último intento de atraerla hacía su persona. Dóug estaba obsesionado con la muchacha, hasta tal punto que no había aceptado el rechazo que ella sentía por él. Él era un hombre huraño y mentiroso, y siempre intentaba manejar a todos a su antojo para sacar provecho, haciendo uso de sus engaños para atraer a la gente. Pero Dóug no toleraba que ella no quisiera nada con él, y se había inventado aquella patraña para obligarla a aceptarlo. Sólo si ella se comprometía a estar con él retiraría los cargos.

Desde la aparición de la magia, años atrás, muchos eran los que había recelado de ella, sobre todo aquellos que no la entendían o no tenían ninguna aptitud para ella. La magia fue descubierta, como tantas otras cosas, por la ciencia del pasado. Pero para sorpresa de todos, el mundo no la había aceptado como algo natural. Y pronto, grupos radicales religiosos se armaron de valor y esgrimieron argumentos estúpidos contra ella. Se formo así una nueva religión contra este descubrimiento, y fueron muchos los que se hicieron eco de ella. Con el paso del tiempo los enfrentamiento se volvieron más violentos, hasta el punto que la humanidad entró en guerra. Para desgracia de todos, este nuevo credo fue el bando vencedor esgrimiendo una tecnología que ellos mismos tachaban de herejía. La magia fue censurada, pero ahí no terminaron las desgracia. Amparados por unos designios divinos que ellos mismos promulgaban, comenzaron a censurar también cualquier asunto que tuviera que ver con la antigua ciencia. Todo aquello desembocó en una desaparición de libertades como nunca antes se había visto. Cualquier discrepancia contra el nuevo orden de gobierno se traducía en una afrenta contra esta nueva religión, y era juzgada como si de un delito se tratase. Así que, en seguida, cualquier rivalidad, por pequeña que pareciese, acababa en tribunales de poca legalidad, aunque no existiese motivo alguno para celebrarse. Vecinos contra vecinos, hermanos con hermanos, todos se acusaban de practicar la antigua ciencia, aunque fuera mentira, para quitarse de encima a aquellas personas que molestaban. Y la peor acusación de todas era la practica de la magia, el nuevo y último descubrimiento de la antigua ciencia.

Como en tantas ocasiones, aquel era otro de los muchos casos que pululaban por el mundo.

-¡Entonces estamos de acuerdo! -clamó Dóug mientras sonreía.

Todos asintieron entre un griterío que se propagó como un eco en el recinto.

Ante aquel fragor, Dóug se dirigió hacia la mujer.

-Esta es tu última oportunidad Lyanna -le dijo en un susurro mientras pasaba su cabeza a través del nudo de la soga-. Acéptame con esposo y todo esto habrá terminado.

-Jamás -replicó ella mientras le lanzaba un escupitajo a la cara.

El rostro del hombre se crispó de rabia.

-Tú lo has querido sentenció -se limpió la cara y apretó el nudo corredero-. Prefiero verte muerta que en manos de otro.

Dóug se apartó unos pasos de ella.

-¡Que con la muerte de la bruja, su alma sea purificada! -gritó.

De nuevo, todos prorrumpieron en un clamor ante aquella sentencia.

Dóug dio una patada al barril sobre el que estaba la mujer y ella calló bajo su peso hacia el suelo del escenario. Para sorpresa de todos, la cuerda se rompió cuando alcanzó su tensión máxima, propiciando que la muchacha aterrizara en el entarimado sana y salva. Pero el hombre fue capaz de percibir un movimiento veloz en el punto donde se había roto la cuerda justo cuando él pateaba el barril. En la pared trasera, una flecha se cimbreaba clavada en ella. Se giró rápidamente, intentado descubrir al artífice de aquel atrevimiento y lo encontró enseguida.

El rostro de Lyanna se iluminó al reconocerlo ella también

Al fondo, Dánish, con la cara descubierta ahora, ya cargaba otra flecha en su arco.

-Al primero que mueva un músculo, le atravieso la garganta con una de éstas -amenazó cuando todo el mundo se giró para contemplarlo.

Aquellas palabras provocaron el efecto deseado, al menos al principio, pues nadie se movió. Pero pasados unos segundo, un valiente hizo intención de acercarse al arquero. Cayó fulminado al suelo, atravesado su cuello por uno de los puntiagudos proyectiles, y allí se quedó de rodillas entre gorgoteos y estertores mientras se le escapa la vida. Cuando el resto volvió a mirar a Dánish, éste ya tenía cargado el arco otra vez.

-Ahora voy a acercarme lentamente -sentenció-. Aquel que intente hacerse el valiente acabará como vuestro amigo.

Y comenzó a andar hacia la multitud. Todos fueron apartándose poco a poco, franqueando un pasillo de personas por el que discurrieron Dánish y su compañero. El arquero no dejó de apuntar con el arma mientras avanzaban, y nadie se atrevió a acercarse a él después de lo que habían visto. Cuando llegaron al escenario, conminaron a la muchacha para que bajara con ellos. Ésta así lo hizo y Róland, el amigo de Dánish, cortó las ataduras que sujetaban sus muñecas. Ahora, los tres empezaron a caminar hacia uno de los laterales del recinto, donde había otra puerta. Una vez llegaron a ella, Róland apretó un botón grande que había junto a ella. La puerta, de metal, comenzó a deslizarse hacia arriba por unos raíles, accionado su movimiento por un motor chirriante. Cuando terminó de abrirse, Lyanna pudo comprobar que un coche todoterreno los esperaba fuera. Dentro, al volante del vehículo estaba César, otro de los amigos de Dánish. Róland y la joven traspusieron la puerta en dirección al coche mientras el arquero cubría la huida. En el momento en que los dos estuvieron seguros en el interior, Dánish volvió a apretar el botón de la puerta y ésta se cerró con él dentro del recinto.

Su plan sólo contemplaba sacar a la chica y quedarse él allí a modo de cebo mientras los demás escapaban en el todoterreno. Aquello era lo mejor que había sido capaz de idear. Hasta el momento todo había salido a pedir de boca. Ahora tenía que ver cómo escapaba él de aquel enredo, un aspecto que hasta el momento no había contemplado.

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