Miradas

18 08 2018

-¿Qué hacen ellos aquí? -preguntó la mujer con un gesto de desacuerdo.

-Es el lugar más seguro, Marta. Ya deberías saberlo -sentenció Julián. El tono en sus palabras era un desdén hacia ella, a lo que implicaba su pregunta.

Con ellos, la mujer se refería a las personas que habían acompañado al hombre durante los últimos días. Y con aquí, a la iglesia del pueblo, un pequeño templo medieval que ahora albergaba a todos los vecinos de la zona, reunidos en un momento de necesidad.

Ambos se miraron, evaluando las posibilidades de continuar aquel enfrentamiento. Pero ninguno de los dos fue capaz de añadir nada más. Aun así, ninguno apartó los ojos del otro. Los de la mujer, azules y brillantes, se cerraban en un gesto de peligro que no consiguió amedrentar al otro. Los del hombre, pardos y cansados de aquel juego, le sonreían con picardía, pero no por eso dejaban de ser menos peligrosos.

-Deberíamos continuar -añadió el hombre.

La mujer lo miró un segundo más que se hizo eterno, pero al final apartó su rostro y volvió a su posición inicial, el centro del altar mayor de la iglesia, justo delante de él.

-La Campana ha hablado -pronunció con voz firme.

Aquella sentencia desvió la atención de la pequeña trifulca anterior hacia lo que en verdad importaba ahora. Un coro de murmullos invadió el lugar mientras cada uno hablaba con aquellos que tenía al lado. La mujer tardó unos segundos en acallarlos, pero cuando lo logró, lanzó la cuestión que no quería pronunciar, pues sabía sus consecuencias:

-Tenemos que tomar una decisión -y la marabunta de conversaciones se extendió por todo el recinto.

Todos, sin excepción a nadie, comenzaron a hablar en voz alta, intentando imponer su criterio sobre el resto. Sólo Julián y sus acompañantes permanecieron en silencio, igual que Marta. Ella giró el rostro hacia él. Sus miradas volvieron a cruzarse, pero esta vez el gesto de ambos fue diferente. Los dos sabían que aquello pasaría desde que la Campana rompió la quietud de la última noche con su tañido.

Aquel repiqueteo que había acabado con el periodo de descanso de todos, sólo podía significar una cosa: el portal se había abierto. Y sería cuestión de tiempo que los demonios cruzasen a este plano de existencia. Pero había una forma de detenerlos, un método que ellos conocían muy bien. Aunque ninguno se atreviera a exponerlo en voz alta.

Marta intentó recuperar el control de la estancia de nuevo. Pero ninguno de los asistentes prestaba atención a la mujer, que quería acallar las voces predominantes. De pronto, un fortuito estruendo provocó que todos cesasen en su parloteo sin sentido. El origen del ruido provenía de un lateral de la nave central, donde debería haber una fila de enormes candelabros de metal en pie y que ahora se encontraban tirados en el suelo. Junto a ellos estaba Julián, que se había separado de sus acompañantes y había provocado la caída de los ciriales, tras golpearlos a propósito.

-Bien -sentenció mientras se sacudía las manos-. Ahora que he captado vuestra atención -continuó mientras se dirigía al altar principal y se colocaba junto a Marta-, espero que todos nos comportemos como personas civilizadas y dejemos de interrumpir de forma continuada.

-¿Y qué propones tú que hagamos? -se atrevió a preguntar alguien situado hacia el fondo de la estancia.

Julián no pudo detectar a la persona que había lanzado la pregunta, pero su gesto se torció en una sonrisa sarcástica. Todos allí sabían cuál sería el siguiente movimiento a realizar, pero nadie tenía el valor para decirlo en voz alta. Después de todo, temían aquel hecho y lo que implicaba.

-Es obvio, ¿no? -contestó sin cambiar su sarcástico gesto.

Un movimiento a su lado atrajo momentáneamente su atención, pero no permitió que nadie se diera cuenta de ello. Marta había reaccionado a sus palabras, tal y como había esperado. Después de todo, ella también conocía los pasos a seguir. Y parecía que el mismo temor que embriagaba al resto de asistentes, corría por su cuerpo.

Ahora sí, el silencio se adueñó de toda la sala principal. Y aquella repentina quietud crispaba los nervios. El hombre podía sentir cada respiración de los presentes, cada latido de sus corazones.

-¿Lo… harás…? -se atrevió a preguntar alguien, de nuevo desde el fondo de la estancia.

En esta ocasión, con todo el silencio emborrachando la sala, Julián adivinó de dónde venían aquellas dos únicas palabras pronunciadas con temor. Pero no le importó, no esta vez, pues su atención estaba puesta en lo que implicaban hacia su persona.

-¡No! -susurró Marta junto a él. Sin embargo, esta vez sí pudo escucharse su exclamación, pero nadie se atrevió a decir nada más.

Julián se giró hacia ella, y de nuevo sus miradas se cruzaron. Pero a diferencia de hacía unos instantes, ahora no había ni rastro de enfrentamiento en los ojos de ambos. Y el pasado hizo aparición en sus respectivas memorias, que funcionaban como una sola en aquel preciso momento. Recuerdos de una vida anterior, una vida juntos, los invadió como si se trataran de un torrente desbordado.

-Sabes que no hay otro camino posible -le dijo él mientras rozaba la punta de sus dedos con su mano. Aquel contacto fue eléctrico, y como tal, ambas manos se separaron fortuitamente, como si hubieran recibido una descarga.

-Hacer, ¿qué? -preguntó otra voz, rompiendo aquel extraño hechizo entre ambos.

Los dos terminaron separándose como respuesta a la pregunta, aunque lo hicieron de forma lenta, como si algo muy pesado lo impidiera. Julián buscó el origen de la voz, que reconoció en cuanto las palabras fueron pronunciadas.

-Marta, prepáralo todo -ordenó con una voz firme que todos pudieron escuchar en la iglesia-. Creo que les debo un par de explicaciones.

Julián se acercó a sus acompañantes, pero sólo prestó atención a una persona, la que había realizado la pregunta.

Blanca.

Si a alguien debía una explicación era a ella y a nadie más.

En realidad, todavía no sabía qué le había conminado a llevar allí a sus amigos. En verdad, la iglesia era el lugar más seguro de la faz de la tierra en aquel preciso instante. Pero a la vez, también era una prisión. El edificio santo era un puente entre dos mundos, con una existencia paralela en ambos. Podía decirse que estaba allí y aquí a la vez, pero inmáculo en cualquiera de los dos planos. Allí era un mundo paralelo, de igual prestaciones que el suyo, pero cuyos habitantes lejos estaban de asemejarse a los humanos. Las diferentes mitologías y religiones les habían puesto muchos nombres. Pero sólo uno de los que se recordaban en la actualidad podía acercarse a su naturaleza destructiva. Demonios los llamaban, aunque en nada se parecían a esas burdas recreaciones fantasiosas de hombrecillos de piel roja, cuernos y cola, armados con tridentes.

Cuando los dos planos se comunicaban, la puerta del templo hacía de nexo de unión, facilitando el paso de un mundo al otro. Pero la iglesia quedaba como terreno neutral, y los demonios nunca podrían poner un pie en ella. No obstante, mientras el portal estuviese activado, nadie podía entrar ni salir de ella. Así que sí, las personas que se encontraban dentro en aquel momento estaban a salvo del próximo ataque de los demonios, pero no podrían moverse de allí.

Todo esto y mucho más les explicó Julián. O más bien le explicó a Blanca, la única de allí que en verdad le importaba. Y ellos asistieron mudos a su monólogo, incrédulos ante las palabras que estaban escuchando. No obstante, algo en la atmósfera de todo lo que habían presenciado, como si pudieran oler el miedo y la verdad en el resto de personas presentes en aquella nave, les impidió negar cada palabra de su amigo.

Cuando acabó, Julián tomó a Blanca de la mano y la conminó a seguirle. Ella, por su parte, no ofreció resistencia alguna. Subieron unos pocos escalones y entraron en una pequeña capilla lateral situada a la izquierda del altar mayor. Cuando la mujer cruzó las puertas que la guardaban, sus ojos se quedaron prendidos por lo que estaban observando. Ante ella se abría una minúscula estancia donde no cabrían más de veinte personas. Las paredes, desde el suelo hasta el techo, estaban completamente talladas con diseños de ángeles y querubines en diferentes poses, envueltos y circundados por innumerables motivos florales. Estos relieves estaban pintados en blanco y semejaban las antiguas paredes de cal de antaño. El fondo, por contra, estaba pintado en un magnífico cían que asemejaba ser el inmaculado cielo. Todo el recinto era un bello cuadro intrincado que simulaba un hipotético paraíso celestial.

Julián la enfrentó a él y la contempló. Como siempre, se recreó en su rostro estilizado. Pero lo que la atraía en especial de ella era el rojo de su pelo. Se entretuvo jugando con uno de sus mechones, que caía sobre la cara de la mujer.

De pronto, sintió temor por las palabras que estaba a punto de pronunciar. Por lo que implicaban, tanto para él como para todos. No todos en realidad, sino todos sus todos, que tampoco eran tantos. Pero sí suficientes para sentir miedo en aquel momento.

-Recuerda que, pase lo que pase, siempre encontraré el camino para llegar hasta ti… pero no dudes en ayudarme un poquito si crees que fuera necesario… -y la besó en la mejilla.

Junto con aquellas palabras, depositó sobre su mano un extraño amuleto. Pero no era nada más que un minúsculo pedazo de vidrio erosionado por alguna marea lejana, que colgaba de un cordón de cáñamo.

-Yo… -empezó la mujer, pero algo en su voz hizo que ésta se le quebrara. Cuando encontró la fuerza necesaria, continuó-. No puedo aceptarlo… Es tuyo.

-Y ahora es tuyo -respondió el-. Al menos hasta que regrese. Quiero que me lo guardes hasta entonces.

Blanca asintió, pero no fue capaz de añadir nada más.

Durante un segundo, por la cabeza de Julián pasó el fugaz pensamiento de besarla otra vez, pero en esta ocasión en los labios, incluso hizo el gesto de acercarse a ella. Pero aquel acto no habría sido justo para ella, sobre todo con lo que podría depararles el futuro a ambos.

Aquel momento se rompió cuando tras ellos apareció Marta.

-Todo está dispuesto, Julián -y le miró, pero no pudo aguantar el contacto visual nada más que unos segundos, apartando su rostro enseguida.

Blanca salió de la pequeña capilla, escondiendo en su puño el pequeño amuleto que acababa de recibir, y se quedaron solos ellos dos.

-Sabes que no hay otra forma- sentenció el hombre ante la pesadumbre que mostraba su acompañante.

-Lo sé -dijo al fin ella-. Pero, aun así… -aunque no acabó la frase.

Julián tampoco añadió nada más.

Se volvieron a mirar, como lo hicieron en el pasado, con todo lo que eso implicaba. Y aquel gesto dijo mucho más de lo que habrían hecho las palabras. Asintieron a la vez y se dirigieron juntos hacia el final de la sala. Allí, bajo la figura del dios de aquel templo, un pequeño baúl descansaba sobre el suelo del pequeño altar. Marta extrajo una pequeña llave de hierro que llevaba colgada al cuello, y con ella abrió la cerradura del cofre. Los engranajes chirriaron, signo del tiempo que había pasado sin que fueran puestos en funcionamiento. Incluso la tapa, cuando se abrió, produjo un ligero sonido de succión, como si hubiera estado cerrada al vacío durante innumerables siglos. El pequeño arcón se encontraba prácticamente vació, salvo por una pizca de extraños polvos dorados amontonados en un rincón.

-¿Habrá suficiente? -preguntó la mujer.

-Sí -sentenció Julián mientras asentía con el rostro-. Pero tendremos que hacernos con más. Sólo como precaución.

Marta volvió a mirarlo y sus ojos se cruzaron de nuevo. Ninguno sabía cuántas veces habían caído presos de sus respectivas miradas. Incluso con el paso del tiempo, aquel gesto aún les afectaba, después de todo lo que habían vivido juntos.

-Nadie queda ya para recordar cómo fabricarlo… -suspiró.

-Salvo nosotros -le respondió él, sonriéndole.

Ella le devolvió el gesto, pero fue sólo un segundo.

Cuando Julián tuvo en su poder aquella extraña sustancia, los dos abandonaron la capilla.

Entraron en la sala principal de la iglesia, donde les esperaban todos los habitantes de la pequeña villa. Todas las miradas se posaron al instante sobre ellos, pero nadie tuvo el valor suficiente para decir nada. Comenzaron a cruzar la estancia en dirección a una antigua puerta de madera de una sola hoja situada en el fondo de la sala.

Por un momento, mientras caminaban bajo el escrutinio de todos los asistentes, el hombre tuvo la tentación de coger la mano de su acompañante. Pero aquel gesto no habría sido justo para nadie, ni para la gente de su pasado, ni para la de su presente. Cuando se paró frente al portón, el momento de debilidad había pasado. Empujó la hoja de madera con fuerza, y de nuevo un chirrido envolvió el lugar. Allí todo era antiguo, y aquellos sonidos les recordaban a todos los fantasmas de un tiempo pretérito que se volvía realidad de nuevo. Pero no quedaba otro camino a seguir.

Tras la puerta se escondía una pequeña pila de piedra labrada. En su interior había un líquido que parecía agua. En realidad, ni el propio Julián conocía su naturaleza, pues la pila nunca se vaciaba ni se llenaba. Aquel extraño líquido había estado allí desde que tenía memoria. Más concretamente, desde que sus antepasados tenían memoria. El líquido se mostraba imperturbable al paso del tiempo, ajeno al caminar de las horas. Nunca se evaporaba. Tampoco nadie había conseguido vaciar la pila ni llenarla más de lo que estaba. Así que, como con tantas otras cosas, se limitaron a aprender lo que debían hacer y a rezar porque las enseñanzas estuvieran en lo cierto.

Sólo Marta y Julián entraron en la minúscula habitación. Allí, el hombre vertió una pizca de los polvos que acababa de recoger hacía unos instantes, y guardó el resto en una bolsita de cuero. Nada más los granos de arena se sumergieron en el líquido, éstos se iluminaron. Cuanto tocaron el fondo, también la pila de piedra empezó a iluminarse, irradiando una blanquecina luz entre todas sus rendijas. Ésta fue extendiéndose por toda su superficie, infectando también el suelo en el que estaba aposentada. La luz continuó su caminar por toda la habitación, surcando a través de las grietas de cada superficie con la que hacía contacto. Salió de ella y continuó por todo el templo, envolviendo cada rincón del recinto. Sólo una parte del edificio quedó sin iluminarse, las grandes puertas que daban acceso a la iglesia.

Frente a ellas se encontraba ahora la pareja, que habían llegado allí siguiendo el lento deambular de la luz.

-Sabes lo que tienes que hacer, ¿no? -preguntó el hombre tras un suspiro.

-Sí. Ir contigo.

Aquella afirmación por parte de Marta pilló totalmente desprevenido a Julián. Giró su rostro buscando el de ella, incrédulo ante aquellas palabras.

-No pienso dejarte solo -le dijo, antes de que él encontrara alguna replica para impedirle acompañarlo-. He dado las instrucciones correctas a mi hermana. Ella obrará según lo dispuesto.

Después de aquello, la mujer sí se atrevió a hacer lo que el hombre no hacía un momento. Entrelazar su mano con la de él. Aquel contacto produjo una descarga de sentimientos y recuerdos de otro tiempo. De nuevo, los dos se miraron, sumergiéndose uno en la mirada del otro.

-¿Estás listo? -preguntó ella al fin, rompiendo la magia de aquel exiguo gesto.

Él asintió, pues no encontró el valor para pronunciar palabra alguna. Si lo hubiera intentado, su voz le habría traicionado con total seguridad.

Así, con las manos todavía cogidas, Marta realizó una pequeña incisión con una navaja en la palma de Julián. Volvieron a mirarse, con miedo, como no podía ser de otra forma, y los dos acercaron sus manos a las puertas metálicas del templo. Cuando la sangre del hombre manchó una de las hojas, la extraña luz que se había dibujado por todo el edificio penetró en ellas al fin. En el momento en que el fulgor invadió toda la superficie, las puertas se abrieron un minúsculo centímetro con un sonido de succión. La pareja terminó de abrirlas, lo justo para que cupiesen ellos dos, y las cerraron con premura cuando terminaron de atravesarlas.

Cruzar las puertas había sido la parte fácil. A partir de ahora, todo se tornaba ceniciento. Literalmente.

El paisaje que se encontraron frente a ellos les resultaba familiar. Tanto, que en realidad estaban contemplando una imagen tergiversada de lo que era el entorno a la iglesia. Su visión era la esperada, con la plaza del pueblo circundada por las diferentes viviendas que allí se asentaban. Pero todo era diferente en cierto modo. Las casas estaban semiderruidas. La vegetación que adornaba el lugar, marchita. Y todo el ambiente se veía inundado por un extraño polvo en suspensión, como si se tratara de ceniza proviniendo de un incendio no muy lejano.

En realidad, lo que sus ojos veían era una réplica exacta del mundo que habían dejado atrás, pero corrompido por la maldad que allí habitaba. Aquel mundo era una fotocopia mal hecha, poco más que un reflejo cinéreo en un espejo roto. En definitiva, la morada de los demonios.

-Debemos irnos de aquí -ordenó Julián-. Podemos tener compañía en cualquier momento.

Marta no opuso objeción a la advertencia de su amigo, así que encaminaron sus pasos hacia el único sitio que podían, frente a ellos, hacia el interior del distorsionado pueblo. Durante el discurrir por las diferentes callejas que formaban la villa, ninguno de los dos dejó de escrutar su entorno, temerosos de toparse con cualquier contratiempo en cada rincón. Pero allí parecía no haber nadie, todo estaba vacío de cualquier sonido. Sin embargo, no por eso estaban a salvo de los diversos peligros que poblaban el entorno. Aquel lugar era una trampa mortal en sí mismo. Y ninguno de los dos había tenido la necesidad de deambular por allí en el pasado. De hecho, todos los pasos que habían dado, y que se verían obligados a dar en el inmediato futuro, los hacían de memoria, en recuerdo de las enseñanzas que les habían transmitido sus antepasados, como hicieron con ellos otros tantos antaño.

No obstante, dada la similitud entre los dos mundos, y de acuerdo con el adiestramiento que habían recibido, sabían muy bien hacia dónde debían dirigirse. Su marcha les llevó hacia las afuera del pueblo, internándose en lo profundo del bosque. Siguieron veredas y caminos que en realidad conocían, pero que en aquel entorno no eran seguras, ya no sólo por los habitantes que allí vivían. El paisaje parecía tener vida propia, y su único cometido era dificultar la tarea de ambos. El ramaje de los árboles, carente de ningún rastro de vida, parecía interponerse en su camino cada vez que ellos desviaban la mirada. Igual pasaba con cada piedra del suelo. En un momento, el paso estaba libre y, al otro, trastabillaban con una roca que antes no había estado allí. Y el silencio, la ausencia absoluta de cualquier sonido, embotaba los oídos de tal forma que ambos temían producir el más leve murmullo, por temor a que sus tímpanos estallasen. Además, la temperatura del lugar era extraña. Hacía un calor abrasador, como si estuvieran en un inmenso horno, pero al instante se volvía un viento helado que producía innumerables estremecimientos en sus cuerpos. Un recorrido que tendría que haber durado poco más de media hora, les llevó dos largas horas.

Cansados y exhaustos, con innumerables magulladuras en sus brazos y jirones en su ropa, al fin llegaron a su destino. Frente a ellos, una emanación de agua a través de la roca era lo único destacable del lugar. En su mundo, esa agua habría sido clara y cristalina, una fuente de frescura para cualquiera que la probase. Pero allí, en el mundo de los demonios, aquel gesto estaba totalmente descartado. El fluido poseía un color extraño, herrumbroso, y de él emanaba un fétido aroma, como a huevos podridos.

Marta intentó avanzar hacia la fuente, pero Julián la retuvo con un gesto.

-Espera… -le ordenó. Y, aunque aquella palabra fue pronunciada en un susurro, el entorno la amplificó decenas de veces, produciendo un eco sombrío.

Los dos amigos se sobresaltaron. Permanecieron en silencio unos segundos, escrutando el entorno y deseando que aquel pequeño desliz no delatase su presencia allí. Pero su esperanza fue vana cuando detectaron un ligero movimiento a su izquierda. A su lado, sólo a unos pocos pasos de distancia, había aparecido una extraña figura, enjuta y deforme y de un color broncíneo sucio. El engendro parecía sonreír ante un chiste que sólo él entendía.

-¡Ja, ja, ja! -aquella extraña carcajada, más un lamento que una expresión de júbilo, no se transmitió a través del aire, sino que se reprodujo directamente en las mentes de la pareja-. Habéis caído en nuestra trampa -y volvió a producir aquel extraño sonido de risotada.

Tras aquel gesto, saltó hacia los dos jóvenes, con las garras que tenía por manos en posición de ataque. Julián reaccionó con premura y sacó de su bolsillo la pequeña bolsa de cuero en la que había metido los extraños polvos que había recogido en la iglesia. En el transcurso en el que el demonio volaba por el aire en dirección a ellos, le dio tiempo a abrirla, extraer parte de su contenido y, con un fuerte soplido, lanzárselo a su atacante. Para sorpresa de ambos, los polvos se convirtieron en fuego cuando abandonaron su palma extendida, formando un haz de llamas que alcanzó aquella apariencia de feto deforme. El demonio cayó al suelo envuelto en llamas. Con sus movimientos intentó, en vano, zafarse de aquel fuego mágico. Pero su lucha fue inútil y, tras unos interminables minutos, el cuerpo quedó inerte sobre la roca que pisaban.

La pareja se miró, asustada. La cara de ambos parecía decir lo mismo. Después de todo, las enseñanzas a las que se habían sometido parecían ser ciertas. Tras unos segundos para paliar su nerviosismo, ambos se acercaron a la fuente. Marta volvió a extraer la navaja con la que había cortado a Julián horas atrás. Éste, por su parte, extrajo más polvo de la bolsita de cuero, la cantidad justa que le cabía en su puño. Ella acercó la afilada hoja a su mano y produjo una nueva incisión. El fluido vital empapó aquella mágica sustancia. Cuando dejó de manar, Julián la dejó caer sobre el agua que manaba de la roca. De forma inesperada, el extraño polvo se comportó como tal, como si nunca hubiera sido mojado con nada. Cuando entró en contacto con el ponzoñoso caldo, éste se iluminó un efímero segundo. Y durante ese breve instante de tiempo, pareció clarificarse un poco.

-Ya está -dijo el joven mediante señas con sus manos.

-Deberíamos irnos antes de que vuelvan más -sentenció ella de la misma forma mientras asentía con su cabeza.

-¡Espera! -le conminó él. Ninguno se atrevió a pronunciar palabra de nuevo, por ese motivo usaban aquel lenguaje gesticular con sus manos-. Necesitamos su corazón… Para hacer más polvos -y extendió su mano sana.

Marta le pasó la navaja y el joven gastó un tiempo valiosísimo en despellejar el cuerpo de la criatura y extraer el extraño órgano que tenía por motor de su cuerpo. Con aquella tarea completa, ambos se dispusieron a marcharse, pero Julián detuvo a su compañera cuando ésta iniciaba el retorno por el mismo camino que habían llegado hasta allí.

-No -le dijo él con la cabeza, y la conminó en dirección contraria.

La chica se extrañó por aquel gesto, pero siguió a su compañero.

• • •

Justo después de que la pareja traspasara las puertas de la iglesia, éstas dejaron de iluminarse. Aquello provocó un murmullo creciente por parte de todos. En realidad, nadie de los presentes había estado en una situación igual a la actual, pero todos los habitantes del lugar conocían el proceder de lo que ahora acontecía. Y que las puertas perdieran su luminiscencia no era una ellas. Así que hicieron lo única que sabían hacer, buscar el mando de la persona que ahora ostentaba ese cargo.

Nuria, la hermana de Marta, tampoco entendía cómo podía estar pasando aquello. Y su desconocimiento no ayudó a que el resto se calmara. Si la iglesia era una prisión en sí misma para todos los que estaban allí, ahora lo era más, pues las puertas no podían abrirse ni hacia un mundo ni hacia otro. Pero aquella duda quedó relegada a un segundo plano pasados unos minutos, pues, de forma repentina, alguien intentó abrir el portón de madera desde el exterior. Pero la hoja no se movió, sólo produjo una leve vibración en el marco. Después de aquello, unos segundos interminables trascurrieron antes de que todos volvieran a asustarse. Ahora, alguien golpeaba la madera de forma insistente. Pero ninguna de las dos hojas mostró su intención de abrirse, sólo temblaban entre el marco que estaba encajado.

-¿Y si son ellos? -preguntó alguien entre el gentío.

Nuria ya había sopesado aquella idea. Pero era imposible. Julián tenía la llave para abrir aquellas puertas. Si fueran él y su hermana, ambos la habrían traspasado sin ningún impedimento. Por tanto, sólo quedaba una posibilidad.

Pasados unos segundos de incertidumbre y ante la insistencia de quien estuviera fuera, Blanca, la amiga de Julián, se adelantó a todos. Muchos murmuraron, incluso alguno retrocedió ante su paso. Nuria, por su parte, la dejó hacer cuando pasó a su lado, pues conocía el desenlace de aquella acción vana.

La muchacha alargó los brazos con premura, casi con insistencia. Pero cuando estiró de las dos hojas de madera, éstas no cedieron ni un solo milímetro. El paso estaba prohibido y nada conseguiría abrirlas. La joven insistió, y sólo cuando alguien al otro lado hizo lo propio, se apartó asustada. No obstante, volvió a intentarlo de forma inmediata.

-¡Julián! -gritó, una y otra vez. Pero nadie le respondió al otro lado. Sólo cuando Nuria se acercó a ella y la conminó a cejar en su empeño, la chica se dio por vencida.

La mujer la alejó del grupo de gente, en un intento de calmarla. Sólo al cabo de unos minutos, Blanca se dio cuenta que se encontraban en la pequeña capilla donde la había llevado Julián hacía ya lo que parecía una eternidad.

-¿Por qué no se abre la puerta? Preguntó la joven a su acompañante.

-No lo sé -respondió Nuria-. Según lo que hemos aprendido, la puerta no puede cerrarse cuando los dos mundos están comunicados. Cualquiera que intentase cruzarla aparecería en el mundo espejo al que estuviera vinculado en ese momento -Blanca no pareció entender lo que la otra intentaba explicarle-. La puerta -retomó Nuria-, enlaza los dos mundos, como si fuera un portal entre ambos. Aquí estamos a salvo. De hecho, si quien esté fuera hubiera intentado abrirla, habría entrado en nuestra realidad, no en la iglesia. Sólo con la llave se puede volver al templo. Ese artilugio mágico es tan necesario como el rito que ha tenido lugar hace unos segundos. Sin ella, es imposible cruzar las puertas. Y mientras la llave se encuentre en uno de los dos mundos y la puerta permanezca abierta, puede cruzarse de uno a otro. Pero no ha sido el caso, lo cual sólo puede tener un significado: mi hermana y Julián no han cruzado con ella al plano de los demonios, por lo que no podrán volver -y con aquellas palabras, Blanca se llevó su mano derecha al pecho, mientras lanzaba un gesto de terror.

• • •

Nuria había pensado que aquel gesto que hiciera Blanca hacía unas horas era de temor. No quería engañar a nadie, pues sí sentía miedo. Pero su movimiento no pretendió mostrar su sentimiento. Cuando la hermana de la amiga de Julián le explicó lo que sucedía, ella enseguida comprendió lo que estaba pasando. Sobre su cuello colgaba el extraño amuleto que le cediera Julián antes de partir. Sólo con los sucesos posteriores comprendió el valor de aquel cristal. Era la llave de la que le había hablado Nuria. Y aunque seguía sin entender por qué su amigo le había encargado su custodia, sí sabía en su fuero interno que no debía pronunciar ninguna palabra al respecto de la alhaja que ocultaban sus ropajes.

Ahora se encontraba en casa de Julián. Ella, al igual que el resto de sus amigos y los aldeanos, había vuelto a su hogar en cuanto el fulgor mágico dejó de alumbrar toda la iglesia. Aquel hecho sólo podía significar una cosa: Julián y Marta habían alcanzado su cometido, fuera el que fuese, y ahora los dos mundos permanecerían separados por no se sabía cuántos milenios.

Pero la pareja no volvió.

Habían esperado durante horas. Incluso cuando estaba claro que al otro lado de las puertas sólo estaba el mundo que ellos conocían. Y, al final, poco a poco, todos fueron abandonando el lugar. Ya era noche cerrada y, al principio, ninguno tuvo el valor para buscar descanso. No después de lo que habían vivido. Pero poco a poco, el sueño fue haciendo presa de cada uno de ellos y al final cedieron a sus necesidades. Sólo Blanca permanecía ahora despierta. Su mente no dejaba de divagar sobre los ocurrido, intentado encontrarle alguna explicación. Nada tenía sentido. Pero ella había estado en la iglesia, al igual que todos, y había visto cómo las paredes del edificio refulgían tras las acciones que su amigo llevó a cabo. Incluso cuando Julián y Marta traspusieron la puerta, pudo vislumbrar por el resquicio de la misma cuán diferente era el mundo que había tras ella.

Ahora, sólo la luz de la lumbre del hogar la acompañaba, tiñendo la estancia de un anaranjado peculiar, y cubriendo cada objeto de sombras profundas. De pronto, algo atrajo su atención a su espalda. Blanca se giró, atraída por un contacto efímero. Fue en ese momento cuando se dio cuenta que estaba de pie. Además, su entorno había cambiado. Ya no se encontraba sentada en la mecedora del salón de la casa de su amigo, sino en un escarpado promontorio, a merced del viento y el frío del lugar. Aunque tampoco era frío, sino una sensación indefinida entre calor helado y frío abrasador. Allí también era de noche. Frente a ella se encontraba Julián, serio, circunspecto, mirándola con firmeza.

-Julián, ¿dónde estamos? -preguntó.

-En un sueño -respondió él, pero ningún sonido salió por su boca, sino que éste retumbó en la cabeza de la joven.

Aquello no la sorprendió.

-¿Qué paso? ¿Por qué no volvisteis? -preguntó.

-Tú sabes la respuesta -respondió la voz en su interior.

Aquellas palabras hicieron que Blanca llevara sus manos hasta el colgante que pendía de su cuello.

-¿Por qué me lo diste entonces? Si este cristal es la llave que os traería de vuelta, ¿por qué lo dejaste atrás?

-Eso ahora no importa -volvió a resonar la voz en su cabeza-. Sabes lo que tienes que hacer -y con aquellas últimas palabras, la figura del joven fue difuminándose, dejándola a ella allí sola.

-¡Espera! -le gritó un segundo antes de que desapareciese. Pero en su fuero interno, sabía que no lograría retenerlo. Y justo tras pronunciar aquella única demanda, despertó.

Le llevó unos segundos darse cuenta de dónde estaba. El fuego de la chimenea ya se había consumido y sólo unas exigües ascuas brillaban en la oscuridad. Cuando fue consciente de este hecho, percibió el frío que se estaba adueñando de su cuerpo. Salvo por un punto, el lugar donde el cristal descansaba sobre su pecho. Blanca llevó su mano hasta el colgante, envolviéndolo con ella. La alhaja estaba caliente al tacto, pero no quemaba. Y en cuanto la tocó, un instinto desconocido la conminó a levantarse. Tardó un instante en percatarse de que lo había hecho, y cuando lo hizo, soltó el objeto. Su mente se aclaró entonces, percibiendo de nuevo todo su entorno. Pero la llave seguía despidiendo ese extraño calor.

En el sueño, Julián le había dicho que sabía lo que tenía que hacer. Y lo único que se le ocurría era volver a coger el cristal. Así que eso fue lo que hizo. En cuanto su mano volvió a tocarlo, su cuerpo reaccionó caminando. Sus pasos no la llevaron muy lejos. Ni siquiera salió de la casa. Si no que se dirigió hacia una puerta que había en el otro extremo de la vivienda. Cuando llegó a ella, la abrió. La oscuridad la recibió, pero cuando encendió la luz, unas escaleras descendían hacia lo que parecía un sótano. La joven siguió los peldaños, guiada por aquella extraña fuerza que la conminaba a avanzar. Una vez en el fondo, una planta del tamaño de la vivienda ocultaba infinidad de herramientas oxidadas y trastos abandonados allí al paso del tiempo. De nuevo avanzó, penetrando en el sucio sótano. Siguió hasta el fondo, hasta alcanzar un montón de no sabía qué oculto por una polvorienta manta. Blanca se vio forzada a quitarla, revelando más muebles desvencijados. Fue quitando cada uno de ellos, hasta que sólo quedó lo que parecía ser un antiguo mueble de recibidor.

De madera oscura, el aparador estaba formado por un espejo de cuerpo entero en el centro, acompañado por un pequeño armario en uno de los lados, y tres cajones en el otro. Pero lo que la sorprendió fue lo que reflejaba el cristal azogado. Ante ella no contemplaba su imagen reflejada, sino la misma estancia en la que ahora se encontraba, con los mis trastos que la ocupaban, pero en un estado de podredumbre lamentable, y todo envuelto por un extraño polvo en suspensión que dificultaba su visión.

• • •

Julián y Marta anduvieron durante horas, alejándose de la fuente. Nada de lo que había sucedido tenía sentido. La fuente debería haber estado custodiada por una ingente cantidad de demonios. Pero no había sido así. Sólo un engendro menor se quedó como guardián.

Ahora Marta dormía sobre la fría roca. El hombre, por su parte, había cumplido con su cometido para permitir el posible regreso de ambos, si tal cosa era posible todavía. Después de todo, los polvos mágicos estaban funcionando tal y como le habían enseñado. No tenía por qué dudar del resto. Aunque sí lo hiciera.

-Era una trampa desde el principio -rompió el silencio el hombre cuando la mujer se despertó sobresaltada por algún extraño crujido. Alejados ya de la fuente, no tenía sentido continuar comunicándose mediante señas como precaución.

-¿A qué te refieres? -ella, por su parte, no comprendió lo que su amigo quería decir-. No encontramos mucha resistencia.

-A eso me refiero -confirmó él mirándola a los ojos. Y como en tantas otras ocasiones en el pasado, se vio inundado por el azul que irradiaba en sus iris. Y de igual forma, el hechizo que tejió en el pasado esa mirada, se apoderó de él. Sabía que ahora todo era diferente. Sabía que entre ellos había una gran barrera. Pero no podía esconder lo que su cuerpo clamaba a gritos.

Marta, sin embargo, cortó de inmediato el contacto visual cuando se percató de lo que sucedía. Lo que no tuvo tan claro es si lo hizo porque quería que pasara, o porque temía no ser capaz de evitarlo.

-Los demonios debían estar en otra parte -le informó, pero ella no entendió-. Piénsalo, Marta. Lo lógico es que estuvieran esperándonos en la fuente, para evitar que reactivásemos su magia.

La joven asintió, siguiendo el hilo de su explicación.

-Sin embargo, nadie nos esperó salvo aquel pequeño engendro. Bien es cierto que él solo estaba en disposición de haber frenado nuestro cometido. Pero fue un burdo intento ante lo que en realidad podría habernos recibido. Lo cual me lleva a pensar que todo fue parte de un señuelo.

-¿Con qué intención? -preguntó ella todavía sin entender-. Después de todo, nuestros pasos debían llevarnos hasta la fuente si queríamos cerrar la puerta.

Julián asintió.

-Y contaban con ello. Por eso no nos esperaron, sino que aguardaron hasta que cruzamos la puerta y fuimos en busca de la fuente… para intentar atravesarla ellos.

Y entonces Marta lo entendió todo.

Cuando la campana tañó, todos en la aldea supieron que era cuestión de tiempo que la puerta se abriera al mundo de los demonios. Pero sus antepasados encontraron una forma de evitarlo. Debían anticiparse a este hecho y reinstaurar la magia de la fuente que mantenía los dos mundos separados. El problema radicaba en que la única forma de conseguirlo era cruzando ellos primeros al mundo de los demonios mientras la puerta todavía cerraba su paso. El ritual que habían llevado a cabo les permitía hacerlo. Las puertas se mantendrían abiertas mientras cumplían con su misión. Pero la única forma de volver a su mundo era portando encima de ellos el cristal mágico. Sin él, las puertas permanecerían cerradas hasta que la fuente perdiera todo su poder de forma definitiva. Y sería imposible abrirlas con la magia de la fuente funcionando de nuevo.

-¡Debemos volver! -Marta se giró con presteza para desandar sus pasos.

Pero Julián la retuvo.

-Están a salvo -intentó tranquilizarla cuando se percató del temor que irradiaba su rostro. Y continuó con su explicación-. Dejé la llave atrás.

Y aquellas cuatro palabras le dieron a la joven un nuevo significado a la realidad que les envolvía. Sin la llave, se encontraban atrapados de forma permanente en aquel yermo mundo.

-No te preocupes -sentenció el joven-. Hay otra forma de volver. Espero -pero aquella última palabra la pronunció en un leve susurro.

 • • •

-Debemos volver a mi casa. Esta noche.

-¿Por qué a tu casa? -preguntó ella-. ¿Y por qué esta noche?

Desde que Marta descubrió lo que su compañero había hecho, ninguno de los dos podía dejar de mirar al otro de forma intensa. Estaban inmersos en un peligro real, inimaginable para ellos antes. Y aquel hecho les hizo crear un nexo de unión mucho más profundo del que ya tenían, del que ya tuvieron.

-Así me lo enseñaron -pero no añadió nada más.

Ella atrapó su rostro en su mirada tras aquellas palabras, intentando descubrir lo que no le decía con palabras. Pero en él sólo había miedo. Y eso la asustaba. Sin embargo, la mirada de ambos quedó atrapada en la del otro. Y en lo profundo de los ojos de cada uno descubrieron lo que ambos todavía sentían. Aunque no quisieran. Aunque no estuviera en sus manos no quererlo. Después de todo, el tiempo no cerraba todas las heridas… si todavía se podían considerar tal cosa.

Sólo un grito pudo hacer que ambos rompieran el contacto visual. El chillido sonó distante, pero no tanto como deseaban. Y aquello sólo podía significar una cosa. Los demonios habían vuelto a la fuente, descubriendo lo que allí había sucedido. No necesitaron palabras para saber qué pensaba el otro. Por lo que ambos se levantaron y reanudaron la marcha. Después de todo, ya sabían los pasos que debían seguir. Además, la noche estaba cerrada ya.

Recorrer aquel mundo, fotocopia desfigurada del suyo, era en sí mismo una pesadilla. Como comprobaron nada más entrar allí, todo era exactamente igual, pero con la sombra de la muerte en cada rincón. Además, aquella extraña ceniza que flotaba por todos los rincones, no ayudaba a sentirse seguros por donde caminaban.

De nuevo, decidieron hacer un rodeo, para evitar encontrarse con sus perseguidores. Pero algo en el fuero interno de ambos les decía que aquello no estaba funcionando. Como una sensación inexplicable, los dos amigos sentían que perdían terreno con respecto a los demonios que iban tras ellos. No sabían el motivo, pues su paso era raudo y sin descansos. Pero aquel lugar parecía jugar en su contra de alguna manera.

Estaba ya bien avanzada la noche, cuando todo cambió para mal, si aquello era posible todavía más. Acababan de cruzar la primera de las calles del pueblo cuando se toparon con dos engendros de cara. Por un ínfimo segundo, los cuatro se quedaron parados. Los demonios fueron los primeros en reaccionar, abalanzándose sobre ellos sin tiento ninguno. Ambos alzaron sus toscas espadas en el aire y cargaron con toda la fuerza de sus corpulentos cuerpos. Julián, por su parte, se movió tan rápido como el miedo le permitió. E hizo lo primero que se le ocurrió. De nuevo, extrajo una pequeña cantidad del polvo mágico y lo lanzó al aire frente a ellos mientras agarraba a Marta de la muñeca y la obligaba a retroceder a la carrera. Sólo tuvieron tiempo de ver como los dos engendros chocaban contra una barrera invisible justo en el punto donde el joven había esparcido los polvos.

Ya habían comprobado la efectividad de aquella magia en su enfrentamiento con el primer demonio. Pero ninguno de los dos sabía cómo funcionaba aquella extraña sustancia. Sin embargo, lo hacía. De algún modo, parecía estar conectada con su portador efectuando el prodigio que imaginara la persona que en aquel momento hacía uso de ella.

La pareja de demonios cayó al suelo, aturdida momentáneamente. Pero no estaban vencidos. Mientras se incorporaban, emitieron un chillido desgarrador que sólo podía significar una cosa: estaban dando la voz de alarma. Los dos amigos, por su parte, ya estaban girando la esquina más cercana cuando por varias de las bocacalles laterales aparecieron más bestias de aquellas.

Sólo les quedaba correr. Y lo hicieron lo más rápido que pudieron, siempre cogidos de la mano. Ni si quiera cuando Marta trastabilló y cayó al suelo, Julián la soltó. Por contra, la ayudó a levantarse de nuevo lo más rápido que pudo, perdiendo unos valiosísimos segundos de ventaja en la carrera que mantenían con sus perseguidores. Huir no era tarea sencilla, pues debían pensar con presteza qué camino seguir cada vez que se encontraban de frente con más demonios. Poco a poco, una marabunta de engendros les pisaba los talones, como si se trataran de la estela de un cometa.

Y de pronto toda huida fue inútil. Sus pasos les llevaron a una pequeña plaza del pueblo, en lo más profundo de la villa. Pero allí ya les estaban esperando más demonios si cabía tal posibilidad. Apostados en cada salida de la plaza, impedían su escape del lugar. Ni siquiera los edificios derruidos que circundaban la plazoleta, imagen distorsionada de su propio mundo, les conferían un lugar de auxilio. De forma inmediata, la calle por la que habían entrado se vio tapiada por los demonios que les estaban persiguiendo. Y, así, se quedaron totalmente atrapados, sin posibilidad de escapar de lo que fuera a ocurrirles.

Entonces, Julián volvió a confiar en su magia. Mirando el puñado de polvos que le quedaba, y mientras el círculo de bestias se estrechaba, los lanzó al viento sobre ellos. Ya estaban encima de los dos amigos cuando los polvos cayeron sobre sus cuerpos. Y justo cuando uno de los demonios lanzaba un espadazo, desaparecieron del espacio que acababan de ocupar.

Frente a ellos se encontraron con el destino que buscaban desde que Julián le contara a Marta qué camino debían seguir: las ruinas de la casa del chico. Pero no tuvieron mucho tiempo de respiro, pues a los pocos segundos, los demonios aparecieron por la entrada de la calle. Aquello fue incentivo suficiente para que ambos reiniciasen la marcha a golpe de zancada. La puerta de la casa estaba tirada en el suelo, en un estado de podredumbre preocupante, por lo que no perdieron el tiempo en buscar un acceso mejor, simplemente se internaron por el hueco que quedaba. Moverse por la vivienda, en principio, debería haber sido sencillo, pero aquel mundo parecía odiarlos y les ponía trampas con cada paso. Pero al final llegaron a lo profundo de la casona, donde se encontraron de frente con otra puerta. Esta vez, no detuvieron sus pasos, y con una fuerte patada, Julián la tiró abajo. La pareja todavía estaba unida por sus manos cuando empezaron a bajar las escaleras que se abrieron frente a ellos.

Ahora Julián estaba en sus dominios, aunque fueran un cruel espejismo de lo que él recordaba, así que avanzaron con premura hacia el sitio que buscaba. Justo frente a ellos, un antiguo mueble de recibidor exactamente igual al que estaba contemplando Blanca en el otro mundo paralelo. De hecho, a través del cristal azogado, Julián descubrió su figura frente a él. Se lanzó contra el espejo, pero cuando tocó el cristal, supo que el paso todavía estaba cerrado.

Y sólo pudo hacer lo único que le quedaba, girar su rostro hacia la entrada del sótano y ver como descendían los demonios.

• • •

Blanca se sobresaltó cuando una mano apareció al otro lado del espejo. Intentó huir, asustada ante aquella imagen, pero algo se lo impedía. De hecho, notaba el peso de la alhaja que llevaba al cuello como si se tratase de una piedra de mil toneladas. Asustada, alargó su mano hacia el colgante, pero cuando lo tocó, supo lo que tenía que hacer. Extendió la otra hacia el espejo y ésta se introdujo en la imagen del cristal mientras sentía como una extraña fuerza fluía desde el colgante hacia el cristal azogado.

• • •

Cuando la muñeca de Blanca apareció a través del espejo, Julián la cogió con fuerza sin soltar a Marta. Los demonios estaban ya a sólo unos pasos de ellos cuando sitió que aquella mano tiraba de la suya.

• • •

Sin saber por qué, Blanca tiró con fuerza. Y al instante, la figura de Julián atravesó el espejo, seguida de la de su amiga Marta. Pero no venían solos. El portal que formaba el espejo estaba ahora abierto y cualquiera podía atravesarlo. Nada más hacerlo la pareja, un brazo musculoso hizo lo propio. Entonces sí, Julián soltó las dos manos que agarraba, tanto la de Marta como la de Blanca, se apartó del lado de ambas y, tras unos segundos de búsqueda, volvió con un hacha que estampó sin miramientos contra el cristal. Éste se rompió en miles de pedazos, cerrando así el portal y el recuerdo de lo cerca que habían estado de quedar atrapados. Sólo la parte del brazo que había conseguido atravesar el espejo quedaba ahora en el suelo, inerte, como testigo de lo sucedido.

Julián dejó caer el hacha al suelo. Y el peso de toda la adrenalina que inundaba su torrente sanguíneo se hizo presa de él. Se tomó unos segundos entre jadeos, pero al final se giró. Y frente a él se encontró algo que no esperaba. Al menos no de la forma en que lo sentía. A Marta y a Blanca mirándolo, atrapando su mirada en la de ellas a partes iguales.

Todo había cambiado.

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70

29 07 2018

Año 3052…

La verdad, no sé por qué escribo esto. No busco el perdón de nadie. Mi ego me lo impide. Pero quizás sea esa megalomanía absurda que puebla mi mente la misma que me incite a garabatear estas palabras en tinta sobre papel. Da igual el motivo en realidad. He tomado una decisión y, ahora que me he puesto a ello, me es imposible detenerme.

Nadie sabe el momento exacto en que empezó todo. Ni siquiera yo mismo, uno de los actores principales en esta delirante obra escénica. Retrotrayéndome ahora en mis recuerdos, intento buscar ese punto de inflexión, ese momento que propició lo que ahora vivimos. Pero no lo encuentro. Después de todo, soy un anciano de 135 años y mi memoria ya no es la que era. Es posible que mi edad… no la mía en concreto, sino la Edad, con mayúscula, sea el problema primigenio. Pero lo dicho, no consigo ubicar el inicio de todo.

Probablemente todo empezara con la Gran Guerra…

Debo hacer un paréntesis aquí…

A lo largo de la historia de la humanidad, diversos conflictos bélicos se adueñaron de este epíteto. Tres en concreto. Nombradas cada una con el correspondiente número romano que le fue asignado en el fluir del tiempo. Pero todas ellas fueron meras riñas entre chiquillos comparadas con la que yo hago referencia. La Gran Guerra…

Como todas las guerras, la Gran Guerra fue el intento de un grupo de humanos por adquirir aquello de lo que habían sido privados, cualquiera que fuera el motivo. Algunas de estas rencillas ocurrieron por el ansia de expansión territorial de algún reyecillo del pasado. Otras tuvieron su origen en los recursos de los que eran ricos dichos territorios. Incluso, en la más absoluta ignorancia de la humanidad, unas pocas sucedieron por amor… tan absurda y cruel era la razón de los esperpénticos homínidos que fueron nuestros antepasados.

Pero, por una vez, si tal es el caso, la Gran Guerra estuvo parcialmente justificada, pues por lo que se luchaba era por el acceso al agua…

Ahora que lo pienso, quizás el origen de todo esté todavía más atrás en el tiempo…

Por extraño que parezca, lo conseguimos. Entonces nos pareció maravilloso. El fin último de nuestra existencia. Hoy, unos pocos como yo, sabemos que no fue un éxito, sino el mayor error que podríamos haber cometido.

A principios del segundo milenio y después de un cambio socio-político como nunca se creyó posible que ocurriera, los gobiernos del mundo entero decidieron apostar por lo único que mantendría vivo a este planeta. El mundo agonizaba, aunque no todos supieran verlo. Sigo sin entender cómo sucedió, pero lo cierto es que así ocurrió. Por primera vez en la historia de la humanidad, la ciencia pasó a ser prioritaria para el mundo. La primera intención fue parar el calentamiento global. Pocos entendieron que aquello era imposible. Lo verdaderamente importante era adaptarnos a esta nueva etapa del planeta, aprender a convivir con ella. Sin embargo, daba igual, la decisión estaba tomada.

Los albores de esta nueva época fueron fructuosos. O al menos eso creímos. Y como creímos que la ciencia había triunfado, pusimos nuestras esperanzas en solucionar otros males del mundo humano. El mayor de todos era, de forma obvia, la muerte. Con todo nuestro poder, con toda nuestra hegemonía como especie dominante en el mundo, sin embargo, estábamos supeditados al paso de los años, al correr de las agujas del reloj. Así que nos enfrascamos en la búsqueda de intentar alargar nuestra existencia. Y lo conseguimos. Como traída de los textos antiguos de alquimia, creamos nuestra particular piedra filosofal. Y con ella, el tan ansiado elixir de la vida…

¡Qué cruel paradoja! El elixir de la vida ya nos fue dado mucho antes de que apareciéramos en este mundo. Pero entonces no supimos verlo. Incluso ahora, con todo lo sucedido, son muchos los que permanecen ciegos a este hecho.

Creamos innumerables formas de detener la vejez, nuestra propia oxidación corporal, mecanismo de renovación de la materia en el universo. Algunas fueron permanentes. O todo lo permanente que entendimos en aquel momento, reservadas sólo para aquellos que pudieran permitírselo. Otras fueron meros intentos de ganar unos granos a nuestro particular reloj de arena. Pero aquellas nuevas sustancias se convirtieron en la nueva panacea del mundo. Todos querían poseerla.

Con ella empezó la tercera de esas rencillas infantiles que comentaba hace un rato. Y como en las dos anteriores ocasiones, el mundo sucumbió de forma inexorable. Al final, la disputa acabó con la firma de un tratado por parte de los intervinientes. En él se estableció como derecho de la humanidad la panacea alquímica. Ahora, todos tenían acceso a ella sin restricción alguna. Y, como es obvio, volvimos a cagarla…

Las gentes del mundo dejamos de morir.

Pero no dejamos de engendrar vástagos.

El resultado previsible y que nadie fue capaz de predecir fue la escasez de los recursos. De todos los recursos.

Espacio.

Alimentos.

Agua.

Por ese orden.

Cuando la Tierra se nos quedó pequeña, empezamos la expansión a otros mundos. Como si fuéramos Colón en busca del nuevo mundo, primero poblamos nuestro satélite. La luna pasó de ser propiedad de poetas y enamorados, a estar poblada por aquellos que podían permitirse abandonar el yermo mundo en el que acabaríamos convirtiendo nuestro planeta. A ella le siguió la totalidad de nuestro sistema solar. Cuando ni eso nos bastó, emprendimos el viaje hacía el espacio exterior. Sólo los más ricos podían permitirse avanzar un paso más. Atrás quedaban los que no tenían nada, ni siquiera alimentos. Éramos como una plaga que cuando acababa con un cultivo, se expandía a una nueva zona, abandonando la anterior.

Y entonces nos encontramos con el escollo que no pudimos superar. Hasta aquel momento, incluso cuando ya no había de nada, al menos teníamos agua, el verdadero elixir de la vida, y no aquel veneno creado por la ciencia que nos impedía morir. Pero llegó el momento en que ella también se volvió escasa.

Ese fue el verdadero detonante. Si ya habíamos conquistado el universo buscando nuevos mundos y nuevos alimentos, ahora era, si cabe, más necesaria nuestra expansión. Pero el espacio es inmenso, inabarcable, y pronto las distancias se hicieron eternas. Ya no teníamos recursos para avanzar más, y nos quedamos estancados, varados en una isla inabarcable y seca.

Fue entonces cuando se inició la Gran Guerra.

La de verdad.

La única.

Mundos enteros contra otros mundos. Sistemas planetarios contra otros sistemas. Galaxias contra galaxias. Y como en todas las guerras, los que más sufrieron fueron los de siempre. Los que nada tenían que ver con ella. Los que nada podían hacer para pararla. Los poderosos inventaron nuevas formas de imponer su ley y su fuerza, en un intento de controlar el elixir de la vida.

El viejo, no el nuevo.

El agua, no la panacea.

La contienda duró siglos. Pero de nuevo se encontró la salvación. O al menos eso creímos. Muchas fueron las formas que se inventaron para obtener agua. Pero sólo una fue efectiva.

¿Qué era lo que teníamos en demasía?

Humanos.

Como si se tratara de una antigua película del pasado, convertimos a los propios humanos en nuestra solución. Pero no fueron robots lo que lo hicieron, sino nosotros mismos. Ni tampoco obtuvimos energía de nuestros cuerpos.

Agua.

Así de simple.

El cuerpo humano es, en esencia, un recipiente repleto de agua. Nuestro peso corporal está compuesto en un 70% por agua. Así que utilizamos a nuestros congéneres para obtener el tan preciado líquido.

Al principio se utilizaron procedimientos simples y sin peligro alguno. Se depuraba la orina que producíamos para obtener el agua que necesitábamos.

Sin conocimiento de causa, este hecho parece una nimiedad. Pero éramos trillones de trillones de humanos. Incluso más. Y cada ser humano produce una media de dos litros de orina. El cálculo era sencillo.

O no…

La solución pronto se convirtió en insuficiente. Y entonces pasamos a medidas más drásticas.

Es en este momento cuando yo hago acto de presencia, pues fui el ideólogo.

Como he dicho, el cuerpo humano está compuesto por un 70% de agua. ¿Necesito explicar más?

El procedimiento también era sencillo.

Algunos han oído hablar de los primigenios artilugios que dieron lugar a la tecnología. Licuadoras las llamaban. Y las utilizaban para extraer el jugo de las frutas, unos manjares que daba la naturaleza en forma de alimentos. Nosotros hicimos lo mismo. Pero a gran escala. Con nuestros muertos. Con sus cuerpos. Después, mediante procesos de filtrado y purificación, obteníamos ingentes cantidades de lo que anhelábamos, el agua que formaba parte de ellos.

Pero de nuevo, cómo no, pronto tuvimos que buscar otra solución.

La gente ya no moría. Al menos no por causas naturales. Y los pocos que lo hacían por accidente resultaron escasos. Así que ocurrió lo que resultó más obvio. Cacerías. De parias, mendigos y repudiados por la sociedad. Mundos enteros fueron exterminados en un intento de salvarnos, si tal cosa era posible ya…

El resultado fue el esperado. De nuevo los poderosos pisaron a los de abajo. El resto de la historia es bien conocida por todos.

En la actualidad, todo es distinto. Tan distinto que resulta igual. Ya no hay cacerías, si no rebaños. Mundos enteros que se utilizan como zona de pasto donde criar nuestro peculiar ganado. Otro muchos son grandes factorías donde purificar sus fluidos y obtener el agua. Ahora se comercializa en los supermercados digitales. Incluso existen de diferentes calidades y se celebran catas. Algunos pocos privilegiados se permiten el macabro lujo de tener pequeñas producciones ecológicas en casa, para su uso privado. La normalidad se ha adueñado de ello.

Un sin sentido.

Éste es el mundo que mi idea ha creado. Pero reniego de él. Repito, no pido perdón. Pero necesito aportar un nuevo grano de arena a esta sociedad. Unos pocos nos hemos unidos. Aquellos que hemos podido vislumbrar la crueldad de nuestro mundo. Y de nuevo hemos recurrido a la ciencia para obtener una solución. Quizás no hayamos aprendido y lo que estamos a punto de hacer traiga nuevos infortunios. Pero estamos dispuestos a arriesgarnos. Nuestra arma se introducirá en lo más profundo de nosotros mismos como si de un espino se tratara. Así se llama el proyecto. Espino. En recuerdo a ti.

Hemos creado un virus que introducirá en nuestro genoma dos componentes esenciales. El primero nos hará insensibles al elixir de la vida creado por la ciencia. Así, volveremos a tener una vida efímera. El segundo, volverá a un porcentaje de la población estéril, en un minúsculo intento por regular nuestra capacidad de procreación. Con el tiempo, nuestros cuerpos volverán fértiles las tierras que hemos yermado. Quizás nuestro mundo sucumba tal y como lo conocemos hoy en día, pero espero que este intento traiga prosperidad. No a nosotros, sino al universo.

He mentido al principio. Mis recuerdos no están nublados por mi ancianidad. Aunque sí tengo 135 años, todavía estoy en la flor de mi vida. Por eso lo recuerdo todo. Y es tal y como lo habéis leído.

Por eso todavía te recuerdo, aun con el tiempo transcurrido. Tenías razón después de todo. No supe verlo entonces. Pero sí ahora. Por eso hago esto.

Por ti.

Mi espino.





Relatos Fantásticos I

25 11 2017

Me complace anunciar la aparición de lo que es ya mi primera publicación en formato libro, una antología titulada “Relatos Fantásticos I” que recoge algunos de los relatos que han ido apareciendo en este blog. En concreto, son 13 las historias que se pueden leer en la recopilación, tanto en formato Kindle como en tapa blanda. Espero que sea de vuestro agrado y disfrutéis tanto leyéndola como yo escribiéndola.





Una tacita de té

2 11 2017

La anciana abrió el bote de cristal y el aroma rancio de las hierbas que albergaba el tarro inundó toda la estancia. No es que aquello fuera un prodigio, pues la cabaña era pequeña, un oscuro habitáculo de paredes de troncos de madera mal cortados que albergaba todas las dependencias de la casa juntas, desde la cocina a la habitación donde dormir. Sólo el excusado se encontraba apartado; a decir bien, muy apartado, pues estaba formado por una minúscula garita junto al arroyo que discurría cerca de la cabaña. Lo que sí fue un prodigio es que aquel extraño olor ocultara el ya de por sí nauseabundo efluvio que parecía instaurado de por vida en el recinto.

Con dedos maestros, la anciana tomó una pizca entre ellos, sólo una, lo suficiente para preparar el brebaje que la joven había venido buscando. Con unas pinzas, levantó la tapa de la tetera de hojalata que se posaba sobre las ascuas de la chimenea y dejó caer las hojas. El agua chisporroteó unos segundos al contactar con aquel material secado por el tiempo, un sonido que pareció un grito de alarma. La joven dio un respingo, pero se calmó cuando descubrió el origen del silbido. O se calmó todo lo que sus nervios le permitieron. Bien es dicho que la figura de la anciana y aquel lugar envuelto en sombras y objetos extravagantes, no ayudaban a mantenerse serena. Después de todo, la fama de bruja de la vieja todavía dificultaba más sentirse a gusto allí.

Cuando las hojas de té se hundieron todas en el fondo, la anciana retiró la tetera del fuego. De forma inmediata, sirvió su contenido líquido en un vaso de barro cocido, y la vieja se lo sirvió a su temerosa visitante.

-Tómatelo cuando todavía está caliente -le ordenó, mientras sonreía mostrando su mellada dentadura.

La muchacha asintió y se lanzó tan rauda a por el vaso, que apunto estuvo de derramar su contenido.

-Tranquila, querida -sentenció la bruja-. No hay prisa.

La joven se acercó el recipiente a la boca, pero cuando sus labios hicieron contacto con el brebaje, se los quemó.

La anciana rió.

-De verdad que no hay prisa -volvió a repetir-. El té se mantendrá todavía caliente durante unos minutos. Deja que se temple.

La muchacha asintió, apesadumbrada por tener que permanecer aún más tiempo allí. Su premura se debía a que lo que en realidad quería era escapar de aquel lugar. Pasados unos interminables minutos, la joven pudo beberse el brebaje. Sabía igual de mal que olía, pero pasó por su garganta de un solo trago.

-Y recuerda, querida, una tacita de té todo los días. Sólo una. Pero siempre antes de que se oculte el sol -y con aquellas palabras, le tendió una pequeña bolsa de papel con hierbas suficientes para cuarenta semanas.

La joven pagó con una moneda de hierro, se envolvió en su chal y escapó del lugar a la carrera.

Y desde aquella primera taza ofrecida por la bruja, la muchacha se preparaba todas las tardes el mismo brebaje, para que su hijo creciera sano y fuerte en su vientre. La pócima parecía surtir efecto, pues la joven vio como, con el paso del tiempo, su abdomen aumentaba de tamaño y se hinchaba como si de un globo se tratase. Además, el té parecía tener un corolario secundario positivo inesperado, en ningún momento la zagala sufrió ninguna de las dolencias típicas del periodo de gestación.

Hacia casi terminado el tiempo del embarazo, una tarde, la joven salió a dar uno de sus habituales paseos. Le sentaba bien recorrer los caminos aledaños a la aldea. Aquel ejercicio activaba su musculatura, aletargada desde hacía unos meses. Los colores del bosque se mostraban ya pardos, amarillos y rojizos, fruto de mitad del otoño. Pero todavía podía percibirse el aroma de alguna hierba tardía u otras comunes en aquella época del año.

De pronto, un ensordecedor trueno atrajo su atención. La muchacha levantó el rostro hacia el cielo y pudo comprobar que, en su ensimismamiento, una tormenta otoñal se había formado. Las primeras gotas empezaron a caer enseguida y, al cabo de pocos segundos, se convirtieron en una impenetrable cortina de agua que lo empapaba todo. Ya mojada, sin apenas tiempo para reaccionar, la joven intentó huir con premura. Su propósito era ocultarse en un pequeño refugio para pastores que conocía allí cerca, y cuando menguara la tormenta volver a la aldea. Pero tuvo la mala fortuna de hincar uno de sus pies en el hueco de una raíz, lo que produjo que se doblara el tobillo y cayera al suelo. Golpeó su cuerpo contra un árbol, pero a parte del impacto, no pareció hacerse ningún otro daño. No obstante, sí se había lesionado el tobillo, pues cuando intentó volver a apoyarlo para ponerse en pie, una descarga de dolor recorrió toda su pierna.

Y fue en aquel preciso momento, cuando un temor irracional se hizo presa de la zagala. La joven se llevó sus manos al vientre, que rodeó con los brazos de forma protectora. No tenía miedo al agua ni a los truenos, ni siquiera temía por encontrarse sola allí. Lo que le causaba pavor era no poder llegar a tiempo para tomarse su tacita de té, pues aquello era lo único que importaba.

Asustada y nerviosa, intentó volver a levantarse, con idéntico resultado que la primera vez. Finalmente, sacando fuerzas de no sabía dónde, y con la ayuda de una rama rota que rescató del suelo, consiguió ponerse en pie. Pero su caminar era lento y supo en aquel instante, que no llegaría a su hogar antes del anochecer. Sin embargo, ella siguió caminando, zancadilleando más bien.

El sol estaba a punto de ponerse cuando un fortuito desgarro hizo que la muchacha se doblara de dolor. Y supo entonces que todo estaba perdido.

-Mi tacita de té -consiguió murmurar entre el dolor.

Fue muy tarde ya cuando los vecinos de la aldea la encontraron tirada junto a un árbol, con la espalda apoyada en el tronco y la cabeza ladeada hacia un lado. Seguía murmurando la misma frase entre susurros, y lo hacía de forma continuada. Nadie supo a qué se refería.

No obstante, el grupo de gente comprobó que entre sus piernas le corría un grueso hilo de sangre que empapaba el suelo bajo ella y se internaba en el bosque. Algunos lo siguieron, presos de la curiosidad, mientras otros intentaban atender a la joven. Al cabo de unos metros de caminar, se toparon con una masa sanguinolenta indefinida. Sólo cuando se acercaron a ella se percataron que tenía forma humana, pero en miniatura. La figura no se movía y estaba inerte sobre el suelo. Sin embargo, algo allí no encajaba. Sobre lo que parecía ser la cabeza, deforme y horrenda, se distinguían dos pequeñas protuberancias óseas sobre la frente. De igual forma, una extensión epitelial se alargaba desde su coxis, como si se tratara del vestigio de la cola de un renacuajo metamorfoseándose en rana.

Los presentes se santiguaron, horrorizados ante la fealdad del engendro. Decidieron enterrar allí mismo lo que fuera aquello, pues no mostró signos de vida alguna.

Ya en la aldea, la muchacha fue atendida por el curandero del pueblo. Y ante el continuo repetir de la joven, indagó sobre qué era aquello de “su tacita de té”. Finalmente, entre todos descubrieron las hierbas que la zagala utilizaba para preparar su infusión. Cuando el matasanos abrió la bolsa para inspeccionar su contenido, el asqueroso olor inundó todas sus fosas nasales. Y fue aquel miasma el que provocó que el hombre soltara la bolsa asustado. Nunca la había tenido entre sus manos, ni siquiera la había visto antes. Pero había oído hablar de ella. Aquello sólo podía ser una cosa…

Hierba del diablo.

• • •

Relato semifinalista en el Concurso de relato breve 2017 de La Petite Planèthé.





La bella y la bestia

29 03 2017

Bella todavía zarandeaba el cuerpo de la bestia cuando pronunció las palabras. En realidad, hacía mucho tiempo que deseaba hacerlo, pero los sucesos que desencadenaron el ataque al castillo impidieron aquel gesto y todo se precipitó. Aún así, en aquel momento, con el cuerpo de la bestia herido de muerte y tras que lanzara su último suspiro, Bella se atrevió a confesar lo que sentía. Esas dos palabras, cinco letras en realidad, debían activar la magia que acabaría con la maldición. Así lo había dispuesto la hechicera la noche que apareció. Pero el último pétalo de la rosa maldita había caído antes de que ella encontrara el valor necesario para hablar, por lo que la bestia no despertaría de su eterno sueño. Bella lo comprendió al instante. Incluso con sus labios formando los sonidos adecuados, supo que no funcionaria. Así que sólo pudo llorar sobre el torso de la bestia, humedeciendo el pelaje que poblaba su cuerpo hechizado, ahora sin vida. Fuera, todos los sirvientes habían sucumbido también al hechizo, transformados para toda la eternidad en piezas de artesanía. Incluso el castillo, esplendoroso en el pasado, ahora mostraba un aspecto derruido. Los atacantes, por contra, huían del lugar, atemorizados por lo que habían vivido. En el futuro, los nietos de los nietos de aquellos aldeanos, sabrían que no debían acercarse a las ruinas del castillo en el que siempre era inverno. Sólo aquel intrépido muchacho que encontrara el valor de hacerlo, descubriría la sombra de una bella doncella que cuidaba del rosal de flores de invierno que poblaba el jardín. E incluso entonces oiría el susurro de su lamento.





La copa de vino

5 12 2016

El origen de todos sus males aquella noche se encontraba tirado en el suelo, en una posición que no dejaba lugar a dudas. Estaba muerto. Ante sí tenía el cadáver de una importante persona de la cual no había oído hablar hasta hacía unas horas. Pero si los jefazos le habían llamado a él, la cosa pintaba mal. Sentada junto al sillón más próximo se encontraba el ama de llaves, una anciana que había tenído la sensatez de no llamar a la policía primero. Pero no estaba sola. Poco después de su llegada también lo hizo el resto de la familia: su mujer, una snob que se encontraba con sus amigas snobs en una reunión snob cuando encontraron a su marido; y sus hijos, unos personajillos demasiado jóvenes y con demasiado dinero para que aquello les importase. Junto al hombre importante había una copa de cristal fino hecha añicos y que desparramaba su contenido sobre la cara alfombra que vestía el suelo. Se acercó a la botella de la que había bebido la copa y olisqueó su contenido. La calidad del caldo denotaba que él nunca podría permitirse un vino D.O. de tal calibre. Incluso con lo cargada de la atmósfera percibía el aroma a cacahuetes. Aquello atrajo su atención. ¿No había dicho la anciana que sufría alergia a ellos? Aquello abría un sinfín de preguntas. ¡Dios! Qué viejo estaba para aquello, pensó mientras miraba con renovado interés a sus acompañantes.





La decisión de su (mi) vida

11 09 2016

La primera vez que lo vi fue una noche de las ya tan habituales en mi vida. Me encontraba en el garito que solía frecuentar cuando todo se torció. La policía llegó a los pocos minutos y entró allí con ganas de bronca. Después de todo, estaban habituados a los problemas que causábamos. Todo acabó como las otras veces. La mayoría de los presentes consiguió escapar, pero yo, debido a mi estado, fui detenida y metida en un coche patrulla. Y entonces hizo su aparición él, de igual forma que hace el sol mientras amanece tras una noche de fuerte tormenta, tímidamente, casi con temor, pero seguro de lo que quería hacer. Estuvo hablando con el agente durante un buen rato. Yo no pude oír lo que decían, no me encontraba en condiciones para ello. Pero sí me percaté de que hablaron de mi. Cuando terminaron, él se quedó mirando como el vehículo se marchaba conmigo dentro, mientras yo perdía su figura en la lejanía y las brumas de mi mermado entendimiento me impedían fijar su recuerdo.

La segunda vez fue a la mañana siguiente, pero yo ya me había olvidado de él. Pasé el resto de la noche en el calabozo, un lugar que se había convertido en mi segundo hogar de un tiempo a esta parte. Cuando llegó la mañana, uno de los agentes abrió mi celda y me informó que estaba libre y que alguien había pagado mi fianza. Aunque no recordaba por qué estaba allí, casi con seguridad por lo de siempre, sí estaba segura que ninguno de los otros habría hecho aquel esfuerzo por apiadarse de mi, así que me extrañé ante aquella revelación.

Al salir de la comisaría él estaba esperándome. Era alto y delgado, no muy musculoso, pero fibroso, como denotaban sus brazos. Su rostro era de una belleza sutil, sin ser realmente atractivo. Su cabello era de un tono pajizo, y sus cejas rubias enmarcaban unos ojos azules como el cielo límpido de aquella mañana, pero con iridiscencias grises, como la tormenta pasada. Llevaba unos vaqueros y una camiseta negra con un símbolo extraño dibujado mediante palabras en otro lenguaje. Me resultó familiar, pero no conseguí ubicarlo; quizás lo hubiera visto en televisión o en algún escaparate. El símbolo, no la persona.

Cuando se percató de mi presencia, todo su cuerpo se tensó. Levantó su mano derecha a modo de saludo, pero lo hizo con timidez. Me quedé mirándolo unos segundo más, intentando ubicarlo en mi memoria, pero no pude hacerlo. Así que hice lo que mejor sabía hacer: huir. Giré mi cuerpo en dirección contraria y me encaminé hacia cualquier lugar, lejos de aquel extraño. Cuando me percaté de que me seguía, aceleré mi paso hasta el punto de ponerme a correr por la acera mientras esquivaba a los transeúntes. Pero cometí el error de mirar hacia atrás para comprobar cuánta ventaja le sacaba. Aquello, pero sobre todo mi estado físico, provocó que perdiera la referencia mientras corría y acabé chocando con una farola.

Endolorida y en el suelo, mostraba una imagen pésima. Pero al extraño no le importó, sino que incrementó su velocidad cuando me vio caer. No sé si fue por verme atrapada ya o porque realmente estaba preocupado ante el incidente. La cuestión es que me alcanzó.

-¿Estás bien? -preguntó en un susurro, pero su voz sonó con un timbre musical.

Aparté bruscamente su brazo cuando intentó ayudarme a levantar. Ante aquel gesto, él retrocedió un único paso, pero no se marchó. La gente miraba la escena con indiferencia, sólo unos pocos mostraban algo de interés, aunque era más por curiosear que por otra cosa.

-¡Déjame! -le increpé mientras llevaba mi mano derecha a la frente. Un dolor atroz laceraba mi cabeza e intenté calmarlo con aquel gesto.

-Estás sangrando -me indicó en cuando retiré la mano. Y era verdad. Mis dedos estaban cubiertos por aquel líquido rojizo que tantas nauseas me producía.

Sufrí un vahído ante su visión que a punto estuvo de enviarme de nuevo al suelo, pero el extraño se movió con una increíble rapidez y evitó otra caída por mi parte. Mientras estaba en sus brazos, posó su mano sobre la herida, y una extraña sensación de calidez y bienestar me invadió desde la zona de contacto hasta el resto del cuerpo.

Conseguí llegar a un banco con su ayuda, donde me senté para recuperarme. Él hizo lo propio, situándose a mi lado. Me negaba a mirarlo por miedo a que fuera algún trastornado y no quería avivar su locura, pero tras su contacto, un bienestar extraño me incitaba a saber más de él.

-Gracias -conseguí balbucear. Él simplemente sonrió-. Por todo -añadí pasados unos segundos-. Porque supongo que has sido tú quien ha pagado mi fianza -pero no estaba segura de sentir verdadera gratitud. Simplemente había hablado por romper el incómodo silencio que se había adueñado de los dos.

-No es nada…

No le dejé terminar.

-¿Por qué lo has hecho? -aquello era más una recriminación que una pregunta, pero él no pareció darse cuenta, o si lo hizo, no le importó.

No contestó, sino que se quedó con la mirada fija en algún punto indeterminado frente a él. Aquello me exhortaba a mantenerme en mi pensamiento inicial. Aquel hombre parecía un loco, pero sentía un impedimento a apartarme de él ahora.

-¿Quieres comer algo? -dijo pasados unos segundos, sin mover su rostro del lugar donde tuviera fijos los ojos-. Necesitas reponer fuerzas. Y seguro que después de lo que has pasado, tienes hambre.

Abrí la boca para rechazar su invitación, todavía temerosa de él, pero entonces mis tripas me traicionaron de forma malévola y emitieron un largo quejido.

-Tomaré eso como un sí -sentenció mientras ahora sí me miraba y sonreía.

Cuando me di cuenta, estaba siguiendo sus pasos hacia donde me estuviera llevando. Había caído en su trampa. Una trampa que le salpicó a él mismo.

Después de aquel desayuno, llegaron otros muchos. A veces igual a aquel primero, con paso previo por el cuartelillo incluido. Otras, algo más calmado. Pero aquellos encuentros fueron el principio de algo que nunca hubiese imaginado que ocurriera.

Erz, como así le gustaba que le llamaran, consiguió entrar en mi vida a hurtadillas, aunque yo nunca entendí por qué. Y esa fue su perdición. Mi vida no valía nada. Yo misma no valía nada. Mis excesos y mis vicios me convertían en una persona difícil de tratar y de entender. Pero a él no le importaba. Su vicio era yo, fuera lo que fuera que le extasiara de mi.

Con el paso del tiempo, él se integró en mi rutina de forma más intensa. Frecuentaba mis rincones, trataba a mi gente… y finalmente compartió mis costumbres, mis funestas costumbres. Primero fue una calada. Más tardes llegó la primera línea. Y finalmente también le dió al pico. Pero a él no parecía afectarle como al resto. Nada le dañaba, al menos no como a mi. Lo único en que salía perdiendo era en el dinero que se marchaba incluso antes de entrar.

Pasamos tiempos difíciles, durmiendo en los parques, comiendo de la basura, huyendo de la policía. Pero nunca se separó de mi. Por mi parte, yo me había vuelto dependiente de él, hasta el punto que ya no concebía mi existencia en su ausencia.

Entonces se me ocurrió el magnífico plan de obtener dinero de forma fácil. Mis habituales prácticas de tirar del bolso no nos proporcionaban el dinero suficiente. Así que decidí ir más allá. Los dos entramos en una sucursal durante la hora punta. Lógicamente, estaba abarrotada de gente, pero aquello no me paró. Él sólo me seguía, como hacía siempre. Me acerqué al mostrador más próximo y agarré a la cajera de la blusa. Cuando se percató de lo que ocurría, ya tenía mi navaja puesta en su garganta. El resto fue evidente. La gente huyó despavorida mientras los demás trabajadores intentaban persuadirme de mis intenciones. Pero yo no prestaba oídos a nadie. Sólo quería lo que había venido a buscar, el dinero.

Como era lógico, la exigua minuciosidad que puse en aquel plan me evitó prever la presencia del guardia jurado. Éste, por su parte, se comportó como el vaquero que era y no dudó en extraer su arma para apuntarme. Me lanzó varias órdenes entre gritos, mientras me exigía que soltara mi navaja. Cuando quedó patente que no iba a hacerle caso, se produjo el hecho que lo cambió todo.

El muy gilipollas apretó el gatillo, pero ni si quiera entonces le presté atención. Sólo cuando el cuerpo de alguien se desplomó sobre mí, perdí un efímero segundo en desviar la atención de mi presa. Allí en el suelo, cubierto por aquel asqueroso líquido que me repugnaba, yacía Erz, totalmente inmóvil. En aquella ocasión no me desmayé ante la visión del fluido rojo. Y supe que lo único que me mantuvo despierta fue verle a él sin vida. Entonces, solté el cuchillo y me abalancé sobre su pecho, pero él ya se había marchado.

La decisión fue fácil de tomar entonces. Sé que nunca lo habría hecho por mí, sino que fue él el que me hizo tomarla después de aquello.

Han pasado seis años desde aquello. He vuelto a pisar la calle después de mi encarcelamiento, y lo primero que he hecho es acudir al cementerio para ver su tumba. Le traigo dos obsequios. Más bien un recuerdo y un presente. El futuro ya vendrá, pero sin él.

Cuando entró en mi vida, produjo un cambio del que nunca me percaté hasta aquel día. Eso fue el detonante. Ahora tengo un trabajo de mierda, de limpiadora, que me dará para ir tirando. Cosas del sistema de reinserción. Es el primer paso de mi nuevo camino. Espero no volver atrás. Debo hacerlo por él, por su sacrificio.

Siempre me decía lo mismo. Pero se marchó para que yo lo entendiera. Por eso ahora lo pone en su lápida, para recordármelo cada vez que necesito verle de nuevo.

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Rafael esperó a que la mujer se marchara. Cuando lo hizo, se acercó a la tumba. Allí, sobre la lápida, una rosa negra y una punta de bala aplastada, descansaban junto a la inscripción que había cincelada en ella:

En las cenizas del fracaso está la sabiduría.

El hombre sólo le prestó atención un segundo.

-Fue tu decisión, Gabriel. Al final, conseguiste lo que querías. Sacrificar tu eternidad. Espero que el amor haya valido la pena.

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Tributo a Amaral.