70

29 07 2018

Año 3052…

La verdad, no sé por qué escribo esto. No busco el perdón de nadie. Mi ego me lo impide. Pero quizás sea esa megalomanía absurda que puebla mi mente la misma que me incite a garabatear estas palabras en tinta sobre papel. Da igual el motivo en realidad. He tomado una decisión y, ahora que me he puesto a ello, me es imposible detenerme.

Nadie sabe el momento exacto en que empezó todo. Ni siquiera yo mismo, uno de los actores principales en esta delirante obra escénica. Retrotrayéndome ahora en mis recuerdos, intento buscar ese punto de inflexión, ese momento que propició lo que ahora vivimos. Pero no lo encuentro. Después de todo, soy un anciano de 135 años y mi memoria ya no es la que era. Es posible que mi edad… no la mía en concreto, sino la Edad, con mayúscula, sea el problema primigenio. Pero lo dicho, no consigo ubicar el inicio de todo.

Probablemente todo empezara con la Gran Guerra…

Debo hacer un paréntesis aquí…

A lo largo de la historia de la humanidad, diversos conflictos bélicos se adueñaron de este epíteto. Tres en concreto. Nombradas cada una con el correspondiente número romano que le fue asignado en el fluir del tiempo. Pero todas ellas fueron meras riñas entre chiquillos comparadas con la que yo hago referencia. La Gran Guerra…

Como todas las guerras, la Gran Guerra fue el intento de un grupo de humanos por adquirir aquello de lo que habían sido privados, cualquiera que fuera el motivo. Algunas de estas rencillas ocurrieron por el ansia de expansión territorial de algún reyecillo del pasado. Otras tuvieron su origen en los recursos de los que eran ricos dichos territorios. Incluso, en la más absoluta ignorancia de la humanidad, unas pocas sucedieron por amor… tan absurda y cruel era la razón de los esperpénticos homínidos que fueron nuestros antepasados.

Pero, por una vez, si tal es el caso, la Gran Guerra estuvo parcialmente justificada, pues por lo que se luchaba era por el acceso al agua…

Ahora que lo pienso, quizás el origen de todo esté todavía más atrás en el tiempo…

Por extraño que parezca, lo conseguimos. Entonces nos pareció maravilloso. El fin último de nuestra existencia. Hoy, unos pocos como yo, sabemos que no fue un éxito, sino el mayor error que podríamos haber cometido.

A principios del segundo milenio y después de un cambio socio-político como nunca se creyó posible que ocurriera, los gobiernos del mundo entero decidieron apostar por lo único que mantendría vivo a este planeta. El mundo agonizaba, aunque no todos supieran verlo. Sigo sin entender cómo sucedió, pero lo cierto es que así ocurrió. Por primera vez en la historia de la humanidad, la ciencia pasó a ser prioritaria para el mundo. La primera intención fue parar el calentamiento global. Pocos entendieron que aquello era imposible. Lo verdaderamente importante era adaptarnos a esta nueva etapa del planeta, aprender a convivir con ella. Sin embargo, daba igual, la decisión estaba tomada.

Los albores de esta nueva época fueron fructuosos. O al menos eso creímos. Y como creímos que la ciencia había triunfado, pusimos nuestras esperanzas en solucionar otros males del mundo humano. El mayor de todos era, de forma obvia, la muerte. Con todo nuestro poder, con toda nuestra hegemonía como especie dominante en el mundo, sin embargo, estábamos supeditados al paso de los años, al correr de las agujas del reloj. Así que nos enfrascamos en la búsqueda de intentar alargar nuestra existencia. Y lo conseguimos. Como traída de los textos antiguos de alquimia, creamos nuestra particular piedra filosofal. Y con ella, el tan ansiado elixir de la vida…

¡Qué cruel paradoja! El elixir de la vida ya nos fue dado mucho antes de que apareciéramos en este mundo. Pero entonces no supimos verlo. Incluso ahora, con todo lo sucedido, son muchos los que permanecen ciegos a este hecho.

Creamos innumerables formas de detener la vejez, nuestra propia oxidación corporal, mecanismo de renovación de la materia en el universo. Algunas fueron permanentes. O todo lo permanente que entendimos en aquel momento, reservadas sólo para aquellos que pudieran permitírselo. Otras fueron meros intentos de ganar unos granos a nuestro particular reloj de arena. Pero aquellas nuevas sustancias se convirtieron en la nueva panacea del mundo. Todos querían poseerla.

Con ella empezó la tercera de esas rencillas infantiles que comentaba hace un rato. Y como en las dos anteriores ocasiones, el mundo sucumbió de forma inexorable. Al final, la disputa acabó con la firma de un tratado por parte de los intervinientes. En él se estableció como derecho de la humanidad la panacea alquímica. Ahora, todos tenían acceso a ella sin restricción alguna. Y, como es obvio, volvimos a cagarla…

Las gentes del mundo dejamos de morir.

Pero no dejamos de engendrar vástagos.

El resultado previsible y que nadie fue capaz de predecir fue la escasez de los recursos. De todos los recursos.

Espacio.

Alimentos.

Agua.

Por ese orden.

Cuando la Tierra se nos quedó pequeña, empezamos la expansión a otros mundos. Como si fuéramos Colón en busca del nuevo mundo, primero poblamos nuestro satélite. La luna pasó de ser propiedad de poetas y enamorados, a estar poblada por aquellos que podían permitirse abandonar el yermo mundo en el que acabaríamos convirtiendo nuestro planeta. A ella le siguió la totalidad de nuestro sistema solar. Cuando ni eso nos bastó, emprendimos el viaje hacía el espacio exterior. Sólo los más ricos podían permitirse avanzar un paso más. Atrás quedaban los que no tenían nada, ni siquiera alimentos. Éramos como una plaga que cuando acababa con un cultivo, se expandía a una nueva zona, abandonando la anterior.

Y entonces nos encontramos con el escollo que no pudimos superar. Hasta aquel momento, incluso cuando ya no había de nada, al menos teníamos agua, el verdadero elixir de la vida, y no aquel veneno creado por la ciencia que nos impedía morir. Pero llegó el momento en que ella también se volvió escasa.

Ese fue el verdadero detonante. Si ya habíamos conquistado el universo buscando nuevos mundos y nuevos alimentos, ahora era, si cabe, más necesaria nuestra expansión. Pero el espacio es inmenso, inabarcable, y pronto las distancias se hicieron eternas. Ya no teníamos recursos para avanzar más, y nos quedamos estancados, varados en una isla inabarcable y seca.

Fue entonces cuando se inició la Gran Guerra.

La de verdad.

La única.

Mundos enteros contra otros mundos. Sistemas planetarios contra otros sistemas. Galaxias contra galaxias. Y como en todas las guerras, los que más sufrieron fueron los de siempre. Los que nada tenían que ver con ella. Los que nada podían hacer para pararla. Los poderosos inventaron nuevas formas de imponer su ley y su fuerza, en un intento de controlar el elixir de la vida.

El viejo, no el nuevo.

El agua, no la panacea.

La contienda duró siglos. Pero de nuevo se encontró la salvación. O al menos eso creímos. Muchas fueron las formas que se inventaron para obtener agua. Pero sólo una fue efectiva.

¿Qué era lo que teníamos en demasía?

Humanos.

Como si se tratara de una antigua película del pasado, convertimos a los propios humanos en nuestra solución. Pero no fueron robots lo que lo hicieron, sino nosotros mismos. Ni tampoco obtuvimos energía de nuestros cuerpos.

Agua.

Así de simple.

El cuerpo humano es, en esencia, un recipiente repleto de agua. Nuestro peso corporal está compuesto en un 70% por agua. Así que utilizamos a nuestros congéneres para obtener el tan preciado líquido.

Al principio se utilizaron procedimientos simples y sin peligro alguno. Se depuraba la orina que producíamos para obtener el agua que necesitábamos.

Sin conocimiento de causa, este hecho parece una nimiedad. Pero éramos trillones de trillones de humanos. Incluso más. Y cada ser humano produce una media de dos litros de orina. El cálculo era sencillo.

O no…

La solución pronto se convirtió en insuficiente. Y entonces pasamos a medidas más drásticas.

Es en este momento cuando yo hago acto de presencia, pues fui el ideólogo.

Como he dicho, el cuerpo humano está compuesto por un 70% de agua. ¿Necesito explicar más?

El procedimiento también era sencillo.

Algunos han oído hablar de los primigenios artilugios que dieron lugar a la tecnología. Licuadoras las llamaban. Y las utilizaban para extraer el jugo de las frutas, unos manjares que daba la naturaleza en forma de alimentos. Nosotros hicimos lo mismo. Pero a gran escala. Con nuestros muertos. Con sus cuerpos. Después, mediante procesos de filtrado y purificación, obteníamos ingentes cantidades de lo que anhelábamos, el agua que formaba parte de ellos.

Pero de nuevo, cómo no, pronto tuvimos que buscar otra solución.

La gente ya no moría. Al menos no por causas naturales. Y los pocos que lo hacían por accidente resultaron escasos. Así que ocurrió lo que resultó más obvio. Cacerías. De parias, mendigos y repudiados por la sociedad. Mundos enteros fueron exterminados en un intento de salvarnos, si tal cosa era posible ya…

El resultado fue el esperado. De nuevo los poderosos pisaron a los de abajo. El resto de la historia es bien conocida por todos.

En la actualidad, todo es distinto. Tan distinto que resulta igual. Ya no hay cacerías, si no rebaños. Mundos enteros que se utilizan como zona de pasto donde criar nuestro peculiar ganado. Otro muchos son grandes factorías donde purificar sus fluidos y obtener el agua. Ahora se comercializa en los supermercados digitales. Incluso existen de diferentes calidades y se celebran catas. Algunos pocos privilegiados se permiten el macabro lujo de tener pequeñas producciones ecológicas en casa, para su uso privado. La normalidad se ha adueñado de ello.

Un sin sentido.

Éste es el mundo que mi idea ha creado. Pero reniego de él. Repito, no pido perdón. Pero necesito aportar un nuevo grano de arena a esta sociedad. Unos pocos nos hemos unidos. Aquellos que hemos podido vislumbrar la crueldad de nuestro mundo. Y de nuevo hemos recurrido a la ciencia para obtener una solución. Quizás no hayamos aprendido y lo que estamos a punto de hacer traiga nuevos infortunios. Pero estamos dispuestos a arriesgarnos. Nuestra arma se introducirá en lo más profundo de nosotros mismos como si de un espino se tratara. Así se llama el proyecto. Espino. En recuerdo a ti.

Hemos creado un virus que introducirá en nuestro genoma dos componentes esenciales. El primero nos hará insensibles al elixir de la vida creado por la ciencia. Así, volveremos a tener una vida efímera. El segundo, volverá a un porcentaje de la población estéril, en un minúsculo intento por regular nuestra capacidad de procreación. Con el tiempo, nuestros cuerpos volverán fértiles las tierras que hemos yermado. Quizás nuestro mundo sucumba tal y como lo conocemos hoy en día, pero espero que este intento traiga prosperidad. No a nosotros, sino al universo.

He mentido al principio. Mis recuerdos no están nublados por mi ancianidad. Aunque sí tengo 135 años, todavía estoy en la flor de mi vida. Por eso lo recuerdo todo. Y es tal y como lo habéis leído.

Por eso todavía te recuerdo, aun con el tiempo transcurrido. Tenías razón después de todo. No supe verlo entonces. Pero sí ahora. Por eso hago esto.

Por ti.

Mi espino.

Anuncios

Acciones

Información

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: