Una tacita de té

2 11 2017

La anciana abrió el bote de cristal y el aroma rancio de las hierbas que albergaba el tarro inundó toda la estancia. No es que aquello fuera un prodigio, pues la cabaña era pequeña, un oscuro habitáculo de paredes de troncos de madera mal cortados que albergaba todas las dependencias de la casa juntas, desde la cocina a la habitación donde dormir. Sólo el excusado se encontraba apartado; a decir bien, muy apartado, pues estaba formado por una minúscula garita junto al arroyo que discurría cerca de la cabaña. Lo que sí fue un prodigio es que aquel extraño olor ocultara el ya de por sí nauseabundo efluvio que parecía instaurado de por vida en el recinto.

Con dedos maestros, la anciana tomó una pizca entre ellos, sólo una, lo suficiente para preparar el brebaje que la joven había venido buscando. Con unas pinzas, levantó la tapa de la tetera de hojalata que se posaba sobre las ascuas de la chimenea y dejó caer las hojas. El agua chisporroteó unos segundos al contactar con aquel material secado por el tiempo, un sonido que pareció un grito de alarma. La joven dio un respingo, pero se calmó cuando descubrió el origen del silbido. O se calmó todo lo que sus nervios le permitieron. Bien es dicho que la figura de la anciana y aquel lugar envuelto en sombras y objetos extravagantes, no ayudaban a mantenerse serena. Después de todo, la fama de bruja de la vieja todavía dificultaba más sentirse a gusto allí.

Cuando las hojas de té se hundieron todas en el fondo, la anciana retiró la tetera del fuego. De forma inmediata, sirvió su contenido líquido en un vaso de barro cocido, y la vieja se lo sirvió a su temerosa visitante.

-Tómatelo cuando todavía está caliente -le ordenó, mientras sonreía mostrando su mellada dentadura.

La muchacha asintió y se lanzó tan rauda a por el vaso, que apunto estuvo de derramar su contenido.

-Tranquila, querida -sentenció la bruja-. No hay prisa.

La joven se acercó el recipiente a la boca, pero cuando sus labios hicieron contacto con el brebaje, se los quemó.

La anciana rió.

-De verdad que no hay prisa -volvió a repetir-. El té se mantendrá todavía caliente durante unos minutos. Deja que se temple.

La muchacha asintió, apesadumbrada por tener que permanecer aún más tiempo allí. Su premura se debía a que lo que en realidad quería era escapar de aquel lugar. Pasados unos interminables minutos, la joven pudo beberse el brebaje. Sabía igual de mal que olía, pero pasó por su garganta de un solo trago.

-Y recuerda, querida, una tacita de té todo los días. Sólo una. Pero siempre antes de que se oculte el sol -y con aquellas palabras, le tendió una pequeña bolsa de papel con hierbas suficientes para cuarenta semanas.

La joven pagó con una moneda de hierro, se envolvió en su chal y escapó del lugar a la carrera.

Y desde aquella primera taza ofrecida por la bruja, la muchacha se preparaba todas las tardes el mismo brebaje, para que su hijo creciera sano y fuerte en su vientre. La pócima parecía surtir efecto, pues la joven vio como, con el paso del tiempo, su abdomen aumentaba de tamaño y se hinchaba como si de un globo se tratase. Además, el té parecía tener un corolario secundario positivo inesperado, en ningún momento la zagala sufrió ninguna de las dolencias típicas del periodo de gestación.

Hacia casi terminado el tiempo del embarazo, una tarde, la joven salió a dar uno de sus habituales paseos. Le sentaba bien recorrer los caminos aledaños a la aldea. Aquel ejercicio activaba su musculatura, aletargada desde hacía unos meses. Los colores del bosque se mostraban ya pardos, amarillos y rojizos, fruto de mitad del otoño. Pero todavía podía percibirse el aroma de alguna hierba tardía u otras comunes en aquella época del año.

De pronto, un ensordecedor trueno atrajo su atención. La muchacha levantó el rostro hacia el cielo y pudo comprobar que, en su ensimismamiento, una tormenta otoñal se había formado. Las primeras gotas empezaron a caer enseguida y, al cabo de pocos segundos, se convirtieron en una impenetrable cortina de agua que lo empapaba todo. Ya mojada, sin apenas tiempo para reaccionar, la joven intentó huir con premura. Su propósito era ocultarse en un pequeño refugio para pastores que conocía allí cerca, y cuando menguara la tormenta volver a la aldea. Pero tuvo la mala fortuna de hincar uno de sus pies en el hueco de una raíz, lo que produjo que se doblara el tobillo y cayera al suelo. Golpeó su cuerpo contra un árbol, pero a parte del impacto, no pareció hacerse ningún otro daño. No obstante, sí se había lesionado el tobillo, pues cuando intentó volver a apoyarlo para ponerse en pie, una descarga de dolor recorrió toda su pierna.

Y fue en aquel preciso momento, cuando un temor irracional se hizo presa de la zagala. La joven se llevó sus manos al vientre, que rodeó con los brazos de forma protectora. No tenía miedo al agua ni a los truenos, ni siquiera temía por encontrarse sola allí. Lo que le causaba pavor era no poder llegar a tiempo para tomarse su tacita de té, pues aquello era lo único que importaba.

Asustada y nerviosa, intentó volver a levantarse, con idéntico resultado que la primera vez. Finalmente, sacando fuerzas de no sabía dónde, y con la ayuda de una rama rota que rescató del suelo, consiguió ponerse en pie. Pero su caminar era lento y supo en aquel instante, que no llegaría a su hogar antes del anochecer. Sin embargo, ella siguió caminando, zancadilleando más bien.

El sol estaba a punto de ponerse cuando un fortuito desgarro hizo que la muchacha se doblara de dolor. Y supo entonces que todo estaba perdido.

-Mi tacita de té -consiguió murmurar entre el dolor.

Fue muy tarde ya cuando los vecinos de la aldea la encontraron tirada junto a un árbol, con la espalda apoyada en el tronco y la cabeza ladeada hacia un lado. Seguía murmurando la misma frase entre susurros, y lo hacía de forma continuada. Nadie supo a qué se refería.

No obstante, el grupo de gente comprobó que entre sus piernas le corría un grueso hilo de sangre que empapaba el suelo bajo ella y se internaba en el bosque. Algunos lo siguieron, presos de la curiosidad, mientras otros intentaban atender a la joven. Al cabo de unos metros de caminar, se toparon con una masa sanguinolenta indefinida. Sólo cuando se acercaron a ella se percataron que tenía forma humana, pero en miniatura. La figura no se movía y estaba inerte sobre el suelo. Sin embargo, algo allí no encajaba. Sobre lo que parecía ser la cabeza, deforme y horrenda, se distinguían dos pequeñas protuberancias óseas sobre la frente. De igual forma, una extensión epitelial se alargaba desde su coxis, como si se tratara del vestigio de la cola de un renacuajo metamorfoseándose en rana.

Los presentes se santiguaron, horrorizados ante la fealdad del engendro. Decidieron enterrar allí mismo lo que fuera aquello, pues no mostró signos de vida alguna.

Ya en la aldea, la muchacha fue atendida por el curandero del pueblo. Y ante el continuo repetir de la joven, indagó sobre qué era aquello de “su tacita de té”. Finalmente, entre todos descubrieron las hierbas que la zagala utilizaba para preparar su infusión. Cuando el matasanos abrió la bolsa para inspeccionar su contenido, el asqueroso olor inundó todas sus fosas nasales. Y fue aquel miasma el que provocó que el hombre soltara la bolsa asustado. Nunca la había tenido entre sus manos, ni siquiera la había visto antes. Pero había oído hablar de ella. Aquello sólo podía ser una cosa…

Hierba del diablo.

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Relato semifinalista en el Concurso de relato breve 2017 de La Petite Planèthé.

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La decisión de su (mi) vida

11 09 2016

La primera vez que lo vi fue una noche de las ya tan habituales en mi vida. Me encontraba en el garito que solía frecuentar cuando todo se torció. La policía llegó a los pocos minutos y entró allí con ganas de bronca. Después de todo, estaban habituados a los problemas que causábamos. Todo acabó como las otras veces. La mayoría de los presentes consiguió escapar, pero yo, debido a mi estado, fui detenida y metida en un coche patrulla. Y entonces hizo su aparición él, de igual forma que hace el sol mientras amanece tras una noche de fuerte tormenta, tímidamente, casi con temor, pero seguro de lo que quería hacer. Estuvo hablando con el agente durante un buen rato. Yo no pude oír lo que decían, no me encontraba en condiciones para ello. Pero sí me percaté de que hablaron de mi. Cuando terminaron, él se quedó mirando como el vehículo se marchaba conmigo dentro, mientras yo perdía su figura en la lejanía y las brumas de mi mermado entendimiento me impedían fijar su recuerdo.

La segunda vez fue a la mañana siguiente, pero yo ya me había olvidado de él. Pasé el resto de la noche en el calabozo, un lugar que se había convertido en mi segundo hogar de un tiempo a esta parte. Cuando llegó la mañana, uno de los agentes abrió mi celda y me informó que estaba libre y que alguien había pagado mi fianza. Aunque no recordaba por qué estaba allí, casi con seguridad por lo de siempre, sí estaba segura que ninguno de los otros habría hecho aquel esfuerzo por apiadarse de mi, así que me extrañé ante aquella revelación.

Al salir de la comisaría él estaba esperándome. Era alto y delgado, no muy musculoso, pero fibroso, como denotaban sus brazos. Su rostro era de una belleza sutil, sin ser realmente atractivo. Su cabello era de un tono pajizo, y sus cejas rubias enmarcaban unos ojos azules como el cielo límpido de aquella mañana, pero con iridiscencias grises, como la tormenta pasada. Llevaba unos vaqueros y una camiseta negra con un símbolo extraño dibujado mediante palabras en otro lenguaje. Me resultó familiar, pero no conseguí ubicarlo; quizás lo hubiera visto en televisión o en algún escaparate. El símbolo, no la persona.

Cuando se percató de mi presencia, todo su cuerpo se tensó. Levantó su mano derecha a modo de saludo, pero lo hizo con timidez. Me quedé mirándolo unos segundo más, intentando ubicarlo en mi memoria, pero no pude hacerlo. Así que hice lo que mejor sabía hacer: huir. Giré mi cuerpo en dirección contraria y me encaminé hacia cualquier lugar, lejos de aquel extraño. Cuando me percaté de que me seguía, aceleré mi paso hasta el punto de ponerme a correr por la acera mientras esquivaba a los transeúntes. Pero cometí el error de mirar hacia atrás para comprobar cuánta ventaja le sacaba. Aquello, pero sobre todo mi estado físico, provocó que perdiera la referencia mientras corría y acabé chocando con una farola.

Endolorida y en el suelo, mostraba una imagen pésima. Pero al extraño no le importó, sino que incrementó su velocidad cuando me vio caer. No sé si fue por verme atrapada ya o porque realmente estaba preocupado ante el incidente. La cuestión es que me alcanzó.

-¿Estás bien? -preguntó en un susurro, pero su voz sonó con un timbre musical.

Aparté bruscamente su brazo cuando intentó ayudarme a levantar. Ante aquel gesto, él retrocedió un único paso, pero no se marchó. La gente miraba la escena con indiferencia, sólo unos pocos mostraban algo de interés, aunque era más por curiosear que por otra cosa.

-¡Déjame! -le increpé mientras llevaba mi mano derecha a la frente. Un dolor atroz laceraba mi cabeza e intenté calmarlo con aquel gesto.

-Estás sangrando -me indicó en cuando retiré la mano. Y era verdad. Mis dedos estaban cubiertos por aquel líquido rojizo que tantas nauseas me producía.

Sufrí un vahído ante su visión que a punto estuvo de enviarme de nuevo al suelo, pero el extraño se movió con una increíble rapidez y evitó otra caída por mi parte. Mientras estaba en sus brazos, posó su mano sobre la herida, y una extraña sensación de calidez y bienestar me invadió desde la zona de contacto hasta el resto del cuerpo.

Conseguí llegar a un banco con su ayuda, donde me senté para recuperarme. Él hizo lo propio, situándose a mi lado. Me negaba a mirarlo por miedo a que fuera algún trastornado y no quería avivar su locura, pero tras su contacto, un bienestar extraño me incitaba a saber más de él.

-Gracias -conseguí balbucear. Él simplemente sonrió-. Por todo -añadí pasados unos segundos-. Porque supongo que has sido tú quien ha pagado mi fianza -pero no estaba segura de sentir verdadera gratitud. Simplemente había hablado por romper el incómodo silencio que se había adueñado de los dos.

-No es nada…

No le dejé terminar.

-¿Por qué lo has hecho? -aquello era más una recriminación que una pregunta, pero él no pareció darse cuenta, o si lo hizo, no le importó.

No contestó, sino que se quedó con la mirada fija en algún punto indeterminado frente a él. Aquello me exhortaba a mantenerme en mi pensamiento inicial. Aquel hombre parecía un loco, pero sentía un impedimento a apartarme de él ahora.

-¿Quieres comer algo? -dijo pasados unos segundos, sin mover su rostro del lugar donde tuviera fijos los ojos-. Necesitas reponer fuerzas. Y seguro que después de lo que has pasado, tienes hambre.

Abrí la boca para rechazar su invitación, todavía temerosa de él, pero entonces mis tripas me traicionaron de forma malévola y emitieron un largo quejido.

-Tomaré eso como un sí -sentenció mientras ahora sí me miraba y sonreía.

Cuando me di cuenta, estaba siguiendo sus pasos hacia donde me estuviera llevando. Había caído en su trampa. Una trampa que le salpicó a él mismo.

Después de aquel desayuno, llegaron otros muchos. A veces igual a aquel primero, con paso previo por el cuartelillo incluido. Otras, algo más calmado. Pero aquellos encuentros fueron el principio de algo que nunca hubiese imaginado que ocurriera.

Erz, como así le gustaba que le llamaran, consiguió entrar en mi vida a hurtadillas, aunque yo nunca entendí por qué. Y esa fue su perdición. Mi vida no valía nada. Yo misma no valía nada. Mis excesos y mis vicios me convertían en una persona difícil de tratar y de entender. Pero a él no le importaba. Su vicio era yo, fuera lo que fuera que le extasiara de mi.

Con el paso del tiempo, él se integró en mi rutina de forma más intensa. Frecuentaba mis rincones, trataba a mi gente… y finalmente compartió mis costumbres, mis funestas costumbres. Primero fue una calada. Más tardes llegó la primera línea. Y finalmente también le dió al pico. Pero a él no parecía afectarle como al resto. Nada le dañaba, al menos no como a mi. Lo único en que salía perdiendo era en el dinero que se marchaba incluso antes de entrar.

Pasamos tiempos difíciles, durmiendo en los parques, comiendo de la basura, huyendo de la policía. Pero nunca se separó de mi. Por mi parte, yo me había vuelto dependiente de él, hasta el punto que ya no concebía mi existencia en su ausencia.

Entonces se me ocurrió el magnífico plan de obtener dinero de forma fácil. Mis habituales prácticas de tirar del bolso no nos proporcionaban el dinero suficiente. Así que decidí ir más allá. Los dos entramos en una sucursal durante la hora punta. Lógicamente, estaba abarrotada de gente, pero aquello no me paró. Él sólo me seguía, como hacía siempre. Me acerqué al mostrador más próximo y agarré a la cajera de la blusa. Cuando se percató de lo que ocurría, ya tenía mi navaja puesta en su garganta. El resto fue evidente. La gente huyó despavorida mientras los demás trabajadores intentaban persuadirme de mis intenciones. Pero yo no prestaba oídos a nadie. Sólo quería lo que había venido a buscar, el dinero.

Como era lógico, la exigua minuciosidad que puse en aquel plan me evitó prever la presencia del guardia jurado. Éste, por su parte, se comportó como el vaquero que era y no dudó en extraer su arma para apuntarme. Me lanzó varias órdenes entre gritos, mientras me exigía que soltara mi navaja. Cuando quedó patente que no iba a hacerle caso, se produjo el hecho que lo cambió todo.

El muy gilipollas apretó el gatillo, pero ni si quiera entonces le presté atención. Sólo cuando el cuerpo de alguien se desplomó sobre mí, perdí un efímero segundo en desviar la atención de mi presa. Allí en el suelo, cubierto por aquel asqueroso líquido que me repugnaba, yacía Erz, totalmente inmóvil. En aquella ocasión no me desmayé ante la visión del fluido rojo. Y supe que lo único que me mantuvo despierta fue verle a él sin vida. Entonces, solté el cuchillo y me abalancé sobre su pecho, pero él ya se había marchado.

La decisión fue fácil de tomar entonces. Sé que nunca lo habría hecho por mí, sino que fue él el que me hizo tomarla después de aquello.

Han pasado seis años desde aquello. He vuelto a pisar la calle después de mi encarcelamiento, y lo primero que he hecho es acudir al cementerio para ver su tumba. Le traigo dos obsequios. Más bien un recuerdo y un presente. El futuro ya vendrá, pero sin él.

Cuando entró en mi vida, produjo un cambio del que nunca me percaté hasta aquel día. Eso fue el detonante. Ahora tengo un trabajo de mierda, de limpiadora, que me dará para ir tirando. Cosas del sistema de reinserción. Es el primer paso de mi nuevo camino. Espero no volver atrás. Debo hacerlo por él, por su sacrificio.

Siempre me decía lo mismo. Pero se marchó para que yo lo entendiera. Por eso ahora lo pone en su lápida, para recordármelo cada vez que necesito verle de nuevo.

• • •

Rafael esperó a que la mujer se marchara. Cuando lo hizo, se acercó a la tumba. Allí, sobre la lápida, una rosa negra y una punta de bala aplastada, descansaban junto a la inscripción que había cincelada en ella:

En las cenizas del fracaso está la sabiduría.

El hombre sólo le prestó atención un segundo.

-Fue tu decisión, Gabriel. Al final, conseguiste lo que querías. Sacrificar tu eternidad. Espero que el amor haya valido la pena.

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Tributo a Amaral.





La decisión de su (mi) vida

8 09 2016

La primera vez que lo vi fue una noche de las ya tan habituales en mi vida. Me encontraba en el garito que solía frecuentar cuando todo se torció. La policía llegó a los pocos minutos y entró allí con ganas de bronca. Después de todo, estaban habituados a los problemas que causábamos. Todo acabó como las otras veces. La mayoría de los presentes consiguió escapar, pero yo, debido a mi estado, fui detenida y metida en un coche patrulla. Y entonces hizo su aparición él, de igual forma que hace el sol mientras amanece tras una noche de fuerte tormenta, tímidamente, casi con temor, pero seguro de lo que quería hacer. Estuvo hablando con el agente durante un buen rato. Yo no pude oír lo que decían, no me encontraba en condiciones para ello. Pero sí me percaté de que hablaron de mi. Cuando terminaron, él se quedó mirando como el vehículo se marchaba conmigo dentro, mientras yo perdía su figura en la lejanía y las brumas de mi mermado entendimiento me impedían fijar su recuerdo.

La segunda vez fue a la mañana siguiente, pero yo ya me había olvidado de él. Pasé el resto de la noche en el calabozo, un lugar que se había convertido en mi segundo hogar de un tiempo a esta parte. Cuando llegó la mañana, uno de los agentes abrió mi celda y me informó que estaba libre y que alguien había pagado mi fianza. Aunque no recordaba por qué estaba allí, casi con seguridad por lo de siempre, sí estaba segura que ninguno de los otros habría hecho aquel esfuerzo por apiadarse de mi, así que me extrañé ante aquella revelación.

Al salir de la comisaría él estaba esperándome. Era alto y delgado, no muy musculoso, pero fibroso, como denotaban sus brazos. Su rostro era de una belleza sutil, sin ser realmente atractivo. Su cabello era de un tono pajizo, y sus cejas rubias enmarcaban unos ojos azules como el cielo límpido de aquella mañana, pero con iridiscencias grises, como la tormenta pasada. Llevaba unos vaqueros y una camiseta negra con un símbolo extraño dibujado mediante palabras en otro lenguaje. Me resultó familiar, pero no conseguí ubicarlo; quizás lo hubiera visto en televisión o en algún escaparate. El símbolo, no la persona.

Cuando se percató de mi presencia, todo su cuerpo se tensó. Levantó su mano derecha a modo de saludo, pero lo hizo con timidez. Me quedé mirándolo unos segundo más, intentando ubicarlo en mi memoria, pero no pude hacerlo. Así que hice lo que mejor sabía hacer: huir. Giré mi cuerpo en dirección contraria y me encaminé hacia cualquier lugar, lejos de aquel extraño. Cuando me percaté de que me seguía, aceleré mi paso hasta el punto de ponerme a correr por la acera mientras esquivaba a los transeúntes. Pero cometí el error de mirar hacia atrás para comprobar cuánta ventaja le sacaba. Aquello, pero sobre todo mi estado físico, provocó que perdiera la referencia mientras corría y acabé chocando con una farola.

Endolorida y en el suelo, mostraba una imagen pésima. Pero al extraño no le importó, sino que incrementó su velocidad cuando me vio caer. No sé si fue por verme atrapada ya o porque realmente estaba preocupado ante el incidente. La cuestión es que me alcanzó.

-¿Estás bien? -preguntó en un susurro, pero su voz sonó con un timbre musical.

Aparté bruscamente su brazo cuando intentó ayudarme a levantar. Ante aquel gesto, él retrocedió un único paso, pero no se marchó. La gente miraba la escena con indiferencia, sólo unos pocos mostraban algo de interés, aunque era más por curiosear que por otra cosa.

-¡Déjame! -le increpé mientras llevaba mi mano derecha a la frente. Un dolor atroz laceraba mi cabeza e intenté calmarlo con aquel gesto.

-Estás sangrando -me indicó en cuando retiré la mano. Y era verdad. Mis dedos estaban cubiertos por aquel líquido rojizo que tantas nauseas me producía.

Sufrí un vahído ante su visión que a punto estuvo de enviarme de nuevo al suelo, pero el extraño se movió con una increíble rapidez y evitó otra caída por mi parte. Mientras estaba en sus brazos, posó su mano sobre la herida, y una extraña sensación de calidez y bienestar me invadió desde la zona de contacto hasta el resto del cuerpo.

Conseguí llegar a un banco con su ayuda, donde me senté para recuperarme. Él hizo lo propio, situándose a mi lado. Me negaba a mirarlo por miedo a que fuera algún trastornado y no quería avivar su locura, pero tras su contacto, un bienestar extraño me incitaba a saber más de él.

-Gracias -conseguí balbucear. Él simplemente sonrió-. Por todo -añadí pasados unos segundos-. Porque supongo que has sido tú quien ha pagado mi fianza -pero no estaba segura de sentir verdadera gratitud. Simplemente había hablado por romper el incómodo silencio que se había adueñado de los dos.

-No es nada…

No le dejé terminar.

-¿Por qué lo has hecho? -aquello era más una recriminación que una pregunta, pero él no pareció darse cuenta, o si lo hizo, no le importó.

No contestó, sino que se quedó con la mirada fija en algún punto indeterminado frente a él. Aquello me exhortaba a mantenerme en mi pensamiento inicial. Aquel hombre parecía un loco, pero sentía un impedimento a apartarme de él ahora.

-¿Quieres comer algo? -dijo pasados unos segundos, sin mover su rostro del lugar donde tuviera fijos los ojos-. Necesitas reponer fuerzas. Y seguro que después de lo que has pasado, tienes hambre.

Abrí la boca para rechazar su invitación, todavía temerosa de él, pero entonces mis tripas me traicionaron de forma malévola y emitieron un largo quejido.

-Tomaré eso como un sí -sentenció mientras ahora sí me miraba y sonreía.

Cuando me di cuenta, estaba siguiendo sus pasos hacia donde me estuviera llevando. Había caído en su trampa. Una trampa que le salpicó a él mismo.

Después de aquel desayuno, llegaron otros muchos. A veces igual a aquel primero, con paso previo por el cuartelillo incluido. Otras, algo más calmado. Pero aquellos encuentros fueron el principio de algo que nunca hubiese imaginado que ocurriera.

Erz, como así le gustaba que le llamaran, consiguió entrar en mi vida a hurtadillas, aunque yo nunca entendí por qué. Y esa fue su perdición. Mi vida no valía nada. Yo misma no valía nada. Mis excesos y mis vicios me convertían en una persona difícil de tratar y de entender. Pero a él no le importaba. Su vicio era yo, fuera lo que fuera que le extasiara de mi.

Con el paso del tiempo, él se integró en mi rutina de forma más intensa. Frecuentaba mis rincones, trataba a mi gente… pero nunca compartió mis vicios, al menos no como yo. Él estaba siempre a mi lado, recogiéndome en mis caida, levantándome, cosa que yo hacía muy seguido. Pero no parecía importarle. Lo único en que salía perdiendo era en el dinero que se marchaba incluso antes de entrar.

Pasamos tiempos difíciles, durmiendo en los parques, comiendo de la basura, huyendo de la policía. Pero nunca se separó de mi. Por mi parte, yo me había vuelto dependiente de él, hasta el punto que ya no concebía mi existencia en su ausencia.

Entonces se me ocurrió el magnífico plan de obtener dinero de forma fácil. Mis habituales prácticas de tirar del bolso no nos proporcionaban el dinero suficiente. Así que decidí ir más allá. Los dos entramos en una sucursal durante la hora punta. Lógicamente, estaba abarrotada de gente, pero aquello no me paró. Él sólo me seguía, como hacía siempre. Me acerqué al mostrador más próximo y agarré a la cajera de la blusa. Cuando se percató de lo que ocurría, ya tenía mi navaja puesta en su garganta. El resto fue evidente. La gente huyó despavorida mientras los demás trabajadores intentaban persuadirme de mis intenciones. Pero yo no prestaba oídos a nadie. Sólo quería lo que había venido a buscar, el dinero.

Como era lógico, la exigua minuciosidad que puse en aquel plan me evitó prever la presencia del guardia jurado. Éste, por su parte, se comportó como el vaquero que era y no dudó en extraer su arma para apuntarme. Me lanzó varias órdenes entre gritos, mientras me exigía que soltara mi navaja. Cuando quedó patente que no iba a hacerle caso, se produjo el hecho que lo cambió todo.

El muy gilipollas apretó el gatillo, pero ni si quiera entonces le presté atención. Sólo cuando el cuerpo de alguien se desplomó sobre mí, perdí un efímero segundo en desviar la atención de mi presa. Allí en el suelo, cubierto por aquel asqueroso líquido que me repugnaba, yacía Erz, totalmente inmóvil. En aquella ocasión no me desmayé ante la visión del fluido rojo. Y supe que lo único que me mantuvo despierta fue verle a él sin vida. Entonces, solté el cuchillo y me abalancé sobre su pecho, pero él ya se había marchado.

La decisión fue fácil de tomar entonces. Sé que nunca lo habría hecho por mí, sino que fue él el que me hizo tomarla después de aquello.

Han pasado seis años desde aquello. He vuelto a pisar la calle después de mi encarcelamiento, y lo primero que he hecho es acudir al cementerio para ver su tumba. Le traigo dos obsequios. Más bien un recuerdo y un presente. El futuro ya vendrá, pero sin él.

Cuando entró en mi vida, produjo un cambio del que nunca me percaté hasta aquel día. Eso fue el detonante. Ahora tengo un trabajo de mierda, de limpiadora, que me dará para ir tirando. Cosas del sistema de reinserción. Es el primer paso de mi nuevo camino. Espero no volver atrás. Debo hacerlo por él, por su sacrificio.

Siempre me decía lo mismo. Pero se marchó para que yo lo entendiera. Por eso ahora lo pone en su lápida, para recordármelo cada vez que necesito verle de nuevo.

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Rafael esperó a que la mujer se marchara. Cuando lo hizo, se acercó a la tumba. Allí, sobre la lápida, una rosa negra y una punta de bala aplastada, descansaban junto a la inscripción que había cincelada en ella:

“En las cenizas del fracaso está la sabiduría”

El hombre sólo le prestó atención un segundo.

-Fue tu decisión, Gabriel. Al final, conseguiste lo que querías. Sacrificar tu eternidad. Espero que el amor haya valido la pena.

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Tributo a Amaral.





Tarde de té

24 10 2015

Capítulo uno: él.

Andaba apresurado entre el gentío. Su premura se debía a que el autobús había tardado más de lo habitual en realizar su recorrido. A aquellas horas, muchas personas volvían a casa después del trabajo y la mayoría de ellos lo hacía con sus vehículos particulares. No obstante, aquella tarde las calles también estaban abarrotadas de gente, a pesar del frío que hacía en la ciudad. La mortecina luz de las farolas, con su tonalidad incandescente, daba un aspecto de estampa navideña al lugar.

Esquivó a una pareja que caminaba sin rumbo aparente, cogidos de la mano, y se introdujo en el Carrer del Micalet. A su derecha quedó la Puerta de los Hierros y el campanario que daba nombre a la calle. Como siempre, aquel pequeño callejón también estaba concurrido de viandantes. Cuando entró en la Plaça de la Verge, ésta mostraba la misma imagen de abarrotamiento. Pero el hombre no le prestó ninguna atención al lugar.

Sus piernas se dirigieron hacia su izquierda. Subieron los pocos peldaños que circundaban aquella parte de la plaza y se encaró hacia el edificio más inmediato. Allí, en uno de los bajos de la finca, una pequeña tetería regentaba el local comercial. Por fortuna para el hombre, en la terraza todavía quedaba una mesa libre, la suya. Con premura, se abalanzó sobre ella y se sentó en una de las sillas de mimbre.

Algo jadeante por el esfuerzo de su prisa, extrajo el móvil de su bolsillo. Tras encenderlo pudo comprobar en la pantalla que todavía faltaba un par de minutos para que fueran las siete de la tarde. Suspiró aliviado, pues aún no había llegado la hora que tanto esperaba.

A los pocos segundos, un camarero le tomó nota de su pedido. Aquella tarde le apetecía algo fuerte, así que pidió un té negro con frutos del bosque. Para endulzarlo eligió miel de espliego. La mezcla era atrevida y denotaba un choque de características que parecían no encajar a priori. El té negro tenía un sabor potente, más que sus hermanos de otros colores. El nivel de oxidación de sus componentes le conferían esta característica. Además, su contenido en teína era mayor. Por contra, la miel de espliego tenía virtudes relajantes, lo cual contrarrestaría los efectos de la teína.

El camarero volvió enseguida y dejó lo que traía entre manos en la mesa, una pequeña tetera con humeante té caliente, una taza a juego y un tarrito de miel acompañado de un dispensador de madera. Ya solo, el hombre vertió el té en la taza de porcelana y la rodeó con sus manos, disfrutando así del calor que todavía desprendía la bebida. En la calle hacía frío, por lo que aquel gesto le reconfortó unos segundos. Acto seguido, acercó el tazón a su nariz y olfateó el aroma que desprendía el té. La mezcla de frutas del bosque le daba un olor dulzón, además de un color morado oscuro. Después de dejar la taza en la mesa, se acercó el tarrito de miel y con el dispensador, vertió tres cucharadas del espeso líquido nacarado. Le gustaba dulce, por lo que no tuvo reparo en añadir tanta miel.

Y así, con su bebida ya preparada y después de tomar un primer sorbo, se dispuso a contemplar la plaza. La misma luz anaranjada que le había acompañado en su viaje hasta allí, inundaba también todo el perímetro del lugar. Incluso la fuente que se encontraba a su izquierda estaba iluminada con el mismo tono. Muchos eran los visitantes que venían a disfrutar de ella, pero pocos conocían el significado de tan hermosa escultura. En ella se podía ver a una figura varonil en posición sedente, completamente de bronce. La figura representaba al río Turia, que en el pasado había dividido con sus aguas en dos la ciudad. Estaba asentado sobre un pedestal de mármol y en una de sus manos sostenía el cuerno de Amaltea, del que desbordaban los frutos de la huerta valenciana. A su alrededor, también sobre pedestales, se encontraban ocho figuras femeninas de bronce. Eran jóvenes desnudas, peinadas al estilo de las antiguas labradoras valencianas. Estas ocho estatuas representaban a las ocho acequias que obtenían su agua del río. Ahora, igual que cualquier otro día, diversas personas se tomaban fotografía sentados en ella.

Pero la plaza tenía otros atractivos. Frente a él estaba ubicada la Basílica de la Virgen de los Desamparados, patrona de todos los valencianos. Justo a la derecha de ésta, separada por un estrecho callejón, se encontraba la Catedral de Santa María, con su impresionante campanario, el Miguelete, sobresaliendo por encima de todos los tejados de los edificios del lugar. En frente de la catedral, la sed del Tribunal de las Aguas, un antiguo tribunal que databa de muchos siglos atrás, y que discernía todas las disputas relacionadas con las aguas de la huerta valenciana, precisamente, las que pertenecían a las ocho acequias representadas por la fuente. Y atrás suyo de donde él estaba sentado, estaba el edificio del Palacio de la Generalitat.

Pero todo aquello dejó de tener sentido cuando ella apareció. Lo hizo por la callejuela que separaba la Basílica de la Catedral. Su andar era pausado, rítmico, carente de premura. El hombre se quedó embelesado mientras la observaba, pero a la vez disimulaba sus gestos para evitar que le sorprendiera. Descubrió que la mujer vestía una blusa blanca bajo la ropa de abrigo. La prenda hacía juego con la falda que envolvía sus piernas.

Cada tarde desde hacía un tiempo, el hombre se acercaba hasta aquella pequeña tetería para esperar ver llegar a la mujer. Y desde su asiento en la terraza la contemplaba con adoración, como si se tratase de la misma Virgen que los valencianos adoraban. Pero su atrevimiento terminaba ahí, pues nunca encontraba el valor para acercarse a ella.

Cuando la mujer se aproximó a su mesa, volvió el gesto para evitar que sus miradas se cruzaran. En el fondo sabía que aquello no ocurría jamás, ya que ella nunca parecía percatarse de su presencia. Aspiró su perfume cuando pasó al lado suyo. Olía de forma dulzona, a flores frescas. Cuando por fin se alejó, se atrevió de nuevo a mirarla. Lo hizo en el preciso momento en que giraba por la esquina de la calle Caballeros. Por un instante, le pareció vislumbrar una fugaz mirada. Pero enseguida desechó aquella idea.

Ya nada le retenía en aquel lugar. No obstante, mañana todavía sería viernes, así que volvería de nuevo allí, para contemplarla otra vez. Apuró su taza de té y se levantó, dispuesto a marcharse, con la vana esperanza de encontrar el valor necesario la próxima vez.

Capítulo dos: ella.

Estaba cansada, la jornada había sido complicada en la oficina y por un momento se sintió tentada de quedarse hasta más tarde para terminar la faena. Pero al final decidió marcharse, en el fondo no quería pasar más tiempo allí.

Ahora caminaba por el Carrer del Palau. A su izquierda quedaba el Palacio Arzobispal, con su imponente fachada de ladrillo rojo. Aquí y allí podían observarse diseños en piedra caliza que enmarcaban el ladrillo visto. Parecían pequeñas pinceladas que rompían la monotonía del color predominante del edificio.

Sus pasos la llevaron hacia la Plaça de l’Almoina, un punto clave en el pasado de la ciudad. Estuvo regentada por el foro romano durante aquel periodo histórico. Más tarde contuvo las primeras iglesias de los diferentes reinos que ocuparon la ciudad. Ahora, era una plaza restaurada bajo la que se encontraba un importante yacimiento arqueológico. Además, muchos viandantes la cruzaban en dirección a donde les llevaran sus andares. También podía observarse a un músico callejero que tocaba su violín. El instrumento estaba algo desvencijado y parecía haber vivido tiempos mejores. Pero las notas de música que el artista extraía de sus cuerdas, conferían una estampa idílica al lugar. Aquel efecto estaba acompañado por la mortecina luz anaranjada de las farolas.

La mujer se detuvo unos segundos a disfrutar de la música. El hombre, un anciano ya, tocaba con maestría, de forma pausada, tomándose su tiempo en cada nota. La pieza era triste y melancólica, y la mujer se estremeció al escucharla. Al cabo de un para de minutos, el anciano alargó el arco, haciendo que el instrumento emitiera una larga nota, finalizando así su interpretación. Muchas personas fueron las que después de aquello se acercaron a depositar unas pocas monedas en el estuche que descansaba en el suelo, frente a él. La mujer hizo lo mismo, mientras le sonreía. Después de aquello, se marchó.

Antes de ponerse en marcha, se adecentó un poco la ropa. Lo hizo de forma nerviosa, por lo que tuvo que repetir el gesto varias veces. Después de todo, pronto llegaría el motivo por el que había decidido dejar pendiente su trabajo para el día siguiente. Se alisó la falda, reubicó el cuello de la blusa que llevaba esa tarde y se ajustó la chaqueta sobre su figura. Acto seguido, extrajo de su bolso un pequeño frasco de perfume y se roció unas pocas gotas. Cuando consideró que ya estaba aseada, reanudó su marcha.

Giró hacia la izquierda y enfiló el pequeño callejón que separaba la Catedral de la Basílica. Gastó un efímero segundo en recordar sus pasos por aquella misma callejuela durante su niñez, cuando fue fallera e iba a llevar flores a la Virgen, durante la Ofrena. Igual que entonces, su caminar se vió acompañado de un nerviosismo creciente, una sensación que no le permitió dirigir su atención hacia su principal interés en aquel momento. Por contra, se recreó en el paisaje urbano de la plaza en la que ahora entraba, y que en su recuerdo estaba coronado por el enorme cadafal de madera que formaba la figura de la Virgen. Aquí también la gente abarrotaba el lugar, algunos de vuelta a casa después del trabajo, buscando tan merecido descanso, y otros disfrutando de su tiempo de ocio. Siempre le había llamado la atención la fuente que regentaba el lugar. Conocía su historia y su simbología, y le parecía un monumento muy acertado para homenajear a la mayor fuente de vida de la ciudad, el Río Turia.

Pero al final tuvo que armarse de valor y dirigió su mirada hacia la pequeña tetería que había unos metros más al fondo. Su corazón empezó a palpitar con fuerza y el pulso se le aceleró. Él estaba allí, como cada tarde. Su aspecto era el mismo de siempre, impecable y sereno. Iba ataviado con una sencilla gabardina que lo protegía de la helor que imperaba a aquellas horas de la tarde. Como cada vez que se cruzaba con él, disfrutaba de un té caliente que sorbía con pausa.

Se dirigió hacia aquella zona, cruzando toda la plaza e intentando que sus pasos parecieran tranquilos. Y justo en aquel momento, el hombre lanzó su mirada hacia donde se encontraba ella. La mujer, por contra, apartó la suya con premura, intentando disimular su anterior gesto de observación. Deseó que no descubriera en ella la rojez que se estaba adueñando de su semblante.

Justo cuando se acercó hasta él, el hombre volvió su cabeza, de nuevo prestando toda su atención al té. Ella subió los pocos escalones que había en aquella parte de la plaza y pasó al lado de la mesa en la que estaba sentado. Un ligero aroma afrutado penetró por sus fosas nasales. Después, unas reminiscencias florares, de lavanda o espliego, sustituyeron a la fragancia de frutas del bosque inicial. La mezcla le agradó y tomó nota mental de ella para probarla en un futuro.

Pero el instante mágico pasó en seguida y la mujer dejó atrás al hombre. Todas las tardes, él estaba sentado en la misma mesa y se tomaba un té caliente. Desde que lo vio por primera vez, una sensación extraña embriagó su corazón, provocando que ella adecuara su rutina para cruzarse con él todas las tardes. Pero estaba segura que el hombre nunca se percataba de su presencia. A veces se sentía tentada a pararse y preguntarle algo, cualquier cosa, por el simple hecho de iniciar una conversación que posibilitase una relación, de la índole que fuera, entre ellos. Pero siempre desechaba la idea, temerosa de una negativa por su parte.

Llegaba ya a la esquina de la Calle Caballeros cuando se atrevió a girar la cabeza una última vez. Durante un efímero instante, creyó descubrir que el hombre la contemplaba. Pero la imagen escapó de su campo visual cuando torció el edificio. Suspiró, más para calmarse que por otra cosa. Pero aquel gesto denotaba muchos sentimientos a la vez.

Ya pasado su anhelo, sus pasos se tornaron más rápidos. Mañana sería viernes, así que volvería a cruzarse con el hombre, como cada tarde.





The great scientist

19 01 2015

I am a great scientist!… Wait, wait… It will be better start from the beginning… My name is Athal Berht. I was born in a small Spanish village named Alpuente. There, I grew up surrounded by nature -perhaps the best of place- but there was nothing interesting to do. During my childhood, I went to school in the mornings, and afternoons I worked as a goatherd. My life was boring, so when I had the chance, I emigrated to Valencia, the capital of the comunity. There, I finished my studies during adolescence. I also learned to drive, something I was afraid of at first. When I became an adult, at the age of 18, I entered university. I studied biology, a science that I loved. During my first years of study I became a member of an investigation team. Soon, I stood out because of my abilities, and before the end my studies, they trusted me with my first investigation project. I must thank this, because it is due to this that now I am who I am. One day, accidentally -as occurs in almost all the discoveries of science- I mixed various substances without realizing what I was doing. The products produced an unexpected reaction, combining to form a new substance which would revolutionize the world. But it is still early to talk about it. I had expected that mixture to explode on contact with air, but it did not. This aroused my curiosity, but due to the lack of time on my investigation, that product was forgotten in an old cupboard laboratory. Later, already in my adulthood, after I married and had my first child -a beautiful girl named Lyanna- I remembered that strange solution, so I decided to study it. At first, I found nothing interesting. But during its handling, again by mistake, part of the liquid was spilled on my desk. I cleaned the mess and put away the product again, disappointed. The next morning, an unusual hustle in my little home laboratory caught my attention. On the desk there was a cage that contained two mice. To my surprise, the scandal was produced by them in their frantic activity. But that was impossible, because the mice already had an advanced age and were always sleeping. But no, now they looked strong and young. Intrigued, I made a few experiments with them. They verified that the mice seemed to have rejuvenated. Days later, I discovered that the shedding of my strange substance had splattered their food and they had ingested it by error. I decided to perform more tests on liquid in other animals, and all of their gave the same result: Animals rejuvenated in hours! I had discovered something impossible! “The Elixir of Life” I named it in honor of the ancient alchemists. Over time, the product began to be used in humans with identical results. People regenerate their damaged tissues and rejuvenated. The product began to be sold it throughout the world. But people lived longer thanks to it, so the planet was overpopulated. When space was reduced, wars began to claim new territories by different countries. A pity. Currently I am 153 years old and no work. Property rights on “The Elixir of Life” made me a very rich man. With the money that I made, and still I win, I bought a small island in Europe, one of Jupiter’s moons, after terraforming. I live there with my wife, my three children -I had two more- and all my grandchildren and great-grandchildren, surrounded by nature and away from the earthlings problems. In short, I am a great scientist! And that’s my story.





¡Chas!

6 12 2013

El hombre cerró la puerta mientras su invitada todavía estaba cruzando el jardín a toda prisa. Debería haberlo previsto, de hecho lo hizo, pero como en las anteriores ocasiones, decidió intentarlo una última vez. Al final, todo había acabado como siempre.

Se giró airado cuando la hoja de la puerta encajó en el marco.

-¿Por qué lo has hecho? -preguntó con enfado, aunque conocía cuál sería la respuesta.

-Dímelo tú -contestó la mujer mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa traviesa-. Tan sólo soy un producto de tu imaginación. Un mero utensilio de tu subconsciente para obtener aquello que deseas.

Efectivamente, aquellas eran las palabras que siempre escuchaba cuando comenzaban con la discusión. El hombre negó ante su argumentación y decidió dejarlo estar. Después de todo, no tenía solución.

Todo comenzó hacía poco más de tres años, días después del entierro de su novia. Primero había comenzado a tener sueños con ella, y al poco tiempo, se encontró con su figura frente a él, como si nunca se hubiera marchado, sentada en el sofá del salón que iba a ser la casa de ambos.

Había intentado negar aquel hecho, no hacer caso de lo que sus ojos veían. Pero luego comenzaron los sonidos en forma de palabras con su voz. La “aparición” empezó a hablar con él. Hasta que un día todo aquello se convirtió en una parte más de su vida y la aceptó como tal en ella.

Con el paso del tiempo, él cedió ante su alucinación y decidió interaccionar con ella. Pero el fantasma, la ilusión, fantasía o vete a saber qué, lejos estaba de ser la persona que él había conocido. Se mostraba caprichosa, pícara y atrevida, sobre todo con las “invitadas”, como ella las llamaba. Después de todo, los sueños era imposible dominarlos.

Las “invitadas” no eran más ni menos que otras mujeres con las que intentaba pasar página, olvidar lo sucedido y rehacer su vida. Pero fuera donde fuese él, y estuviera con quien estuviese, siempre se encontraba al lado suyo, dispuesta a ayudarlo en lo que hiciera falta. Las supuestas ayudas tampoco eran tales, pues lo único que conseguía siempre era espantar a sus intentos por olvidarla.

En esta ocasión sólo hizo falta una mano helada sobre la espalda y algún que otro truco más. El efecto conseguido fue el de siempre. Su cita huyó asustada y ahora se estaban enfrentando de nuevo. Ella no dejaba de sonreír, lo que provocaba que él se enfadara más todavía.

La alucinación siempre argumentaba que todo aquello ocurría por la simple razón de que él no quería olvidarla. La prueba estaba en ella misma, pues al poco tiempo de su muerte, la mente del hombre había inventado una forma de traerla de vuelta a su lado.

Pero el hombre también había pensado en otra posibilidad, aunque no sabía si aquello era más halagüeño o no. Creía que lo que ella misma definía como una alucinación, su mera presencia allí, no fuera si no un verdadero fantasma, venido de un mundo desconocido para estar junto a él.

Obviamente, no había comentado ninguna de las dos posibilidades con sus conocidos, pues temía que lo tomaran por loco o acabasen burlándose de él. Así que había aprendido a convivir con ella, fuera alucinación o espíritu.

Pero su actuación de aquella noche había sido la gota que colmó el vaso, y decidió tomar el asunto por los cuernos. Desde hacía un tiempo, había contemplado la posibilidad de poner fin a aquello, y probar cuál de sus dos teorías era verdadera. Aunque el método en el que había pensado sería drástico, pues una vez tomada la decisión no habría marcha atrás.

Abandonó la estancia, dejando a la aparecida sola. Al poco rato de su caminar, el fantasma ya estaba al lado suyo, persiguiéndolo, intentando averiguar qué era lo que pasaba por su mente.

-Dímelo tú -espetó el hombre-. Si eres una parte de mí, deberías saber cuál es mi propósito.

La aparición soltó una carcajada mientras lo acompañaba.

-No entres en este juego -le reprendió-. Lejos estás de ser un rival digno en él.

Ya en la cocina, pues ese era su destino, el hombre se acercó a uno de los muebles y abrió el primer cajón. De él extrajo un cuchillo, una pequeña navaja con la que habitualmente pelaba y cortaba las verduras.

-No serás capaz -sentenció la mujer, pero su rostro no mostró sorpresa alguna.

-Tengo que saberlo -suplicó el hombre, pues sentía que todo aquello estaba volviéndolo loco-. Y ésta es la única forma.

Su fantasía soltó una nueva carcajada como respuesta, pero no dijo nada más.

El hombre titubeó al principio, pero comenzó a alzar el cuchillo mientras su brazo entero temblaba. Lo apretó contra un lateral de su cuello, justo por donde pasaba su carótida derecha. Allí, volvió a sentir miedo, pero el semblante de la mujer continuaba burlándose de él. Aquello provocó que se armara de valor y presionara con más fuerza. Al momento, sintió como la hoja metálica se introducía en su carne, desgarrando todo lo que encontraba frente a su filo. Perforó la artería. Se sorprendió de lo fácil que había sido, y de lo poco que había sufrido, pues salvo un ligero pinchazo inicial, no sintió ningún dolor más. Finalmente, un chorro pulsátil de sangre caliente empapó su mano, la que aguantaba el cuchillo. El líquido vital se derramó por su extremidad y su pecho, mojándolo todo de un fuerte carmesí, hasta llegar al suelo. Así siguió durante unos segundos, sintiendo como se derramaba aquel fluido que momentos antes se encontrara en su interior.

Poco tiempo pasó cuando el hombre comenzó a sentir que sus fuerzas flaqueaban. Fue derrumbándose en el suelo lentamente, casi como si aquel movimiento fuera premeditado. Al instante comenzó a hacerse presa de él un sopor incontrolable, que provocó el cerrado de sus párpados. Hasta que al final, su vida se desvaneció por completo. El hombre estaba muerto.

• • •

El hombre despertó asustado. Un ensordecedor estruendo taladraba sus tímpanos de tal manera que incluso sentía dolor, forzándolo a taparse las orejas con sus manos. Además, al abrir los ojos, sus pupilas permitieron el paso de una ingente cantidad de luz, y sus iris todavía no habían conseguido filtrarla, por lo que se vio obligado a cerrar los párpados para evitar el daño que también le provocaba aquello.

El sonido fue menguando y comenzó a captar matices diferentes en él. Pero lo que escuchó lo tenía sobrecogido. Entre todo el galimatías que captaban sus tímpanos podían diferenciarse miles de voces, además de muchos otros sonidos que empezaba a reconocer, sónidos que se encontraban a mucha distancia. Poco a poco, con el paso de los segundos, estas voces y sonidos también fueron filtrándose, descartando aquellas que no le interesaban, hasta que al final, todo volvió a la normalidad. Aquello provocó que el hombre se atreviera a abrir los ojos, pues entendió que la luz también podría haberse atenuado. Y así fue.

Lo que descubrió cuando su visión se tornó correcta también lo sorprendió. Se encontraba en la cocina de su casa, tirado en el frio suelo, completamente desnudo. Se levantó con cuidado, pues se encontraba algo mareado. Una vez de pie, contempló su entorno. En un principio todo parecía como siempre, por la salvedad que no recordaba qué hacía allí ni por qué estaba momentos antes en el suelo.

-¡Chas! -gritó alguien a su lado. Y aquella palabra se introdujo en su cabeza como si se tratara de millones de cristales rompiéndose a la vez. De nuevo tuvo que taparse los oídos, pero en esta ocasión aquello no sirvió de nada.

Aquel sonido también remitió con el tiempo. Cuando lo hizo, se giró hacia la fuente del mismo y, entonces, comprendió todo lo que momentos antes no entendía.

Frente a él se encontraba su aparición, rota en una eterna carcajada. Su figura comenzó a difuminarse mientras parecía flotar hacia la pared trasera. Al cabo de un instante todo su cuerpo se había tornado translucido, casi transparente. Sólo los ojos de la mujer, verdes como esmeraldas, conservaban su opacidad. Oyó su musical voz:

-No me puedes atrapar -sentenció. Y mientras aquellas palabras todavía resonaban en su mente, la mujer atravesó la pared a la que se dirigía hacía unos segundos.

Una repentina oscuridad hizo presencia en el lugar, que fue cerrándose entorno a la figura del hombre. Sintió bajo sus pies que el suelo estaba mojado. Su vista se fijó en un charco rojo que fue recorriendo con la mirada, hasta que se encontró con un cuerpo. Era el suyo, tumbado en el suelo, con la piel cetrina y la mirada perdida. Entonces comprendió lo que estaba sucediendo.

La oscuridad se acercó todavía más al hombre. Éste, asustado, se acuclilló junto a su cuerpo inerte, abrazándose las rodillas y sintiendo un frio mortecino. Así se quedó hasta que todo se volvió negro y solamente quedaron él y su cadáver.

Verdaderamente, su decisión parecía no tener vuelta atrás.

• • •

Tributo a Álex y Cristina





Simbiosis

24 11 2013

La roca seguía allí, justo donde recordaba. En realidad no había esperado que no estuviera, pero sintió un extraño alivio cuando la vio. Sabía que era una tontería, pero no había podido evitar experimentar aquella sensación.

Se subió a ella y se sentó en una oquedad donde sus glúteos encajaban a la perfección. Entonces, recostó su espalda sobre la lisa superficie de la piedra, tal como hiciera en innumerables ocasiones antaño. Ya aposentado y con el cuerpo en perfecto descanso, se dispuso a disfrutar del paisaje.

Frente a él, al otro lado del escarpado barranco, se alzaban las ruinas de una antigua fortaleza, un baluarte construido por una perdida civilización que dominó aquella región en tiempos ya olvidados.

A Shai le gustaba aquel lugar, aunque nunca había conseguido entender por qué. Su retiro se encontraba escondido entre la espesura del bosque y el matorral. De hecho, nunca en todas las veces que había estado allí, se había cruzado con nadie. Pero eso había sido mucho tiempo atrás.

Ahora el joven no buscaba ocultarse del mundo como en las anteriores ocasiones en las que había recurrido a su pequeño rincón del monte. O tal vez sí, todavía no lo tenía muy claro. Al principio, la idea de acercarse a la roca había surgido instantáneamente, casi de forma inesperada. Pero el hecho de que no hubiese invitado a sus amigos a que lo acompañaran quizás quería decir que, en realidad, deseaba ocultarse durante un momento.

De un tiempo a esta parte, había sentido la necesidad de regresar al lugar donde había pasado su niñez. Aquel pequeño pueblo, con poco más de una veintena de casas, estaba apartado de cualquier ruta conocida. De hecho, no tenía nada de importante si no fuera porque había cumplido la función de capital de un antiguo reino, y los muros medio reduidos que ahora estaba contemplando, eran el único vestigio de aquella época dorada. Pero ya a nadie le interesaba la historia y, poco a poco, aquel municipio había ido desapareciendo de los mapas más relevantes de la época.

Convencerlos a todos para que lo acompañaran allí no había sido sencillo, pero al final lo había conseguido. Ahora, el resto de integrantes del grupo estarían preguntándose el por qué de que él hubiese desaparecido. En realidad no estaba preocupado por lo que pudieran pensar, en el fondo le daba igual. Pero como muestra de consideración, había redactado una efímera nota explicativa de su paradero:

                                 “Salgo a dar una vuelta. Volveré en seguida.                                                                                                     Shai.”

Sonrió al recordar aquellas palabras. Para ser sinceros, “efímera nota explicativa” no definía correctamente aquella escueta misiva.

No obstante, algo lo había obligado a desplazarse hasta allí, igual que a acercarse hasta la aldea. Quizás fuera un sentimiento de añoranza, pues desde el día que partió no había vuelto a aquel lugar. Ni al pueblo ni a la roca.

Shai tenía la sensación de que el mundo era una extraña noria que nunca paraba de girar. La única peculiaridad que poseía es que su movimiento podía ser lento o más rápido, dependiendo de una serie de sucesos aleatorios que nadie podría controlar jamás.

Su vida allí había sido sencilla desde el principio, como la del resto de habitantes del lugar. Pero pronto descubrió que él no era como los demás y quizás el destino, la fortuna o vete a saber qué, tenía preparado algo diferente para él.

Su vida cambió radicalmente cuando una nueva familia se estableció en el lugar. Y desde entonces la noria que era su mundo había girado de forma vertiginosa precipitando los sucesos que habían desembocado en su partida de allí. O debería decir, más bien, en su huida.

Pero aquello ya estaba olvidado. La noria había vuelto a girar y el pasado había quedado atrás. O eso pensaba él, porque entonces escuchó como se quebraba una rama en el suelo.

En realidad, no habría sido necesario que se girara para descubrirla, porque el lugar estaba inundado de su peculiar perfume. Aunque hasta ese preciso momento no se había percatado de él. Y fue entonces cuando descubrió que quizás su necesidad por volver allí podía haber sido influenciada por fuerzas ajenas a su persona.

La visión de la mujer lo hechizó como la primera vez. Como todas las anteriores veces en las que se habían encontrado.

La primera vez que se cruzó con su mirada había sido unos días después de la llegada de los extraños al pueblo. La familia al completo se había instalado en una vieja casa abandonada y habían comenzado a reformarla. Un día, cumpliendo sus labores cotidianas, Shai pasó al lado de la cerca de la cabaña y allí estaba ella. Entonces sólo era poco más que un adolescente que nada sabía del amor, pero al contemplarla, su cuerpo experimentó una serie de sensaciones que nunca antes había sentido. La muchacha era bonita, mucho más que cualquier niña de su edad que viviera en los alrededores. Su dorada cabellera reflejaba constantemente los rayos del sol. Su piel blanca y fina despedía destellos de forma continua. Y sus ojos, de un azul claro intenso, parecían una laguna acariciada por el viento de lo cambiante que era su color.

Poco a poco, con el paso del tiempo, se descubrió buscando cualquier excusa para acercarse al cercado del jardín donde la muchacha pasaba todas las mañanas en un intento por contemplarla una vez más. Finalmente, se atrevió a hablar con ella; o más bien habría que reconocer que se atrevió a contestar a uno de sus saludos. Aquella pequeña cortesía creó un pequeño lazo entre los dos jóvenes y al cabo de un tiempo comenzaron a tener una relación más amigable.

Poco sabía él entonces que aquella relación se haría más intensa y cercana y que los llevaría a convertirse en seres distintos al resto del mundo.

La joven se quedó parada, contemplándolo, cuando se percató de que había sido descubierta. Pero la pose de su figura y su semblante no dejaba lugar a dudas. Su actitud era altanera, desafiante, como había sido desde que la conoció. Y sus ojos, sus celestes ojos, se habían posado en los suyos, atrapándolo como en las anteriores veces. El joven sentía una especial atracción por la mirada de la muchacha, como si un hechizo mágico se apoderase de él y ya no le permitiese ver más allá de sus iris. Y Shai sabía muy bien de lo que hablaba cuando se refería a la magia, porque en el fondo, sabía que todo aquello era cosa del poder que ambos compartían.

-Hola Vhea -se atrevió al fin a decir.

Aquellas palabras provocaron que la mujer relajara la rigidez de su cuerpo, lo que desembocó en algo que nunca antes había sucedido: ella le apartó la mirada.

-¡No! -pensó el joven, apesadumbrado. Porque ese gesto sólo podía significar una cosa. La cuestión estaba ahora en si sería capaz de negarse-. ¡Pues claro! -se contestó a sí mismo al instante. Precisamente por aquello había huido. Y entonces decidió dar el primer paso.

-¿Qué haces aquí? -preguntó, aunque esas tres únicas palabras surgieron como tres disparos de escopeta. La chica no se movió ni volvió a mirarlo-. Porque está claro que quieres algo. Si no, no estarías aquí.

Entonces, Vhea alzó el rostro y lo miró de nuevo. Había recobrado parte de su determinación, aunque no toda.

-Necesito tu ayuda -le dijo.

Aquella afirmación le bastó para confirmar la sospecha que comenzó a formarse cuando se percató de la presencia de la joven. Pero aún así quería oírlo de su boca.

-¿Por eso estoy aquí? -preguntó-. ¿Tú me has hecho venir?

Ella afirmó, con la cabeza, sin despegar sus labios, pero su resolución, aunque frágil, no había desaparecido.

-No -sentenció Shai, y con aquella negación comenzó a caminar, alejándose de la roca.

Vhea no se atrevió a mirarlo cuando pasó por su lado. La negación de Shai le había golpeado fuertemente, y fue aquel golpe lo que endureció de nuevo su actitud, volviéndose resoluta. Se giró y fue en pos de él, pero cuando estuvo sólo a unos pasos detuvo su caminar, temerosa de acercarse más. No obstante, su firmeza era fuerte.

-¿Te vas así? ¿Sin escucharme siquiera?

Shai se paró al oír su voz. Sabía que tenía razón, que no era correcto lo que estaba haciendo después de lo que habían pasado juntos. Pero fue precisamente eso, lo que habían pasado juntos, lo que le producía temor.

-Escúchame, por favor… -susurró ella de nuevo.

-Vhea…

-¡Por favor!

Shai lanzó un suspiro y se giró. De nuevo se encontró con su mirada y supo en aquel preciso momento que no podría negarse, que no lo haría, porque en el fondo lo necesitaba.

La familia de Vhea era poseedora y guardiana de un antiguo y poderoso artilugio mágico: un arco. Nadie, ni siquiera ellos recuerdan quién o cuándo se fabricó aquel arma. Pero su poder era inmenso y ellos eran los encargados de protegerlo.

Fue precisamente este valioso artilugio el que los llevó hasta el pueblecito donde vivía Shai, pues aunque ellos eran sus guardianes, no poseían la capacidad de utilizarlo. Por eso mismo cada generación de su familia vagaba por el mundo en busca de la próxima persona que tuviera la facultad de usarlo. Y parece que habían encontrado en Shai a esa nueva persona.

El arco tenía la facultad de matar a cualquier presa a la que se apuntase con él, sin importar obstáculos y distancia. De hecho, cuando Shai hacía uso del arma, era capaz de encontrar a cualquier persona del mundo y fijar su objetivo en su corazón. La flecha lanzada por el arco encontraría a su objetivo estuviera donde estuviese, aún con los innumerables impedimentos que hubiera en su camino.

Pero lo que en un principio parecía una especie de don, pronto se convirtió en una maldición, sobre todo para el muchacho.

El arco sólo debía utilizarse cuando su uso, y por tanto la muerte de una persona, estuviese justificada. Pero cada vez que Shai utilizaba el arma sentía la desesperante necesidad de emplearla de nuevo. Para evitar esa exigencia, el guardián del arco era el único que podía guardarlo bajo su custodia. Así, se creó una especie de vínculo o simbiosis entre los dos personajes: Vhea, pues era ella la guardiana del artilugio, tenía la capacidad de resistir su adicción, pero no podía utilizarlo; y Shai era capaz de tensarlo y disparar sus mágicas flechas, pero no podía soportar su llamada.

Ésto desembocó en un final que nadie había previsto. Shai se convirtió en una especie de yonki del arco que lo llevó a transformarse en un asesino despiadado. Por esto mismo, Vhea puso sobre seguro el arma, para que el muchacho no sintiera su presencia. Pero esto no bastó, y el joven tuvo que huir y dejar su pasado atrás si quería sobrevivir.

-Es Mhea -la joven no esperó a que el otro le permitiese hablar, así que sus palabras aparecieron de forma atropellada cuando éste se giró-. Bueno, Mhea no. Es Thed, su pareja. Es… es… -Vhea parecía nerviosa ahora que había comenzado a relatar sus preocupaciones-. Es un hijo de puta. Le pega, la maltrata, incluso ha llegado a abusar de ella… ¡La ha violado Shai! -le contó entre lágrimas-. Pero ella está ciega y se ha vuelto dependiente de él. Ahora… ahora…

-Sabrá que hemos sido nosotros -la interrumpió el chico en un susurro.

-Lo sé. Pero aún así…

-Nos odiará -la volvió a cortar.

-¡Me da igual! -le chilló exasperada-. Mientras esté a salvo, no me importa lo demás -terminó entre balbuceos-. ¿Lo harás? -preguntó esperanzada al cabo de unos segundos.

Shai se quedó mirándola, de hecho no había parado de hacerlo desde que comenzó aquella conversación. Suspiró, no para arrepentirse de una decisión que en realidad ya había tomado, sino por el hecho de lo que les acarrearía lo que iban a hacer. Entonces asintió con un leve movimiento de cabeza.

-Sólo pongo una condición -sentenció.

-Lo que quieras.

-Lo haremos como antiguamente -la chica no le entendió-. De la forma correcta. Los buscaré a ambos y sondearé sus corazones. Y sólo si es lo correcto lo haré.

-Pero…

-No. Ya que me haces pasar por esto de nuevo, lo haremos a mi modo.

Ahora fue ella la que asintió, pero no estaba muy de acuerdo con la decisión.

Shai comenzó a concentrarse como hiciera en tantas ocasiones antaño. En un principio pensó que le costaría muchos más después de tanto tiempo, pero la magia era nativa en él y le resultaba sencillo invocarla. Los sonidos del mundo se silenciaron repentinamente y sólo el latir de su corazón llegaba a sus oídos. Entonces, comenzó a alzar el rostro mientras sus ojos se tornaban rojos completamente, como si estuvieran inundados por sangre, pues al fin y al cabo su poder provocaba el sangrado del órgano vital de los demás. Poco a poco, también el sonido de sus latidos fue desapareciendo, sustituido por el pálpito de muchos otros. El primero en llegar hasta él fue el de Vhea, y lo sintió igual que cuando la conoció, fuerte, rítmico, acompasado, limpio y puro. Se olvidó enseguida de ese sonido que conocía tan bien y comenzó a percibir el de otras personas. Le llevó tan sólo unos segundos encontrar los que buscaba y cuando lo hizo, quedó impactado por lo que escuchó.

Ambos corazones, el de Mhea y el de Thed, gritaban, pero lo hacían de forma diferente. Thed también tenía un latido fuerte, pero a diferencia del de Vhea, el suyo era ensordecedor, atronador, como los truenos de una despiadada tempestad cuyo único propósito fuera inundar el mundo. Aquel hombre era malvado a más no poder, y cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino acabaría aplastado por el yugo de su odio. El de Mhea por el contrario, gritaba de miedo, por todo lo que había sufrido, pero más por todo lo que sabía que todavía tendría que soportar. Aún así, no tenía el valor suficiente para escapar, y eso era su perdición.

Shai entendió enseguida que si alguna vez había habido alguna causa justificada para que hiciera uso del arma, era aquella. Así que cuando volvió a la realidad, su rostro ya advirtió a Vhea de la decisión que había tomado.

Ahora fue ella la que hizo uso de su magia. Igual que a Shai, a la muchacha tampoco le costó nada recurrir a su poder. Vhea también alzó el rostro, pero en este caso, sus ojos se volvieron blancos, como si refulgieran una luz inmensa. Extendió uno de sus brazos y entre los dedos de sus manos comenzó a formarse la figura de un arco.

Vhea se lo tendió cuando se completó su invocación. Shai se tomó su tiempo en cogerlo, sabedor de lo que ocurriría si lo hacía. Pero había dado su palabra y se sentía obligado a cumplirla. Ahora fue él el que estiró su brazo y tomó el arma entre sus manos. En realidad, la palabra “arco” no se ajustaba correctamente a la herramienta que cargaba. Era poco más que una vara de madera algo curvada. Su superficie estaba llena de muescas y malgastada por el paso del tiempo. Y ahí acaba todo. No tenía cuerda con que tensarlo, pero no le hacía falta.

Shai se detuvo un momento, deleitándose en contemplar el arma. Sus dedos acariciaron cada mella de su lomo, reconociéndolas todas. Entonces, lo volvió a sentir, como si no hubiera pasado ningún tiempo desde que disparó por última vez. Pero tenía un cometido que cumplir, por lo que no se dejó llevar por su necesidad.

Sostuvo el arma con su mano izquierda, la opuesta a su ojo dominante, y acercó la diestra a donde debería haber estado la cuerda para tensarlo. Entonces, articuló los dedos como si estuviera tensando la fina soga. Cualquier observador ajeno a lo que estuviese sucediendo se habría sorprendido al ver cómo se curvaba el lomo, pero ninguno de los dos lo hicieron, porque conocían la magia que estaban empleando. Cuando el joven alcanzó la máxima tensión que le permitía la longitud de sus brazos, un extraño reflejo se formó en el lugar donde debería haber estado la flecha. Entonces, el chico soltó sus dedos y el destelló salió disparado como si de una saeta se tratase. En su caminar por el aire, Vhea y Shai pudieron comprobar como iba desplazándose el reflejo. Fue surcando el espacio de forma inexorable, en linea recta, justo en dirección al baluarte del joven contemplara hacía unos minutos. El extraño fulgor no chocó contra sus muros, sino que pareció fundirse con ellos, atravesándolos. Y así sucedía en realidad. Ninguno de los dos puso en duda que la mágica flecha encontraría su diana. Y aquello no tardó mucho en suceder, pues ambos sintieron al unísono como el latir de la persona que era el blanco se extinguió repentinamente.

Entonces, Vhea respiró aliviada, aún a sabiendas que el que fuera su amigo tenía razón: Mhea la odiaría por aquello. Se giró para contemplar a su acompañante y en ese momento descubrió que, en realidad, nunca debió pedirle al joven que volviera a hacer uso de su don. Shai había perdido el control de sí mismo. Sus ojos volvían a ser de color carmesí y una finas líneas del mismo tono irradiaban desde ellos, envolviendo todo su rostro. Contempló como aquel extraño hechizo se apoderaba del muchacho, pues las líneas iban inundando toda su piel. Y supo que aquello sólo significaba una cosa: Shai había perdido el dominio de sí mismo y había vuelto a convertirse en un asesino sin control.

El joven apuntó hacia algún otro lado y casi disparó. Sólo la rápida actuación de la chica impidió que Shai completara su acción. Entonces, el chico se volvió y alzó el arma contra ella. La joven no temía por su integridad, pues como guardiana suya, el arco no podía dañarla. Pero debía parar a su viejo amigo si no quería que nadie más resultara dañado injustamente.

Vhea intentó recordar las enseñanzas del anterior guardián, su padre. Éste siempre había dicho que una simbiosis completa entre guardián y verdugo impediría la necesidad que el último sentía al hacer uso del arma. En el fondo, siempre había comprendido lo que aquello significaba. Pero nunca había tenido el valor para reconocerlo. Y quizás el hecho de que su hermana necesitara de su ayuda había sido una mera excusa para traerlo hasta ella. Así que ahora asumió lo que ocurría en su corazón. Porque, en el fondo, todo se reducía a eso, el corazón.

Vhea se acercó al joven. Éste hizo intención de disparar, pero descubrió que no podía hacerlo. Entonces, la joven lo alcanzó y posó su mano en el brazo que tenía extendido. La reacción fue inmediata. Las líneas carmesí que se habían dibujado por todo su cuerpo comenzaron a retroceder. La chica se acercó todavía más a él, y cuando ya lo tenía sumido en su hechizo, lo besó.

Shai sintió de nuevo latir su corazón, pero no con una furia asesina, como hacía unos segundos, sino más pausadamente, de forma casi perfecta. Pero percibió algo más, los latidos de Vhea. Y comprobó que ambos corazones palpitaban al unísono, como si fueran uno sólo.

La simbiosis, ahora, era completa.

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Ganador del segundo premio del “V Concurso de relato corto fantástico, Forjadores 2013”