La decisión de su (mi) vida

8 09 2016

La primera vez que lo vi fue una noche de las ya tan habituales en mi vida. Me encontraba en el garito que solía frecuentar cuando todo se torció. La policía llegó a los pocos minutos y entró allí con ganas de bronca. Después de todo, estaban habituados a los problemas que causábamos. Todo acabó como las otras veces. La mayoría de los presentes consiguió escapar, pero yo, debido a mi estado, fui detenida y metida en un coche patrulla. Y entonces hizo su aparición él, de igual forma que hace el sol mientras amanece tras una noche de fuerte tormenta, tímidamente, casi con temor, pero seguro de lo que quería hacer. Estuvo hablando con el agente durante un buen rato. Yo no pude oír lo que decían, no me encontraba en condiciones para ello. Pero sí me percaté de que hablaron de mi. Cuando terminaron, él se quedó mirando como el vehículo se marchaba conmigo dentro, mientras yo perdía su figura en la lejanía y las brumas de mi mermado entendimiento me impedían fijar su recuerdo.

La segunda vez fue a la mañana siguiente, pero yo ya me había olvidado de él. Pasé el resto de la noche en el calabozo, un lugar que se había convertido en mi segundo hogar de un tiempo a esta parte. Cuando llegó la mañana, uno de los agentes abrió mi celda y me informó que estaba libre y que alguien había pagado mi fianza. Aunque no recordaba por qué estaba allí, casi con seguridad por lo de siempre, sí estaba segura que ninguno de los otros habría hecho aquel esfuerzo por apiadarse de mi, así que me extrañé ante aquella revelación.

Al salir de la comisaría él estaba esperándome. Era alto y delgado, no muy musculoso, pero fibroso, como denotaban sus brazos. Su rostro era de una belleza sutil, sin ser realmente atractivo. Su cabello era de un tono pajizo, y sus cejas rubias enmarcaban unos ojos azules como el cielo límpido de aquella mañana, pero con iridiscencias grises, como la tormenta pasada. Llevaba unos vaqueros y una camiseta negra con un símbolo extraño dibujado mediante palabras en otro lenguaje. Me resultó familiar, pero no conseguí ubicarlo; quizás lo hubiera visto en televisión o en algún escaparate. El símbolo, no la persona.

Cuando se percató de mi presencia, todo su cuerpo se tensó. Levantó su mano derecha a modo de saludo, pero lo hizo con timidez. Me quedé mirándolo unos segundo más, intentando ubicarlo en mi memoria, pero no pude hacerlo. Así que hice lo que mejor sabía hacer: huir. Giré mi cuerpo en dirección contraria y me encaminé hacia cualquier lugar, lejos de aquel extraño. Cuando me percaté de que me seguía, aceleré mi paso hasta el punto de ponerme a correr por la acera mientras esquivaba a los transeúntes. Pero cometí el error de mirar hacia atrás para comprobar cuánta ventaja le sacaba. Aquello, pero sobre todo mi estado físico, provocó que perdiera la referencia mientras corría y acabé chocando con una farola.

Endolorida y en el suelo, mostraba una imagen pésima. Pero al extraño no le importó, sino que incrementó su velocidad cuando me vio caer. No sé si fue por verme atrapada ya o porque realmente estaba preocupado ante el incidente. La cuestión es que me alcanzó.

-¿Estás bien? -preguntó en un susurro, pero su voz sonó con un timbre musical.

Aparté bruscamente su brazo cuando intentó ayudarme a levantar. Ante aquel gesto, él retrocedió un único paso, pero no se marchó. La gente miraba la escena con indiferencia, sólo unos pocos mostraban algo de interés, aunque era más por curiosear que por otra cosa.

-¡Déjame! -le increpé mientras llevaba mi mano derecha a la frente. Un dolor atroz laceraba mi cabeza e intenté calmarlo con aquel gesto.

-Estás sangrando -me indicó en cuando retiré la mano. Y era verdad. Mis dedos estaban cubiertos por aquel líquido rojizo que tantas nauseas me producía.

Sufrí un vahído ante su visión que a punto estuvo de enviarme de nuevo al suelo, pero el extraño se movió con una increíble rapidez y evitó otra caída por mi parte. Mientras estaba en sus brazos, posó su mano sobre la herida, y una extraña sensación de calidez y bienestar me invadió desde la zona de contacto hasta el resto del cuerpo.

Conseguí llegar a un banco con su ayuda, donde me senté para recuperarme. Él hizo lo propio, situándose a mi lado. Me negaba a mirarlo por miedo a que fuera algún trastornado y no quería avivar su locura, pero tras su contacto, un bienestar extraño me incitaba a saber más de él.

-Gracias -conseguí balbucear. Él simplemente sonrió-. Por todo -añadí pasados unos segundos-. Porque supongo que has sido tú quien ha pagado mi fianza -pero no estaba segura de sentir verdadera gratitud. Simplemente había hablado por romper el incómodo silencio que se había adueñado de los dos.

-No es nada…

No le dejé terminar.

-¿Por qué lo has hecho? -aquello era más una recriminación que una pregunta, pero él no pareció darse cuenta, o si lo hizo, no le importó.

No contestó, sino que se quedó con la mirada fija en algún punto indeterminado frente a él. Aquello me exhortaba a mantenerme en mi pensamiento inicial. Aquel hombre parecía un loco, pero sentía un impedimento a apartarme de él ahora.

-¿Quieres comer algo? -dijo pasados unos segundos, sin mover su rostro del lugar donde tuviera fijos los ojos-. Necesitas reponer fuerzas. Y seguro que después de lo que has pasado, tienes hambre.

Abrí la boca para rechazar su invitación, todavía temerosa de él, pero entonces mis tripas me traicionaron de forma malévola y emitieron un largo quejido.

-Tomaré eso como un sí -sentenció mientras ahora sí me miraba y sonreía.

Cuando me di cuenta, estaba siguiendo sus pasos hacia donde me estuviera llevando. Había caído en su trampa. Una trampa que le salpicó a él mismo.

Después de aquel desayuno, llegaron otros muchos. A veces igual a aquel primero, con paso previo por el cuartelillo incluido. Otras, algo más calmado. Pero aquellos encuentros fueron el principio de algo que nunca hubiese imaginado que ocurriera.

Erz, como así le gustaba que le llamaran, consiguió entrar en mi vida a hurtadillas, aunque yo nunca entendí por qué. Y esa fue su perdición. Mi vida no valía nada. Yo misma no valía nada. Mis excesos y mis vicios me convertían en una persona difícil de tratar y de entender. Pero a él no le importaba. Su vicio era yo, fuera lo que fuera que le extasiara de mi.

Con el paso del tiempo, él se integró en mi rutina de forma más intensa. Frecuentaba mis rincones, trataba a mi gente… pero nunca compartió mis vicios, al menos no como yo. Él estaba siempre a mi lado, recogiéndome en mis caida, levantándome, cosa que yo hacía muy seguido. Pero no parecía importarle. Lo único en que salía perdiendo era en el dinero que se marchaba incluso antes de entrar.

Pasamos tiempos difíciles, durmiendo en los parques, comiendo de la basura, huyendo de la policía. Pero nunca se separó de mi. Por mi parte, yo me había vuelto dependiente de él, hasta el punto que ya no concebía mi existencia en su ausencia.

Entonces se me ocurrió el magnífico plan de obtener dinero de forma fácil. Mis habituales prácticas de tirar del bolso no nos proporcionaban el dinero suficiente. Así que decidí ir más allá. Los dos entramos en una sucursal durante la hora punta. Lógicamente, estaba abarrotada de gente, pero aquello no me paró. Él sólo me seguía, como hacía siempre. Me acerqué al mostrador más próximo y agarré a la cajera de la blusa. Cuando se percató de lo que ocurría, ya tenía mi navaja puesta en su garganta. El resto fue evidente. La gente huyó despavorida mientras los demás trabajadores intentaban persuadirme de mis intenciones. Pero yo no prestaba oídos a nadie. Sólo quería lo que había venido a buscar, el dinero.

Como era lógico, la exigua minuciosidad que puse en aquel plan me evitó prever la presencia del guardia jurado. Éste, por su parte, se comportó como el vaquero que era y no dudó en extraer su arma para apuntarme. Me lanzó varias órdenes entre gritos, mientras me exigía que soltara mi navaja. Cuando quedó patente que no iba a hacerle caso, se produjo el hecho que lo cambió todo.

El muy gilipollas apretó el gatillo, pero ni si quiera entonces le presté atención. Sólo cuando el cuerpo de alguien se desplomó sobre mí, perdí un efímero segundo en desviar la atención de mi presa. Allí en el suelo, cubierto por aquel asqueroso líquido que me repugnaba, yacía Erz, totalmente inmóvil. En aquella ocasión no me desmayé ante la visión del fluido rojo. Y supe que lo único que me mantuvo despierta fue verle a él sin vida. Entonces, solté el cuchillo y me abalancé sobre su pecho, pero él ya se había marchado.

La decisión fue fácil de tomar entonces. Sé que nunca lo habría hecho por mí, sino que fue él el que me hizo tomarla después de aquello.

Han pasado seis años desde aquello. He vuelto a pisar la calle después de mi encarcelamiento, y lo primero que he hecho es acudir al cementerio para ver su tumba. Le traigo dos obsequios. Más bien un recuerdo y un presente. El futuro ya vendrá, pero sin él.

Cuando entró en mi vida, produjo un cambio del que nunca me percaté hasta aquel día. Eso fue el detonante. Ahora tengo un trabajo de mierda, de limpiadora, que me dará para ir tirando. Cosas del sistema de reinserción. Es el primer paso de mi nuevo camino. Espero no volver atrás. Debo hacerlo por él, por su sacrificio.

Siempre me decía lo mismo. Pero se marchó para que yo lo entendiera. Por eso ahora lo pone en su lápida, para recordármelo cada vez que necesito verle de nuevo.

• • •

Rafael esperó a que la mujer se marchara. Cuando lo hizo, se acercó a la tumba. Allí, sobre la lápida, una rosa negra y una punta de bala aplastada, descansaban junto a la inscripción que había cincelada en ella:

“En las cenizas del fracaso está la sabiduría”

El hombre sólo le prestó atención un segundo.

-Fue tu decisión, Gabriel. Al final, conseguiste lo que querías. Sacrificar tu eternidad. Espero que el amor haya valido la pena.

• • •

Tributo a Amaral.

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