Historia

20 07 2015

               Este es el lamento

               que alguien, en su intento

               por salvar al mundo del desaliento,

alzó al viento:

Tres son los poderes

y tres son los anillos,

pero cuatro son los seres

que encontrarán el camino.

Y con el quinto elemento

de mi pensamiento,

el mundo conocerá

la fuerza que vencerá.

Mas cuando esto ocurra

y el mundo aprenda,

quizá demasiado tarde sea

para reparar la ofensa.

Será una lágrima

con su insignificancia

la que abra la puerta

para su vuelta,

y traiga consigo la esperanza,

que perdimos

cuando a nuestro favor no se inclinó la balanza.

Con su esencia

ya creamos las armas,

mas con su prudencia

salvaremos las almas.

Con todos reunidos

y ninguno afligido,

el fin y el principio

volverán a ser lo mismo.

Pero otra batalla habrá que librar

y sólo un ser la podrá ganar,

un ser surgido del corazón

que nos dará a todos la convicción

de que incluso en estos momentos de duro temor,

incluso entonces, el odio caerá ante el amor.

Un tiempo al que no pertenecerán

los reclamará,

porque el culpable regresará,

con su negra espada que al cielo alzará,

en recuerdo de un tiempo que ya no conocerá.

De la magia se harán servir

para así poder sobrevivir.

Retrocederán en alas del tiempo

y en su fluir, que es muy lento;

para cerrar el círculo que fue abierto

en el principio de su lamento.

Una decisión tendrán que tomar

que a las almas y a los espíritus les hará llorar.

La magia al final será liberada

de donde nunca debió ser encerrada:

su lóbrega y oscura prisión,

para que el mundo obtenga su… ¿salvación?

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CdP – Capítulo 1

17 11 2014

Los dos compañeros cruzaron el umbral uno detrás del otro. El lugar estaba abarrotado de gente, pero nadie se percató de su presencia. Aún así, prefirieron quedarse en la parte de atrás, apartados del resto para que no se fijaran en ellos. El más alto de los dos llevaba una sudadera y unos vaqueros. La capucha del suéter ocultaba su rostro en un intento de no correr riesgos; nadie debía reconocerlo. No obstante, aquello no era ningún problema, pues muchos de los asistentes vestían de forma parecida. Del mismo modo, el arco de su mano izquierda y el carcaj colgado de su espalda tampoco debían ser motivo de curiosidad, igual que la corta espada que llevaba atada a la pernera del pantalón; otros también cargaban con sus armas. Su acompañante, sin embargo, tenía la cara descubierta y sólo portaba un cuchillo, pero no para ser utilizado como arma. Su misión sería más sencilla.

El recinto era amplio, algo más de cincuenta metros en su parte larga. En épocas pasadas aquel edificio había albergado competiciones deportivas, y el escenario que todos contemplaban se había utilizado para celebraciones de índole musical. Pero el acto que ahora estaba teniendo lugar era muy distinto.

Frente a ellos, justo en el lado opuesto del recinto, dos personas se encontraban subidas en el entarimado. Un hombre robusto presidía la escena y recitaba un coloquio del que todos prestaban atención. A su izquierda, una mujer joven estaba subida encima de un barril, con las manos atadas a la espalda. Pero lo más interesante de ella era la soga que se encontraba a su lado. La cuerda se encontraba atada a una de las bigas que sujetaban el tejado. Lo que los dos compañeros estaban presenciando era una ejecución. Una ejecución que debían evitar.

-¡Bruja! -empezaron a corear todos al unísono. Una palabra que había tomado un cariz peligroso para aquellas mujeres a las que fuera dirigido.

Alguno de los asistentes lanzó un tomate podrido que impactó sobre la cara de la chica. Dánish se percató desde la distancia del odio que irradiaban los verdes ojos de la joven. Pero los gritos e insultos no cesaron. Mientras, Dóug se deleitaba con el espectáculo que estaba realizando y del que era partícipe.

Dánish sabía que todo aquello era una estúpida pantomima. Lyanna, la mujer que estaba siendo juzgada, si podía decirse así, por brujería, no había cometido ningún delito de tal índole. Aquello sólo era una excusa para realizar un último intento de atraerla hacía su persona. Dóug estaba obsesionado con la muchacha, hasta tal punto que no había aceptado el rechazo que ella sentía por él. Él era un hombre huraño y mentiroso, y siempre intentaba manejar a todos a su antojo para sacar provecho, haciendo uso de sus engaños para atraer a la gente. Pero Dóug no toleraba que ella no quisiera nada con él, y se había inventado aquella patraña para obligarla a aceptarlo. Sólo si ella se comprometía a estar con él retiraría los cargos.

Desde la aparición de la magia, años atrás, muchos eran los que había recelado de ella, sobre todo aquellos que no la entendían o no tenían ninguna aptitud para ella. La magia fue descubierta, como tantas otras cosas, por la ciencia del pasado. Pero para sorpresa de todos, el mundo no la había aceptado como algo natural. Y pronto, grupos radicales religiosos se armaron de valor y esgrimieron argumentos estúpidos contra ella. Se formo así una nueva religión contra este descubrimiento, y fueron muchos los que se hicieron eco de ella. Con el paso del tiempo los enfrentamiento se volvieron más violentos, hasta el punto que la humanidad entró en guerra. Para desgracia de todos, este nuevo credo fue el bando vencedor esgrimiendo una tecnología que ellos mismos tachaban de herejía. La magia fue censurada, pero ahí no terminaron las desgracia. Amparados por unos designios divinos que ellos mismos promulgaban, comenzaron a censurar también cualquier asunto que tuviera que ver con la antigua ciencia. Todo aquello desembocó en una desaparición de libertades como nunca antes se había visto. Cualquier discrepancia contra el nuevo orden de gobierno se traducía en una afrenta contra esta nueva religión, y era juzgada como si de un delito se tratase. Así que, en seguida, cualquier rivalidad, por pequeña que pareciese, acababa en tribunales de poca legalidad, aunque no existiese motivo alguno para celebrarse. Vecinos contra vecinos, hermanos con hermanos, todos se acusaban de practicar la antigua ciencia, aunque fuera mentira, para quitarse de encima a aquellas personas que molestaban. Y la peor acusación de todas era la practica de la magia, el nuevo y último descubrimiento de la antigua ciencia.

Como en tantas ocasiones, aquel era otro de los muchos casos que pululaban por el mundo.

-¡Entonces estamos de acuerdo! -clamó Dóug mientras sonreía.

Todos asintieron entre un griterío que se propagó como un eco en el recinto.

Ante aquel fragor, Dóug se dirigió hacia la mujer.

-Esta es tu última oportunidad Lyanna -le dijo en un susurro mientras pasaba su cabeza a través del nudo de la soga-. Acéptame con esposo y todo esto habrá terminado.

-Jamás -replicó ella mientras le lanzaba un escupitajo a la cara.

El rostro del hombre se crispó de rabia.

-Tú lo has querido sentenció -se limpió la cara y apretó el nudo corredero-. Prefiero verte muerta que en manos de otro.

Dóug se apartó unos pasos de ella.

-¡Que con la muerte de la bruja, su alma sea purificada! -gritó.

De nuevo, todos prorrumpieron en un clamor ante aquella sentencia.

Dóug dio una patada al barril sobre el que estaba la mujer y ella calló bajo su peso hacia el suelo del escenario. Para sorpresa de todos, la cuerda se rompió cuando alcanzó su tensión máxima, propiciando que la muchacha aterrizara en el entarimado sana y salva. Pero el hombre fue capaz de percibir un movimiento veloz en el punto donde se había roto la cuerda justo cuando él pateaba el barril. En la pared trasera, una flecha se cimbreaba clavada en ella. Se giró rápidamente, intentado descubrir al artífice de aquel atrevimiento y lo encontró enseguida.

El rostro de Lyanna se iluminó al reconocerlo ella también

Al fondo, Dánish, con la cara descubierta ahora, ya cargaba otra flecha en su arco.

-Al primero que mueva un músculo, le atravieso la garganta con una de éstas -amenazó cuando todo el mundo se giró para contemplarlo.

Aquellas palabras provocaron el efecto deseado, al menos al principio, pues nadie se movió. Pero pasados unos segundo, un valiente hizo intención de acercarse al arquero. Cayó fulminado al suelo, atravesado su cuello por uno de los puntiagudos proyectiles, y allí se quedó de rodillas entre gorgoteos y estertores mientras se le escapa la vida. Cuando el resto volvió a mirar a Dánish, éste ya tenía cargado el arco otra vez.

-Ahora voy a acercarme lentamente -sentenció-. Aquel que intente hacerse el valiente acabará como vuestro amigo.

Y comenzó a andar hacia la multitud. Todos fueron apartándose poco a poco, franqueando un pasillo de personas por el que discurrieron Dánish y su compañero. El arquero no dejó de apuntar con el arma mientras avanzaban, y nadie se atrevió a acercarse a él después de lo que habían visto. Cuando llegaron al escenario, conminaron a la muchacha para que bajara con ellos. Ésta así lo hizo y Róland, el amigo de Dánish, cortó las ataduras que sujetaban sus muñecas. Ahora, los tres empezaron a caminar hacia uno de los laterales del recinto, donde había otra puerta. Una vez llegaron a ella, Róland apretó un botón grande que había junto a ella. La puerta, de metal, comenzó a deslizarse hacia arriba por unos raíles, accionado su movimiento por un motor chirriante. Cuando terminó de abrirse, Lyanna pudo comprobar que un coche todoterreno los esperaba fuera. Dentro, al volante del vehículo estaba César, otro de los amigos de Dánish. Róland y la joven traspusieron la puerta en dirección al coche mientras el arquero cubría la huida. En el momento en que los dos estuvieron seguros en el interior, Dánish volvió a apretar el botón de la puerta y ésta se cerró con él dentro del recinto.

Su plan sólo contemplaba sacar a la chica y quedarse él allí a modo de cebo mientras los demás escapaban en el todoterreno. Aquello era lo mejor que había sido capaz de idear. Hasta el momento todo había salido a pedir de boca. Ahora tenía que ver cómo escapaba él de aquel enredo, un aspecto que hasta el momento no había contemplado.





¡Papá, no corras!

23 12 2013

Sonrió al destapar el regalo de sus hijos. Aquello debía ser cosa de su mujer, seguro. Los niños todavía eran pequeños para entender aquella disputa entre ambos.

-Gracias -dijo. Su voz sonó animada, mientras le dirigía una mirada de reproche a su esposa. Ella se la mantuvo sin contemplación.

Poco más que un souvenir, se trataba de un artilugio con dos fotografías, de sus hijos, una a cada extremo. En el centro había un semáforo con tres piedrecitas de colores que simulaban las luces de la señal de tráfico. Todo esto iba acompañado por una frase: ¡Papá, no corras!

Aquella frase hacía alusión al peligro que el hombre corría cada vez que se involucraba en su trabajo.

Ese regalo y los demás eran ya un motivo para que los dos discutieran. Mañana sería el día de Navidad. Pero su empleo le obligaba a estar ausente en Nochebuena, por lo que el tradicional reparto de regalos se adelantaba a la tarde inmediatamente anterior a la misma.

Habían tenido aquella discusión en incontables ocasiones. Constantemente argumentaba que muchas personas dependían de lo que tuviese que hacer esa noche, provocando que la mujer siempre cediera al final.

En aquella ocasión no fue diferente. Después de hablarlo una vez más, el hombre se dispuso a realizar los preparativos necesarios. Se vistió como mandaban los cánones. Cargó todo el equipaje necesario en el vehículo, añadiendo al salpicadero el regalo que había recibido momentos antes.

Finalmente, se enfundó en sus botas negras y se sentó en el trineo. Se despidió desde el asiento. Chasqueó las correas, que transmitieron la orden a los renos para que alzaran el vuelo. Se elevó con velocidad y, en lo alto del cielo, Santa Claus exclamó su tradicional ¡Hou, hou, hou! mientras sus hijos agitaban sus manos en el aire.





Simbiosis

24 11 2013

La roca seguía allí, justo donde recordaba. En realidad no había esperado que no estuviera, pero sintió un extraño alivio cuando la vio. Sabía que era una tontería, pero no había podido evitar experimentar aquella sensación.

Se subió a ella y se sentó en una oquedad donde sus glúteos encajaban a la perfección. Entonces, recostó su espalda sobre la lisa superficie de la piedra, tal como hiciera en innumerables ocasiones antaño. Ya aposentado y con el cuerpo en perfecto descanso, se dispuso a disfrutar del paisaje.

Frente a él, al otro lado del escarpado barranco, se alzaban las ruinas de una antigua fortaleza, un baluarte construido por una perdida civilización que dominó aquella región en tiempos ya olvidados.

A Shai le gustaba aquel lugar, aunque nunca había conseguido entender por qué. Su retiro se encontraba escondido entre la espesura del bosque y el matorral. De hecho, nunca en todas las veces que había estado allí, se había cruzado con nadie. Pero eso había sido mucho tiempo atrás.

Ahora el joven no buscaba ocultarse del mundo como en las anteriores ocasiones en las que había recurrido a su pequeño rincón del monte. O tal vez sí, todavía no lo tenía muy claro. Al principio, la idea de acercarse a la roca había surgido instantáneamente, casi de forma inesperada. Pero el hecho de que no hubiese invitado a sus amigos a que lo acompañaran quizás quería decir que, en realidad, deseaba ocultarse durante un momento.

De un tiempo a esta parte, había sentido la necesidad de regresar al lugar donde había pasado su niñez. Aquel pequeño pueblo, con poco más de una veintena de casas, estaba apartado de cualquier ruta conocida. De hecho, no tenía nada de importante si no fuera porque había cumplido la función de capital de un antiguo reino, y los muros medio reduidos que ahora estaba contemplando, eran el único vestigio de aquella época dorada. Pero ya a nadie le interesaba la historia y, poco a poco, aquel municipio había ido desapareciendo de los mapas más relevantes de la época.

Convencerlos a todos para que lo acompañaran allí no había sido sencillo, pero al final lo había conseguido. Ahora, el resto de integrantes del grupo estarían preguntándose el por qué de que él hubiese desaparecido. En realidad no estaba preocupado por lo que pudieran pensar, en el fondo le daba igual. Pero como muestra de consideración, había redactado una efímera nota explicativa de su paradero:

                                 “Salgo a dar una vuelta. Volveré en seguida.                                                                                                     Shai.”

Sonrió al recordar aquellas palabras. Para ser sinceros, “efímera nota explicativa” no definía correctamente aquella escueta misiva.

No obstante, algo lo había obligado a desplazarse hasta allí, igual que a acercarse hasta la aldea. Quizás fuera un sentimiento de añoranza, pues desde el día que partió no había vuelto a aquel lugar. Ni al pueblo ni a la roca.

Shai tenía la sensación de que el mundo era una extraña noria que nunca paraba de girar. La única peculiaridad que poseía es que su movimiento podía ser lento o más rápido, dependiendo de una serie de sucesos aleatorios que nadie podría controlar jamás.

Su vida allí había sido sencilla desde el principio, como la del resto de habitantes del lugar. Pero pronto descubrió que él no era como los demás y quizás el destino, la fortuna o vete a saber qué, tenía preparado algo diferente para él.

Su vida cambió radicalmente cuando una nueva familia se estableció en el lugar. Y desde entonces la noria que era su mundo había girado de forma vertiginosa precipitando los sucesos que habían desembocado en su partida de allí. O debería decir, más bien, en su huida.

Pero aquello ya estaba olvidado. La noria había vuelto a girar y el pasado había quedado atrás. O eso pensaba él, porque entonces escuchó como se quebraba una rama en el suelo.

En realidad, no habría sido necesario que se girara para descubrirla, porque el lugar estaba inundado de su peculiar perfume. Aunque hasta ese preciso momento no se había percatado de él. Y fue entonces cuando descubrió que quizás su necesidad por volver allí podía haber sido influenciada por fuerzas ajenas a su persona.

La visión de la mujer lo hechizó como la primera vez. Como todas las anteriores veces en las que se habían encontrado.

La primera vez que se cruzó con su mirada había sido unos días después de la llegada de los extraños al pueblo. La familia al completo se había instalado en una vieja casa abandonada y habían comenzado a reformarla. Un día, cumpliendo sus labores cotidianas, Shai pasó al lado de la cerca de la cabaña y allí estaba ella. Entonces sólo era poco más que un adolescente que nada sabía del amor, pero al contemplarla, su cuerpo experimentó una serie de sensaciones que nunca antes había sentido. La muchacha era bonita, mucho más que cualquier niña de su edad que viviera en los alrededores. Su dorada cabellera reflejaba constantemente los rayos del sol. Su piel blanca y fina despedía destellos de forma continua. Y sus ojos, de un azul claro intenso, parecían una laguna acariciada por el viento de lo cambiante que era su color.

Poco a poco, con el paso del tiempo, se descubrió buscando cualquier excusa para acercarse al cercado del jardín donde la muchacha pasaba todas las mañanas en un intento por contemplarla una vez más. Finalmente, se atrevió a hablar con ella; o más bien habría que reconocer que se atrevió a contestar a uno de sus saludos. Aquella pequeña cortesía creó un pequeño lazo entre los dos jóvenes y al cabo de un tiempo comenzaron a tener una relación más amigable.

Poco sabía él entonces que aquella relación se haría más intensa y cercana y que los llevaría a convertirse en seres distintos al resto del mundo.

La joven se quedó parada, contemplándolo, cuando se percató de que había sido descubierta. Pero la pose de su figura y su semblante no dejaba lugar a dudas. Su actitud era altanera, desafiante, como había sido desde que la conoció. Y sus ojos, sus celestes ojos, se habían posado en los suyos, atrapándolo como en las anteriores veces. El joven sentía una especial atracción por la mirada de la muchacha, como si un hechizo mágico se apoderase de él y ya no le permitiese ver más allá de sus iris. Y Shai sabía muy bien de lo que hablaba cuando se refería a la magia, porque en el fondo, sabía que todo aquello era cosa del poder que ambos compartían.

-Hola Vhea -se atrevió al fin a decir.

Aquellas palabras provocaron que la mujer relajara la rigidez de su cuerpo, lo que desembocó en algo que nunca antes había sucedido: ella le apartó la mirada.

-¡No! -pensó el joven, apesadumbrado. Porque ese gesto sólo podía significar una cosa. La cuestión estaba ahora en si sería capaz de negarse-. ¡Pues claro! -se contestó a sí mismo al instante. Precisamente por aquello había huido. Y entonces decidió dar el primer paso.

-¿Qué haces aquí? -preguntó, aunque esas tres únicas palabras surgieron como tres disparos de escopeta. La chica no se movió ni volvió a mirarlo-. Porque está claro que quieres algo. Si no, no estarías aquí.

Entonces, Vhea alzó el rostro y lo miró de nuevo. Había recobrado parte de su determinación, aunque no toda.

-Necesito tu ayuda -le dijo.

Aquella afirmación le bastó para confirmar la sospecha que comenzó a formarse cuando se percató de la presencia de la joven. Pero aún así quería oírlo de su boca.

-¿Por eso estoy aquí? -preguntó-. ¿Tú me has hecho venir?

Ella afirmó, con la cabeza, sin despegar sus labios, pero su resolución, aunque frágil, no había desaparecido.

-No -sentenció Shai, y con aquella negación comenzó a caminar, alejándose de la roca.

Vhea no se atrevió a mirarlo cuando pasó por su lado. La negación de Shai le había golpeado fuertemente, y fue aquel golpe lo que endureció de nuevo su actitud, volviéndose resoluta. Se giró y fue en pos de él, pero cuando estuvo sólo a unos pasos detuvo su caminar, temerosa de acercarse más. No obstante, su firmeza era fuerte.

-¿Te vas así? ¿Sin escucharme siquiera?

Shai se paró al oír su voz. Sabía que tenía razón, que no era correcto lo que estaba haciendo después de lo que habían pasado juntos. Pero fue precisamente eso, lo que habían pasado juntos, lo que le producía temor.

-Escúchame, por favor… -susurró ella de nuevo.

-Vhea…

-¡Por favor!

Shai lanzó un suspiro y se giró. De nuevo se encontró con su mirada y supo en aquel preciso momento que no podría negarse, que no lo haría, porque en el fondo lo necesitaba.

La familia de Vhea era poseedora y guardiana de un antiguo y poderoso artilugio mágico: un arco. Nadie, ni siquiera ellos recuerdan quién o cuándo se fabricó aquel arma. Pero su poder era inmenso y ellos eran los encargados de protegerlo.

Fue precisamente este valioso artilugio el que los llevó hasta el pueblecito donde vivía Shai, pues aunque ellos eran sus guardianes, no poseían la capacidad de utilizarlo. Por eso mismo cada generación de su familia vagaba por el mundo en busca de la próxima persona que tuviera la facultad de usarlo. Y parece que habían encontrado en Shai a esa nueva persona.

El arco tenía la facultad de matar a cualquier presa a la que se apuntase con él, sin importar obstáculos y distancia. De hecho, cuando Shai hacía uso del arma, era capaz de encontrar a cualquier persona del mundo y fijar su objetivo en su corazón. La flecha lanzada por el arco encontraría a su objetivo estuviera donde estuviese, aún con los innumerables impedimentos que hubiera en su camino.

Pero lo que en un principio parecía una especie de don, pronto se convirtió en una maldición, sobre todo para el muchacho.

El arco sólo debía utilizarse cuando su uso, y por tanto la muerte de una persona, estuviese justificada. Pero cada vez que Shai utilizaba el arma sentía la desesperante necesidad de emplearla de nuevo. Para evitar esa exigencia, el guardián del arco era el único que podía guardarlo bajo su custodia. Así, se creó una especie de vínculo o simbiosis entre los dos personajes: Vhea, pues era ella la guardiana del artilugio, tenía la capacidad de resistir su adicción, pero no podía utilizarlo; y Shai era capaz de tensarlo y disparar sus mágicas flechas, pero no podía soportar su llamada.

Ésto desembocó en un final que nadie había previsto. Shai se convirtió en una especie de yonki del arco que lo llevó a transformarse en un asesino despiadado. Por esto mismo, Vhea puso sobre seguro el arma, para que el muchacho no sintiera su presencia. Pero esto no bastó, y el joven tuvo que huir y dejar su pasado atrás si quería sobrevivir.

-Es Mhea -la joven no esperó a que el otro le permitiese hablar, así que sus palabras aparecieron de forma atropellada cuando éste se giró-. Bueno, Mhea no. Es Thed, su pareja. Es… es… -Vhea parecía nerviosa ahora que había comenzado a relatar sus preocupaciones-. Es un hijo de puta. Le pega, la maltrata, incluso ha llegado a abusar de ella… ¡La ha violado Shai! -le contó entre lágrimas-. Pero ella está ciega y se ha vuelto dependiente de él. Ahora… ahora…

-Sabrá que hemos sido nosotros -la interrumpió el chico en un susurro.

-Lo sé. Pero aún así…

-Nos odiará -la volvió a cortar.

-¡Me da igual! -le chilló exasperada-. Mientras esté a salvo, no me importa lo demás -terminó entre balbuceos-. ¿Lo harás? -preguntó esperanzada al cabo de unos segundos.

Shai se quedó mirándola, de hecho no había parado de hacerlo desde que comenzó aquella conversación. Suspiró, no para arrepentirse de una decisión que en realidad ya había tomado, sino por el hecho de lo que les acarrearía lo que iban a hacer. Entonces asintió con un leve movimiento de cabeza.

-Sólo pongo una condición -sentenció.

-Lo que quieras.

-Lo haremos como antiguamente -la chica no le entendió-. De la forma correcta. Los buscaré a ambos y sondearé sus corazones. Y sólo si es lo correcto lo haré.

-Pero…

-No. Ya que me haces pasar por esto de nuevo, lo haremos a mi modo.

Ahora fue ella la que asintió, pero no estaba muy de acuerdo con la decisión.

Shai comenzó a concentrarse como hiciera en tantas ocasiones antaño. En un principio pensó que le costaría muchos más después de tanto tiempo, pero la magia era nativa en él y le resultaba sencillo invocarla. Los sonidos del mundo se silenciaron repentinamente y sólo el latir de su corazón llegaba a sus oídos. Entonces, comenzó a alzar el rostro mientras sus ojos se tornaban rojos completamente, como si estuvieran inundados por sangre, pues al fin y al cabo su poder provocaba el sangrado del órgano vital de los demás. Poco a poco, también el sonido de sus latidos fue desapareciendo, sustituido por el pálpito de muchos otros. El primero en llegar hasta él fue el de Vhea, y lo sintió igual que cuando la conoció, fuerte, rítmico, acompasado, limpio y puro. Se olvidó enseguida de ese sonido que conocía tan bien y comenzó a percibir el de otras personas. Le llevó tan sólo unos segundos encontrar los que buscaba y cuando lo hizo, quedó impactado por lo que escuchó.

Ambos corazones, el de Mhea y el de Thed, gritaban, pero lo hacían de forma diferente. Thed también tenía un latido fuerte, pero a diferencia del de Vhea, el suyo era ensordecedor, atronador, como los truenos de una despiadada tempestad cuyo único propósito fuera inundar el mundo. Aquel hombre era malvado a más no poder, y cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino acabaría aplastado por el yugo de su odio. El de Mhea por el contrario, gritaba de miedo, por todo lo que había sufrido, pero más por todo lo que sabía que todavía tendría que soportar. Aún así, no tenía el valor suficiente para escapar, y eso era su perdición.

Shai entendió enseguida que si alguna vez había habido alguna causa justificada para que hiciera uso del arma, era aquella. Así que cuando volvió a la realidad, su rostro ya advirtió a Vhea de la decisión que había tomado.

Ahora fue ella la que hizo uso de su magia. Igual que a Shai, a la muchacha tampoco le costó nada recurrir a su poder. Vhea también alzó el rostro, pero en este caso, sus ojos se volvieron blancos, como si refulgieran una luz inmensa. Extendió uno de sus brazos y entre los dedos de sus manos comenzó a formarse la figura de un arco.

Vhea se lo tendió cuando se completó su invocación. Shai se tomó su tiempo en cogerlo, sabedor de lo que ocurriría si lo hacía. Pero había dado su palabra y se sentía obligado a cumplirla. Ahora fue él el que estiró su brazo y tomó el arma entre sus manos. En realidad, la palabra “arco” no se ajustaba correctamente a la herramienta que cargaba. Era poco más que una vara de madera algo curvada. Su superficie estaba llena de muescas y malgastada por el paso del tiempo. Y ahí acaba todo. No tenía cuerda con que tensarlo, pero no le hacía falta.

Shai se detuvo un momento, deleitándose en contemplar el arma. Sus dedos acariciaron cada mella de su lomo, reconociéndolas todas. Entonces, lo volvió a sentir, como si no hubiera pasado ningún tiempo desde que disparó por última vez. Pero tenía un cometido que cumplir, por lo que no se dejó llevar por su necesidad.

Sostuvo el arma con su mano izquierda, la opuesta a su ojo dominante, y acercó la diestra a donde debería haber estado la cuerda para tensarlo. Entonces, articuló los dedos como si estuviera tensando la fina soga. Cualquier observador ajeno a lo que estuviese sucediendo se habría sorprendido al ver cómo se curvaba el lomo, pero ninguno de los dos lo hicieron, porque conocían la magia que estaban empleando. Cuando el joven alcanzó la máxima tensión que le permitía la longitud de sus brazos, un extraño reflejo se formó en el lugar donde debería haber estado la flecha. Entonces, el chico soltó sus dedos y el destelló salió disparado como si de una saeta se tratase. En su caminar por el aire, Vhea y Shai pudieron comprobar como iba desplazándose el reflejo. Fue surcando el espacio de forma inexorable, en linea recta, justo en dirección al baluarte del joven contemplara hacía unos minutos. El extraño fulgor no chocó contra sus muros, sino que pareció fundirse con ellos, atravesándolos. Y así sucedía en realidad. Ninguno de los dos puso en duda que la mágica flecha encontraría su diana. Y aquello no tardó mucho en suceder, pues ambos sintieron al unísono como el latir de la persona que era el blanco se extinguió repentinamente.

Entonces, Vhea respiró aliviada, aún a sabiendas que el que fuera su amigo tenía razón: Mhea la odiaría por aquello. Se giró para contemplar a su acompañante y en ese momento descubrió que, en realidad, nunca debió pedirle al joven que volviera a hacer uso de su don. Shai había perdido el control de sí mismo. Sus ojos volvían a ser de color carmesí y una finas líneas del mismo tono irradiaban desde ellos, envolviendo todo su rostro. Contempló como aquel extraño hechizo se apoderaba del muchacho, pues las líneas iban inundando toda su piel. Y supo que aquello sólo significaba una cosa: Shai había perdido el dominio de sí mismo y había vuelto a convertirse en un asesino sin control.

El joven apuntó hacia algún otro lado y casi disparó. Sólo la rápida actuación de la chica impidió que Shai completara su acción. Entonces, el chico se volvió y alzó el arma contra ella. La joven no temía por su integridad, pues como guardiana suya, el arco no podía dañarla. Pero debía parar a su viejo amigo si no quería que nadie más resultara dañado injustamente.

Vhea intentó recordar las enseñanzas del anterior guardián, su padre. Éste siempre había dicho que una simbiosis completa entre guardián y verdugo impediría la necesidad que el último sentía al hacer uso del arma. En el fondo, siempre había comprendido lo que aquello significaba. Pero nunca había tenido el valor para reconocerlo. Y quizás el hecho de que su hermana necesitara de su ayuda había sido una mera excusa para traerlo hasta ella. Así que ahora asumió lo que ocurría en su corazón. Porque, en el fondo, todo se reducía a eso, el corazón.

Vhea se acercó al joven. Éste hizo intención de disparar, pero descubrió que no podía hacerlo. Entonces, la joven lo alcanzó y posó su mano en el brazo que tenía extendido. La reacción fue inmediata. Las líneas carmesí que se habían dibujado por todo su cuerpo comenzaron a retroceder. La chica se acercó todavía más a él, y cuando ya lo tenía sumido en su hechizo, lo besó.

Shai sintió de nuevo latir su corazón, pero no con una furia asesina, como hacía unos segundos, sino más pausadamente, de forma casi perfecta. Pero percibió algo más, los latidos de Vhea. Y comprobó que ambos corazones palpitaban al unísono, como si fueran uno sólo.

La simbiosis, ahora, era completa.

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Ganador del segundo premio del “V Concurso de relato corto fantástico, Forjadores 2013”





Magia furtiva

29 09 2013

Abrió la puerta con cuidado, intentando evitar hacer cualquier ruido con los goznes. Por suerte, las bisagras parecían bien engrasadas. Una vez dentro de la estancia encendió un pequeño candil. Al instante, innumerable cantidad de fantasmagóricas sombras hicieron aparición sobre las paredes y los objetos de la habitación. No había nadie allí, no a aquellas horas de la noche, como había esperado. Comenzó a caminar por el suelo de madera. En previsión, se había descalzado los pies y ahora sólo los cubrían unos calcetines de lana que amortiguaban sus pasos. Recorrió los diversos pasillos que formaban las estanterías de la sala. En ellas, una ingente cantidad de libros de magia descansaban sobre sus baldas. El acceso allí estaba restringido y precisamente él lo tenía prohibido por su condición. Al cabo de unos minutos de búsqueda encontró el estante correcto. Escondido entre manuscritos y pergaminos se hallaba el hechizo que había ido a buscar. Extrajo el documento, de papiro, y lo escondió entre sus ropajes. Abandonó el lugar sin dejar ningún rastro de su furtivo acceso y volvió a sus aposentos. Allí, bajo un tablón suelto, escondía un pequeño cofre con sus más preciados tesoros. Los revolvió buscando el objeto de su deseo. Al cabo de unos segundos lo extrajo. Rebuscó ahora entre sus bolsillos y desplegó el papiro. Después de leer el texto varias veces se dispuso a seguir las instrucciones que había en él. Colocó el objeto frente a sí y pronunció las palabras que formaban el hechizo. Al instante se sintió invadido por la magia que había formulado. Extendió una de sus manos y una pequeña brisa surgió de ella. El objeto, un pequeño pajarillo de papel doblado que le había regalado su madre, comenzó a aletear por el aire. El chiquillo sonrió jubiloso, complacido por lo que acababa de hacer. Ahora ya no se sentiría tan solo.





El legado

30 04 2013

La prueba escrita de aptitud ya había comenzado cuando los dos extraños personajes entraron por la puerta. Sus rostros, escondidos bajo unas negras capuchas, era imposible contemplarlos. El resto de sus cuerpos también estaba tapado por la capa que portaban encima.

Los dos extraños anduvieron unos pasos y escrutaron la amplia sala. No lo divisaron con aquella efímera ojeada, pero el guerrero sabía que lo buscaban a él. Decidió no descubrir su presencia y rezó porque se marcharan sin armar ningún incidente.

El profesor al cuidado de los alumnos se acercó a los recién llegados y el guerrero supo entonces que no iba a tener tanta suerte.

-Por favor -les conminó el hombre-, estamos en un examen. No se permite la entrada a nadie después de cerradas las puertas.

Como contestación, uno de los personajes hizo un leve gesto con la cabeza. Su compañero se movió entonces en respuesta a la orden muda de su amo. Se paró a escasos centímetros del maestro y con un rápido movimiento, lo cogió por el cuello. Aquel gesto hizo que se le cayese la capucha, revelando una cabeza totalmente libre de pelo y vello. Su rostro era blanco, ceniciento, casi translúcido, y las venas se le marcaban con un tinte azulado, formando un entresijo de dibujos sin forma alguna reconocible. Elevó al hombre que era su presa del suelo y apretó su mano. Al instante, el profesor empezó a boquear, intentando hacer pasar por su garganta el aire que aquel extraño le estaba privando. Forcejeó con él, pero lo superaba en fuerza.

El guerrero no pudo aguantar más aquella situación y se levantó de su asiento. Sus compañeros sentados en los sitios de al lado lo miraron, asustados por lo que estaba sucediendo. Pero nadie hizo nada a parte de él.

Se acercó hacia el extraño y el maestro. El otro personaje se percató de su presencia, pero se mantuvo al margen, observando.

-Suéltalo -le conminó en un susurro.

El hombre no se movió. Mientras, el profesor luchaba por intentar seguir respirando.

El guerrero alzó una de sus manos y tocó la sien del extraño hombre. Entonces sí se giró. Su semblante cambió de gesto. Antes albergaba ira, pero ahora se había instaurado en él sorpresa. De pronto, se llevó las manos a la cabeza, dejando caer a su presa, y abrió la boca, como si intentará gritar. Pero de ella no surgió sonido alguno. No obstante, aquello era lo que estaba haciendo, emitir un chillido silencioso que mostraba un dolor manifiesto. Y así se hizo patente cuando cayó al suelo de rodillas, todavía sujetándose la cabeza con ambas manos. De pronto, comenzó a convulsionar y al cabo de unos segundos, su cuerpo inerte quedó tumbado en el suelo.

El guerrero lo miró, apesadumbrado por lo sucedido. Al fin, giró su rostro hacia el otro extraño.

-Márchate -le conminó en el mismo tono de voz que ordenara antes al recién caído.

El interpelado torció el gesto, dibujando una siniestra sonrisa en su cara. Sin embargo, el movimiento que hizo no fue lo pedido por el guerrero. Se acercó hacia él, despacio, casi arrastrando los pies, como si aquel movimiento le estuviese prohibido.

-Dame lo que he venido a buscar y me marcharé -y sonrió de forma siniestra.

El guerrero no mudó el gesto. Tan sólo le mantuvo la mirada intentando escrutar la legitimidad o falsedad de aquellas palabras.

-Me fue legada a mí -sentenció al fin, aunque sabía que aquellas palabras no agradarían a su interlocutor.

El extraño ensanchó más la mueca de sus labios.

-Te conozco -afirmó con rotundidad-. En todos estos largos años no he parado de estudiarte. Y sabía que dirías eso -paró su coloquio y escrutó al guerrero intentando discernir cuál era su pensamiento. Pero, en el fondo, sabía lo que realmente pasaba por su mente-. Esperaba que no tuviese que llegar a esta situación.

Con un rápido movimiento lo cogió por el pecho. El guerrero se mantuvo impasible, como si esperara aquella reacción. El otro lanzó con fuerza su brazo y lo levantó del suelo, desplazándolo varios metros por el aire. Fue a dar con la espalda contra la pared del fondo de la sala, pero no hizo ningún movimiento. Entonces, el encapuchado saltó en el aire y desenvainó su mandoble. Con una grácil estocada intentó atacar al joven, pero éste paró el golpe con sus manos. Atrapó la hoja de la espada entre sus dos palmas, impidiendo que el filo se acercara a su rostro. El extraño pugnó por liberar la hoja, pero su intento fue inútil. El guerrero contrajo el semblante y con un giro de sus muñecas quebró la espada de su oponente. Varias esquirlas de metal saltaron por el aire.

El encapuchado sonrió con malicia, como si aquella pequeña proeza no lo sorprendiera lo más mínimo. Comenzó a saltar de pupitre en pupitre, pues su anterior acción lo había transportado encima de uno y se alejó del joven.

-Aún me queda algún truco más -sentenció-. Recuperaré lo que me corresponde por derecho propio -y seguidamente pronunció unas pocas palabras en un extraño lenguaje ya olvidado, mientras con sus mano dibujaba unos raros signos en el aire.

Pero el guerrero también había sido instruido en aquel arte antiguo y comprendió enseguida lo que su contrincante se proponía.

Al instante, una volutas de humo negro hicieron aparición, envolviendo cada una a los diferentes compañeros que también estaban examinándose en aquella estancia. La extraña niebla mutó, adquiriendo la figura de aquella persona a la que estaba enlazada, pero no cambió la tonalidad de su color inicial, por lo que las figuras se convirtieron en réplicas exactas de color carbón. Entonces, cada una alzó al personaje que tenía al lado y amenazaron con una daga de humo a los demás.

-Ya sabes lo que tienes que hacer si no quieres que tus compañeros perezcan -amenazó el encapuchado.

-Sí -afirmó el guerrero-, lo sé -y rompió el silencio del lugar con un agudo chillido que fue aumentando en intensidad hasta convertirse en una pitido estridente.

Los cuerpos de bruma comenzaron a vibrar de forma extraña y a tomar consistencia, volviéndose más vítreos. Hasta que, al cabo de unos segundos, ya no había rastro de aquella negra neblina y se habían convertido en cuerpos de vidrio negro. El guerrero tornó su grito más agudo todavía, lo que provocó que los aparecidos vibraran aún más. Finalmente, y tras la aparente desaparición del grito, las extrañas formas estallaron todas a la vez en innumerables porciones de cristal, liberando a sus presas.

El encapuchado prorrumpió en una carcajada.

-Tienes recursos -afirmó-. Eso debo admitirlo. Pero como te he dicho, te he estudiado -paró un segundo, pero enseguida retomó su coloquio-. Te conozco -sentenció-. Conozco tus miedos -y comenzó a saltar de nuevo entre las mesas, sin una dirección aparente-. Conozco tus esperanzas -continúo mientras se movía por la estancia-. Y conozco tus deseos -y volvió a sonreír-. Conozco tus más ansiados anhelos -y con aquellas palabras paró su deambular.

El guerrero no había dejado de contemplar a su oponente, midiendo sus movimientos, intentando discernir cuál sería su siguiente paso. Por eso no se percató del lugar en el que detuvo su avance, porque en un principio pensó que su extraño baile no era más que otra distracción. Hasta que al final lo hizo. Pero ya era demasiado tarde.

El encapuchado estaba junto a ella.

Entonces, el extraño alzó a la muchacha con brusquedad y la retuvo con su brazo izquierdo, abrazándola, mientras ella pugnaba por liberarse. De su cinto, con su mano derecha, desenvainó una herrumbrosa hoja de puñal-. No me dejas otra opción -sentenció.

Y clavó el cuchillo en la garganta de la joven. Cuando lo extrajo, la sangre de la chica comenzó a surgir de la herida a borbotones.

El encapuchado soltó a la muchacha a la vez que dejaba caer el cuchillo. El guerrero volvió a gritar mientras caía al suelo, pero esta vez de puro dolor. Aquello duró sólo un segundo, pues ahora fue su turno de pronunciar unas extrañas palabras en aquel lenguaje olvidado. El cuerpo de ambos, agresor y víctima, quedó suspendido en el aire. Paralizados en una especie de burbuja atemporal en la que no existiera el paso del tiempo. El cuello de la joven dejó de sangrar como efecto de aquel prodigio, pero todavía estaba herida de muerte. De igual forma, el oxidado cuchillo quedó inmovilizado en el espacio, justo en el momento en que por su punta resbalaba una gota de color carmesí.

El guerrero se acercó a la muchacha y la contempló un segundo. Al momento, extendió su mano y cogiendo la de ella, desaparecieron repentinamente.

• • •

El anciano se encontraba de pie frente al guerrero, como si lo esperara. El joven no lo miró, pues ya había supuesto que lo encontraría así. Por contra, se dirigió a la butaca más cercana y depositó en ella a la muchacha. Contempló su rostro de nuevo. Si no fuera por la horrible herida que tenía en el cuello, su semblante habría parecido sereno. La chica no podía haber previsto lo que le ocurriría hasta que ya fue demasiado tarde, por lo que en realidad no tuvo tiempo ni para mostrar miedo.

Era hermosa, eso no lo podía negar. Quizás la más bella que nunca hubiera conocido. De hecho, por eso se encontraba en aquella estancia realizando una prueba de aptitud que sabía no le supondría ninguna dificultad. Así había sido desde el principio, una especie de juego en el que sólo participaban ellos dos. Él se limitaba a realizar los más inverosímiles cometidos que a la joven se le ocurrían, y ella disfrutaba viendo cómo él lograba cada hito que le proponía.

En realidad, el guerrero no sabía si para la muchacha era en verdad un juego, pues cada vez que terminaba con una de sus peticiones, ya tenía otra en mente para acercarlo todavía más hacia ella. Para él, en el fondo, nunca fue un juego. Solamente realizaba aquello que parecían hazañas para estar más cerca de la joven. Pero nadie lo conocía en realidad y lo que para otros podrían parecer asombrosas proezas, para él no eran más que un simple divertimento.

Hasta ahora.

La naturaleza de su ser lo convertía en un peligro para cualquiera que estuviese a su alrededor. Por eso deambulaba por los diferentes rincones del mundo, sin asentarse durante mucho tiempo en un mismo lugar, para que no le reclamasen lo que guardaba, aquello que le había sido legado para que protegiera.

Pero al conocerla a ella todo había cambiado. La joven se instauró en lo más profundo de su ser, en aquel rincón de su corazón al que nadie había conseguido penetrar. Y cuando se percató de que podría estar poniéndola en peligro ya fue demasiado tarde. Estaba atrapado en aquel extraño sentimiento que se había hecho presa de él, por lo que no pudo abandonarla.

Finalmente, el guerrero giró su cuerpo para encararse al anciano. El hombre tenía el rostro orientado hacia él, esperando a que terminara de aclarar sus ideas. Si no lo conociera desde hacía ya tanto tiempo, el joven habría pensado que el anciano estaba contemplándolo. Pero aquello era imposible y lo sabía bien.

El anciano era ciego. Sus ojos estaban velados por una niebla blanquecina que no permitía vislumbrar ni el iris ni la pupila que los formaban. Pero la sensación que había tenido cada vez que se encontraba con él era que, de alguna forma, el anciano veía. El escrutinio que aquellos ojos apagados hacían sobre todo lo que le rodeaba era mayor que el que podían hacer muchos de los hombres que conocía. Además, el anciano sabía cosas, muchas cosas, y siempre se adelantaba a cualquier acontecimiento. Por eso no se sorprendió cuando, al aparecer allí con la joven, él ya estaba esperándolo. Y estaba seguro que conocía el motivo de su visita.

El guerrero era maestro en muchas artes antiguas y misteriosas, pero entre sus habilidades no estaba la curación, y mucho menos la de una herida mortal como aquella que ahora deslustraba el cuello de la joven. El don de restaurar la salud era raro entre los hombres y sólo unos pocos eran versado en él. El anciano era uno de esos pocos, quizás el mejor que conocía. Si él no podía salvarla, nadie lo haría.

El guerrero mantuvo el escrutinio del hombre, esperando a que se decidiera a actuar. En realidad el tiempo ahora no le procuraba. Había lanzado sobre la joven, y por ende sobre su agresor, una antigua magia ya olvidada por la mayoría que inmovilizaba el paso del tiempo. El hechizo creaba una especie de burbuja o de estancia alrededor de aquellos a los que iba dirigido, en la que el caminar de las horas se detenía. El único precio a pagar era que los sujetos sometidos al encantamiento también quedaban congelados.

Al fin, el anciano se decidió a actuar. Se dirigió hacia la butaca, en la que ahora descansaba la joven, esquivando cualquier obstáculo que encontrara en su camino. El guerrero no se sorprendió por este hecho, el hombre nunca conseguía chocar con nada. Lo que no tenía tan claro era que lo hiciese porque se conociese la ubicación de cada mueble o porque en realidad los viera.

Se arrodilló ante la muchacha y la tomó de la mano. Durante unos segundos se mantuvo así. El guerrero no sabía qué era exactamente lo que el anciano hacía, pero siempre procedía de la misma manera. Ahora, con la mano de la joven entre las suyas, el anciano parecía estudiar de alguna forma a la chica, como si hablara con ella. Después, como siempre, se centró en la herida. Primero la tocó y la miró, o al menos eso habría hecho si pudiese ver. Pero el guerrero ya conocía la ambigüedad de esta acción en el hombre. Después, introduciendo sus dedos en el corte, extrajo un poco de sangre.

En esta ocasión el guerrero sí se sorprendió pues, aunque al principio el preciado líquido vital había surgido de un carmesí escandaloso, ahora estaba completamente negro. Pero aquello era imposible ya que el hechizo debería haber detenido el proceso de oxidación de la sangre. No obstante, el guerrero intuyó que no era aquello lo que había sucedido, pues aquel negro era diferente del tono amarronado que adquiría la sangre al entrar en contacto con el aire.

El anciano se llevó los dedos manchados primero a la nariz, olisqueando aquella extraña viscosidad, pues el líquido también había adquirido mayor consistencia, y después a la boca, lamiéndolo. En los dos casos arrugó el rostro, como si estuviese asqueado con lo que había olido o degustado.

Finalmente se levantó y cogiendo un pequeño paño que había en una mesa cercana, se limpió la mano. Se tomó su tiempo en aquel menester, incluso parecía que se cerciorase de que su extremidad había quedado liberada de aquella sustancia que le había causado repulsión. El guerrero no lo apremió, no era necesario además, sabía que el anciano se tomaría un breve periodo en aclarar sus pensamientos. Al cabo de ese tiempo, se decidió a hablar.

-Tu amiga ha sido herida con una daga, ¿verdad? -el joven asintió pero no añadió nada más-. Y el arma tenía un aspecto herrumbroso, como si hubiera sobrevivido a muchas edades -de nuevo el guerrero confirmó el comentario de su interlocutor.

El anciano negó con la cabeza con disgusto.

-La chica -volvió a hablar de nuevo-, ha sido atacada con una Daga Negra. Sabes lo que eso significa, ¿no?

Este tipo de armas habían sido creadas con magia antigua, mucho más antigua de la que él se podía servir. Según se rumoreaba, las Dagas Negras procedían del mismo periodo en que los demonios caminaban entre los hombres. De hecho, algunos sabios opinaban que cuando se forjaban estas armas, el metal fundido que un día formaría los cuchillos se mezclaba con unas gotas de sangre de estos infames seres, y que era la magia de los demonios la que le daba su forma final.

El guerrero conocía todas estas leyendas. Y ahora también sabía lo que debía hacer para salvar a aquella persona que había conseguido entrar en lo más profundo de su corazón.

-Entonces… ¿lo harás? -preguntó el anciano mientras el guerrero ya se marchaba.

El joven se paró y giró su rostro hacia el otro, encontrándose con la enigmática mirada del anciano. Pero no hizo nada más. Entonces, el anciano asintió, intuyendo el pensamiento del guerrero.

• • •

El guerrero volvió a aparecer en la sala en la que tan sólo hacía un momento estaba examinándose. El resto de compañeros, agolpados unos ante la figura congelada del encapuchado y otros intentando ayudar al maestro, se sobresaltaron cuando hizo su aparición. Se percató de que nadie se preocupaba del primer caído. Además, ninguno se atrevió a decir nada. De hecho, conforme el guerrero fue acercándose al agresor de la muchacha, todos se apartaron de su camino, abriendo un pasillo para que pudiese dirigirse sin impedimentos.

Él no dijo nada, no necesitaban explicación alguna y mucho menos quería darlas.

Se paró ante la figura del encapuchado y se tomó unos segundos en observarlo. Conocía bien a la persona que se ocultaba bajo el manto. Él también lo había estudiado, aunque aquello hubiera sido en el pasado. Entonces bajó su rostro y miró su mano diestra. Con la siniestra acarició cada pliegue de su palma. Cuando llegó al tercer metacarpiano, en el dedo corazón, se detuvo. Deslizó su índice izquierdo por la pequeña marca que había allí. Sólo era una minúscula cruz invertida, poco más que un tatuaje que ninguna aguja mojada en tinta pudiese realizar. El símbolo estaba grabado a fuego en la piel y embutido de una magia que pocos sabían utilizar. Nadie, de todos los que lo acompañaban silenciosamente en esa habitación, sabía qué era aquel símbolo, ni siquiera la persona que era la razón por lo que ahora lo contemplaba.

La decisión había sido tomada en el mismo momento en que comprendió la gravedad de la herida de su amiga. Aquella especie de protocolo sólo era un preámbulo para ordenar sus pensamientos. Pero no tenía dudas.

-Al final, tendrás lo que venías a buscar -sonrió, aunque no sentía júbilo en su interior-. Pero no de la forma que esperabas.

Entonces extendió su extremidad derecha, aquella en la que tenía impresa la pequeña cruz. Inmediatamente, el símbolo se iluminó, como si irradiara una luz propia. A la vez, justo delante de donde tenía la palma de la mano abierta, un contorno difuminado empezó a formarse. La figura fue tomando forma y consistencia paulatinamente, hasta que al cabo de unos segundos todos pudieron descubrir su naturaleza. Era una espada, de porte sencillo, sin filigranas ni decoración alguna. Un mero utensilio con el cometido para el que había sido forjado. La razón por la que el extraño se encontraba allí.

La Hoja celestial la llamaban algunos de los pocos que conocían su existencia. El arma procedía de un periodo posterior a las Dagas Negras, pero había sido creada durante la misma era que éstas. En realidad habían sido muchas las que llegaran a las manos de los hombres. Creadas por los ángeles, servían para contrarrestar la magia de los maléficos puñales y permitían que la humanidad pudiera defenderse de los demonios. Ahora, sólo la que portaba el guerrero había sobrevivido a aquella época convulsa, y casi nadie la recordaba ya.

Cuando el arma hubo aparecido del todo, el guerrero la empuñó. Lanzó varias estocadas al aire, comprobando su equilibrio. Nunca se había visto obligado a utilizarla, por eso ahora se deleitaba en su efímero manejo, mientras miraba como rasgaba el vacío. Al fin se decidió a acabar con aquella pantomima. Miró de nuevo al encapuchado, sólo un segundo, y entonces movió su brazo, el que portaba la espada, de abajo a arriba. El arma describió un arco perfecto, dirigido a la figura congelada. Parecía que no hubiese realizado tajo alguno, pero entonces la capucha del hombre se deslizó por su cabeza, cortada en dos, descubriendo un rostro que todos los presentes en la sala ya conocían. El mismo que el de la persona que ahora portaba el arma mágica.

-Adiós hermano -murmuró el guerrero.

Mientras inclinaba la cabeza y se daba la vuelta, pronunció las palabras que liberarían al encapuchado de su prisión atemporal. El extraño, por contra, sólo tuvo un efímero suspiro para comprender lo que había sucedido, pues en ese momento su cuerpo se separaba en dos mitades casi simétricas. No tuvo tiempo de sentir cómo se le escapaba la vida mientras su sangre se derramaba por el suelo.

La Daga Negra nunca llegó a chocar contra el piso, pues cuando su dueño perdió la vida, se desvaneció como si fuera humo, neutralizada su existencia y su capacidad para hacer daño.

El guerrero volvió a desaparecer, dejando allí a todos mientras intentaban comprender el por qué de lo que habían presenciado.

• • •

Justo en el momento en que el guerrero reaparecía en la vivienda del anciano, la muchacha se levantaba de la butaca en la que había sido depositado su cuerpo congelado. Ella también había sido liberada del hechizo en cuanto el joven pronunció la magia.

El guerrero la contempló, y fue él el que ahora quedó atrapado en la relatividad del tiempo. Examinó a la muchacha y como la primera vez, quedó hechizado por su porte. Sólo su cuello, donde había sido herida por la Daga Negra, mostraba una marca más blanquecina en la piel. Una cicatriz que evidenciaba lo cerca que había estado de perderla para siempre, pero que desaparecería con el paso del tiempo.





La decisión

3 12 2012

-¿Dice que busca trabajo?

-Sí.

-Pero, señor, ¿de qué?. Tiene… no sé, unos 40 años, y no ha trabajado nunca.

-Bueno… no exactamente. Sí que he trabajado…

-Pues en su ficha, señor Erzengel, pone que no tiene un empleo desde… ¿1985?… eso son casi 30 años… Lo siento, no hay nada que le pueda ofrecer.

• • •

-¿Has conseguido algo, Gabriel? No, no contestes. Te he observado. Humanos, toda la eternidad ayudándolos y ahora que les pides algo…

-Rafael. No lo intentes. Lo tengo decidido. Lo dejo, la eternidad del cielo por una vida en la Tierra.

-Pero… morirás.

-La amo.

• • •

“Por Es Ther”