Una tacita de té

2 11 2017

La anciana abrió el bote de cristal y el aroma rancio de las hierbas que albergaba el tarro inundó toda la estancia. No es que aquello fuera un prodigio, pues la cabaña era pequeña, un oscuro habitáculo de paredes de troncos de madera mal cortados que albergaba todas las dependencias de la casa juntas, desde la cocina a la habitación donde dormir. Sólo el excusado se encontraba apartado; a decir bien, muy apartado, pues estaba formado por una minúscula garita junto al arroyo que discurría cerca de la cabaña. Lo que sí fue un prodigio es que aquel extraño olor ocultara el ya de por sí nauseabundo efluvio que parecía instaurado de por vida en el recinto.

Con dedos maestros, la anciana tomó una pizca entre ellos, sólo una, lo suficiente para preparar el brebaje que la joven había venido buscando. Con unas pinzas, levantó la tapa de la tetera de hojalata que se posaba sobre las ascuas de la chimenea y dejó caer las hojas. El agua chisporroteó unos segundos al contactar con aquel material secado por el tiempo, un sonido que pareció un grito de alarma. La joven dio un respingo, pero se calmó cuando descubrió el origen del silbido. O se calmó todo lo que sus nervios le permitieron. Bien es dicho que la figura de la anciana y aquel lugar envuelto en sombras y objetos extravagantes, no ayudaban a mantenerse serena. Después de todo, la fama de bruja de la vieja todavía dificultaba más sentirse a gusto allí.

Cuando las hojas de té se hundieron todas en el fondo, la anciana retiró la tetera del fuego. De forma inmediata, sirvió su contenido líquido en un vaso de barro cocido, y la vieja se lo sirvió a su temerosa visitante.

-Tómatelo cuando todavía está caliente -le ordenó, mientras sonreía mostrando su mellada dentadura.

La muchacha asintió y se lanzó tan rauda a por el vaso, que apunto estuvo de derramar su contenido.

-Tranquila, querida -sentenció la bruja-. No hay prisa.

La joven se acercó el recipiente a la boca, pero cuando sus labios hicieron contacto con el brebaje, se los quemó.

La anciana rió.

-De verdad que no hay prisa -volvió a repetir-. El té se mantendrá todavía caliente durante unos minutos. Deja que se temple.

La muchacha asintió, apesadumbrada por tener que permanecer aún más tiempo allí. Su premura se debía a que lo que en realidad quería era escapar de aquel lugar. Pasados unos interminables minutos, la joven pudo beberse el brebaje. Sabía igual de mal que olía, pero pasó por su garganta de un solo trago.

-Y recuerda, querida, una tacita de té todo los días. Sólo una. Pero siempre antes de que se oculte el sol -y con aquellas palabras, le tendió una pequeña bolsa de papel con hierbas suficientes para cuarenta semanas.

La joven pagó con una moneda de hierro, se envolvió en su chal y escapó del lugar a la carrera.

Y desde aquella primera taza ofrecida por la bruja, la muchacha se preparaba todas las tardes el mismo brebaje, para que su hijo creciera sano y fuerte en su vientre. La pócima parecía surtir efecto, pues la joven vio como, con el paso del tiempo, su abdomen aumentaba de tamaño y se hinchaba como si de un globo se tratase. Además, el té parecía tener un corolario secundario positivo inesperado, en ningún momento la zagala sufrió ninguna de las dolencias típicas del periodo de gestación.

Hacia casi terminado el tiempo del embarazo, una tarde, la joven salió a dar uno de sus habituales paseos. Le sentaba bien recorrer los caminos aledaños a la aldea. Aquel ejercicio activaba su musculatura, aletargada desde hacía unos meses. Los colores del bosque se mostraban ya pardos, amarillos y rojizos, fruto de mitad del otoño. Pero todavía podía percibirse el aroma de alguna hierba tardía u otras comunes en aquella época del año.

De pronto, un ensordecedor trueno atrajo su atención. La muchacha levantó el rostro hacia el cielo y pudo comprobar que, en su ensimismamiento, una tormenta otoñal se había formado. Las primeras gotas empezaron a caer enseguida y, al cabo de pocos segundos, se convirtieron en una impenetrable cortina de agua que lo empapaba todo. Ya mojada, sin apenas tiempo para reaccionar, la joven intentó huir con premura. Su propósito era ocultarse en un pequeño refugio para pastores que conocía allí cerca, y cuando menguara la tormenta volver a la aldea. Pero tuvo la mala fortuna de hincar uno de sus pies en el hueco de una raíz, lo que produjo que se doblara el tobillo y cayera al suelo. Golpeó su cuerpo contra un árbol, pero a parte del impacto, no pareció hacerse ningún otro daño. No obstante, sí se había lesionado el tobillo, pues cuando intentó volver a apoyarlo para ponerse en pie, una descarga de dolor recorrió toda su pierna.

Y fue en aquel preciso momento, cuando un temor irracional se hizo presa de la zagala. La joven se llevó sus manos al vientre, que rodeó con los brazos de forma protectora. No tenía miedo al agua ni a los truenos, ni siquiera temía por encontrarse sola allí. Lo que le causaba pavor era no poder llegar a tiempo para tomarse su tacita de té, pues aquello era lo único que importaba.

Asustada y nerviosa, intentó volver a levantarse, con idéntico resultado que la primera vez. Finalmente, sacando fuerzas de no sabía dónde, y con la ayuda de una rama rota que rescató del suelo, consiguió ponerse en pie. Pero su caminar era lento y supo en aquel instante, que no llegaría a su hogar antes del anochecer. Sin embargo, ella siguió caminando, zancadilleando más bien.

El sol estaba a punto de ponerse cuando un fortuito desgarro hizo que la muchacha se doblara de dolor. Y supo entonces que todo estaba perdido.

-Mi tacita de té -consiguió murmurar entre el dolor.

Fue muy tarde ya cuando los vecinos de la aldea la encontraron tirada junto a un árbol, con la espalda apoyada en el tronco y la cabeza ladeada hacia un lado. Seguía murmurando la misma frase entre susurros, y lo hacía de forma continuada. Nadie supo a qué se refería.

No obstante, el grupo de gente comprobó que entre sus piernas le corría un grueso hilo de sangre que empapaba el suelo bajo ella y se internaba en el bosque. Algunos lo siguieron, presos de la curiosidad, mientras otros intentaban atender a la joven. Al cabo de unos metros de caminar, se toparon con una masa sanguinolenta indefinida. Sólo cuando se acercaron a ella se percataron que tenía forma humana, pero en miniatura. La figura no se movía y estaba inerte sobre el suelo. Sin embargo, algo allí no encajaba. Sobre lo que parecía ser la cabeza, deforme y horrenda, se distinguían dos pequeñas protuberancias óseas sobre la frente. De igual forma, una extensión epitelial se alargaba desde su coxis, como si se tratara del vestigio de la cola de un renacuajo metamorfoseándose en rana.

Los presentes se santiguaron, horrorizados ante la fealdad del engendro. Decidieron enterrar allí mismo lo que fuera aquello, pues no mostró signos de vida alguna.

Ya en la aldea, la muchacha fue atendida por el curandero del pueblo. Y ante el continuo repetir de la joven, indagó sobre qué era aquello de “su tacita de té”. Finalmente, entre todos descubrieron las hierbas que la zagala utilizaba para preparar su infusión. Cuando el matasanos abrió la bolsa para inspeccionar su contenido, el asqueroso olor inundó todas sus fosas nasales. Y fue aquel miasma el que provocó que el hombre soltara la bolsa asustado. Nunca la había tenido entre sus manos, ni siquiera la había visto antes. Pero había oído hablar de ella. Aquello sólo podía ser una cosa…

Hierba del diablo.

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Relato semifinalista en el Concurso de relato breve 2017 de La Petite Planèthé.

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