Tarde de té

24 10 2015

Capítulo uno: él.

Andaba apresurado entre el gentío. Su premura se debía a que el autobús había tardado más de lo habitual en realizar su recorrido. A aquellas horas, muchas personas volvían a casa después del trabajo y la mayoría de ellos lo hacía con sus vehículos particulares. No obstante, aquella tarde las calles también estaban abarrotadas de gente, a pesar del frío que hacía en la ciudad. La mortecina luz de las farolas, con su tonalidad incandescente, daba un aspecto de estampa navideña al lugar.

Esquivó a una pareja que caminaba sin rumbo aparente, cogidos de la mano, y se introdujo en el Carrer del Micalet. A su derecha quedó la Puerta de los Hierros y el campanario que daba nombre a la calle. Como siempre, aquel pequeño callejón también estaba concurrido de viandantes. Cuando entró en la Plaça de la Verge, ésta mostraba la misma imagen de abarrotamiento. Pero el hombre no le prestó ninguna atención al lugar.

Sus piernas se dirigieron hacia su izquierda. Subieron los pocos peldaños que circundaban aquella parte de la plaza y se encaró hacia el edificio más inmediato. Allí, en uno de los bajos de la finca, una pequeña tetería regentaba el local comercial. Por fortuna para el hombre, en la terraza todavía quedaba una mesa libre, la suya. Con premura, se abalanzó sobre ella y se sentó en una de las sillas de mimbre.

Algo jadeante por el esfuerzo de su prisa, extrajo el móvil de su bolsillo. Tras encenderlo pudo comprobar en la pantalla que todavía faltaba un par de minutos para que fueran las siete de la tarde. Suspiró aliviado, pues aún no había llegado la hora que tanto esperaba.

A los pocos segundos, un camarero le tomó nota de su pedido. Aquella tarde le apetecía algo fuerte, así que pidió un té negro con frutos del bosque. Para endulzarlo eligió miel de espliego. La mezcla era atrevida y denotaba un choque de características que parecían no encajar a priori. El té negro tenía un sabor potente, más que sus hermanos de otros colores. El nivel de oxidación de sus componentes le conferían esta característica. Además, su contenido en teína era mayor. Por contra, la miel de espliego tenía virtudes relajantes, lo cual contrarrestaría los efectos de la teína.

El camarero volvió enseguida y dejó lo que traía entre manos en la mesa, una pequeña tetera con humeante té caliente, una taza a juego y un tarrito de miel acompañado de un dispensador de madera. Ya solo, el hombre vertió el té en la taza de porcelana y la rodeó con sus manos, disfrutando así del calor que todavía desprendía la bebida. En la calle hacía frío, por lo que aquel gesto le reconfortó unos segundos. Acto seguido, acercó el tazón a su nariz y olfateó el aroma que desprendía el té. La mezcla de frutas del bosque le daba un olor dulzón, además de un color morado oscuro. Después de dejar la taza en la mesa, se acercó el tarrito de miel y con el dispensador, vertió tres cucharadas del espeso líquido nacarado. Le gustaba dulce, por lo que no tuvo reparo en añadir tanta miel.

Y así, con su bebida ya preparada y después de tomar un primer sorbo, se dispuso a contemplar la plaza. La misma luz anaranjada que le había acompañado en su viaje hasta allí, inundaba también todo el perímetro del lugar. Incluso la fuente que se encontraba a su izquierda estaba iluminada con el mismo tono. Muchos eran los visitantes que venían a disfrutar de ella, pero pocos conocían el significado de tan hermosa escultura. En ella se podía ver a una figura varonil en posición sedente, completamente de bronce. La figura representaba al río Turia, que en el pasado había dividido con sus aguas en dos la ciudad. Estaba asentado sobre un pedestal de mármol y en una de sus manos sostenía el cuerno de Amaltea, del que desbordaban los frutos de la huerta valenciana. A su alrededor, también sobre pedestales, se encontraban ocho figuras femeninas de bronce. Eran jóvenes desnudas, peinadas al estilo de las antiguas labradoras valencianas. Estas ocho estatuas representaban a las ocho acequias que obtenían su agua del río. Ahora, igual que cualquier otro día, diversas personas se tomaban fotografía sentados en ella.

Pero la plaza tenía otros atractivos. Frente a él estaba ubicada la Basílica de la Virgen de los Desamparados, patrona de todos los valencianos. Justo a la derecha de ésta, separada por un estrecho callejón, se encontraba la Catedral de Santa María, con su impresionante campanario, el Miguelete, sobresaliendo por encima de todos los tejados de los edificios del lugar. En frente de la catedral, la sed del Tribunal de las Aguas, un antiguo tribunal que databa de muchos siglos atrás, y que discernía todas las disputas relacionadas con las aguas de la huerta valenciana, precisamente, las que pertenecían a las ocho acequias representadas por la fuente. Y atrás suyo de donde él estaba sentado, estaba el edificio del Palacio de la Generalitat.

Pero todo aquello dejó de tener sentido cuando ella apareció. Lo hizo por la callejuela que separaba la Basílica de la Catedral. Su andar era pausado, rítmico, carente de premura. El hombre se quedó embelesado mientras la observaba, pero a la vez disimulaba sus gestos para evitar que le sorprendiera. Descubrió que la mujer vestía una blusa blanca bajo la ropa de abrigo. La prenda hacía juego con la falda que envolvía sus piernas.

Cada tarde desde hacía un tiempo, el hombre se acercaba hasta aquella pequeña tetería para esperar ver llegar a la mujer. Y desde su asiento en la terraza la contemplaba con adoración, como si se tratase de la misma Virgen que los valencianos adoraban. Pero su atrevimiento terminaba ahí, pues nunca encontraba el valor para acercarse a ella.

Cuando la mujer se aproximó a su mesa, volvió el gesto para evitar que sus miradas se cruzaran. En el fondo sabía que aquello no ocurría jamás, ya que ella nunca parecía percatarse de su presencia. Aspiró su perfume cuando pasó al lado suyo. Olía de forma dulzona, a flores frescas. Cuando por fin se alejó, se atrevió de nuevo a mirarla. Lo hizo en el preciso momento en que giraba por la esquina de la calle Caballeros. Por un instante, le pareció vislumbrar una fugaz mirada. Pero enseguida desechó aquella idea.

Ya nada le retenía en aquel lugar. No obstante, mañana todavía sería viernes, así que volvería de nuevo allí, para contemplarla otra vez. Apuró su taza de té y se levantó, dispuesto a marcharse, con la vana esperanza de encontrar el valor necesario la próxima vez.

Capítulo dos: ella.

Estaba cansada, la jornada había sido complicada en la oficina y por un momento se sintió tentada de quedarse hasta más tarde para terminar la faena. Pero al final decidió marcharse, en el fondo no quería pasar más tiempo allí.

Ahora caminaba por el Carrer del Palau. A su izquierda quedaba el Palacio Arzobispal, con su imponente fachada de ladrillo rojo. Aquí y allí podían observarse diseños en piedra caliza que enmarcaban el ladrillo visto. Parecían pequeñas pinceladas que rompían la monotonía del color predominante del edificio.

Sus pasos la llevaron hacia la Plaça de l’Almoina, un punto clave en el pasado de la ciudad. Estuvo regentada por el foro romano durante aquel periodo histórico. Más tarde contuvo las primeras iglesias de los diferentes reinos que ocuparon la ciudad. Ahora, era una plaza restaurada bajo la que se encontraba un importante yacimiento arqueológico. Además, muchos viandantes la cruzaban en dirección a donde les llevaran sus andares. También podía observarse a un músico callejero que tocaba su violín. El instrumento estaba algo desvencijado y parecía haber vivido tiempos mejores. Pero las notas de música que el artista extraía de sus cuerdas, conferían una estampa idílica al lugar. Aquel efecto estaba acompañado por la mortecina luz anaranjada de las farolas.

La mujer se detuvo unos segundos a disfrutar de la música. El hombre, un anciano ya, tocaba con maestría, de forma pausada, tomándose su tiempo en cada nota. La pieza era triste y melancólica, y la mujer se estremeció al escucharla. Al cabo de un para de minutos, el anciano alargó el arco, haciendo que el instrumento emitiera una larga nota, finalizando así su interpretación. Muchas personas fueron las que después de aquello se acercaron a depositar unas pocas monedas en el estuche que descansaba en el suelo, frente a él. La mujer hizo lo mismo, mientras le sonreía. Después de aquello, se marchó.

Antes de ponerse en marcha, se adecentó un poco la ropa. Lo hizo de forma nerviosa, por lo que tuvo que repetir el gesto varias veces. Después de todo, pronto llegaría el motivo por el que había decidido dejar pendiente su trabajo para el día siguiente. Se alisó la falda, reubicó el cuello de la blusa que llevaba esa tarde y se ajustó la chaqueta sobre su figura. Acto seguido, extrajo de su bolso un pequeño frasco de perfume y se roció unas pocas gotas. Cuando consideró que ya estaba aseada, reanudó su marcha.

Giró hacia la izquierda y enfiló el pequeño callejón que separaba la Catedral de la Basílica. Gastó un efímero segundo en recordar sus pasos por aquella misma callejuela durante su niñez, cuando fue fallera e iba a llevar flores a la Virgen, durante la Ofrena. Igual que entonces, su caminar se vió acompañado de un nerviosismo creciente, una sensación que no le permitió dirigir su atención hacia su principal interés en aquel momento. Por contra, se recreó en el paisaje urbano de la plaza en la que ahora entraba, y que en su recuerdo estaba coronado por el enorme cadafal de madera que formaba la figura de la Virgen. Aquí también la gente abarrotaba el lugar, algunos de vuelta a casa después del trabajo, buscando tan merecido descanso, y otros disfrutando de su tiempo de ocio. Siempre le había llamado la atención la fuente que regentaba el lugar. Conocía su historia y su simbología, y le parecía un monumento muy acertado para homenajear a la mayor fuente de vida de la ciudad, el Río Turia.

Pero al final tuvo que armarse de valor y dirigió su mirada hacia la pequeña tetería que había unos metros más al fondo. Su corazón empezó a palpitar con fuerza y el pulso se le aceleró. Él estaba allí, como cada tarde. Su aspecto era el mismo de siempre, impecable y sereno. Iba ataviado con una sencilla gabardina que lo protegía de la helor que imperaba a aquellas horas de la tarde. Como cada vez que se cruzaba con él, disfrutaba de un té caliente que sorbía con pausa.

Se dirigió hacia aquella zona, cruzando toda la plaza e intentando que sus pasos parecieran tranquilos. Y justo en aquel momento, el hombre lanzó su mirada hacia donde se encontraba ella. La mujer, por contra, apartó la suya con premura, intentando disimular su anterior gesto de observación. Deseó que no descubriera en ella la rojez que se estaba adueñando de su semblante.

Justo cuando se acercó hasta él, el hombre volvió su cabeza, de nuevo prestando toda su atención al té. Ella subió los pocos escalones que había en aquella parte de la plaza y pasó al lado de la mesa en la que estaba sentado. Un ligero aroma afrutado penetró por sus fosas nasales. Después, unas reminiscencias florares, de lavanda o espliego, sustituyeron a la fragancia de frutas del bosque inicial. La mezcla le agradó y tomó nota mental de ella para probarla en un futuro.

Pero el instante mágico pasó en seguida y la mujer dejó atrás al hombre. Todas las tardes, él estaba sentado en la misma mesa y se tomaba un té caliente. Desde que lo vio por primera vez, una sensación extraña embriagó su corazón, provocando que ella adecuara su rutina para cruzarse con él todas las tardes. Pero estaba segura que el hombre nunca se percataba de su presencia. A veces se sentía tentada a pararse y preguntarle algo, cualquier cosa, por el simple hecho de iniciar una conversación que posibilitase una relación, de la índole que fuera, entre ellos. Pero siempre desechaba la idea, temerosa de una negativa por su parte.

Llegaba ya a la esquina de la Calle Caballeros cuando se atrevió a girar la cabeza una última vez. Durante un efímero instante, creyó descubrir que el hombre la contemplaba. Pero la imagen escapó de su campo visual cuando torció el edificio. Suspiró, más para calmarse que por otra cosa. Pero aquel gesto denotaba muchos sentimientos a la vez.

Ya pasado su anhelo, sus pasos se tornaron más rápidos. Mañana sería viernes, así que volvería a cruzarse con el hombre, como cada tarde.

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The great scientist

19 01 2015

I am a great scientist!… Wait, wait… It will be better start from the beginning… My name is Athal Berht. I was born in a small Spanish village named Alpuente. There, I grew up surrounded by nature -perhaps the best of place- but there was nothing interesting to do. During my childhood, I went to school in the mornings, and afternoons I worked as a goatherd. My life was boring, so when I had the chance, I emigrated to Valencia, the capital of the comunity. There, I finished my studies during adolescence. I also learned to drive, something I was afraid of at first. When I became an adult, at the age of 18, I entered university. I studied biology, a science that I loved. During my first years of study I became a member of an investigation team. Soon, I stood out because of my abilities, and before the end my studies, they trusted me with my first investigation project. I must thank this, because it is due to this that now I am who I am. One day, accidentally -as occurs in almost all the discoveries of science- I mixed various substances without realizing what I was doing. The products produced an unexpected reaction, combining to form a new substance which would revolutionize the world. But it is still early to talk about it. I had expected that mixture to explode on contact with air, but it did not. This aroused my curiosity, but due to the lack of time on my investigation, that product was forgotten in an old cupboard laboratory. Later, already in my adulthood, after I married and had my first child -a beautiful girl named Lyanna- I remembered that strange solution, so I decided to study it. At first, I found nothing interesting. But during its handling, again by mistake, part of the liquid was spilled on my desk. I cleaned the mess and put away the product again, disappointed. The next morning, an unusual hustle in my little home laboratory caught my attention. On the desk there was a cage that contained two mice. To my surprise, the scandal was produced by them in their frantic activity. But that was impossible, because the mice already had an advanced age and were always sleeping. But no, now they looked strong and young. Intrigued, I made a few experiments with them. They verified that the mice seemed to have rejuvenated. Days later, I discovered that the shedding of my strange substance had splattered their food and they had ingested it by error. I decided to perform more tests on liquid in other animals, and all of their gave the same result: Animals rejuvenated in hours! I had discovered something impossible! “The Elixir of Life” I named it in honor of the ancient alchemists. Over time, the product began to be used in humans with identical results. People regenerate their damaged tissues and rejuvenated. The product began to be sold it throughout the world. But people lived longer thanks to it, so the planet was overpopulated. When space was reduced, wars began to claim new territories by different countries. A pity. Currently I am 153 years old and no work. Property rights on “The Elixir of Life” made me a very rich man. With the money that I made, and still I win, I bought a small island in Europe, one of Jupiter’s moons, after terraforming. I live there with my wife, my three children -I had two more- and all my grandchildren and great-grandchildren, surrounded by nature and away from the earthlings problems. In short, I am a great scientist! And that’s my story.





¡Chas!

6 12 2013

El hombre cerró la puerta mientras su invitada todavía estaba cruzando el jardín a toda prisa. Debería haberlo previsto, de hecho lo hizo, pero como en las anteriores ocasiones, decidió intentarlo una última vez. Al final, todo había acabado como siempre.

Se giró airado cuando la hoja de la puerta encajó en el marco.

-¿Por qué lo has hecho? -preguntó con enfado, aunque conocía cuál sería la respuesta.

-Dímelo tú -contestó la mujer mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa traviesa-. Tan sólo soy un producto de tu imaginación. Un mero utensilio de tu subconsciente para obtener aquello que deseas.

Efectivamente, aquellas eran las palabras que siempre escuchaba cuando comenzaban con la discusión. El hombre negó ante su argumentación y decidió dejarlo estar. Después de todo, no tenía solución.

Todo comenzó hacía poco más de tres años, días después del entierro de su novia. Primero había comenzado a tener sueños con ella, y al poco tiempo, se encontró con su figura frente a él, como si nunca se hubiera marchado, sentada en el sofá del salón que iba a ser la casa de ambos.

Había intentado negar aquel hecho, no hacer caso de lo que sus ojos veían. Pero luego comenzaron los sonidos en forma de palabras con su voz. La “aparición” empezó a hablar con él. Hasta que un día todo aquello se convirtió en una parte más de su vida y la aceptó como tal en ella.

Con el paso del tiempo, él cedió ante su alucinación y decidió interaccionar con ella. Pero el fantasma, la ilusión, fantasía o vete a saber qué, lejos estaba de ser la persona que él había conocido. Se mostraba caprichosa, pícara y atrevida, sobre todo con las “invitadas”, como ella las llamaba. Después de todo, los sueños era imposible dominarlos.

Las “invitadas” no eran más ni menos que otras mujeres con las que intentaba pasar página, olvidar lo sucedido y rehacer su vida. Pero fuera donde fuese él, y estuviera con quien estuviese, siempre se encontraba al lado suyo, dispuesta a ayudarlo en lo que hiciera falta. Las supuestas ayudas tampoco eran tales, pues lo único que conseguía siempre era espantar a sus intentos por olvidarla.

En esta ocasión sólo hizo falta una mano helada sobre la espalda y algún que otro truco más. El efecto conseguido fue el de siempre. Su cita huyó asustada y ahora se estaban enfrentando de nuevo. Ella no dejaba de sonreír, lo que provocaba que él se enfadara más todavía.

La alucinación siempre argumentaba que todo aquello ocurría por la simple razón de que él no quería olvidarla. La prueba estaba en ella misma, pues al poco tiempo de su muerte, la mente del hombre había inventado una forma de traerla de vuelta a su lado.

Pero el hombre también había pensado en otra posibilidad, aunque no sabía si aquello era más halagüeño o no. Creía que lo que ella misma definía como una alucinación, su mera presencia allí, no fuera si no un verdadero fantasma, venido de un mundo desconocido para estar junto a él.

Obviamente, no había comentado ninguna de las dos posibilidades con sus conocidos, pues temía que lo tomaran por loco o acabasen burlándose de él. Así que había aprendido a convivir con ella, fuera alucinación o espíritu.

Pero su actuación de aquella noche había sido la gota que colmó el vaso, y decidió tomar el asunto por los cuernos. Desde hacía un tiempo, había contemplado la posibilidad de poner fin a aquello, y probar cuál de sus dos teorías era verdadera. Aunque el método en el que había pensado sería drástico, pues una vez tomada la decisión no habría marcha atrás.

Abandonó la estancia, dejando a la aparecida sola. Al poco rato de su caminar, el fantasma ya estaba al lado suyo, persiguiéndolo, intentando averiguar qué era lo que pasaba por su mente.

-Dímelo tú -espetó el hombre-. Si eres una parte de mí, deberías saber cuál es mi propósito.

La aparición soltó una carcajada mientras lo acompañaba.

-No entres en este juego -le reprendió-. Lejos estás de ser un rival digno en él.

Ya en la cocina, pues ese era su destino, el hombre se acercó a uno de los muebles y abrió el primer cajón. De él extrajo un cuchillo, una pequeña navaja con la que habitualmente pelaba y cortaba las verduras.

-No serás capaz -sentenció la mujer, pero su rostro no mostró sorpresa alguna.

-Tengo que saberlo -suplicó el hombre, pues sentía que todo aquello estaba volviéndolo loco-. Y ésta es la única forma.

Su fantasía soltó una nueva carcajada como respuesta, pero no dijo nada más.

El hombre titubeó al principio, pero comenzó a alzar el cuchillo mientras su brazo entero temblaba. Lo apretó contra un lateral de su cuello, justo por donde pasaba su carótida derecha. Allí, volvió a sentir miedo, pero el semblante de la mujer continuaba burlándose de él. Aquello provocó que se armara de valor y presionara con más fuerza. Al momento, sintió como la hoja metálica se introducía en su carne, desgarrando todo lo que encontraba frente a su filo. Perforó la artería. Se sorprendió de lo fácil que había sido, y de lo poco que había sufrido, pues salvo un ligero pinchazo inicial, no sintió ningún dolor más. Finalmente, un chorro pulsátil de sangre caliente empapó su mano, la que aguantaba el cuchillo. El líquido vital se derramó por su extremidad y su pecho, mojándolo todo de un fuerte carmesí, hasta llegar al suelo. Así siguió durante unos segundos, sintiendo como se derramaba aquel fluido que momentos antes se encontrara en su interior.

Poco tiempo pasó cuando el hombre comenzó a sentir que sus fuerzas flaqueaban. Fue derrumbándose en el suelo lentamente, casi como si aquel movimiento fuera premeditado. Al instante comenzó a hacerse presa de él un sopor incontrolable, que provocó el cerrado de sus párpados. Hasta que al final, su vida se desvaneció por completo. El hombre estaba muerto.

• • •

El hombre despertó asustado. Un ensordecedor estruendo taladraba sus tímpanos de tal manera que incluso sentía dolor, forzándolo a taparse las orejas con sus manos. Además, al abrir los ojos, sus pupilas permitieron el paso de una ingente cantidad de luz, y sus iris todavía no habían conseguido filtrarla, por lo que se vio obligado a cerrar los párpados para evitar el daño que también le provocaba aquello.

El sonido fue menguando y comenzó a captar matices diferentes en él. Pero lo que escuchó lo tenía sobrecogido. Entre todo el galimatías que captaban sus tímpanos podían diferenciarse miles de voces, además de muchos otros sonidos que empezaba a reconocer, sónidos que se encontraban a mucha distancia. Poco a poco, con el paso de los segundos, estas voces y sonidos también fueron filtrándose, descartando aquellas que no le interesaban, hasta que al final, todo volvió a la normalidad. Aquello provocó que el hombre se atreviera a abrir los ojos, pues entendió que la luz también podría haberse atenuado. Y así fue.

Lo que descubrió cuando su visión se tornó correcta también lo sorprendió. Se encontraba en la cocina de su casa, tirado en el frio suelo, completamente desnudo. Se levantó con cuidado, pues se encontraba algo mareado. Una vez de pie, contempló su entorno. En un principio todo parecía como siempre, por la salvedad que no recordaba qué hacía allí ni por qué estaba momentos antes en el suelo.

-¡Chas! -gritó alguien a su lado. Y aquella palabra se introdujo en su cabeza como si se tratara de millones de cristales rompiéndose a la vez. De nuevo tuvo que taparse los oídos, pero en esta ocasión aquello no sirvió de nada.

Aquel sonido también remitió con el tiempo. Cuando lo hizo, se giró hacia la fuente del mismo y, entonces, comprendió todo lo que momentos antes no entendía.

Frente a él se encontraba su aparición, rota en una eterna carcajada. Su figura comenzó a difuminarse mientras parecía flotar hacia la pared trasera. Al cabo de un instante todo su cuerpo se había tornado translucido, casi transparente. Sólo los ojos de la mujer, verdes como esmeraldas, conservaban su opacidad. Oyó su musical voz:

-No me puedes atrapar -sentenció. Y mientras aquellas palabras todavía resonaban en su mente, la mujer atravesó la pared a la que se dirigía hacía unos segundos.

Una repentina oscuridad hizo presencia en el lugar, que fue cerrándose entorno a la figura del hombre. Sintió bajo sus pies que el suelo estaba mojado. Su vista se fijó en un charco rojo que fue recorriendo con la mirada, hasta que se encontró con un cuerpo. Era el suyo, tumbado en el suelo, con la piel cetrina y la mirada perdida. Entonces comprendió lo que estaba sucediendo.

La oscuridad se acercó todavía más al hombre. Éste, asustado, se acuclilló junto a su cuerpo inerte, abrazándose las rodillas y sintiendo un frio mortecino. Así se quedó hasta que todo se volvió negro y solamente quedaron él y su cadáver.

Verdaderamente, su decisión parecía no tener vuelta atrás.

• • •

Tributo a Álex y Cristina





Simbiosis

24 11 2013

La roca seguía allí, justo donde recordaba. En realidad no había esperado que no estuviera, pero sintió un extraño alivio cuando la vio. Sabía que era una tontería, pero no había podido evitar experimentar aquella sensación.

Se subió a ella y se sentó en una oquedad donde sus glúteos encajaban a la perfección. Entonces, recostó su espalda sobre la lisa superficie de la piedra, tal como hiciera en innumerables ocasiones antaño. Ya aposentado y con el cuerpo en perfecto descanso, se dispuso a disfrutar del paisaje.

Frente a él, al otro lado del escarpado barranco, se alzaban las ruinas de una antigua fortaleza, un baluarte construido por una perdida civilización que dominó aquella región en tiempos ya olvidados.

A Shai le gustaba aquel lugar, aunque nunca había conseguido entender por qué. Su retiro se encontraba escondido entre la espesura del bosque y el matorral. De hecho, nunca en todas las veces que había estado allí, se había cruzado con nadie. Pero eso había sido mucho tiempo atrás.

Ahora el joven no buscaba ocultarse del mundo como en las anteriores ocasiones en las que había recurrido a su pequeño rincón del monte. O tal vez sí, todavía no lo tenía muy claro. Al principio, la idea de acercarse a la roca había surgido instantáneamente, casi de forma inesperada. Pero el hecho de que no hubiese invitado a sus amigos a que lo acompañaran quizás quería decir que, en realidad, deseaba ocultarse durante un momento.

De un tiempo a esta parte, había sentido la necesidad de regresar al lugar donde había pasado su niñez. Aquel pequeño pueblo, con poco más de una veintena de casas, estaba apartado de cualquier ruta conocida. De hecho, no tenía nada de importante si no fuera porque había cumplido la función de capital de un antiguo reino, y los muros medio reduidos que ahora estaba contemplando, eran el único vestigio de aquella época dorada. Pero ya a nadie le interesaba la historia y, poco a poco, aquel municipio había ido desapareciendo de los mapas más relevantes de la época.

Convencerlos a todos para que lo acompañaran allí no había sido sencillo, pero al final lo había conseguido. Ahora, el resto de integrantes del grupo estarían preguntándose el por qué de que él hubiese desaparecido. En realidad no estaba preocupado por lo que pudieran pensar, en el fondo le daba igual. Pero como muestra de consideración, había redactado una efímera nota explicativa de su paradero:

                                 “Salgo a dar una vuelta. Volveré en seguida.                                                                                                     Shai.”

Sonrió al recordar aquellas palabras. Para ser sinceros, “efímera nota explicativa” no definía correctamente aquella escueta misiva.

No obstante, algo lo había obligado a desplazarse hasta allí, igual que a acercarse hasta la aldea. Quizás fuera un sentimiento de añoranza, pues desde el día que partió no había vuelto a aquel lugar. Ni al pueblo ni a la roca.

Shai tenía la sensación de que el mundo era una extraña noria que nunca paraba de girar. La única peculiaridad que poseía es que su movimiento podía ser lento o más rápido, dependiendo de una serie de sucesos aleatorios que nadie podría controlar jamás.

Su vida allí había sido sencilla desde el principio, como la del resto de habitantes del lugar. Pero pronto descubrió que él no era como los demás y quizás el destino, la fortuna o vete a saber qué, tenía preparado algo diferente para él.

Su vida cambió radicalmente cuando una nueva familia se estableció en el lugar. Y desde entonces la noria que era su mundo había girado de forma vertiginosa precipitando los sucesos que habían desembocado en su partida de allí. O debería decir, más bien, en su huida.

Pero aquello ya estaba olvidado. La noria había vuelto a girar y el pasado había quedado atrás. O eso pensaba él, porque entonces escuchó como se quebraba una rama en el suelo.

En realidad, no habría sido necesario que se girara para descubrirla, porque el lugar estaba inundado de su peculiar perfume. Aunque hasta ese preciso momento no se había percatado de él. Y fue entonces cuando descubrió que quizás su necesidad por volver allí podía haber sido influenciada por fuerzas ajenas a su persona.

La visión de la mujer lo hechizó como la primera vez. Como todas las anteriores veces en las que se habían encontrado.

La primera vez que se cruzó con su mirada había sido unos días después de la llegada de los extraños al pueblo. La familia al completo se había instalado en una vieja casa abandonada y habían comenzado a reformarla. Un día, cumpliendo sus labores cotidianas, Shai pasó al lado de la cerca de la cabaña y allí estaba ella. Entonces sólo era poco más que un adolescente que nada sabía del amor, pero al contemplarla, su cuerpo experimentó una serie de sensaciones que nunca antes había sentido. La muchacha era bonita, mucho más que cualquier niña de su edad que viviera en los alrededores. Su dorada cabellera reflejaba constantemente los rayos del sol. Su piel blanca y fina despedía destellos de forma continua. Y sus ojos, de un azul claro intenso, parecían una laguna acariciada por el viento de lo cambiante que era su color.

Poco a poco, con el paso del tiempo, se descubrió buscando cualquier excusa para acercarse al cercado del jardín donde la muchacha pasaba todas las mañanas en un intento por contemplarla una vez más. Finalmente, se atrevió a hablar con ella; o más bien habría que reconocer que se atrevió a contestar a uno de sus saludos. Aquella pequeña cortesía creó un pequeño lazo entre los dos jóvenes y al cabo de un tiempo comenzaron a tener una relación más amigable.

Poco sabía él entonces que aquella relación se haría más intensa y cercana y que los llevaría a convertirse en seres distintos al resto del mundo.

La joven se quedó parada, contemplándolo, cuando se percató de que había sido descubierta. Pero la pose de su figura y su semblante no dejaba lugar a dudas. Su actitud era altanera, desafiante, como había sido desde que la conoció. Y sus ojos, sus celestes ojos, se habían posado en los suyos, atrapándolo como en las anteriores veces. El joven sentía una especial atracción por la mirada de la muchacha, como si un hechizo mágico se apoderase de él y ya no le permitiese ver más allá de sus iris. Y Shai sabía muy bien de lo que hablaba cuando se refería a la magia, porque en el fondo, sabía que todo aquello era cosa del poder que ambos compartían.

-Hola Vhea -se atrevió al fin a decir.

Aquellas palabras provocaron que la mujer relajara la rigidez de su cuerpo, lo que desembocó en algo que nunca antes había sucedido: ella le apartó la mirada.

-¡No! -pensó el joven, apesadumbrado. Porque ese gesto sólo podía significar una cosa. La cuestión estaba ahora en si sería capaz de negarse-. ¡Pues claro! -se contestó a sí mismo al instante. Precisamente por aquello había huido. Y entonces decidió dar el primer paso.

-¿Qué haces aquí? -preguntó, aunque esas tres únicas palabras surgieron como tres disparos de escopeta. La chica no se movió ni volvió a mirarlo-. Porque está claro que quieres algo. Si no, no estarías aquí.

Entonces, Vhea alzó el rostro y lo miró de nuevo. Había recobrado parte de su determinación, aunque no toda.

-Necesito tu ayuda -le dijo.

Aquella afirmación le bastó para confirmar la sospecha que comenzó a formarse cuando se percató de la presencia de la joven. Pero aún así quería oírlo de su boca.

-¿Por eso estoy aquí? -preguntó-. ¿Tú me has hecho venir?

Ella afirmó, con la cabeza, sin despegar sus labios, pero su resolución, aunque frágil, no había desaparecido.

-No -sentenció Shai, y con aquella negación comenzó a caminar, alejándose de la roca.

Vhea no se atrevió a mirarlo cuando pasó por su lado. La negación de Shai le había golpeado fuertemente, y fue aquel golpe lo que endureció de nuevo su actitud, volviéndose resoluta. Se giró y fue en pos de él, pero cuando estuvo sólo a unos pasos detuvo su caminar, temerosa de acercarse más. No obstante, su firmeza era fuerte.

-¿Te vas así? ¿Sin escucharme siquiera?

Shai se paró al oír su voz. Sabía que tenía razón, que no era correcto lo que estaba haciendo después de lo que habían pasado juntos. Pero fue precisamente eso, lo que habían pasado juntos, lo que le producía temor.

-Escúchame, por favor… -susurró ella de nuevo.

-Vhea…

-¡Por favor!

Shai lanzó un suspiro y se giró. De nuevo se encontró con su mirada y supo en aquel preciso momento que no podría negarse, que no lo haría, porque en el fondo lo necesitaba.

La familia de Vhea era poseedora y guardiana de un antiguo y poderoso artilugio mágico: un arco. Nadie, ni siquiera ellos recuerdan quién o cuándo se fabricó aquel arma. Pero su poder era inmenso y ellos eran los encargados de protegerlo.

Fue precisamente este valioso artilugio el que los llevó hasta el pueblecito donde vivía Shai, pues aunque ellos eran sus guardianes, no poseían la capacidad de utilizarlo. Por eso mismo cada generación de su familia vagaba por el mundo en busca de la próxima persona que tuviera la facultad de usarlo. Y parece que habían encontrado en Shai a esa nueva persona.

El arco tenía la facultad de matar a cualquier presa a la que se apuntase con él, sin importar obstáculos y distancia. De hecho, cuando Shai hacía uso del arma, era capaz de encontrar a cualquier persona del mundo y fijar su objetivo en su corazón. La flecha lanzada por el arco encontraría a su objetivo estuviera donde estuviese, aún con los innumerables impedimentos que hubiera en su camino.

Pero lo que en un principio parecía una especie de don, pronto se convirtió en una maldición, sobre todo para el muchacho.

El arco sólo debía utilizarse cuando su uso, y por tanto la muerte de una persona, estuviese justificada. Pero cada vez que Shai utilizaba el arma sentía la desesperante necesidad de emplearla de nuevo. Para evitar esa exigencia, el guardián del arco era el único que podía guardarlo bajo su custodia. Así, se creó una especie de vínculo o simbiosis entre los dos personajes: Vhea, pues era ella la guardiana del artilugio, tenía la capacidad de resistir su adicción, pero no podía utilizarlo; y Shai era capaz de tensarlo y disparar sus mágicas flechas, pero no podía soportar su llamada.

Ésto desembocó en un final que nadie había previsto. Shai se convirtió en una especie de yonki del arco que lo llevó a transformarse en un asesino despiadado. Por esto mismo, Vhea puso sobre seguro el arma, para que el muchacho no sintiera su presencia. Pero esto no bastó, y el joven tuvo que huir y dejar su pasado atrás si quería sobrevivir.

-Es Mhea -la joven no esperó a que el otro le permitiese hablar, así que sus palabras aparecieron de forma atropellada cuando éste se giró-. Bueno, Mhea no. Es Thed, su pareja. Es… es… -Vhea parecía nerviosa ahora que había comenzado a relatar sus preocupaciones-. Es un hijo de puta. Le pega, la maltrata, incluso ha llegado a abusar de ella… ¡La ha violado Shai! -le contó entre lágrimas-. Pero ella está ciega y se ha vuelto dependiente de él. Ahora… ahora…

-Sabrá que hemos sido nosotros -la interrumpió el chico en un susurro.

-Lo sé. Pero aún así…

-Nos odiará -la volvió a cortar.

-¡Me da igual! -le chilló exasperada-. Mientras esté a salvo, no me importa lo demás -terminó entre balbuceos-. ¿Lo harás? -preguntó esperanzada al cabo de unos segundos.

Shai se quedó mirándola, de hecho no había parado de hacerlo desde que comenzó aquella conversación. Suspiró, no para arrepentirse de una decisión que en realidad ya había tomado, sino por el hecho de lo que les acarrearía lo que iban a hacer. Entonces asintió con un leve movimiento de cabeza.

-Sólo pongo una condición -sentenció.

-Lo que quieras.

-Lo haremos como antiguamente -la chica no le entendió-. De la forma correcta. Los buscaré a ambos y sondearé sus corazones. Y sólo si es lo correcto lo haré.

-Pero…

-No. Ya que me haces pasar por esto de nuevo, lo haremos a mi modo.

Ahora fue ella la que asintió, pero no estaba muy de acuerdo con la decisión.

Shai comenzó a concentrarse como hiciera en tantas ocasiones antaño. En un principio pensó que le costaría muchos más después de tanto tiempo, pero la magia era nativa en él y le resultaba sencillo invocarla. Los sonidos del mundo se silenciaron repentinamente y sólo el latir de su corazón llegaba a sus oídos. Entonces, comenzó a alzar el rostro mientras sus ojos se tornaban rojos completamente, como si estuvieran inundados por sangre, pues al fin y al cabo su poder provocaba el sangrado del órgano vital de los demás. Poco a poco, también el sonido de sus latidos fue desapareciendo, sustituido por el pálpito de muchos otros. El primero en llegar hasta él fue el de Vhea, y lo sintió igual que cuando la conoció, fuerte, rítmico, acompasado, limpio y puro. Se olvidó enseguida de ese sonido que conocía tan bien y comenzó a percibir el de otras personas. Le llevó tan sólo unos segundos encontrar los que buscaba y cuando lo hizo, quedó impactado por lo que escuchó.

Ambos corazones, el de Mhea y el de Thed, gritaban, pero lo hacían de forma diferente. Thed también tenía un latido fuerte, pero a diferencia del de Vhea, el suyo era ensordecedor, atronador, como los truenos de una despiadada tempestad cuyo único propósito fuera inundar el mundo. Aquel hombre era malvado a más no poder, y cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino acabaría aplastado por el yugo de su odio. El de Mhea por el contrario, gritaba de miedo, por todo lo que había sufrido, pero más por todo lo que sabía que todavía tendría que soportar. Aún así, no tenía el valor suficiente para escapar, y eso era su perdición.

Shai entendió enseguida que si alguna vez había habido alguna causa justificada para que hiciera uso del arma, era aquella. Así que cuando volvió a la realidad, su rostro ya advirtió a Vhea de la decisión que había tomado.

Ahora fue ella la que hizo uso de su magia. Igual que a Shai, a la muchacha tampoco le costó nada recurrir a su poder. Vhea también alzó el rostro, pero en este caso, sus ojos se volvieron blancos, como si refulgieran una luz inmensa. Extendió uno de sus brazos y entre los dedos de sus manos comenzó a formarse la figura de un arco.

Vhea se lo tendió cuando se completó su invocación. Shai se tomó su tiempo en cogerlo, sabedor de lo que ocurriría si lo hacía. Pero había dado su palabra y se sentía obligado a cumplirla. Ahora fue él el que estiró su brazo y tomó el arma entre sus manos. En realidad, la palabra “arco” no se ajustaba correctamente a la herramienta que cargaba. Era poco más que una vara de madera algo curvada. Su superficie estaba llena de muescas y malgastada por el paso del tiempo. Y ahí acaba todo. No tenía cuerda con que tensarlo, pero no le hacía falta.

Shai se detuvo un momento, deleitándose en contemplar el arma. Sus dedos acariciaron cada mella de su lomo, reconociéndolas todas. Entonces, lo volvió a sentir, como si no hubiera pasado ningún tiempo desde que disparó por última vez. Pero tenía un cometido que cumplir, por lo que no se dejó llevar por su necesidad.

Sostuvo el arma con su mano izquierda, la opuesta a su ojo dominante, y acercó la diestra a donde debería haber estado la cuerda para tensarlo. Entonces, articuló los dedos como si estuviera tensando la fina soga. Cualquier observador ajeno a lo que estuviese sucediendo se habría sorprendido al ver cómo se curvaba el lomo, pero ninguno de los dos lo hicieron, porque conocían la magia que estaban empleando. Cuando el joven alcanzó la máxima tensión que le permitía la longitud de sus brazos, un extraño reflejo se formó en el lugar donde debería haber estado la flecha. Entonces, el chico soltó sus dedos y el destelló salió disparado como si de una saeta se tratase. En su caminar por el aire, Vhea y Shai pudieron comprobar como iba desplazándose el reflejo. Fue surcando el espacio de forma inexorable, en linea recta, justo en dirección al baluarte del joven contemplara hacía unos minutos. El extraño fulgor no chocó contra sus muros, sino que pareció fundirse con ellos, atravesándolos. Y así sucedía en realidad. Ninguno de los dos puso en duda que la mágica flecha encontraría su diana. Y aquello no tardó mucho en suceder, pues ambos sintieron al unísono como el latir de la persona que era el blanco se extinguió repentinamente.

Entonces, Vhea respiró aliviada, aún a sabiendas que el que fuera su amigo tenía razón: Mhea la odiaría por aquello. Se giró para contemplar a su acompañante y en ese momento descubrió que, en realidad, nunca debió pedirle al joven que volviera a hacer uso de su don. Shai había perdido el control de sí mismo. Sus ojos volvían a ser de color carmesí y una finas líneas del mismo tono irradiaban desde ellos, envolviendo todo su rostro. Contempló como aquel extraño hechizo se apoderaba del muchacho, pues las líneas iban inundando toda su piel. Y supo que aquello sólo significaba una cosa: Shai había perdido el dominio de sí mismo y había vuelto a convertirse en un asesino sin control.

El joven apuntó hacia algún otro lado y casi disparó. Sólo la rápida actuación de la chica impidió que Shai completara su acción. Entonces, el chico se volvió y alzó el arma contra ella. La joven no temía por su integridad, pues como guardiana suya, el arco no podía dañarla. Pero debía parar a su viejo amigo si no quería que nadie más resultara dañado injustamente.

Vhea intentó recordar las enseñanzas del anterior guardián, su padre. Éste siempre había dicho que una simbiosis completa entre guardián y verdugo impediría la necesidad que el último sentía al hacer uso del arma. En el fondo, siempre había comprendido lo que aquello significaba. Pero nunca había tenido el valor para reconocerlo. Y quizás el hecho de que su hermana necesitara de su ayuda había sido una mera excusa para traerlo hasta ella. Así que ahora asumió lo que ocurría en su corazón. Porque, en el fondo, todo se reducía a eso, el corazón.

Vhea se acercó al joven. Éste hizo intención de disparar, pero descubrió que no podía hacerlo. Entonces, la joven lo alcanzó y posó su mano en el brazo que tenía extendido. La reacción fue inmediata. Las líneas carmesí que se habían dibujado por todo su cuerpo comenzaron a retroceder. La chica se acercó todavía más a él, y cuando ya lo tenía sumido en su hechizo, lo besó.

Shai sintió de nuevo latir su corazón, pero no con una furia asesina, como hacía unos segundos, sino más pausadamente, de forma casi perfecta. Pero percibió algo más, los latidos de Vhea. Y comprobó que ambos corazones palpitaban al unísono, como si fueran uno sólo.

La simbiosis, ahora, era completa.

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Ganador del segundo premio del “V Concurso de relato corto fantástico, Forjadores 2013”





Conflicto

5 05 2013

La tarde había comenzado apacible, como tantas otras últimamente. Pero, de pronto, aquella nueva visión los perturbó. Los dos viejos amigos se estudiaron un segundo, intentando discernir la reacción del otro sobre lo sucedido. Y, al instante, sólo con ese breve escrutinio, comprendieron que el conflicto había vuelto a aparecer.

Aquello había sucedido varias veces desde que se conocían y los dos sabían cuál sería la actitud del otro. Pero estaban acostumbrados a aquella disputa. A veces ganaba uno, otras, el otro. Pero nunca sabían cómo terminaría todo.

Quizás eso fuera lo interesante de todo aquello, la imposibilidad de conocer el final. Por eso mismo se deleitaban en el proceso, ajenos al daño mutuo que pudieran causarse a posteriori.

PFC negó con la cabeza cuando Estri dibujó una sonrisa en su rostro. Sabía que debía parar aquella sensación desde el principio, si no ya no podría controlarlo. Aludido, el joven reprimió el gesto de sus labios, pero no por eso desapareció lo sentido.

Ambos tenían la misma edad, pero PFC parecía más maduro, más… racional. Al menos no se dejaba llevar por impulsos innecesarios. Pero también tenía la capacidad de vislumbrar las posibilidades del futuro. Ambas cualidades le permitían ser socialmente correcto en un intento por no crear situaciones que pudieran parecer inaceptables. Estri, por el contrario, era más alocado y siempre parecía eufórico. En resumen, ambos formaban las dos caras de una misma moneda.

-Sabes lo que pienso al respecto -comenzó PFC. No quería hacerlo en realidad, pero no le quedaba otra solución.

-¡Vamos! -le recriminó Estri. -¡Una última vez!

-La última vez dijiste lo mismo. Y la anterior. Y la más anterior -se justificó PFC-. En todas aquellas ocasiones silencié mis reticencias sobre tu decisión y, al final, acabamos sufriendo. ¿Quieres que eso vuelva a suceder?

-¡Córtex! ¡No seas aguafiestas! -le reprochó el otro mientras con sus manos hacía un gesto de censura-. Sabes que no puedo evitarlo. Está en mi naturaleza.

-Sí, lo sé. Y quizás eso sea lo peor. Pareces no darte cuenta. Tus heridas cicatrizan con facilidad. Pero luego soy yo el que debe recordar, el que debe valorar lo sucedido.

-Pero los demás dicen…

-¡¿Los demás?! -lo cortó indignado-. ¿Quiénes son los demás? No, no contestes, lo sé muy bien. Yo te diré lo que pienso del resto: estoy harto de las estúpidas maripositas de Hipot; no soporto que VTA me inunde con sus sustancias que inhiben mi raciocinio; tampoco aguanto a los gemelos Regdop que te ayudan a narcotizarme. Atestaréis todas mis células con anfetaminas naturales que impedirán mi correcto funcionamiento; y después, cuando llegue la dependencia, las cambiaréis por otras que me harán entrar en un estado de depresión.

»¿Qué es lo que quieres? Tampoco debes responderme a eso. Lo sé también. ¿Cuánto durará? ¿Un año? ¿Dos? ¿Tres como mucho? Ya sé, ya sé. Todo será euforia al principio. Todo felicidad e ilusión. Los problemas desaparecerán. La vida parecerá más fácil. No habrán dificultades. Y nos volveremos posesivos. Caeremos en su necesidad. Como si fuera otra droga más, nos convertiremos en yonkis que no conseguirán pasar el mono. Y después de esos tres primeros años, ¿qué? Vosotros no sabéis llevar estos asuntos. En el mejor de los casos, si vuestros estupefacientes consiguen no confundirme del todo, seré yo el que deba darle un giro a la situación. Nos haremos inmunes a vuestras sustancias y si yo no creo otros vínculos todo se irá al garete. Necesitaré de opiáceos que vosotros no seréis capaces de suministrarme; tendré, de nuevo, que buscarme la vida por mi cuenta. Sin ellos no podré construir esos nexos que nos mantengan unidos durante más tiempo. Y si eso no funciona, todo estará perdido. Tomaréis el control de nuevo, pero esta vez de forma diferente. Odiaréis. Odiaréis con todas vuestras células. Lo que antes sentíais se volverá oscuro y eso podría llevarnos a nuestra propia destrucción. Otros han muerto por cosas similares. ¡Peor! ¡Otros han matado por asuntos así! ¿Eso es lo que quieres?

Estri lo miró un segundo. Intentó contradecirlo, argumentarle que no volvería a pasar. Pero no estaba entre sus manos esa posibilidad. En el fondo, sabía que su amigo tenía razón.

Decidió volver a mirar, para despedir aquella maravillosa visión. Pero, entonces, una sonrisa volvió a aparecer en su rostro. Y supo en ese momento que no podría evitarlo. No, su cometido no era ese. Para eso estaba PFC. Ahora tenía que ser él el que lo hiciera cambiar de opinión, como en las anteriores ocasiones. Y sabía cómo hacerlo, aunque solamente tendría una oportunidad.

-Pero es tan adictivo -sentenció Estri mientras se acercaba a su amigo-. Mira, vuelve a mirar. Sólo un segundo y verás que tengo razón.

-No -intentó negarse PFC, pero el otro le obligó a hacerlo.

Y, entonces, ocurrió. Ya no había vuelta atrás.

Aquel ingenuo cerebro del que formaban parte se había enamorado.

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“Mi agradecimiento a Hugo Pilsner Urquell”





El legado

30 04 2013

La prueba escrita de aptitud ya había comenzado cuando los dos extraños personajes entraron por la puerta. Sus rostros, escondidos bajo unas negras capuchas, era imposible contemplarlos. El resto de sus cuerpos también estaba tapado por la capa que portaban encima.

Los dos extraños anduvieron unos pasos y escrutaron la amplia sala. No lo divisaron con aquella efímera ojeada, pero el guerrero sabía que lo buscaban a él. Decidió no descubrir su presencia y rezó porque se marcharan sin armar ningún incidente.

El profesor al cuidado de los alumnos se acercó a los recién llegados y el guerrero supo entonces que no iba a tener tanta suerte.

-Por favor -les conminó el hombre-, estamos en un examen. No se permite la entrada a nadie después de cerradas las puertas.

Como contestación, uno de los personajes hizo un leve gesto con la cabeza. Su compañero se movió entonces en respuesta a la orden muda de su amo. Se paró a escasos centímetros del maestro y con un rápido movimiento, lo cogió por el cuello. Aquel gesto hizo que se le cayese la capucha, revelando una cabeza totalmente libre de pelo y vello. Su rostro era blanco, ceniciento, casi translúcido, y las venas se le marcaban con un tinte azulado, formando un entresijo de dibujos sin forma alguna reconocible. Elevó al hombre que era su presa del suelo y apretó su mano. Al instante, el profesor empezó a boquear, intentando hacer pasar por su garganta el aire que aquel extraño le estaba privando. Forcejeó con él, pero lo superaba en fuerza.

El guerrero no pudo aguantar más aquella situación y se levantó de su asiento. Sus compañeros sentados en los sitios de al lado lo miraron, asustados por lo que estaba sucediendo. Pero nadie hizo nada a parte de él.

Se acercó hacia el extraño y el maestro. El otro personaje se percató de su presencia, pero se mantuvo al margen, observando.

-Suéltalo -le conminó en un susurro.

El hombre no se movió. Mientras, el profesor luchaba por intentar seguir respirando.

El guerrero alzó una de sus manos y tocó la sien del extraño hombre. Entonces sí se giró. Su semblante cambió de gesto. Antes albergaba ira, pero ahora se había instaurado en él sorpresa. De pronto, se llevó las manos a la cabeza, dejando caer a su presa, y abrió la boca, como si intentará gritar. Pero de ella no surgió sonido alguno. No obstante, aquello era lo que estaba haciendo, emitir un chillido silencioso que mostraba un dolor manifiesto. Y así se hizo patente cuando cayó al suelo de rodillas, todavía sujetándose la cabeza con ambas manos. De pronto, comenzó a convulsionar y al cabo de unos segundos, su cuerpo inerte quedó tumbado en el suelo.

El guerrero lo miró, apesadumbrado por lo sucedido. Al fin, giró su rostro hacia el otro extraño.

-Márchate -le conminó en el mismo tono de voz que ordenara antes al recién caído.

El interpelado torció el gesto, dibujando una siniestra sonrisa en su cara. Sin embargo, el movimiento que hizo no fue lo pedido por el guerrero. Se acercó hacia él, despacio, casi arrastrando los pies, como si aquel movimiento le estuviese prohibido.

-Dame lo que he venido a buscar y me marcharé -y sonrió de forma siniestra.

El guerrero no mudó el gesto. Tan sólo le mantuvo la mirada intentando escrutar la legitimidad o falsedad de aquellas palabras.

-Me fue legada a mí -sentenció al fin, aunque sabía que aquellas palabras no agradarían a su interlocutor.

El extraño ensanchó más la mueca de sus labios.

-Te conozco -afirmó con rotundidad-. En todos estos largos años no he parado de estudiarte. Y sabía que dirías eso -paró su coloquio y escrutó al guerrero intentando discernir cuál era su pensamiento. Pero, en el fondo, sabía lo que realmente pasaba por su mente-. Esperaba que no tuviese que llegar a esta situación.

Con un rápido movimiento lo cogió por el pecho. El guerrero se mantuvo impasible, como si esperara aquella reacción. El otro lanzó con fuerza su brazo y lo levantó del suelo, desplazándolo varios metros por el aire. Fue a dar con la espalda contra la pared del fondo de la sala, pero no hizo ningún movimiento. Entonces, el encapuchado saltó en el aire y desenvainó su mandoble. Con una grácil estocada intentó atacar al joven, pero éste paró el golpe con sus manos. Atrapó la hoja de la espada entre sus dos palmas, impidiendo que el filo se acercara a su rostro. El extraño pugnó por liberar la hoja, pero su intento fue inútil. El guerrero contrajo el semblante y con un giro de sus muñecas quebró la espada de su oponente. Varias esquirlas de metal saltaron por el aire.

El encapuchado sonrió con malicia, como si aquella pequeña proeza no lo sorprendiera lo más mínimo. Comenzó a saltar de pupitre en pupitre, pues su anterior acción lo había transportado encima de uno y se alejó del joven.

-Aún me queda algún truco más -sentenció-. Recuperaré lo que me corresponde por derecho propio -y seguidamente pronunció unas pocas palabras en un extraño lenguaje ya olvidado, mientras con sus mano dibujaba unos raros signos en el aire.

Pero el guerrero también había sido instruido en aquel arte antiguo y comprendió enseguida lo que su contrincante se proponía.

Al instante, una volutas de humo negro hicieron aparición, envolviendo cada una a los diferentes compañeros que también estaban examinándose en aquella estancia. La extraña niebla mutó, adquiriendo la figura de aquella persona a la que estaba enlazada, pero no cambió la tonalidad de su color inicial, por lo que las figuras se convirtieron en réplicas exactas de color carbón. Entonces, cada una alzó al personaje que tenía al lado y amenazaron con una daga de humo a los demás.

-Ya sabes lo que tienes que hacer si no quieres que tus compañeros perezcan -amenazó el encapuchado.

-Sí -afirmó el guerrero-, lo sé -y rompió el silencio del lugar con un agudo chillido que fue aumentando en intensidad hasta convertirse en una pitido estridente.

Los cuerpos de bruma comenzaron a vibrar de forma extraña y a tomar consistencia, volviéndose más vítreos. Hasta que, al cabo de unos segundos, ya no había rastro de aquella negra neblina y se habían convertido en cuerpos de vidrio negro. El guerrero tornó su grito más agudo todavía, lo que provocó que los aparecidos vibraran aún más. Finalmente, y tras la aparente desaparición del grito, las extrañas formas estallaron todas a la vez en innumerables porciones de cristal, liberando a sus presas.

El encapuchado prorrumpió en una carcajada.

-Tienes recursos -afirmó-. Eso debo admitirlo. Pero como te he dicho, te he estudiado -paró un segundo, pero enseguida retomó su coloquio-. Te conozco -sentenció-. Conozco tus miedos -y comenzó a saltar de nuevo entre las mesas, sin una dirección aparente-. Conozco tus esperanzas -continúo mientras se movía por la estancia-. Y conozco tus deseos -y volvió a sonreír-. Conozco tus más ansiados anhelos -y con aquellas palabras paró su deambular.

El guerrero no había dejado de contemplar a su oponente, midiendo sus movimientos, intentando discernir cuál sería su siguiente paso. Por eso no se percató del lugar en el que detuvo su avance, porque en un principio pensó que su extraño baile no era más que otra distracción. Hasta que al final lo hizo. Pero ya era demasiado tarde.

El encapuchado estaba junto a ella.

Entonces, el extraño alzó a la muchacha con brusquedad y la retuvo con su brazo izquierdo, abrazándola, mientras ella pugnaba por liberarse. De su cinto, con su mano derecha, desenvainó una herrumbrosa hoja de puñal-. No me dejas otra opción -sentenció.

Y clavó el cuchillo en la garganta de la joven. Cuando lo extrajo, la sangre de la chica comenzó a surgir de la herida a borbotones.

El encapuchado soltó a la muchacha a la vez que dejaba caer el cuchillo. El guerrero volvió a gritar mientras caía al suelo, pero esta vez de puro dolor. Aquello duró sólo un segundo, pues ahora fue su turno de pronunciar unas extrañas palabras en aquel lenguaje olvidado. El cuerpo de ambos, agresor y víctima, quedó suspendido en el aire. Paralizados en una especie de burbuja atemporal en la que no existiera el paso del tiempo. El cuello de la joven dejó de sangrar como efecto de aquel prodigio, pero todavía estaba herida de muerte. De igual forma, el oxidado cuchillo quedó inmovilizado en el espacio, justo en el momento en que por su punta resbalaba una gota de color carmesí.

El guerrero se acercó a la muchacha y la contempló un segundo. Al momento, extendió su mano y cogiendo la de ella, desaparecieron repentinamente.

• • •

El anciano se encontraba de pie frente al guerrero, como si lo esperara. El joven no lo miró, pues ya había supuesto que lo encontraría así. Por contra, se dirigió a la butaca más cercana y depositó en ella a la muchacha. Contempló su rostro de nuevo. Si no fuera por la horrible herida que tenía en el cuello, su semblante habría parecido sereno. La chica no podía haber previsto lo que le ocurriría hasta que ya fue demasiado tarde, por lo que en realidad no tuvo tiempo ni para mostrar miedo.

Era hermosa, eso no lo podía negar. Quizás la más bella que nunca hubiera conocido. De hecho, por eso se encontraba en aquella estancia realizando una prueba de aptitud que sabía no le supondría ninguna dificultad. Así había sido desde el principio, una especie de juego en el que sólo participaban ellos dos. Él se limitaba a realizar los más inverosímiles cometidos que a la joven se le ocurrían, y ella disfrutaba viendo cómo él lograba cada hito que le proponía.

En realidad, el guerrero no sabía si para la muchacha era en verdad un juego, pues cada vez que terminaba con una de sus peticiones, ya tenía otra en mente para acercarlo todavía más hacia ella. Para él, en el fondo, nunca fue un juego. Solamente realizaba aquello que parecían hazañas para estar más cerca de la joven. Pero nadie lo conocía en realidad y lo que para otros podrían parecer asombrosas proezas, para él no eran más que un simple divertimento.

Hasta ahora.

La naturaleza de su ser lo convertía en un peligro para cualquiera que estuviese a su alrededor. Por eso deambulaba por los diferentes rincones del mundo, sin asentarse durante mucho tiempo en un mismo lugar, para que no le reclamasen lo que guardaba, aquello que le había sido legado para que protegiera.

Pero al conocerla a ella todo había cambiado. La joven se instauró en lo más profundo de su ser, en aquel rincón de su corazón al que nadie había conseguido penetrar. Y cuando se percató de que podría estar poniéndola en peligro ya fue demasiado tarde. Estaba atrapado en aquel extraño sentimiento que se había hecho presa de él, por lo que no pudo abandonarla.

Finalmente, el guerrero giró su cuerpo para encararse al anciano. El hombre tenía el rostro orientado hacia él, esperando a que terminara de aclarar sus ideas. Si no lo conociera desde hacía ya tanto tiempo, el joven habría pensado que el anciano estaba contemplándolo. Pero aquello era imposible y lo sabía bien.

El anciano era ciego. Sus ojos estaban velados por una niebla blanquecina que no permitía vislumbrar ni el iris ni la pupila que los formaban. Pero la sensación que había tenido cada vez que se encontraba con él era que, de alguna forma, el anciano veía. El escrutinio que aquellos ojos apagados hacían sobre todo lo que le rodeaba era mayor que el que podían hacer muchos de los hombres que conocía. Además, el anciano sabía cosas, muchas cosas, y siempre se adelantaba a cualquier acontecimiento. Por eso no se sorprendió cuando, al aparecer allí con la joven, él ya estaba esperándolo. Y estaba seguro que conocía el motivo de su visita.

El guerrero era maestro en muchas artes antiguas y misteriosas, pero entre sus habilidades no estaba la curación, y mucho menos la de una herida mortal como aquella que ahora deslustraba el cuello de la joven. El don de restaurar la salud era raro entre los hombres y sólo unos pocos eran versado en él. El anciano era uno de esos pocos, quizás el mejor que conocía. Si él no podía salvarla, nadie lo haría.

El guerrero mantuvo el escrutinio del hombre, esperando a que se decidiera a actuar. En realidad el tiempo ahora no le procuraba. Había lanzado sobre la joven, y por ende sobre su agresor, una antigua magia ya olvidada por la mayoría que inmovilizaba el paso del tiempo. El hechizo creaba una especie de burbuja o de estancia alrededor de aquellos a los que iba dirigido, en la que el caminar de las horas se detenía. El único precio a pagar era que los sujetos sometidos al encantamiento también quedaban congelados.

Al fin, el anciano se decidió a actuar. Se dirigió hacia la butaca, en la que ahora descansaba la joven, esquivando cualquier obstáculo que encontrara en su camino. El guerrero no se sorprendió por este hecho, el hombre nunca conseguía chocar con nada. Lo que no tenía tan claro era que lo hiciese porque se conociese la ubicación de cada mueble o porque en realidad los viera.

Se arrodilló ante la muchacha y la tomó de la mano. Durante unos segundos se mantuvo así. El guerrero no sabía qué era exactamente lo que el anciano hacía, pero siempre procedía de la misma manera. Ahora, con la mano de la joven entre las suyas, el anciano parecía estudiar de alguna forma a la chica, como si hablara con ella. Después, como siempre, se centró en la herida. Primero la tocó y la miró, o al menos eso habría hecho si pudiese ver. Pero el guerrero ya conocía la ambigüedad de esta acción en el hombre. Después, introduciendo sus dedos en el corte, extrajo un poco de sangre.

En esta ocasión el guerrero sí se sorprendió pues, aunque al principio el preciado líquido vital había surgido de un carmesí escandaloso, ahora estaba completamente negro. Pero aquello era imposible ya que el hechizo debería haber detenido el proceso de oxidación de la sangre. No obstante, el guerrero intuyó que no era aquello lo que había sucedido, pues aquel negro era diferente del tono amarronado que adquiría la sangre al entrar en contacto con el aire.

El anciano se llevó los dedos manchados primero a la nariz, olisqueando aquella extraña viscosidad, pues el líquido también había adquirido mayor consistencia, y después a la boca, lamiéndolo. En los dos casos arrugó el rostro, como si estuviese asqueado con lo que había olido o degustado.

Finalmente se levantó y cogiendo un pequeño paño que había en una mesa cercana, se limpió la mano. Se tomó su tiempo en aquel menester, incluso parecía que se cerciorase de que su extremidad había quedado liberada de aquella sustancia que le había causado repulsión. El guerrero no lo apremió, no era necesario además, sabía que el anciano se tomaría un breve periodo en aclarar sus pensamientos. Al cabo de ese tiempo, se decidió a hablar.

-Tu amiga ha sido herida con una daga, ¿verdad? -el joven asintió pero no añadió nada más-. Y el arma tenía un aspecto herrumbroso, como si hubiera sobrevivido a muchas edades -de nuevo el guerrero confirmó el comentario de su interlocutor.

El anciano negó con la cabeza con disgusto.

-La chica -volvió a hablar de nuevo-, ha sido atacada con una Daga Negra. Sabes lo que eso significa, ¿no?

Este tipo de armas habían sido creadas con magia antigua, mucho más antigua de la que él se podía servir. Según se rumoreaba, las Dagas Negras procedían del mismo periodo en que los demonios caminaban entre los hombres. De hecho, algunos sabios opinaban que cuando se forjaban estas armas, el metal fundido que un día formaría los cuchillos se mezclaba con unas gotas de sangre de estos infames seres, y que era la magia de los demonios la que le daba su forma final.

El guerrero conocía todas estas leyendas. Y ahora también sabía lo que debía hacer para salvar a aquella persona que había conseguido entrar en lo más profundo de su corazón.

-Entonces… ¿lo harás? -preguntó el anciano mientras el guerrero ya se marchaba.

El joven se paró y giró su rostro hacia el otro, encontrándose con la enigmática mirada del anciano. Pero no hizo nada más. Entonces, el anciano asintió, intuyendo el pensamiento del guerrero.

• • •

El guerrero volvió a aparecer en la sala en la que tan sólo hacía un momento estaba examinándose. El resto de compañeros, agolpados unos ante la figura congelada del encapuchado y otros intentando ayudar al maestro, se sobresaltaron cuando hizo su aparición. Se percató de que nadie se preocupaba del primer caído. Además, ninguno se atrevió a decir nada. De hecho, conforme el guerrero fue acercándose al agresor de la muchacha, todos se apartaron de su camino, abriendo un pasillo para que pudiese dirigirse sin impedimentos.

Él no dijo nada, no necesitaban explicación alguna y mucho menos quería darlas.

Se paró ante la figura del encapuchado y se tomó unos segundos en observarlo. Conocía bien a la persona que se ocultaba bajo el manto. Él también lo había estudiado, aunque aquello hubiera sido en el pasado. Entonces bajó su rostro y miró su mano diestra. Con la siniestra acarició cada pliegue de su palma. Cuando llegó al tercer metacarpiano, en el dedo corazón, se detuvo. Deslizó su índice izquierdo por la pequeña marca que había allí. Sólo era una minúscula cruz invertida, poco más que un tatuaje que ninguna aguja mojada en tinta pudiese realizar. El símbolo estaba grabado a fuego en la piel y embutido de una magia que pocos sabían utilizar. Nadie, de todos los que lo acompañaban silenciosamente en esa habitación, sabía qué era aquel símbolo, ni siquiera la persona que era la razón por lo que ahora lo contemplaba.

La decisión había sido tomada en el mismo momento en que comprendió la gravedad de la herida de su amiga. Aquella especie de protocolo sólo era un preámbulo para ordenar sus pensamientos. Pero no tenía dudas.

-Al final, tendrás lo que venías a buscar -sonrió, aunque no sentía júbilo en su interior-. Pero no de la forma que esperabas.

Entonces extendió su extremidad derecha, aquella en la que tenía impresa la pequeña cruz. Inmediatamente, el símbolo se iluminó, como si irradiara una luz propia. A la vez, justo delante de donde tenía la palma de la mano abierta, un contorno difuminado empezó a formarse. La figura fue tomando forma y consistencia paulatinamente, hasta que al cabo de unos segundos todos pudieron descubrir su naturaleza. Era una espada, de porte sencillo, sin filigranas ni decoración alguna. Un mero utensilio con el cometido para el que había sido forjado. La razón por la que el extraño se encontraba allí.

La Hoja celestial la llamaban algunos de los pocos que conocían su existencia. El arma procedía de un periodo posterior a las Dagas Negras, pero había sido creada durante la misma era que éstas. En realidad habían sido muchas las que llegaran a las manos de los hombres. Creadas por los ángeles, servían para contrarrestar la magia de los maléficos puñales y permitían que la humanidad pudiera defenderse de los demonios. Ahora, sólo la que portaba el guerrero había sobrevivido a aquella época convulsa, y casi nadie la recordaba ya.

Cuando el arma hubo aparecido del todo, el guerrero la empuñó. Lanzó varias estocadas al aire, comprobando su equilibrio. Nunca se había visto obligado a utilizarla, por eso ahora se deleitaba en su efímero manejo, mientras miraba como rasgaba el vacío. Al fin se decidió a acabar con aquella pantomima. Miró de nuevo al encapuchado, sólo un segundo, y entonces movió su brazo, el que portaba la espada, de abajo a arriba. El arma describió un arco perfecto, dirigido a la figura congelada. Parecía que no hubiese realizado tajo alguno, pero entonces la capucha del hombre se deslizó por su cabeza, cortada en dos, descubriendo un rostro que todos los presentes en la sala ya conocían. El mismo que el de la persona que ahora portaba el arma mágica.

-Adiós hermano -murmuró el guerrero.

Mientras inclinaba la cabeza y se daba la vuelta, pronunció las palabras que liberarían al encapuchado de su prisión atemporal. El extraño, por contra, sólo tuvo un efímero suspiro para comprender lo que había sucedido, pues en ese momento su cuerpo se separaba en dos mitades casi simétricas. No tuvo tiempo de sentir cómo se le escapaba la vida mientras su sangre se derramaba por el suelo.

La Daga Negra nunca llegó a chocar contra el piso, pues cuando su dueño perdió la vida, se desvaneció como si fuera humo, neutralizada su existencia y su capacidad para hacer daño.

El guerrero volvió a desaparecer, dejando allí a todos mientras intentaban comprender el por qué de lo que habían presenciado.

• • •

Justo en el momento en que el guerrero reaparecía en la vivienda del anciano, la muchacha se levantaba de la butaca en la que había sido depositado su cuerpo congelado. Ella también había sido liberada del hechizo en cuanto el joven pronunció la magia.

El guerrero la contempló, y fue él el que ahora quedó atrapado en la relatividad del tiempo. Examinó a la muchacha y como la primera vez, quedó hechizado por su porte. Sólo su cuello, donde había sido herida por la Daga Negra, mostraba una marca más blanquecina en la piel. Una cicatriz que evidenciaba lo cerca que había estado de perderla para siempre, pero que desaparecería con el paso del tiempo.





Condena

8 06 2012

-Y tú, ¿por qué estás aquí?

El interpelado lo miró, sólo un segundo, sopesando la posibilidad de si sería correcto contarle la verdad.

-Porque mi abogado la cagó -contestó al fin, y rompió en una gran carcajada-. Lo siento -sentenció cuando consideró oportuno terminar con su broma, aunque en realidad no estaba arrepentido-. Es un chiste que se cuenta en mi mundo.

De nuevo lo miró y, esta vez, su escrutinio fue mayor.

-¿De verdad quieres saberlo?

Muchas eran las leyendas que corrían sobre las razones por las que se encontraba allí, pero nadie hasta ahora se había interesado por conocer la verdad.

El chico no asintió, ni siquiera se movió, pero sus ojos mostraban el gran interés porque contestara a su pregunta inicial.

-Está bien -cedió al cabo de unos segundos.

»Todo empezó incluso antes de que yo me diera cuenta… y cuando lo hice, ya fue demasiado tarde para escapar…

• • •

Ella llegó a mi vida sin previo aviso, sin percatarme siquiera. Simplemente, un día, estaba ahí. Desde entonces mi vida cambió drásticamente.

Apareció ante mis ojos una tarde de principio de otoño o de finales de verano, ya no lo recuerdo. Pero lo que sí recuerdo fue lo que sentí cuando la vi. Me quedé embelesado al contemplar su rostro, como hechizado por una magia que no pudiera controlar. Obviamente, nuestros caminos estaban destinados a cruzarse porque ella estaba allí, en el mismo lugar que yo. Pero lo que no esperaba es que estuviesen destinados a discurrir juntos durante un tiempo, aunque eso no sucedería hasta más adelante.

Después de aquel primer encuentro los siguientes ocurrirían como si de un cuentagotas se tratase. Entonces, yo todavía no había tomado la decisión que me acercaría a ella definitivamente.

Un año después aproximadamente, ella entró por la misma puerta que yo había cruzado hacía unos segundos. No podía creer en la suerte que estaba teniendo por lo que aquello significaba. Se sentó unos metros delante de mí. Por supuesto, en todo aquel tiempo ella nunca se percató de mi existencia; de hecho, estoy seguro que no recordaría ni haberme visto con anterioridad. Pero en aquel momento yo ya había tomado esa decisión que acabo de comentar: uniría nuestros destinos inmediatos fuera como fuese.

Y lo conseguí. Desde entonces nos hicimos casi inseparables, aunque aquello tardó un breve periodo de tiempo en suceder. Para entonces yo ya sabía lo que me ocurría. Y no me lo podía creer porque me había prometido que no volvería a pasar. Pero pasó. Me había enamorado.

El amor es una magia extraña, poderosa, caprichosa, incontrolable. Sé bien de lo que hablo, conozco todo tipo de magias. El amor es capaz de hacer olvidar cualquier agravio con un simple gesto de los labios. El amor es capaz de hacer que tus pensamientos giren entorno a una singular cuestión. Pero el amor, por sí solo, no puede hacer que una persona sea correspondida. Es necesario que ambos posean el mismo sentimiento para que esté completo, para que los dos sean uno solo. Porque esa es la culminación del amor, conseguir que dos seres distintos se comporten como un único individuo.

Y eso fue precisamente lo que no ocurrió.

Yo no desesperé, al menos al principio. Mi dicha era absoluta por el simple hecho de que compartiera unos minutos de su vida conmigo. Y sólo por eso empecé a buscarla en todo momento. Forzaba los encuentros, la seguía donde fuese cada vez que estábamos juntos. Y ella parecía complacida con mi compañía. Entonces comenzaron los halagos y los regalos. Regalos maravillosos e increíbles. Regalos que no estaban al alcance de cualquiera. Mi magia era poderosa y yo podía conseguirle todo aquello con lo que soñara. Hacía cualquier cosa porque ella se sintiera feliz. Incluso habría bajado a los infiernos si con eso hubiese conseguido sacarle una sonrisa hacia mí. Llegué a hacer cosas de las que no me arrepiento pero que podrían considerarse cuestionables.

Y creo que ese fue uno de mis primeros errores. Ella nunca me pidió nada. Pero yo intentaba dárselo todo. Nunca reparé en que en realidad, quizás, yo estaba abrumándola.

Pero lo peor de todo es, estoy seguro, que nunca se percató de mi amor por ella. Quizás, el hecho de que estuviese rodeada por el amor de muchas otras personas motivó que no advirtiera el mío por ella.

Hasta que al fin lo hizo. No por sí misma. Fue necesaria mi ayuda para que lo comprendiera. Se lo dije. Le conté lo que sentía por ella. Y su reacción me sorprendió. Se rió. No como una burla ni una risa frívola. Simplemente, le pilló por sorpresa y no supo como reaccionar. Ese gesto sin sentido fue su única vía de escape.

Ella me quería. Me quería, pero no me amaba. Y vio en la ausencia de ese sentimiento un barranco que no podría cruzar. Y vio también que esa inexistencia de tal sensación podría dejarme mal herido. Entonces, decidió alejarse de mí, para hacerme olvidarla.

Y esa fue mi perdición.

Empezamos a vernos cada vez menos, aunque yo seguía buscándola. Pero ahora ella ponía cualquier excusa para rechazar mi compañía. Yo no desistí, y quizás ese fue mi segundo error. Y con mi insistencia cada vez me volví más obsesivo. Y fue entonces cuando nuestra relación se deterioró.

Yo comencé a criticarle su actitud, y ella, por no herirme más quiero creer, se defendía como podía, pero nunca trató de echarme en cara nada. Hasta que un día lo hizo. Aquello consiguió que yo me volviese loco, por lo que ella huyó. No porque temiera que pudiera hacerle daño, nunca lo haría. Sino porque temía que pudiera hacérmelo a mí mismo.

Se escondió en un lugar que, incluso con toda mi magia, no pude encontrar. Y su ausencia convirtió mi locura en demencia. Y aquello fue la perdición para mí. Para ella. Para todos.

La busqué. La busqué con todas mis fuerzas. No, con todas mis fuerzas no, con todo mi poder. Derrumbé montañas, drené mares, incendié bosques… Pero no daba con ella. Y entonces comenzaron las muertes. Primero fueron personas seleccionadas, personas que yo pensaba conocían su paradero. Pero cuando aquello tampoco dio resultado comenzaron los genocidios, hasta que alguien quisiera hablar. Las ciudades se derrumbaban a mis pies. Sus gentes me pedían clemencia. Pero yo me había convertido en un monstruo y no tuve piedad de ninguno.

Un día, una persona, una mujer, terminó con las matanzas. Cuando ella se escondió tejió una magia poderosa que la ocultaba de mí. Sólo una persona podía desvelar su paradero, y al principio se negó a hacerlo. Hasta que vio de lo que yo era capaz. Rompió su juramento y me descubrió el lugar donde se escondía.

Cuando ella se presentó ante mi presencia para contármelo, vagamente la recordaba. En mi locura había roto con el pasado, incapaz de distinguir ya amigo de enemigo. Pero hubo algo, un brillo en su mirada, que hizo que durante unos segundos aplacara mi paranoia. Fue un ángel que me liberó de mi prisión de ignorancia. Un ángel oscuro, me desveló después ella, que sólo intentaba salvar a la humanidad.

Qésher, que así se llamaba la mujer que había trastornado mi menté, se había ocultado en un pequeño pueblecito de montaña, al que había protegido con un escudo mágico que yo nunca pude detectar. Sonreí al verlo, no pude evitarlo. Aquella idílica estampa de casitas con chimeneas y tejados de pizarra fueron unas de mis creaciones, uno de tantos regalos que yo le proporcioné. Y en su intento por escapar de mí, escogió uno de mis presentes.

«¡Qué bella era!» pensé tras reencontrarla. Incluso en la lejanía, incluso cuando sólo era un punto diminuto en lontananza, mi corazón se excitaba al contemplarla. Su piel perlada, fina y delicada. Su corto cabello negro, como carbón apagado. Todo en ella me atraía sobremanera.

Ella se giró, como intuyendo mi presencia allí. Y no se sorprendió al descubrir mi mirada puesta sobre su figura. Mantuvo el contacto visual uno segundos y, finalmente, dejó lo que tenía entre manos. Comenzó a caminar hacia mí. Yo no me atreví a moverme, como si cualquier movimiento mío pudiese hacerle huir de nuevo. Al fin me alcanzó.

-Me has encontrado -afirmó-. Sabes -continúo con un leve gesto de sus labios-, siempre supe que lo harías. Siempre lo hacías.

»Tóvesh -mi nombre pronunciado por sus labios sonaba tan dulce a mis oídos-, no puedes seguir haciéndote esto -sentenció al fin.

No estaba enfadada ni dolida, lo cual me hizo pensar que quizás no supiera todo lo que me había visto obligado a hacer para encontrarla desde el día en que se marchó, hacía ya tanto tiempo.

En realidad, nunca preví como sería nuestro reencuentro. En mi afán por volver a estar con ella nunca planeé lo que le diría. Así que mis palabras surgieron como un torbellino.

-Te convertí en diosa… por tus manos pasaron las almas de los moribundos… te conferí el poder para ayudar a los inocentes… tus palabras me proporcionaron la fuerza para vencer… maté a mi propio hermano para salvar tu vida… todo eso y mucho más hice por ti… pero tú no supiste verlo… te marchaste… y yo caí en la locura

-Aún no lo ves ¿verdad? -preguntó mientras negaba con la cabeza. Su rostro mostraba un semblante triste. Ese fue su gesto en cuanto me vio y no había cambiado en todo aquel tiempo-. Si lo que sientes por mí te hace daño deberías dejarlo pasar.

Ahora fui yo el que negó con la cabeza. Y continué hablando.

-Te odio -fue lo único que fui capaz de pronunciar.

Ella me miró, de forma diferente, como si lo hiciese por primera vez desde que nos habíamos encontrado.

-Sé que mientes -sentenció. Y tenía razón. Mis palabras eran mentira, pero debía darse cuenta de todo lo que había hecho por hallarla.

-Te odio. No me cansaré de decírtelo.

-¿No? -preguntó ella, pero era una pregunta retórica. Entonces supe qué debía decirle.

-Te odio por ser la única puta persona que es capaz de sacarme una sonrisa con solo pensarte. Te odio por hacer esa especie de magia para conquistar aquella parte de mí que tenía olvidada. Te odio porque por tu culpa supe ver el mundo de otra forma. Te odio porque me levantabas en mis caídas. Te odio porque siempre fuiste delante de mí cargándote a mis monstruos. También te odio por enamorar cada poro de mi piel. No sé cómo lo conseguiste, pero odio esta opresión en el pecho cuando no estás. Odio tus labios diciendo en mi mente que necesito besarte. Te odio por no darte cuenta de todo lo que hacías conmigo. Te odio porque conseguiste que entendiera que todo mi poder no era suficiente para conseguir tu amor… Te odio por lo que me he visto obligado hacer para encontrarte -ahora me daba cuenta del daño causado. Y parece que mi rostro reveló algo de ese dolor porque, por primera vez desde que la conocí, ella sintió miedo.

-¿Qué has hecho? -preguntó, temiendo la respuesta a la cuestión.

No tuve valor para contárselo, así que me refugié en lo que mejor sabía hacer: mi magia. Implanté en su mente un recuerdo con todos los sucesos que ocurrieron desde que me dejó. Conforme recorría cada imagen de mis vivencias pasadas su rostro fue cambiando de semblante. Y cuando terminó con aquella delirante obra escénica pude contemplar en su cara lo que iba a ocurrir.

De pronto, su pelo comenzó a cambiar de color, tornándose rojo. No pelirrojo, sino un rojo sangre cargada de oxígeno. Un color que a mí todavía me excitaba más que el suyo normal. Aquella metamorfosis era la evidencia de su poder. Ella también era versada en magia. Pero aquella transformación en su cabello no evidenciaba ese poder sino un don fuera de lo común. Tenía la extraña facultad de inhibir la magia. No cualquier magia, sólo la mía.

-Ahora ves que tengo razón, ¿no? -dijo ella-. Debo acabar con esto -y asentí ante aquella verdad mientras por mi rostro resbalaba una única lágrima

Ella también dejó escapar una gota de amargura mientras levantaba su mano. En mi fuero interno quise pensar que aquella triste secreción era un lamento por mi alma.

Entonces, su dedo índice rozó el lado izquierdo de mi pecho, donde mi corazón todavía latía por ella. Y cuando se produjo aquel efímero contacto noté la descarga que detendría mis latidos, para siempre.

• • •

-¿¡Te mató!? -exclamó incrédulo.

El interpelado asintió, pero su rostro no mostró sensación alguna, como si aquel hecho fuese una nimiedad.

-Pero, ¿cómo estás aquí entonces? -preguntó con la esperanza de que la historia se alargara todavía más.

-No sabes dónde estás -aquello no era una pregunta.

El chico se quedó mirándolo, sin entender.

-Esto es el final del camino, la última puerta, donde terminan todos los destinos…

El muchacho, aún así, no comprendió sus palabras.

-Estás muerto -sentenció al fin el hombre-. Igual que yo. Igual que todos los que están aquí.

• • •

“Mi agradecimiento a Lilith Angelica

“Dedicado a Rocky Beck, porque es el origen de todo”