Una tacita de té

2 11 2017

La anciana abrió el bote de cristal y el aroma rancio de las hierbas que albergaba el tarro inundó toda la estancia. No es que aquello fuera un prodigio, pues la cabaña era pequeña, un oscuro habitáculo de paredes de troncos de madera mal cortados que albergaba todas las dependencias de la casa juntas, desde la cocina a la habitación donde dormir. Sólo el excusado se encontraba apartado; a decir bien, muy apartado, pues estaba formado por una minúscula garita junto al arroyo que discurría cerca de la cabaña. Lo que sí fue un prodigio es que aquel extraño olor ocultara el ya de por sí nauseabundo efluvio que parecía instaurado de por vida en el recinto.

Con dedos maestros, la anciana tomó una pizca entre ellos, sólo una, lo suficiente para preparar el brebaje que la joven había venido buscando. Con unas pinzas, levantó la tapa de la tetera de hojalata que se posaba sobre las ascuas de la chimenea y dejó caer las hojas. El agua chisporroteó unos segundos al contactar con aquel material secado por el tiempo, un sonido que pareció un grito de alarma. La joven dio un respingo, pero se calmó cuando descubrió el origen del silbido. O se calmó todo lo que sus nervios le permitieron. Bien es dicho que la figura de la anciana y aquel lugar envuelto en sombras y objetos extravagantes, no ayudaban a mantenerse serena. Después de todo, la fama de bruja de la vieja todavía dificultaba más sentirse a gusto allí.

Cuando las hojas de té se hundieron todas en el fondo, la anciana retiró la tetera del fuego. De forma inmediata, sirvió su contenido líquido en un vaso de barro cocido, y la vieja se lo sirvió a su temerosa visitante.

-Tómatelo cuando todavía está caliente -le ordenó, mientras sonreía mostrando su mellada dentadura.

La muchacha asintió y se lanzó tan rauda a por el vaso, que apunto estuvo de derramar su contenido.

-Tranquila, querida -sentenció la bruja-. No hay prisa.

La joven se acercó el recipiente a la boca, pero cuando sus labios hicieron contacto con el brebaje, se los quemó.

La anciana rió.

-De verdad que no hay prisa -volvió a repetir-. El té se mantendrá todavía caliente durante unos minutos. Deja que se temple.

La muchacha asintió, apesadumbrada por tener que permanecer aún más tiempo allí. Su premura se debía a que lo que en realidad quería era escapar de aquel lugar. Pasados unos interminables minutos, la joven pudo beberse el brebaje. Sabía igual de mal que olía, pero pasó por su garganta de un solo trago.

-Y recuerda, querida, una tacita de té todo los días. Sólo una. Pero siempre antes de que se oculte el sol -y con aquellas palabras, le tendió una pequeña bolsa de papel con hierbas suficientes para cuarenta semanas.

La joven pagó con una moneda de hierro, se envolvió en su chal y escapó del lugar a la carrera.

Y desde aquella primera taza ofrecida por la bruja, la muchacha se preparaba todas las tardes el mismo brebaje, para que su hijo creciera sano y fuerte en su vientre. La pócima parecía surtir efecto, pues la joven vio como, con el paso del tiempo, su abdomen aumentaba de tamaño y se hinchaba como si de un globo se tratase. Además, el té parecía tener un corolario secundario positivo inesperado, en ningún momento la zagala sufrió ninguna de las dolencias típicas del periodo de gestación.

Hacia casi terminado el tiempo del embarazo, una tarde, la joven salió a dar uno de sus habituales paseos. Le sentaba bien recorrer los caminos aledaños a la aldea. Aquel ejercicio activaba su musculatura, aletargada desde hacía unos meses. Los colores del bosque se mostraban ya pardos, amarillos y rojizos, fruto de mitad del otoño. Pero todavía podía percibirse el aroma de alguna hierba tardía u otras comunes en aquella época del año.

De pronto, un ensordecedor trueno atrajo su atención. La muchacha levantó el rostro hacia el cielo y pudo comprobar que, en su ensimismamiento, una tormenta otoñal se había formado. Las primeras gotas empezaron a caer enseguida y, al cabo de pocos segundos, se convirtieron en una impenetrable cortina de agua que lo empapaba todo. Ya mojada, sin apenas tiempo para reaccionar, la joven intentó huir con premura. Su propósito era ocultarse en un pequeño refugio para pastores que conocía allí cerca, y cuando menguara la tormenta volver a la aldea. Pero tuvo la mala fortuna de hincar uno de sus pies en el hueco de una raíz, lo que produjo que se doblara el tobillo y cayera al suelo. Golpeó su cuerpo contra un árbol, pero a parte del impacto, no pareció hacerse ningún otro daño. No obstante, sí se había lesionado el tobillo, pues cuando intentó volver a apoyarlo para ponerse en pie, una descarga de dolor recorrió toda su pierna.

Y fue en aquel preciso momento, cuando un temor irracional se hizo presa de la zagala. La joven se llevó sus manos al vientre, que rodeó con los brazos de forma protectora. No tenía miedo al agua ni a los truenos, ni siquiera temía por encontrarse sola allí. Lo que le causaba pavor era no poder llegar a tiempo para tomarse su tacita de té, pues aquello era lo único que importaba.

Asustada y nerviosa, intentó volver a levantarse, con idéntico resultado que la primera vez. Finalmente, sacando fuerzas de no sabía dónde, y con la ayuda de una rama rota que rescató del suelo, consiguió ponerse en pie. Pero su caminar era lento y supo en aquel instante, que no llegaría a su hogar antes del anochecer. Sin embargo, ella siguió caminando, zancadilleando más bien.

El sol estaba a punto de ponerse cuando un fortuito desgarro hizo que la muchacha se doblara de dolor. Y supo entonces que todo estaba perdido.

-Mi tacita de té -consiguió murmurar entre el dolor.

Fue muy tarde ya cuando los vecinos de la aldea la encontraron tirada junto a un árbol, con la espalda apoyada en el tronco y la cabeza ladeada hacia un lado. Seguía murmurando la misma frase entre susurros, y lo hacía de forma continuada. Nadie supo a qué se refería.

No obstante, el grupo de gente comprobó que entre sus piernas le corría un grueso hilo de sangre que empapaba el suelo bajo ella y se internaba en el bosque. Algunos lo siguieron, presos de la curiosidad, mientras otros intentaban atender a la joven. Al cabo de unos metros de caminar, se toparon con una masa sanguinolenta indefinida. Sólo cuando se acercaron a ella se percataron que tenía forma humana, pero en miniatura. La figura no se movía y estaba inerte sobre el suelo. Sin embargo, algo allí no encajaba. Sobre lo que parecía ser la cabeza, deforme y horrenda, se distinguían dos pequeñas protuberancias óseas sobre la frente. De igual forma, una extensión epitelial se alargaba desde su coxis, como si se tratara del vestigio de la cola de un renacuajo metamorfoseándose en rana.

Los presentes se santiguaron, horrorizados ante la fealdad del engendro. Decidieron enterrar allí mismo lo que fuera aquello, pues no mostró signos de vida alguna.

Ya en la aldea, la muchacha fue atendida por el curandero del pueblo. Y ante el continuo repetir de la joven, indagó sobre qué era aquello de “su tacita de té”. Finalmente, entre todos descubrieron las hierbas que la zagala utilizaba para preparar su infusión. Cuando el matasanos abrió la bolsa para inspeccionar su contenido, el asqueroso olor inundó todas sus fosas nasales. Y fue aquel miasma el que provocó que el hombre soltara la bolsa asustado. Nunca la había tenido entre sus manos, ni siquiera la había visto antes. Pero había oído hablar de ella. Aquello sólo podía ser una cosa…

Hierba del diablo.

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Relato semifinalista en el Concurso de relato breve 2017 de La Petite Planèthé.

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La bella y la bestia

29 03 2017

Bella todavía zarandeaba el cuerpo de la bestia cuando pronunció las palabras. En realidad, hacía mucho tiempo que deseaba hacerlo, pero los sucesos que desencadenaron el ataque al castillo impidieron aquel gesto y todo se precipitó. Aún así, en aquel momento, con el cuerpo de la bestia herido de muerte y tras que lanzara su último suspiro, Bella se atrevió a confesar lo que sentía. Esas dos palabras, cinco letras en realidad, debían activar la magia que acabaría con la maldición. Así lo había dispuesto la hechicera la noche que apareció. Pero el último pétalo de la rosa maldita había caído antes de que ella encontrara el valor necesario para hablar, por lo que la bestia no despertaría de su eterno sueño. Bella lo comprendió al instante. Incluso con sus labios formando los sonidos adecuados, supo que no funcionaria. Así que sólo pudo llorar sobre el torso de la bestia, humedeciendo el pelaje que poblaba su cuerpo hechizado, ahora sin vida. Fuera, todos los sirvientes habían sucumbido también al hechizo, transformados para toda la eternidad en piezas de artesanía. Incluso el castillo, esplendoroso en el pasado, ahora mostraba un aspecto derruido. Los atacantes, por contra, huían del lugar, atemorizados por lo que habían vivido. En el futuro, los nietos de los nietos de aquellos aldeanos, sabrían que no debían acercarse a las ruinas del castillo en el que siempre era inverno. Sólo aquel intrépido muchacho que encontrara el valor de hacerlo, descubriría la sombra de una bella doncella que cuidaba del rosal de flores de invierno que poblaba el jardín. E incluso entonces oiría el susurro de su lamento.





La decisión de su (mi) vida

11 09 2016

La primera vez que lo vi fue una noche de las ya tan habituales en mi vida. Me encontraba en el garito que solía frecuentar cuando todo se torció. La policía llegó a los pocos minutos y entró allí con ganas de bronca. Después de todo, estaban habituados a los problemas que causábamos. Todo acabó como las otras veces. La mayoría de los presentes consiguió escapar, pero yo, debido a mi estado, fui detenida y metida en un coche patrulla. Y entonces hizo su aparición él, de igual forma que hace el sol mientras amanece tras una noche de fuerte tormenta, tímidamente, casi con temor, pero seguro de lo que quería hacer. Estuvo hablando con el agente durante un buen rato. Yo no pude oír lo que decían, no me encontraba en condiciones para ello. Pero sí me percaté de que hablaron de mi. Cuando terminaron, él se quedó mirando como el vehículo se marchaba conmigo dentro, mientras yo perdía su figura en la lejanía y las brumas de mi mermado entendimiento me impedían fijar su recuerdo.

La segunda vez fue a la mañana siguiente, pero yo ya me había olvidado de él. Pasé el resto de la noche en el calabozo, un lugar que se había convertido en mi segundo hogar de un tiempo a esta parte. Cuando llegó la mañana, uno de los agentes abrió mi celda y me informó que estaba libre y que alguien había pagado mi fianza. Aunque no recordaba por qué estaba allí, casi con seguridad por lo de siempre, sí estaba segura que ninguno de los otros habría hecho aquel esfuerzo por apiadarse de mi, así que me extrañé ante aquella revelación.

Al salir de la comisaría él estaba esperándome. Era alto y delgado, no muy musculoso, pero fibroso, como denotaban sus brazos. Su rostro era de una belleza sutil, sin ser realmente atractivo. Su cabello era de un tono pajizo, y sus cejas rubias enmarcaban unos ojos azules como el cielo límpido de aquella mañana, pero con iridiscencias grises, como la tormenta pasada. Llevaba unos vaqueros y una camiseta negra con un símbolo extraño dibujado mediante palabras en otro lenguaje. Me resultó familiar, pero no conseguí ubicarlo; quizás lo hubiera visto en televisión o en algún escaparate. El símbolo, no la persona.

Cuando se percató de mi presencia, todo su cuerpo se tensó. Levantó su mano derecha a modo de saludo, pero lo hizo con timidez. Me quedé mirándolo unos segundo más, intentando ubicarlo en mi memoria, pero no pude hacerlo. Así que hice lo que mejor sabía hacer: huir. Giré mi cuerpo en dirección contraria y me encaminé hacia cualquier lugar, lejos de aquel extraño. Cuando me percaté de que me seguía, aceleré mi paso hasta el punto de ponerme a correr por la acera mientras esquivaba a los transeúntes. Pero cometí el error de mirar hacia atrás para comprobar cuánta ventaja le sacaba. Aquello, pero sobre todo mi estado físico, provocó que perdiera la referencia mientras corría y acabé chocando con una farola.

Endolorida y en el suelo, mostraba una imagen pésima. Pero al extraño no le importó, sino que incrementó su velocidad cuando me vio caer. No sé si fue por verme atrapada ya o porque realmente estaba preocupado ante el incidente. La cuestión es que me alcanzó.

-¿Estás bien? -preguntó en un susurro, pero su voz sonó con un timbre musical.

Aparté bruscamente su brazo cuando intentó ayudarme a levantar. Ante aquel gesto, él retrocedió un único paso, pero no se marchó. La gente miraba la escena con indiferencia, sólo unos pocos mostraban algo de interés, aunque era más por curiosear que por otra cosa.

-¡Déjame! -le increpé mientras llevaba mi mano derecha a la frente. Un dolor atroz laceraba mi cabeza e intenté calmarlo con aquel gesto.

-Estás sangrando -me indicó en cuando retiré la mano. Y era verdad. Mis dedos estaban cubiertos por aquel líquido rojizo que tantas nauseas me producía.

Sufrí un vahído ante su visión que a punto estuvo de enviarme de nuevo al suelo, pero el extraño se movió con una increíble rapidez y evitó otra caída por mi parte. Mientras estaba en sus brazos, posó su mano sobre la herida, y una extraña sensación de calidez y bienestar me invadió desde la zona de contacto hasta el resto del cuerpo.

Conseguí llegar a un banco con su ayuda, donde me senté para recuperarme. Él hizo lo propio, situándose a mi lado. Me negaba a mirarlo por miedo a que fuera algún trastornado y no quería avivar su locura, pero tras su contacto, un bienestar extraño me incitaba a saber más de él.

-Gracias -conseguí balbucear. Él simplemente sonrió-. Por todo -añadí pasados unos segundos-. Porque supongo que has sido tú quien ha pagado mi fianza -pero no estaba segura de sentir verdadera gratitud. Simplemente había hablado por romper el incómodo silencio que se había adueñado de los dos.

-No es nada…

No le dejé terminar.

-¿Por qué lo has hecho? -aquello era más una recriminación que una pregunta, pero él no pareció darse cuenta, o si lo hizo, no le importó.

No contestó, sino que se quedó con la mirada fija en algún punto indeterminado frente a él. Aquello me exhortaba a mantenerme en mi pensamiento inicial. Aquel hombre parecía un loco, pero sentía un impedimento a apartarme de él ahora.

-¿Quieres comer algo? -dijo pasados unos segundos, sin mover su rostro del lugar donde tuviera fijos los ojos-. Necesitas reponer fuerzas. Y seguro que después de lo que has pasado, tienes hambre.

Abrí la boca para rechazar su invitación, todavía temerosa de él, pero entonces mis tripas me traicionaron de forma malévola y emitieron un largo quejido.

-Tomaré eso como un sí -sentenció mientras ahora sí me miraba y sonreía.

Cuando me di cuenta, estaba siguiendo sus pasos hacia donde me estuviera llevando. Había caído en su trampa. Una trampa que le salpicó a él mismo.

Después de aquel desayuno, llegaron otros muchos. A veces igual a aquel primero, con paso previo por el cuartelillo incluido. Otras, algo más calmado. Pero aquellos encuentros fueron el principio de algo que nunca hubiese imaginado que ocurriera.

Erz, como así le gustaba que le llamaran, consiguió entrar en mi vida a hurtadillas, aunque yo nunca entendí por qué. Y esa fue su perdición. Mi vida no valía nada. Yo misma no valía nada. Mis excesos y mis vicios me convertían en una persona difícil de tratar y de entender. Pero a él no le importaba. Su vicio era yo, fuera lo que fuera que le extasiara de mi.

Con el paso del tiempo, él se integró en mi rutina de forma más intensa. Frecuentaba mis rincones, trataba a mi gente… y finalmente compartió mis costumbres, mis funestas costumbres. Primero fue una calada. Más tardes llegó la primera línea. Y finalmente también le dió al pico. Pero a él no parecía afectarle como al resto. Nada le dañaba, al menos no como a mi. Lo único en que salía perdiendo era en el dinero que se marchaba incluso antes de entrar.

Pasamos tiempos difíciles, durmiendo en los parques, comiendo de la basura, huyendo de la policía. Pero nunca se separó de mi. Por mi parte, yo me había vuelto dependiente de él, hasta el punto que ya no concebía mi existencia en su ausencia.

Entonces se me ocurrió el magnífico plan de obtener dinero de forma fácil. Mis habituales prácticas de tirar del bolso no nos proporcionaban el dinero suficiente. Así que decidí ir más allá. Los dos entramos en una sucursal durante la hora punta. Lógicamente, estaba abarrotada de gente, pero aquello no me paró. Él sólo me seguía, como hacía siempre. Me acerqué al mostrador más próximo y agarré a la cajera de la blusa. Cuando se percató de lo que ocurría, ya tenía mi navaja puesta en su garganta. El resto fue evidente. La gente huyó despavorida mientras los demás trabajadores intentaban persuadirme de mis intenciones. Pero yo no prestaba oídos a nadie. Sólo quería lo que había venido a buscar, el dinero.

Como era lógico, la exigua minuciosidad que puse en aquel plan me evitó prever la presencia del guardia jurado. Éste, por su parte, se comportó como el vaquero que era y no dudó en extraer su arma para apuntarme. Me lanzó varias órdenes entre gritos, mientras me exigía que soltara mi navaja. Cuando quedó patente que no iba a hacerle caso, se produjo el hecho que lo cambió todo.

El muy gilipollas apretó el gatillo, pero ni si quiera entonces le presté atención. Sólo cuando el cuerpo de alguien se desplomó sobre mí, perdí un efímero segundo en desviar la atención de mi presa. Allí en el suelo, cubierto por aquel asqueroso líquido que me repugnaba, yacía Erz, totalmente inmóvil. En aquella ocasión no me desmayé ante la visión del fluido rojo. Y supe que lo único que me mantuvo despierta fue verle a él sin vida. Entonces, solté el cuchillo y me abalancé sobre su pecho, pero él ya se había marchado.

La decisión fue fácil de tomar entonces. Sé que nunca lo habría hecho por mí, sino que fue él el que me hizo tomarla después de aquello.

Han pasado seis años desde aquello. He vuelto a pisar la calle después de mi encarcelamiento, y lo primero que he hecho es acudir al cementerio para ver su tumba. Le traigo dos obsequios. Más bien un recuerdo y un presente. El futuro ya vendrá, pero sin él.

Cuando entró en mi vida, produjo un cambio del que nunca me percaté hasta aquel día. Eso fue el detonante. Ahora tengo un trabajo de mierda, de limpiadora, que me dará para ir tirando. Cosas del sistema de reinserción. Es el primer paso de mi nuevo camino. Espero no volver atrás. Debo hacerlo por él, por su sacrificio.

Siempre me decía lo mismo. Pero se marchó para que yo lo entendiera. Por eso ahora lo pone en su lápida, para recordármelo cada vez que necesito verle de nuevo.

• • •

Rafael esperó a que la mujer se marchara. Cuando lo hizo, se acercó a la tumba. Allí, sobre la lápida, una rosa negra y una punta de bala aplastada, descansaban junto a la inscripción que había cincelada en ella:

En las cenizas del fracaso está la sabiduría.

El hombre sólo le prestó atención un segundo.

-Fue tu decisión, Gabriel. Al final, conseguiste lo que querías. Sacrificar tu eternidad. Espero que el amor haya valido la pena.

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Tributo a Amaral.





La decisión de su (mi) vida

8 09 2016

La primera vez que lo vi fue una noche de las ya tan habituales en mi vida. Me encontraba en el garito que solía frecuentar cuando todo se torció. La policía llegó a los pocos minutos y entró allí con ganas de bronca. Después de todo, estaban habituados a los problemas que causábamos. Todo acabó como las otras veces. La mayoría de los presentes consiguió escapar, pero yo, debido a mi estado, fui detenida y metida en un coche patrulla. Y entonces hizo su aparición él, de igual forma que hace el sol mientras amanece tras una noche de fuerte tormenta, tímidamente, casi con temor, pero seguro de lo que quería hacer. Estuvo hablando con el agente durante un buen rato. Yo no pude oír lo que decían, no me encontraba en condiciones para ello. Pero sí me percaté de que hablaron de mi. Cuando terminaron, él se quedó mirando como el vehículo se marchaba conmigo dentro, mientras yo perdía su figura en la lejanía y las brumas de mi mermado entendimiento me impedían fijar su recuerdo.

La segunda vez fue a la mañana siguiente, pero yo ya me había olvidado de él. Pasé el resto de la noche en el calabozo, un lugar que se había convertido en mi segundo hogar de un tiempo a esta parte. Cuando llegó la mañana, uno de los agentes abrió mi celda y me informó que estaba libre y que alguien había pagado mi fianza. Aunque no recordaba por qué estaba allí, casi con seguridad por lo de siempre, sí estaba segura que ninguno de los otros habría hecho aquel esfuerzo por apiadarse de mi, así que me extrañé ante aquella revelación.

Al salir de la comisaría él estaba esperándome. Era alto y delgado, no muy musculoso, pero fibroso, como denotaban sus brazos. Su rostro era de una belleza sutil, sin ser realmente atractivo. Su cabello era de un tono pajizo, y sus cejas rubias enmarcaban unos ojos azules como el cielo límpido de aquella mañana, pero con iridiscencias grises, como la tormenta pasada. Llevaba unos vaqueros y una camiseta negra con un símbolo extraño dibujado mediante palabras en otro lenguaje. Me resultó familiar, pero no conseguí ubicarlo; quizás lo hubiera visto en televisión o en algún escaparate. El símbolo, no la persona.

Cuando se percató de mi presencia, todo su cuerpo se tensó. Levantó su mano derecha a modo de saludo, pero lo hizo con timidez. Me quedé mirándolo unos segundo más, intentando ubicarlo en mi memoria, pero no pude hacerlo. Así que hice lo que mejor sabía hacer: huir. Giré mi cuerpo en dirección contraria y me encaminé hacia cualquier lugar, lejos de aquel extraño. Cuando me percaté de que me seguía, aceleré mi paso hasta el punto de ponerme a correr por la acera mientras esquivaba a los transeúntes. Pero cometí el error de mirar hacia atrás para comprobar cuánta ventaja le sacaba. Aquello, pero sobre todo mi estado físico, provocó que perdiera la referencia mientras corría y acabé chocando con una farola.

Endolorida y en el suelo, mostraba una imagen pésima. Pero al extraño no le importó, sino que incrementó su velocidad cuando me vio caer. No sé si fue por verme atrapada ya o porque realmente estaba preocupado ante el incidente. La cuestión es que me alcanzó.

-¿Estás bien? -preguntó en un susurro, pero su voz sonó con un timbre musical.

Aparté bruscamente su brazo cuando intentó ayudarme a levantar. Ante aquel gesto, él retrocedió un único paso, pero no se marchó. La gente miraba la escena con indiferencia, sólo unos pocos mostraban algo de interés, aunque era más por curiosear que por otra cosa.

-¡Déjame! -le increpé mientras llevaba mi mano derecha a la frente. Un dolor atroz laceraba mi cabeza e intenté calmarlo con aquel gesto.

-Estás sangrando -me indicó en cuando retiré la mano. Y era verdad. Mis dedos estaban cubiertos por aquel líquido rojizo que tantas nauseas me producía.

Sufrí un vahído ante su visión que a punto estuvo de enviarme de nuevo al suelo, pero el extraño se movió con una increíble rapidez y evitó otra caída por mi parte. Mientras estaba en sus brazos, posó su mano sobre la herida, y una extraña sensación de calidez y bienestar me invadió desde la zona de contacto hasta el resto del cuerpo.

Conseguí llegar a un banco con su ayuda, donde me senté para recuperarme. Él hizo lo propio, situándose a mi lado. Me negaba a mirarlo por miedo a que fuera algún trastornado y no quería avivar su locura, pero tras su contacto, un bienestar extraño me incitaba a saber más de él.

-Gracias -conseguí balbucear. Él simplemente sonrió-. Por todo -añadí pasados unos segundos-. Porque supongo que has sido tú quien ha pagado mi fianza -pero no estaba segura de sentir verdadera gratitud. Simplemente había hablado por romper el incómodo silencio que se había adueñado de los dos.

-No es nada…

No le dejé terminar.

-¿Por qué lo has hecho? -aquello era más una recriminación que una pregunta, pero él no pareció darse cuenta, o si lo hizo, no le importó.

No contestó, sino que se quedó con la mirada fija en algún punto indeterminado frente a él. Aquello me exhortaba a mantenerme en mi pensamiento inicial. Aquel hombre parecía un loco, pero sentía un impedimento a apartarme de él ahora.

-¿Quieres comer algo? -dijo pasados unos segundos, sin mover su rostro del lugar donde tuviera fijos los ojos-. Necesitas reponer fuerzas. Y seguro que después de lo que has pasado, tienes hambre.

Abrí la boca para rechazar su invitación, todavía temerosa de él, pero entonces mis tripas me traicionaron de forma malévola y emitieron un largo quejido.

-Tomaré eso como un sí -sentenció mientras ahora sí me miraba y sonreía.

Cuando me di cuenta, estaba siguiendo sus pasos hacia donde me estuviera llevando. Había caído en su trampa. Una trampa que le salpicó a él mismo.

Después de aquel desayuno, llegaron otros muchos. A veces igual a aquel primero, con paso previo por el cuartelillo incluido. Otras, algo más calmado. Pero aquellos encuentros fueron el principio de algo que nunca hubiese imaginado que ocurriera.

Erz, como así le gustaba que le llamaran, consiguió entrar en mi vida a hurtadillas, aunque yo nunca entendí por qué. Y esa fue su perdición. Mi vida no valía nada. Yo misma no valía nada. Mis excesos y mis vicios me convertían en una persona difícil de tratar y de entender. Pero a él no le importaba. Su vicio era yo, fuera lo que fuera que le extasiara de mi.

Con el paso del tiempo, él se integró en mi rutina de forma más intensa. Frecuentaba mis rincones, trataba a mi gente… pero nunca compartió mis vicios, al menos no como yo. Él estaba siempre a mi lado, recogiéndome en mis caida, levantándome, cosa que yo hacía muy seguido. Pero no parecía importarle. Lo único en que salía perdiendo era en el dinero que se marchaba incluso antes de entrar.

Pasamos tiempos difíciles, durmiendo en los parques, comiendo de la basura, huyendo de la policía. Pero nunca se separó de mi. Por mi parte, yo me había vuelto dependiente de él, hasta el punto que ya no concebía mi existencia en su ausencia.

Entonces se me ocurrió el magnífico plan de obtener dinero de forma fácil. Mis habituales prácticas de tirar del bolso no nos proporcionaban el dinero suficiente. Así que decidí ir más allá. Los dos entramos en una sucursal durante la hora punta. Lógicamente, estaba abarrotada de gente, pero aquello no me paró. Él sólo me seguía, como hacía siempre. Me acerqué al mostrador más próximo y agarré a la cajera de la blusa. Cuando se percató de lo que ocurría, ya tenía mi navaja puesta en su garganta. El resto fue evidente. La gente huyó despavorida mientras los demás trabajadores intentaban persuadirme de mis intenciones. Pero yo no prestaba oídos a nadie. Sólo quería lo que había venido a buscar, el dinero.

Como era lógico, la exigua minuciosidad que puse en aquel plan me evitó prever la presencia del guardia jurado. Éste, por su parte, se comportó como el vaquero que era y no dudó en extraer su arma para apuntarme. Me lanzó varias órdenes entre gritos, mientras me exigía que soltara mi navaja. Cuando quedó patente que no iba a hacerle caso, se produjo el hecho que lo cambió todo.

El muy gilipollas apretó el gatillo, pero ni si quiera entonces le presté atención. Sólo cuando el cuerpo de alguien se desplomó sobre mí, perdí un efímero segundo en desviar la atención de mi presa. Allí en el suelo, cubierto por aquel asqueroso líquido que me repugnaba, yacía Erz, totalmente inmóvil. En aquella ocasión no me desmayé ante la visión del fluido rojo. Y supe que lo único que me mantuvo despierta fue verle a él sin vida. Entonces, solté el cuchillo y me abalancé sobre su pecho, pero él ya se había marchado.

La decisión fue fácil de tomar entonces. Sé que nunca lo habría hecho por mí, sino que fue él el que me hizo tomarla después de aquello.

Han pasado seis años desde aquello. He vuelto a pisar la calle después de mi encarcelamiento, y lo primero que he hecho es acudir al cementerio para ver su tumba. Le traigo dos obsequios. Más bien un recuerdo y un presente. El futuro ya vendrá, pero sin él.

Cuando entró en mi vida, produjo un cambio del que nunca me percaté hasta aquel día. Eso fue el detonante. Ahora tengo un trabajo de mierda, de limpiadora, que me dará para ir tirando. Cosas del sistema de reinserción. Es el primer paso de mi nuevo camino. Espero no volver atrás. Debo hacerlo por él, por su sacrificio.

Siempre me decía lo mismo. Pero se marchó para que yo lo entendiera. Por eso ahora lo pone en su lápida, para recordármelo cada vez que necesito verle de nuevo.

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Rafael esperó a que la mujer se marchara. Cuando lo hizo, se acercó a la tumba. Allí, sobre la lápida, una rosa negra y una punta de bala aplastada, descansaban junto a la inscripción que había cincelada en ella:

“En las cenizas del fracaso está la sabiduría”

El hombre sólo le prestó atención un segundo.

-Fue tu decisión, Gabriel. Al final, conseguiste lo que querías. Sacrificar tu eternidad. Espero que el amor haya valido la pena.

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Tributo a Amaral.





Historia

20 07 2015

               Este es el lamento

               que alguien, en su intento

               por salvar al mundo del desaliento,

alzó al viento:

Tres son los poderes

y tres son los anillos,

pero cuatro son los seres

que encontrarán el camino.

Y con el quinto elemento

de mi pensamiento,

el mundo conocerá

la fuerza que vencerá.

Mas cuando esto ocurra

y el mundo aprenda,

quizá demasiado tarde sea

para reparar la ofensa.

Será una lágrima

con su insignificancia

la que abra la puerta

para su vuelta,

y traiga consigo la esperanza,

que perdimos

cuando a nuestro favor no se inclinó la balanza.

Con su esencia

ya creamos las armas,

mas con su prudencia

salvaremos las almas.

Con todos reunidos

y ninguno afligido,

el fin y el principio

volverán a ser lo mismo.

Pero otra batalla habrá que librar

y sólo un ser la podrá ganar,

un ser surgido del corazón

que nos dará a todos la convicción

de que incluso en estos momentos de duro temor,

incluso entonces, el odio caerá ante el amor.

Un tiempo al que no pertenecerán

los reclamará,

porque el culpable regresará,

con su negra espada que al cielo alzará,

en recuerdo de un tiempo que ya no conocerá.

De la magia se harán servir

para así poder sobrevivir.

Retrocederán en alas del tiempo

y en su fluir, que es muy lento;

para cerrar el círculo que fue abierto

en el principio de su lamento.

Una decisión tendrán que tomar

que a las almas y a los espíritus les hará llorar.

La magia al final será liberada

de donde nunca debió ser encerrada:

su lóbrega y oscura prisión,

para que el mundo obtenga su… ¿salvación?





CdP – Capítulo 1

17 11 2014

Los dos compañeros cruzaron el umbral uno detrás del otro. El lugar estaba abarrotado de gente, pero nadie se percató de su presencia. Aún así, prefirieron quedarse en la parte de atrás, apartados del resto para que no se fijaran en ellos. El más alto de los dos llevaba una sudadera y unos vaqueros. La capucha del suéter ocultaba su rostro en un intento de no correr riesgos; nadie debía reconocerlo. No obstante, aquello no era ningún problema, pues muchos de los asistentes vestían de forma parecida. Del mismo modo, el arco de su mano izquierda y el carcaj colgado de su espalda tampoco debían ser motivo de curiosidad, igual que la corta espada que llevaba atada a la pernera del pantalón; otros también cargaban con sus armas. Su acompañante, sin embargo, tenía la cara descubierta y sólo portaba un cuchillo, pero no para ser utilizado como arma. Su misión sería más sencilla.

El recinto era amplio, algo más de cincuenta metros en su parte larga. En épocas pasadas aquel edificio había albergado competiciones deportivas, y el escenario que todos contemplaban se había utilizado para celebraciones de índole musical. Pero el acto que ahora estaba teniendo lugar era muy distinto.

Frente a ellos, justo en el lado opuesto del recinto, dos personas se encontraban subidas en el entarimado. Un hombre robusto presidía la escena y recitaba un coloquio del que todos prestaban atención. A su izquierda, una mujer joven estaba subida encima de un barril, con las manos atadas a la espalda. Pero lo más interesante de ella era la soga que se encontraba a su lado. La cuerda se encontraba atada a una de las bigas que sujetaban el tejado. Lo que los dos compañeros estaban presenciando era una ejecución. Una ejecución que debían evitar.

-¡Bruja! -empezaron a corear todos al unísono. Una palabra que había tomado un cariz peligroso para aquellas mujeres a las que fuera dirigido.

Alguno de los asistentes lanzó un tomate podrido que impactó sobre la cara de la chica. Dánish se percató desde la distancia del odio que irradiaban los verdes ojos de la joven. Pero los gritos e insultos no cesaron. Mientras, Dóug se deleitaba con el espectáculo que estaba realizando y del que era partícipe.

Dánish sabía que todo aquello era una estúpida pantomima. Lyanna, la mujer que estaba siendo juzgada, si podía decirse así, por brujería, no había cometido ningún delito de tal índole. Aquello sólo era una excusa para realizar un último intento de atraerla hacía su persona. Dóug estaba obsesionado con la muchacha, hasta tal punto que no había aceptado el rechazo que ella sentía por él. Él era un hombre huraño y mentiroso, y siempre intentaba manejar a todos a su antojo para sacar provecho, haciendo uso de sus engaños para atraer a la gente. Pero Dóug no toleraba que ella no quisiera nada con él, y se había inventado aquella patraña para obligarla a aceptarlo. Sólo si ella se comprometía a estar con él retiraría los cargos.

Desde la aparición de la magia, años atrás, muchos eran los que había recelado de ella, sobre todo aquellos que no la entendían o no tenían ninguna aptitud para ella. La magia fue descubierta, como tantas otras cosas, por la ciencia del pasado. Pero para sorpresa de todos, el mundo no la había aceptado como algo natural. Y pronto, grupos radicales religiosos se armaron de valor y esgrimieron argumentos estúpidos contra ella. Se formo así una nueva religión contra este descubrimiento, y fueron muchos los que se hicieron eco de ella. Con el paso del tiempo los enfrentamiento se volvieron más violentos, hasta el punto que la humanidad entró en guerra. Para desgracia de todos, este nuevo credo fue el bando vencedor esgrimiendo una tecnología que ellos mismos tachaban de herejía. La magia fue censurada, pero ahí no terminaron las desgracia. Amparados por unos designios divinos que ellos mismos promulgaban, comenzaron a censurar también cualquier asunto que tuviera que ver con la antigua ciencia. Todo aquello desembocó en una desaparición de libertades como nunca antes se había visto. Cualquier discrepancia contra el nuevo orden de gobierno se traducía en una afrenta contra esta nueva religión, y era juzgada como si de un delito se tratase. Así que, en seguida, cualquier rivalidad, por pequeña que pareciese, acababa en tribunales de poca legalidad, aunque no existiese motivo alguno para celebrarse. Vecinos contra vecinos, hermanos con hermanos, todos se acusaban de practicar la antigua ciencia, aunque fuera mentira, para quitarse de encima a aquellas personas que molestaban. Y la peor acusación de todas era la practica de la magia, el nuevo y último descubrimiento de la antigua ciencia.

Como en tantas ocasiones, aquel era otro de los muchos casos que pululaban por el mundo.

-¡Entonces estamos de acuerdo! -clamó Dóug mientras sonreía.

Todos asintieron entre un griterío que se propagó como un eco en el recinto.

Ante aquel fragor, Dóug se dirigió hacia la mujer.

-Esta es tu última oportunidad Lyanna -le dijo en un susurro mientras pasaba su cabeza a través del nudo de la soga-. Acéptame con esposo y todo esto habrá terminado.

-Jamás -replicó ella mientras le lanzaba un escupitajo a la cara.

El rostro del hombre se crispó de rabia.

-Tú lo has querido sentenció -se limpió la cara y apretó el nudo corredero-. Prefiero verte muerta que en manos de otro.

Dóug se apartó unos pasos de ella.

-¡Que con la muerte de la bruja, su alma sea purificada! -gritó.

De nuevo, todos prorrumpieron en un clamor ante aquella sentencia.

Dóug dio una patada al barril sobre el que estaba la mujer y ella calló bajo su peso hacia el suelo del escenario. Para sorpresa de todos, la cuerda se rompió cuando alcanzó su tensión máxima, propiciando que la muchacha aterrizara en el entarimado sana y salva. Pero el hombre fue capaz de percibir un movimiento veloz en el punto donde se había roto la cuerda justo cuando él pateaba el barril. En la pared trasera, una flecha se cimbreaba clavada en ella. Se giró rápidamente, intentado descubrir al artífice de aquel atrevimiento y lo encontró enseguida.

El rostro de Lyanna se iluminó al reconocerlo ella también

Al fondo, Dánish, con la cara descubierta ahora, ya cargaba otra flecha en su arco.

-Al primero que mueva un músculo, le atravieso la garganta con una de éstas -amenazó cuando todo el mundo se giró para contemplarlo.

Aquellas palabras provocaron el efecto deseado, al menos al principio, pues nadie se movió. Pero pasados unos segundo, un valiente hizo intención de acercarse al arquero. Cayó fulminado al suelo, atravesado su cuello por uno de los puntiagudos proyectiles, y allí se quedó de rodillas entre gorgoteos y estertores mientras se le escapa la vida. Cuando el resto volvió a mirar a Dánish, éste ya tenía cargado el arco otra vez.

-Ahora voy a acercarme lentamente -sentenció-. Aquel que intente hacerse el valiente acabará como vuestro amigo.

Y comenzó a andar hacia la multitud. Todos fueron apartándose poco a poco, franqueando un pasillo de personas por el que discurrieron Dánish y su compañero. El arquero no dejó de apuntar con el arma mientras avanzaban, y nadie se atrevió a acercarse a él después de lo que habían visto. Cuando llegaron al escenario, conminaron a la muchacha para que bajara con ellos. Ésta así lo hizo y Róland, el amigo de Dánish, cortó las ataduras que sujetaban sus muñecas. Ahora, los tres empezaron a caminar hacia uno de los laterales del recinto, donde había otra puerta. Una vez llegaron a ella, Róland apretó un botón grande que había junto a ella. La puerta, de metal, comenzó a deslizarse hacia arriba por unos raíles, accionado su movimiento por un motor chirriante. Cuando terminó de abrirse, Lyanna pudo comprobar que un coche todoterreno los esperaba fuera. Dentro, al volante del vehículo estaba César, otro de los amigos de Dánish. Róland y la joven traspusieron la puerta en dirección al coche mientras el arquero cubría la huida. En el momento en que los dos estuvieron seguros en el interior, Dánish volvió a apretar el botón de la puerta y ésta se cerró con él dentro del recinto.

Su plan sólo contemplaba sacar a la chica y quedarse él allí a modo de cebo mientras los demás escapaban en el todoterreno. Aquello era lo mejor que había sido capaz de idear. Hasta el momento todo había salido a pedir de boca. Ahora tenía que ver cómo escapaba él de aquel enredo, un aspecto que hasta el momento no había contemplado.





¡Papá, no corras!

23 12 2013

Sonrió al destapar el regalo de sus hijos. Aquello debía ser cosa de su mujer, seguro. Los niños todavía eran pequeños para entender aquella disputa entre ambos.

-Gracias -dijo. Su voz sonó animada, mientras le dirigía una mirada de reproche a su esposa. Ella se la mantuvo sin contemplación.

Poco más que un souvenir, se trataba de un artilugio con dos fotografías, de sus hijos, una a cada extremo. En el centro había un semáforo con tres piedrecitas de colores que simulaban las luces de la señal de tráfico. Todo esto iba acompañado por una frase: ¡Papá, no corras!

Aquella frase hacía alusión al peligro que el hombre corría cada vez que se involucraba en su trabajo.

Ese regalo y los demás eran ya un motivo para que los dos discutieran. Mañana sería el día de Navidad. Pero su empleo le obligaba a estar ausente en Nochebuena, por lo que el tradicional reparto de regalos se adelantaba a la tarde inmediatamente anterior a la misma.

Habían tenido aquella discusión en incontables ocasiones. Constantemente argumentaba que muchas personas dependían de lo que tuviese que hacer esa noche, provocando que la mujer siempre cediera al final.

En aquella ocasión no fue diferente. Después de hablarlo una vez más, el hombre se dispuso a realizar los preparativos necesarios. Se vistió como mandaban los cánones. Cargó todo el equipaje necesario en el vehículo, añadiendo al salpicadero el regalo que había recibido momentos antes.

Finalmente, se enfundó en sus botas negras y se sentó en el trineo. Se despidió desde el asiento. Chasqueó las correas, que transmitieron la orden a los renos para que alzaran el vuelo. Se elevó con velocidad y, en lo alto del cielo, Santa Claus exclamó su tradicional ¡Hou, hou, hou! mientras sus hijos agitaban sus manos en el aire.