La copa de vino

5 12 2016

El origen de todos sus males aquella noche se encontraba tirado en el suelo, en una posición que no dejaba lugar a dudas. Estaba muerto. Ante sí tenía el cadáver de una importante persona de la cual no había oído hablar hasta hacía unas horas. Pero si los jefazos le habían llamado a él, la cosa pintaba mal. Sentada junto al sillón más próximo se encontraba el ama de llaves, una anciana que había tenído la sensatez de no llamar a la policía primero. Pero no estaba sola. Poco después de su llegada también lo hizo el resto de la familia: su mujer, una snob que se encontraba con sus amigas snobs en una reunión snob cuando encontraron a su marido; y sus hijos, unos personajillos demasiado jóvenes y con demasiado dinero para que aquello les importase. Junto al hombre importante había una copa de cristal fino hecha añicos y que desparramaba su contenido sobre la cara alfombra que vestía el suelo. Se acercó a la botella de la que había bebido la copa y olisqueó su contenido. La calidad del caldo denotaba que él nunca podría permitirse un vino D.O. de tal calibre. Incluso con lo cargada de la atmósfera percibía el aroma a cacahuetes. Aquello atrajo su atención. ¿No había dicho la anciana que sufría alergia a ellos? Aquello abría un sinfín de preguntas. ¡Dios! Qué viejo estaba para aquello, pensó mientras miraba con renovado interés a sus acompañantes.

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Pestalotiopsis microspora

24 04 2014

Observé la placa marcada con el nombre del hongo: Pestalotiopsis microspora. Mi ánimo decayó. La placa estaba rota. Pero no sabía cómo había vuelto a ocurrir. Lo que sí tenía claro es que me caería una buena bronca. Así fue cuando el doctor se percató. Después de los improperios, decidí hacer un último intento. Sembré otra placa con el hongo y la dejé incubando. Dispuse una cámara para que grabara todo el proceso. Tres días después el resultado fue el mismo, la placa estaba agujereada. Esta vez sólo podía significar una cosa. El hongo descomponía el plástico.





Invierno

5 03 2014

Caminaba por la calle cuando la vi sentada en el suelo. Hacía frio. Todavía no habían empezado las nevadas, pero pronto lo harían. Tomé una decisión y me acerqué. Se asustó al percatarse de mi presencia. La arropé con la gabardina y cubrí su cuello con mi bufanda. No dijo nada, todavía asustada. Pero me marché complacido, con más prisa ahora que iba desabrigado. Ya encontraría tiempo para comprarme ropa de repuesto.

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“Forma parte de la antología “Otoño e invierno”, de la web “Diversidad Literaria””





El sonido del silencio

23 08 2013

Qué extraño parece todo. La expectación antes de empezar. La emoción desbordada al reconocer el primer acorde. La voz de los fans acompañando la letra. Los mecheros encendidos en la negrura de la noche. Y los aplausos al finalizar la canción. Sobre todo los aplausos. Pero no habrá nada más de todo eso para él. Su vida de excesos al final se cobró el precio fijado. Ahora, en la quietud del camposanto, yo me encuentro solo ante el sepulcro del que fuera mi amigo. Mi compañero. Mi hermano. Mientras, la lluvia salpica su lápida como si fueran las lágrimas de aquellos que faltan. Nadie ha venido y nadie lo hará. Todos se marcharon, por una causa u otra. Sólo yo permanecí a su lado hasta el final, cuando el resto lo abandonaron. Pero perdió la batalla y ahora sólo escucha el sonido del silencio. Sonrió ante aquel pensamiento. Por aquella canción nos convertimos en lo que fuimos. Pero no supimos controlar nuestro devenir. Aún así, no estoy preocupado. No me queda mucho a mí tampoco. Y pronto escucharemos los dos juntos ese sonido, el del silencio. Así fue desde el principio y así será al final.





De nuevo una sonrisa

2 05 2008

El primer golpe no lo vi venir. Fue directo a la cara. La fuerza con que descargó su pesada mano me derrumbó al suelo. Intenté levantarme, no para enfrentarme a él, sino para huir. Pero fue más rápido que yo. Cuando estaba de rodillas en tierra, me cogió del suéter y me levantó con fuerza. Lo siguiente que hizo fue empujarme contra la pared. Nuevamente caí al piso, y después de eso, lo ya demasiado habitual últimamente. Un conjunto de golpes, patadas y puñetazos contra mi persona. Todo eso lo acompañaba de insultos como puta, desgraciada, zorra y un sinfín más que salían de su boca como si de perdigones disparados por una escopeta se tratasen.

La verdad era que ya debería estar acostumbrada. Cada vez eran más habituales las palizas. Por cualquier cosa, una puerta mal cerrada, la cena cinco minutos más tarde de lo habitual, una mirada de soslayo que no le gustase… Daba igual, cualquier motivo era suficiente para que descargara su ira contra mí. Pero esta vez… esta vez… la razón no la conocía.

Había llegado borracho, como todas las noches desde hacía unos meses. Entró en la casa gritando porque, según él, unos jóvenes con los que se había cruzado se habían reído de él. Yo, como siempre hacía, le discutí sus palabras, argumentando que la razón de sus risas sería otra. Que los jóvenes tendrían mejores cosas que hacer que ir riéndose de todo aquel con el que se cruzaban. Parecía que con todo lo que había recibido no aprendiera, y como siempre, volví a cometer el mismo error. Él no dijo nada, se mantuvo en silencio. Pero cuando me volví para seguir con mis tareas, descargó el primero de lo que sería la paliza más virulenta de toda mi vida.

Al principio no era así. O quizás era yo la que no quería darse cuenta de su verdadera forma. Muchos me habían avisado de la persona que podía llegar a ser. Pero la verdad era que yo sólo veía sus gestos y atenciones hacia mí. En nuestra época de noviazgo, fue amable y cariñoso. Parecía un caballero victoriano que se desviviese por atender a su dama. Me abría todas las puertas, me arrimaba la silla, me arropaba siempre que lo necesitaba, me defendía ante cualquier incidente… todo lo que hacía parecía ser poco, pues él siempre quería tenerme más feliz.

Después, cuando nos casamos, algunas atenciones desaparecieron repentinamente, como si ya no hiciera falta contentarme. Ocurrió la misma noche de bodas. La típica llegada en volandas al dormitorio no tuvo lugar. Otras llegaron después, hasta que al final nos vimos forzados a convivir, como si fuéramos dos compañeros de habitación que no se llevaran bien, pero que estaban condenados a tratarse.

Y finalmente, llegaron los golpes. La primera vez fue una pequeña bofetada, de la cual se arrepintió enseguida. Pero con el tiempo, las peticiones de perdón por cada golpe desaparecieron, hasta que al final sólo me daba palizas de cuando en cuando. Con el paso del tiempo se volvieron más a menudo, hasta casi recibir una o dos por semana.

Entonces ocurrió algo. Quedé embarazada de lo que sería mi primer hijo. Por aquella época, mi persona fue hecha presa de un miedo terrible. Temía que con algún golpe pudiera perder el feto y abortase. Pero ocurrió todo lo contrario. La noticia de la llegada de un niño pareció apaciguar sus ansias por pegarme, y durante los meses del embarazo y unos cuantos más después del nacimiento de nuestro primer hijo, no recibí ni un solo golpe.

Yo estaba feliz, pues creía que todo había acabado. Que a partir de entonces seríamos una familia normal, sin palizas, sin gritos, sin disputas. Sólo él, yo y nuestro hijo. Pero ese tiempo pasó, y un buen día, los golpes regresaron. Parecía que su vida se fuera en pegarme, pues con el resto de personas era el hombre más amable del mundo.

Entonces volvió a ocurrir. Una nueva vida se gestaba en mi interior. Esta vez sería una niña y de nuevo volví a sentirme feliz, porque durante algún tiempo volverían a cesar los golpes. Cuan equivocada estaba. Por algún extraño motivo continuó pegándome. Nunca supe en que se diferenciaba este momento del primero. Quizá fuera precisamente eso, que esta situación ya había ocurrido antes. Él parecía apaciguarse ante las nuevas circunstancia, y esta no lo era. El resultado lo sufrió la niña, padeció una malformación en uno de sus pulmones, ocasionada por un golpe que recibí en el útero.

Nunca supe porqué aguantaba sus maltratos. En el fondo pensaba que me quería, que era algo más que un simple objeto para él, y en el peor de los casos, que me merecía cada golpe recibido, como a veces él decía. Pero llegó un día en que no pude aguantar más y busqué ayuda en mis padres. Su postura fue clara, querían que lo denunciara. Y así lo hice, muchas veces, pero de nada sirvió. La sociedad actual aún nos consideraba esclavas del hombre y el presente aumento de maltratos a mujeres no conseguía hacer nada para que la gente se diera cuenta de que esto no podía continuar.

Muchos decían que se debía al aumento de la inmigración, sobre todo de personas venidas de países subdesarrollados o en vías de hacerlo. Decían que el bajo grado de educación que habían recibido era la causa de esta ideología machista y que para solucionarlo se debía enseñar a la persona desde niño. Pero lo cierto era que personas que se consideraban dignas y honorables en nuestro país, también seguían teniendo creencias retrógradas. Mi esposo era agente de la ley, un sargento de la policía nacional. Conocía las leyes, había tenido una buena educación, y aún así, me maltrataba.

Las denuncias no hacían más que aumentar su ira, por lo que al final siempre las retiraba. El tiempo fue pasando, y con él, las palizas. Mi cuerpo ya no lo aguantaba, mi espíritu tampoco. Y un día tomé una decisión drástica. Cogí a los niños y huí de casa. No sirvió de mucho pues al cabo de unas pocas semanas me encontró en la de mi hermana. Fue a buscarme hasta allí, exigiéndome que volviera a casa, donde estaba mi lugar. En otro tiempo me lo habría pedido, pero ahora sólo ordenaba. Lógicamente mi respuesta fue una negativa.

Él no se dio por vencido y me amenazó con denunciarme por abandono del hogar y secuestro de nuestros hijos. Efectivamente, días después llegaron a la casa unos policías con una orden de arresto. La misma ley que denegaba mis peticiones de ayuda, le amparaba a él, aunque la victima fuera yo. Se aprovechó de la situación y prometió quitar la denuncia si volvía con él. Así que lo hice.

Pero esta noche sobrepasó su propio límite. La paliza que me propinó me envió directa al hospital. Fue necesario operarme de urgencias, pues una de sus patadas me reventó el estómago. También consiguió romperme un par de costillas y me llenó la cara de moratones. Mi cuerpo parecía estar lleno de tatuajes sin forma alguna, debido a las innumerables marcas de golpes, arañazos y demás heridas que se juntaban con las ya cicatrizadas de anteriores palizas.

Los médicos habían conseguido estabilizar mi situación, pero aún así estaba muy grave. Necesitaba respiración asistida, y múltiples goteros perforaban mis venas en un intento de suministrarme todos los medicamentos que precisaba para mi recuperación. Los restos de anestesia que todavía circulaban por mi organismo no ayudaban a mejorar mi aspecto, pues me encontraba en un estado de sopor extraño.

Pero aún así, tenía razones para alegrarme, pues en la cama de al lado de la habitación en la que me encontraba estaba él. La razón era muy simple. Los niños estaban dormidos cuando él llegó. Pero cuando empezaron los golpes, ambos se despertaron. Los dos intentaron ayudarme. Primero procurando evitar que su padre me pegara, después, suplicando que parara. Pero nada conseguía calmarlo, y los golpes continuaron.

En un momento del que nadie se percató, el mayor salió de la habitación en la que nos encontrábamos y entró en nuestro dormitorio. Al cabo de unos minutos regresó con un arma en la mano, una pistola que mi marido guardaba en una caja fuerte en el rincón más oscuro del armario. Desconozco como consiguió la contraseña. Amenazó a su padre con disparar si no dejaba de pegarme. Él no hizo caso. Después de unos segundos de vacilación la criatura disparó contra su padre y la bala le alcanzó en el pecho. Sólo cuando cayó desplomado al suelo dejó de darme golpes.

Cuando la policía y los servicios de urgencias llegaron, nos encontraron a ambos en el suelo. Mi marido todavía respiraba cuando se lo llevaron. También lo operaron de urgencias, como a mí. Pero la intervención no pareció ser tan exitosa como la mía. En algún momento que no conseguía recordar, oí a uno de los médicos decir que no saldría con vida de lo sucedido.

Ese hecho no me alegró después de todo. No porque sintiera lo que le estaba pasando en estos momentos, sino porque sentía todo lo que había pasado hasta entonces. Sentía el haberme casado con él, sentía haber perdonado la primera bofetada, sentía no haber sido más valiente cuando debí serlo, sentía… sentía muchas cosas, pero no que estuviese en sus últimos minutos.

En cuanto a mi hijo, algo dentro de mí me decía que no me preocupara, que todo iba a salir bien y que no le ocurriría nada malo. Y así fue, pues con la actual legislación, la ley del menor lo amparaba. Pero eso no lo sabría hasta algún tiempo después. Ahora sólo pensaba en una cosa, en todas aquellas veces que perdí la sonrisa, hasta el punto de olvidar como se producían. Jamás pensé en volver a tener una. Fue un sentimiento agradable, de placer, cuando ocurrió. Pero también eso tardaría un poco en suceder.

La noche pasó despacio. Los medicamentos que me habían suministrado no consiguieron que me relajara, por lo que no logré dormirme. Por el contrario, me dejaron en un estado deplorable, pues parecía una drogodependiente que necesitase su dosis de metadona para subsistir. Entonces ocurrió. El monitor que marcaba las débiles pulsaciones cardíacas de mi marido emitió un largo y estridente pitido. Fue entonces cuando sucedió el milagro. Mis labios se curvaron en una horrible mueca que lejos estaba de parecer una sonrisa. Pero eso es lo que era. Después de tanto tiempo, de nuevo una sonrisa afloraba a mis labios. Poco tiempo tardó la enfermera en venir a apagar el monitor. Sólo entonces conseguí dormirme y descansé como nunca lo había hecho hasta entonces.