Emociones

23 01 2020

Cuando ella se dio cuenta de que su hermano había parado, solo pudo preguntarle:

—¿Qué pasa? —y temió la respuesta que pudiera darle.

Él no contestó enseguida. Por contra, dirigió su mirada hacia un punto al que ella no alcanzaba a ver.

—Estamos solo —respondió al fin.

Y, entonces, comprendió. Su hermano tenía razón. Allí solo estaban ellos, nadie más. Un grupo de siete personas que hacía poco tiempo que se conocía. El resto del espacio había quedado vacío de gente, cuando lo normal era todo lo contrario, incluso a aquellas horas en las que el sol ya había abandonado el cielo. Y la razón era simple. Solo la presencia del hombre impedía que también ellos hubieran huido del lugar. Porque entonces pudo sentirlo bajo la capa del influjo de seguridad que irradiaba su hermano. El miedo.

Entonces, él comenzó a caminar hacia el lugar que no había dejado de escrutar desde que paró el ejercicio.

—¿Qué te pasa? —le preguntó alguien—. ¿Por qué paras? —pero el interpelado desoyó ambas preguntas.

—No dejes que nadie se acerque —ordenó, sin embargo, a su hermana.

Ella cambió su posición para contemplar hacia dónde se dirigía. Y, entonces, los vio. Eran tres, y rodeaban a una joven que nada entendía de lo que estaba a punto de ocurrir. A simple vista, parecían personas normales. Pero ella los conocía bien. Y no auguraba nada bueno de los sucesos del futuro inmediato.

Pero, ¿por qué?, se preguntaba. ¿A qué venía todo esto ahora? Y supo que el destino estaba a punto de hacer de las suyas de nuevo.

Cuando él se acercó al grupo de su interés, se quedó mirándolos. Ninguno se había percatado de su presencia. Pero la imagen era clara. Los tres individuos de aspecto normal estaban acosando a la muchacha, que nada sabía del peligro en que se encontraba. Ella se revolvía, muerta de terror, en un intento de escapar de ellos. Pero no podría hacerlo, no de aquellos seres.

Cuando el hombre tuvo bastante, lanzó una orden, aún a sabiendas de que no sería acatada. Como era de esperar, ninguno llegó si quiera a escucharla, dado el clímax de excitación en el que se encontraban. Entonces, con un rápido movimiento, cogió a uno de ellos por la parte trasera de la sudadera que vestía y lo lanzó por el aire hacia atrás, a varios metros de distancia de donde se encontraba.

Ahora sí, los dos que quedaban prestaron atención a su persona, sorprendidos por la interrupción. Pero, cuando se percataron de a quién tenían frente a ellos, soltaron a su presa mientras siseaban. Sus ambarinos ojos hacían contraste con la cenicienta piel que envolvía el rostro de ambos. Cuando volvieron a emitir ese gutural siseo, la imagen de sus dientes afilados y ennegrecidos no mejoró el aspecto que tenían.

—¡Déjanos en paz! —arguyeron—. Necesitamos alimentarnos.

—Las alcantarillas están llenas de ratas. Ahí tenéis vuestro alimento —sentenció sin alzar la voz.

Y la reacción que tuvieron los dos monstruos fue la esperada. Uno de ellos saltó hacia él mientras sus cuerdas vocales emitían el tan característico siseo. El hombre, por su parte, no se inmutó y solo levantó su brazo derecho, abriendo por completo la palma de su mano. Cuando la criatura impactó contra esta, salió disparada hacia atrás mientras chillaba de dolor. No pudo hacer nada más mientras su cuerpo se iba deshaciendo como si fuera ceniza de madera. El otro, por su parte, entendió el mensaje a la perfección y huyó corriendo. Pero él hombre no estaba dispuesto a dejarlo marchar ahora. Recurriendo a su magia, desapareció de donde se encontraba y apareció en medio de la trayectoria del otro. Este, por su parte, no llegó a percatarse hasta que él hombre puso su mano sobre su pecho. El resultado fue el mismo que el de su compinche.

Durante unos segundos, se quedó mirando los restos de polvo que quedaron en el suelo de piedra. Solo cuando su hermana lo llamó, volvió a la realidad del momento. Y lo hizo para percatarse que aquello todavía no había acabado. Ahora, el tercer engendro que quedaba en pie, el primero del que pensaba haberse deshecho, la tenía a ella. No a su hermana. Si no a ella.

La tenía abrazada contra sí mientras una de sus garras apretaba contra su cuello, justo en una de sus venas yugulares.

—No te acerques —le ordenó la criatura cuando el hombre comenzó a caminar hacia ellos.

Él no obedeció y siguió aproximándose.

—He dicho que no te acerques —repitió—. O ella muere.

El hombre paró esta vez. Pero hizo un ligero movimiento de giro con su muñeca.

La chica, atrapada todavía entre las garras de la criatura, pudo escuchar el crujido del cuello de esta cuando se rompió. Entonces, la presión sobre su cuerpo se relajó y el monstruo calló al suelo. Cuando bajó su rostro para contemplarlo, comprobó cómo este se estaba desintegrando de la misma forma que hicieran antes sus dos compañeros. Una vez hubo desapareció, torció su gesto para mirar a la persona que le había salvado, pero él también había caído al suelo. Durante un segundo, no supo qué hacer. Pero la angustia la invadió y salió disparada hacia él. No hubo dado ni dos pasos, cuando alguien retuvo su carrera. Cuando se giró, furiosa, se encontró con el rostro de la hermana del otro.

—No puedes hacer nada por él.

Ella no comprendió las palabras de la otra. Pero, entonces, el cuerpo del hombre empezó a difuminarse en el entorno, hasta que, finalmente, desapareció del todo.

—¿Qué… Qué ha pasado? ¿A dónde ha ido?

La interpelada no contestó. Por contra, recogió sus cosas y comenzó a caminar.

—Será mejor que vengas conmigo —le conminó a la otra. Pero ella no supo moverse—. ¡Rápido!

Entonces, sin saber cómo, comenzó a caminar hacia la mujer, justo después de recoger también ella todas sus pertenencias.

El resto de personas se quedó allí, sin saber qué hacer. Pero ellos no importaban.

· · ·

Iba a hacer una pregunta cuando la otra se adelantó.

—Está en casa —empezó sin siquiera mirarla—. Como siempre que ocurre lo mismo.

—Pero…

—No lo sabemos —no la dejó terminar y tampoco añadió nada más.

Tras unos minutos caminando aprisa y sin mirarse la una a la otra, volvió a hablar.

—A nosotros también nos pilló por sorpresa cuando el poder de mi hermano despertó.

—No lo entiendo —fue lo único que la otra pudo articular.

—Tampoco nosotros. Pero es así.

»Mira —continuó—, las cosas van a cambiar a partir de ahora para ti, así que es mejor que empieces a aceptar todo esto… Espera, no me interrumpas y escucha… el mundo no es como la mayoría cree. Todos los cuentos que has oído, todos los mitos y leyendas, son reales. Junto a nosotros, conviven un sinfín de criaturas que, hasta ahora, solo pensabas que existían en el imaginario colectivo. Pero no es así. Y, como todo en este mundo, algunas de esas criaturas son buenas y otras son malas. Las que has visto hoy son de estas últimas. Chupasangre los llamamos. Vampiros, si los prefieres. Pero olvida todo lo que sabes. Sobre todo la versión romántica del vampiro que ha llegado a nuestros días. Son crueles y nos odian. Odian nuestros sentimientos y nuestras emociones. Pero, a la vez, dependen de ellas para sobrevivir. Se alimentan de nuestra sangre para poder acceder a ellas y sentirse, por un segundo, humanos. El problema es que cada vez que lo hacen, acaban con la vida de alguien. Eso es lo que iba a pasarle a la niña esa.

»No sé si te percataste que estábamos solos allí, cuando lo normal es que hubiera un montón de gente paseando por el lugar. Eso es porque, en el fuero más profundo de nosotros, todavía no hemos olvidado del todo este mágico mundo. Cada vez que evitas cruzarte con una persona, cada vez que decides no entrar en una calleja oscura, es porque tu instinto más primario está avisándote de un peligro que no puedes comprender. Eso es lo que ha pasado hace un momento. En una situación normal, también nosotros hubiésemos huido de allí sin saber por qué. La diferencia es que estaba mi hermano. Su influjo nos protegió. Él es una de las pocas criaturas benevolentes que todavía quedan en el mundo, y su misión es proteger al resto.

»Sé lo que estás pensando. Él es todo lo humano que puede ser. Igual que tú e igual que yo. Pero algo en él lo hace especial. Nadie comprende aún cómo ocurre. Pero lo cierto es lo que te estoy diciendo. Estos humanos especiales se encargan de instruir a los que acaban de descubrir sus poderes, para que el equilibrio se mantenga.

»El equilibrio… Es una cruel paradoja. Mi hermano tiene un vasto poder entre sus manos. Pero este solo se manifiesta cuando es necesario, en situaciones como la de hoy. Imagina qué podría hacer alguien con tanto poder. Por eso, su magia se autocontrola a sí misma. Y solo en situaciones de peligro despiertan sus facultades. Cuando el peligro pasa, estas vuelven a desaparecer. Pero la magia consume su cuerpo y su mente hasta límites insospechados. Y cada vez que hace uso de ella, cae en un sopor reparador. Lo cual es también otra extraña paradoja, pues es el momento más vulnerable para él. Pero la magia no lo abandona del todo, sino que, antes de desaparecer, lo devuelve al sitio más seguro para él, su hogar, para que recupere fuerzas. Ahora está en casa, en su habitación, durmiendo en su cama. Solo hay un problema. Cada vez que hace uso de sus poderes, tarda más en despertar. Hasta que un día ya no lo haga —terminó en un débil susurro.

Quedaron en silencio. La otra mujer no supo que contestar a toda esta historia. No podía creerla, salvo por el hecho que algo le decía en su interior que todo era cierto.

—¿Y yo? ¿Qué pinto en todo esto? —se atrevió a preguntar al fin, sobre todo por las palabras de la otra al principio de la historia.

Por un momento, la primera mujer no escuchó a la otra, como si estuviera sumida en sus propios pensamientos. Incluso, cuando se giró para mirarla, parecía que acabara de percatarse que esta la acompañaba.

—Piensa un poco —retomó la conversación al fin—. Cuando mi hermano atacó al primer chupasangre, este cayó lejos de ti, mucho más cerca de cualquiera de nosotros. Pero él fue directo a por ti, olvidándose del resto. Eres su debilidad, y ellos lo perciben… Sí, lo sé. Me contó lo que hablasteis. Tú no lo amas. Pero eso no oculta el hecho de que él a ti sí. A partir de ahora estarás en peligro por esto mismo… Créeme, si él pudiera evitar que así fuera, lo haría. Pero ya te habrás dado cuenta que nadie controla mucho en esto de la magia.

Y con aquel repentino silencio, abrió la puerta de su vivienda. La otra mujer ni se dio cuenta a dónde la llevaban hasta que llegaron allí. Entraron en los aposentos de su hermano, donde las dos comprobaron que él se encontraba bien. O todo lo bien que podía estar ahora.

—Ven, te curaré eso —le dijo mientras le señalaba en el cuello, donde el chupasangre la había amenazado con una de sus garras. Ni siquiera se había percatado que estaba herida.

Cuando terminó de limpiarle la herida y tapársela, la llevó a otra estancia de la vivienda.

—Tienes que aprender a defenderte, pues él no estará siempre cerca para hacerlo por ti —y, con aquellas palabras, abrió un cajón de una cómoda y extrajo un pequeño puñal de doble filo y manufactura delicada. Se lo tendió para que lo cogiera, pero la otra no se atrevió a hacerlo—. Vamos, cógelo.

Ante la orden, estiró su mano hacia él. Cuando lo sostuvo en su poder, el cuchillo comenzó a brillar. Al cabo de unos segundos, este había desaparecido. Pero la mujer sabía muy bien a dónde había ido, pues lo sentía dentro de ella.

—Es un puñal mágico. Embebido con la sangre de mi hermano. Gracias a esto, quien lo empuñe puede deshacerse de cualquier criatura como lo haría él. Pero no puede utilizarlo todo el mundo. Solo aquellos que han unido su destino a mi hermano.

»Sí, para bien o para mal, ahora formáis el uno parte del otro. No es culpa tuya —la tranquilizó cuando vio el gesto de su semblante—. Ni de él tampoco. Fue el chupasangre el que ligó vuestros destinos cuando cometió el error de atacarte. Por eso el cuchillo ha pasado a formar parte de ti. Si no estuvieseis unidos, el puñal no te hubiera aceptado.

»A mí tampoco me gusta. No por ti. Me importa un bledo lo que te ocurra. Si no por él. Como te he dicho, eres su debilidad. Aunque él no sea la tuya.

Y calló. La otra tampoco replicó.

—Tendrás que aprender a llamarlo —la interpelada no entendió—. No puedo ayudarte en esto. Tendrás que buscar tú el motivo para que acuda a ti cuando lo necesites. Y hazlo rápido. No vas a salir de aquí hasta que lo consigas.

Y con aquella última sentencia, salió de la habitación cerrando la puerta tras ella.

· · ·

Volvió a entrar en la habitación pasadas unas horas. Llevaba consigo una bandeja con un poco de comida y agua. Pero se sorprendió al encontrar a la mujer totalmente concentrada, sentada en el suelo en posición de loto. Solo cuando esta lanzó un exabrupto, se dio cuenta de que ella había entrado.

Se miraron. Pero ninguna de las dos dijo nada. Parecía que la sinceridad que había mostrado la primera había levantado una barrera entre ambas que ahora parecía insalvable. No le importó. Así que dejó la bandeja encima de la cómoda, y salió de la habitación sin mediar palabra alguna.

Tras un par de horas más, volvió a entrar en la estancia, esta vez para recoger la bandeja. Se encontró con que la mujer estaba en la misma posición en la que la había dejado. La comida no la había tocado.

—No lo estás enfocando bien —la interrumpió al fin.

La otra mujer abrió los ojos.

—Tienes que encontrar algo que le dé un motivo al cuchillo para acudir en tu ayuda…

—¿Y cómo hago eso? —preguntó en tono brusco, resultado de su desesperación—. Ni siquiera entiendo la mayoría de cosas que me has explicado.

—No lo sé —dijo la primera—. Mira —retomó cuando la otra torció el gesto—, la magia, en el fondo, trata de las emociones. Los chupasangre atacaron a la chica porque querían sentir por un segundo sus emociones. La magia de mi hermano despertó por su necesidad de proteger a los demás. Y se hizo más fuerte cuando tú estuviste en peligro. Ni siquiera necesitó tocar a la criatura como sí ocurrió con el resto. Cuando hablo de motivo, me refiero a una emoción que te dé un motivo para protegerte a ti misma.

»Me voy a arrepentir de esto —sentenció tras unos segundos de silencio—, pero voy a ayudarte.

Pasaron las siguientes horas en compañía. Una, apretando a la otra, forzándola todo lo que podía. La otra, lanzando improperios cada vez que fallaba, y sintiendo, cada vez más, el agotamiento que embriagaba su cuerpo.

De pronto, tras una breve discusión por parte ambas, la puerta de la habitación se abrió. Las dos se quedaron contemplando la figura del hombre, que se encontraba en un estado algo deprimente.

—¿Cómo… Cómo has despertado tan pronto? —pregunto, sorprendida, su hermana.

—Déjame a solas con ella —dijo él, por contra.

Ella fue a discutirle, pero, al final, cedió ante la demanda del hombre. Cuando la mujer salió de la habitación, ella y él se quedaron mirándose el uno al otro. El rostro del hombre mostraba tristeza. El de ella… no supo interpretarlo.

—Vamos a intentarlo una vez más —le conminó él.

Ella asintió con la cabeza.

Los dos se sentaron en la misma posición, la que ella había utilizado en todo momento. Y cerraron los ojos.

—Busca dentro de ti…

—¿El qué?

—La emoción que necesitas.

—Pero no sé cuál es.

—Sí lo sabes.

—No…

—Recuerda nuestra conversación. Lo que hablamos. Lo que nos dijimos. Y ahora imagina la posibilidad.

—¿Qué posibilidad?

Lo que recibió por respuesta fue que el hombre puso las manos de ella sobre las de él.

Y, entonces, lo sintió. La emoción que estaba buscando. Cuando abrió los ojos, el puñal se encontraba en su mano derecha.

Él la miró una vez más. Y ella hizo lo propio. Las palabras sobraron.

Entonces, él terminó el contacto, se levantó y salió de la habitación. Cuando lo hizo, el puñal volvió a desaparecer de la mano de la mujer.

Cuando él se cruzó con su hermana, ella solo le dijo:

—Yo no quería esto.

—Yo tampoco —le contestó, mientras volvía a fijar su mirada en la figura de la mujer sentada en el suelo.

Ella, por su parte, se la aguantó al principio, pero acabó bajando su rostro. No era necesario decir nada más, así que el hombre terminó de marcharse.


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