El niño al que le gustaba correr

4 01 2020

Había una vez un niño al que le gustaba correr. Pero tenía un problema con sus rodillas, pues siempre le dolían y nunca podía hacer largas distancias. Un día llegó otro niño. Este segundo niño no era muy importante, salvo que da pie para contar la historia del primer niño. Ambos niños se hicieron muy amigos y pronto descubrieron que a los dos les gustaba correr. Por eso mismo, decidieron apuntarse a una importante carrera que se celebraba en su ciudad. Los dos estaban muy ilusionados por la carrera, pues, aunque sabían que no iban a ganar, tendrían la oportunidad de correr con los mejores corredores del mundo. Todo fue bien al principio para el primer niño. Se sentía a gusto corriendo, su ritmo era bueno y parecía no mostrar signos de flaqueza. Pero, pasada la mitad de la carrera, aparecieron los dolores en sus rodillas. El primer niño siempre supo que era cuestión de tiempo. Y solo pudo acabar la carrera por el empuje y compañerismo del segundo niño. Al cruzar la línea de meta, el primer niño se prometió que nunca más correría una carrera de este tipo. Pero al niño le gustaba correr, y continuó haciéndolo, aunque siempre fueron distancias más cortas. Un día, apareció una niña. El niño se fijó en ella al instante. Pero pronto entendió que la niña estaba fuera de su alcance, pues era demasiado bonita para él. Además, él era muy tímido y nunca encontraría el valor para acercarse a ella. Para sorpresa suya, un día, la niña empezó a hablar con él, a decirle cosas, a preguntarle… Pero el niño continuaba pensando que nada tenía que hacer con ella. Hasta que ella le preguntó si quería correr una carrera con ella. Era una carrera importante, igual a la que corrió con el segundo niño al principio de la historia. Y el primer niño recordó su promesa tras acabar aquella carrera. Y supo al instante, nada más mirar a la niña, que rompería su promesa. Y supo también que iría con ella incluso al fin del mundo si ella se lo pidiese.





Reencuentro

24 07 2019

La habían encontrado. No sabía cómo, pero lo habían hecho. Después de todo el cuidado que había tenido durante todos estos siglos, no le quedaba otra que huir como hiciera tantas veces antaño.

Cuando consiguieron entrar en su apartamento, ella ya estaba en el callejón de atrás. Confiaba que las sombras que dibuja la noche sobre el mundo fueran su mejor ayuda ahora. Pero su esperanza se vio truncada cuando se cruzó con él. Parecía que, después de todo, había decidido acudir en su búsqueda en persona. Nunca pensó que se atreviera a hacerlo.

—Hola, hermana —su voz seguía siendo casposa. Más ahora en lo que se había convertido el mundo. Pero todavía percibía ese aire zalamero y cautivador que había engañado a tantos. No así a ella. Y por eso la odiaba tanto.

—Al final has tenido valor para venir a buscarme, hermano.

El interpelado rió. Aquella carcajada hubiera atemorizado a cualquiera, pero ella ya estaba curada de aquel extraño hechizo que provocaba. Aún así, en su fuero interno sabía que no podría hacer nada contra él. Quizá habría tenido una oportunidad si se hubiera enfrentado al resto. Pero no con él presente.

Percibió, entonces, los pasos apresurados de los otros. Al fin habían encontrado por dónde había escapado. Pero daba igual. Su presencia ya no era necesaria. No con él allí.

Estuvo tentada de luchar, pero sabía que aquello no serviría de nada. Así que dijo lo único que quedaba por decir:

—Acaba con esto, hermano.

—¿Así de fácil, hermana?

Ella no contestó. Ni siquiera hizo un gesto de asentimiento. Pero en sus ojos podía leerse la respuesta a aquella pregunta. Él, por su parte, hizo un gesto con sus labios que pretendió ser una sonrisa. Pero sus rasgos eran tan cetrinos que no lo pareció. Sin embargo, su gozo era mayúsculo.

Hizo un gesto con su siniestra y, al momento, una extraña arma hizo aparición de la nada. Su forma era singular, tortuosa, y su color, negro como el azabache, le confería un aspecto horrendo. Se acercó a ella con paso lento, pero firme. Su andar hizo eco entre las estrechas paredes en las que se encontraban, más aun cuando pisó un charco de agua formado por el pestilente líquido que salía en forma de goteo de una cañería rota en la pared. Cuando estuvo frente a ella, la miró, directamente a sus violáceos ojos. De nuevo hizo aquel gesto que simulaba ser una sonrisa. Y, sin previo aviso, ensartó el arma en el abdomen de la mujer.

Cuando su cuerpo se disolvió en una voluta de niebla, solo quedó como recuerdo de su presencia un ligero aroma a lirios.





La bella y la bestia

29 03 2017

Bella todavía zarandeaba el cuerpo de la bestia cuando pronunció las palabras. En realidad, hacía mucho tiempo que deseaba hacerlo, pero los sucesos que desencadenaron el ataque al castillo impidieron aquel gesto y todo se precipitó. Aún así, en aquel momento, con el cuerpo de la bestia herido de muerte y tras que lanzara su último suspiro, Bella se atrevió a confesar lo que sentía. Esas dos palabras, cinco letras en realidad, debían activar la magia que acabaría con la maldición. Así lo había dispuesto la hechicera la noche que apareció. Pero el último pétalo de la rosa maldita había caído antes de que ella encontrara el valor necesario para hablar, por lo que la bestia no despertaría de su eterno sueño. Bella lo comprendió al instante. Incluso con sus labios formando los sonidos adecuados, supo que no funcionaria. Así que sólo pudo llorar sobre el torso de la bestia, humedeciendo el pelaje que poblaba su cuerpo hechizado, ahora sin vida. Fuera, todos los sirvientes habían sucumbido también al hechizo, transformados para toda la eternidad en piezas de artesanía. Incluso el castillo, esplendoroso en el pasado, ahora mostraba un aspecto derruido. Los atacantes, por contra, huían del lugar, atemorizados por lo que habían vivido. En el futuro, los nietos de los nietos de aquellos aldeanos, sabrían que no debían acercarse a las ruinas del castillo en el que siempre era inverno. Sólo aquel intrépido muchacho que encontrara el valor de hacerlo, descubriría la sombra de una bella doncella que cuidaba del rosal de flores de invierno que poblaba el jardín. E incluso entonces oiría el susurro de su lamento.





La copa de vino

5 12 2016

El origen de todos sus males aquella noche se encontraba tirado en el suelo, en una posición que no dejaba lugar a dudas. Estaba muerto. Ante sí tenía el cadáver de una importante persona de la cual no había oído hablar hasta hacía unas horas. Pero si los jefazos le habían llamado a él, la cosa pintaba mal. Sentada junto al sillón más próximo se encontraba el ama de llaves, una anciana que había tenído la sensatez de no llamar a la policía primero. Pero no estaba sola. Poco después de su llegada también lo hizo el resto de la familia: su mujer, una snob que se encontraba con sus amigas snobs en una reunión snob cuando encontraron a su marido; y sus hijos, unos personajillos demasiado jóvenes y con demasiado dinero para que aquello les importase. Junto al hombre importante había una copa de cristal fino hecha añicos y que desparramaba su contenido sobre la cara alfombra que vestía el suelo. Se acercó a la botella de la que había bebido la copa y olisqueó su contenido. La calidad del caldo denotaba que él nunca podría permitirse un vino D.O. de tal calibre. Incluso con lo cargada de la atmósfera percibía el aroma a cacahuetes. Aquello atrajo su atención. ¿No había dicho la anciana que sufría alergia a ellos? Aquello abría un sinfín de preguntas. ¡Dios! Qué viejo estaba para aquello, pensó mientras miraba con renovado interés a sus acompañantes.





Foscor

22 02 2016

La nit estava avançada. La foscor oprimia el lloc. El vent engrunsava branques i fulles, produint un so molest. La jove s’acostà a la vora del riu. Es demorà uns segons, quieta, observant l’objecte que hi havia en la seua mà. Un anell, llis, d’or, sense adorn o disseny decoratiu. Era un regal d’algú que ja no importava. Una forta ràfega feu que els cabells se l’arremolinaren. L’aire era fred. La jove s’abrigà entre les vestidures. Llançà el braç cap arrere i l’estengué cap avant. La joia eixí despedida de la seua mà i solcà l’aire cap al centre de les aigües. Quan impactà en elles, es tornaren negres. Ho percebé inclús amb la negror del bosc. Esta es fou estenent a la resta del riu. Quan els marges començaren a enfosquir-se, la jove començà a preocupar-se. Però no podia moure’s. La foscor arribà als seus peus. S’enfilà per les cames, per la cintura. Intentà cridar, però la veu se li trencà com si fora un vidre. Cap so sorgí de la seua gola. La negror arribà al coll i l’emboicà de la mateixa manera que a la resta del cos. Quan invadí el seu rostre, la seua veu a la fi pogué llançar un alarit de pànic. Però ningú allí l’escoltà…





The black wristband

20 05 2015

This story happened to a friend of a distant cousin of mine. This person was a doctor in a hospital from a little town of USA. He was working on the night shift when a girl arrived with a lot of wounds by a traffic accident. The doctor had to take over the patient, but the girl was very badly injured. Although the doctor tried, the girl died on the operating table. Then, The doctor proceeded to put a black wristband on the wrist. This wristband shows the time at which the patient dies. The doctor continued his shift. When the shift of the doctor finished, the man boarded a elevator. He was really tired. There, he met with a woman. The woman said him he had a bad face and looked tired. The man nodded. Then, the elevator stopped and the doors opened. In front there was a girl. The doctor immediately recognized her. She was the girl who had died a few hours before. The doctor was scared and tried to close the doors. Just when they were closed, the girl raised her hand where she had black wristband. The man told the woman that she was the girl who had died when he attended her, and she still carried the black wristband on. Then, the woman raised her arm and said: “wristand like this?”. Hours later, they found the doctor fainted by exhaustion in the elevator.





Mi camino

23 05 2014

Las cinco y veinte de la tarde pasadas. Volvía a casa tras una dura jornada. De pronto me paré. Estaba en la esquina de la calle Alfonso I. Me arreglé la falda y el abrigo, ansiosa. Llevaba una bufanda gris perla nueva. Respiré hondo y reanudé mi marcha.

Debía cruzar la plaza del Pilar para llegar a casa. En ella se encontraba algunos de los edificios y monumentos más significativos de la ciudad: la Basílica del Pilar, la Catedral del Salvador, el Ayuntamiento, la Lonja, la Fuente de la Hispanidad o la gran bola de piedra con la que jugaba de niña creyendo que podía viajar por el mundo con solo indicarle dónde quería ir. Nada de aquello atrajo mi atención, pues conocía bien el lugar.

También había una pequeña cafetería con terraza. No tenía muchos clientes fuera debido al frio. Sin embargo, el sí estaba, como siempre. Hoy llevaba un abrigo gris oscuro y pantalón marrón canela. No tenía guantes, pero se frotaba constantemente las manos. En la mesa, sólo un cortado.

El corazón se me paró de golpe cuando levantó la mirada. Aparté la vista intentado disimular. Deseé no haberme sonrojado. Divisé el Paseo Echegaray y Caballero, y enfilé a toda prisa hacia él por la calle Salduba.

Nunca se percataba de mi presencia. Pero yo lo veía ahí todas las tardes después del trabajo. Solté mi habitual suspiró por nuestro efímero encuentro. Las cinco y media. Empezaba a cruzar ya el puente en dirección a casa. Mañana sería viernes, así que volvería a verlo.

 

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Por Es Ther.