La bella y la bestia

29 03 2017

Bella todavía zarandeaba el cuerpo de la bestia cuando pronunció las palabras. En realidad, hacía mucho tiempo que deseaba hacerlo, pero los sucesos que desencadenaron el ataque al castillo impidieron aquel gesto y todo se precipitó. Aún así, en aquel momento, con el cuerpo de la bestia herido de muerte y tras que lanzara su último suspiro, Bella se atrevió a confesar lo que sentía. Esas dos palabras, cinco letras en realidad, debían activar la magia que acabaría con la maldición. Así lo había dispuesto la hechicera la noche que apareció. Pero el último pétalo de la rosa maldita había caído antes de que ella encontrara el valor necesario para hablar, por lo que la bestia no despertaría de su eterno sueño. Bella lo comprendió al instante. Incluso con sus labios formando los sonidos adecuados, supo que no funcionaria. Así que sólo pudo llorar sobre el torso de la bestia, humedeciendo el pelaje que poblaba su cuerpo hechizado, ahora sin vida. Fuera, todos los sirvientes habían sucumbido también al hechizo, transformados para toda la eternidad en piezas de artesanía. Incluso el castillo, esplendoroso en el pasado, ahora mostraba un aspecto derruido. Los atacantes, por contra, huían del lugar, atemorizados por lo que habían vivido. En el futuro, los nietos de los nietos de aquellos aldeanos, sabrían que no debían acercarse a las ruinas del castillo en el que siempre era inverno. Sólo aquel intrépido muchacho que encontrara el valor de hacerlo, descubriría la sombra de una bella doncella que cuidaba del rosal de flores de invierno que poblaba el jardín. E incluso entonces oiría el susurro de su lamento.

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Tarde de té

24 10 2015

Capítulo uno: él.

Andaba apresurado entre el gentío. Su premura se debía a que el autobús había tardado más de lo habitual en realizar su recorrido. A aquellas horas, muchas personas volvían a casa después del trabajo y la mayoría de ellos lo hacía con sus vehículos particulares. No obstante, aquella tarde las calles también estaban abarrotadas de gente, a pesar del frío que hacía en la ciudad. La mortecina luz de las farolas, con su tonalidad incandescente, daba un aspecto de estampa navideña al lugar.

Esquivó a una pareja que caminaba sin rumbo aparente, cogidos de la mano, y se introdujo en el Carrer del Micalet. A su derecha quedó la Puerta de los Hierros y el campanario que daba nombre a la calle. Como siempre, aquel pequeño callejón también estaba concurrido de viandantes. Cuando entró en la Plaça de la Verge, ésta mostraba la misma imagen de abarrotamiento. Pero el hombre no le prestó ninguna atención al lugar.

Sus piernas se dirigieron hacia su izquierda. Subieron los pocos peldaños que circundaban aquella parte de la plaza y se encaró hacia el edificio más inmediato. Allí, en uno de los bajos de la finca, una pequeña tetería regentaba el local comercial. Por fortuna para el hombre, en la terraza todavía quedaba una mesa libre, la suya. Con premura, se abalanzó sobre ella y se sentó en una de las sillas de mimbre.

Algo jadeante por el esfuerzo de su prisa, extrajo el móvil de su bolsillo. Tras encenderlo pudo comprobar en la pantalla que todavía faltaba un par de minutos para que fueran las siete de la tarde. Suspiró aliviado, pues aún no había llegado la hora que tanto esperaba.

A los pocos segundos, un camarero le tomó nota de su pedido. Aquella tarde le apetecía algo fuerte, así que pidió un té negro con frutos del bosque. Para endulzarlo eligió miel de espliego. La mezcla era atrevida y denotaba un choque de características que parecían no encajar a priori. El té negro tenía un sabor potente, más que sus hermanos de otros colores. El nivel de oxidación de sus componentes le conferían esta característica. Además, su contenido en teína era mayor. Por contra, la miel de espliego tenía virtudes relajantes, lo cual contrarrestaría los efectos de la teína.

El camarero volvió enseguida y dejó lo que traía entre manos en la mesa, una pequeña tetera con humeante té caliente, una taza a juego y un tarrito de miel acompañado de un dispensador de madera. Ya solo, el hombre vertió el té en la taza de porcelana y la rodeó con sus manos, disfrutando así del calor que todavía desprendía la bebida. En la calle hacía frío, por lo que aquel gesto le reconfortó unos segundos. Acto seguido, acercó el tazón a su nariz y olfateó el aroma que desprendía el té. La mezcla de frutas del bosque le daba un olor dulzón, además de un color morado oscuro. Después de dejar la taza en la mesa, se acercó el tarrito de miel y con el dispensador, vertió tres cucharadas del espeso líquido nacarado. Le gustaba dulce, por lo que no tuvo reparo en añadir tanta miel.

Y así, con su bebida ya preparada y después de tomar un primer sorbo, se dispuso a contemplar la plaza. La misma luz anaranjada que le había acompañado en su viaje hasta allí, inundaba también todo el perímetro del lugar. Incluso la fuente que se encontraba a su izquierda estaba iluminada con el mismo tono. Muchos eran los visitantes que venían a disfrutar de ella, pero pocos conocían el significado de tan hermosa escultura. En ella se podía ver a una figura varonil en posición sedente, completamente de bronce. La figura representaba al río Turia, que en el pasado había dividido con sus aguas en dos la ciudad. Estaba asentado sobre un pedestal de mármol y en una de sus manos sostenía el cuerno de Amaltea, del que desbordaban los frutos de la huerta valenciana. A su alrededor, también sobre pedestales, se encontraban ocho figuras femeninas de bronce. Eran jóvenes desnudas, peinadas al estilo de las antiguas labradoras valencianas. Estas ocho estatuas representaban a las ocho acequias que obtenían su agua del río. Ahora, igual que cualquier otro día, diversas personas se tomaban fotografía sentados en ella.

Pero la plaza tenía otros atractivos. Frente a él estaba ubicada la Basílica de la Virgen de los Desamparados, patrona de todos los valencianos. Justo a la derecha de ésta, separada por un estrecho callejón, se encontraba la Catedral de Santa María, con su impresionante campanario, el Miguelete, sobresaliendo por encima de todos los tejados de los edificios del lugar. En frente de la catedral, la sed del Tribunal de las Aguas, un antiguo tribunal que databa de muchos siglos atrás, y que discernía todas las disputas relacionadas con las aguas de la huerta valenciana, precisamente, las que pertenecían a las ocho acequias representadas por la fuente. Y atrás suyo de donde él estaba sentado, estaba el edificio del Palacio de la Generalitat.

Pero todo aquello dejó de tener sentido cuando ella apareció. Lo hizo por la callejuela que separaba la Basílica de la Catedral. Su andar era pausado, rítmico, carente de premura. El hombre se quedó embelesado mientras la observaba, pero a la vez disimulaba sus gestos para evitar que le sorprendiera. Descubrió que la mujer vestía una blusa blanca bajo la ropa de abrigo. La prenda hacía juego con la falda que envolvía sus piernas.

Cada tarde desde hacía un tiempo, el hombre se acercaba hasta aquella pequeña tetería para esperar ver llegar a la mujer. Y desde su asiento en la terraza la contemplaba con adoración, como si se tratase de la misma Virgen que los valencianos adoraban. Pero su atrevimiento terminaba ahí, pues nunca encontraba el valor para acercarse a ella.

Cuando la mujer se aproximó a su mesa, volvió el gesto para evitar que sus miradas se cruzaran. En el fondo sabía que aquello no ocurría jamás, ya que ella nunca parecía percatarse de su presencia. Aspiró su perfume cuando pasó al lado suyo. Olía de forma dulzona, a flores frescas. Cuando por fin se alejó, se atrevió de nuevo a mirarla. Lo hizo en el preciso momento en que giraba por la esquina de la calle Caballeros. Por un instante, le pareció vislumbrar una fugaz mirada. Pero enseguida desechó aquella idea.

Ya nada le retenía en aquel lugar. No obstante, mañana todavía sería viernes, así que volvería de nuevo allí, para contemplarla otra vez. Apuró su taza de té y se levantó, dispuesto a marcharse, con la vana esperanza de encontrar el valor necesario la próxima vez.

Capítulo dos: ella.

Estaba cansada, la jornada había sido complicada en la oficina y por un momento se sintió tentada de quedarse hasta más tarde para terminar la faena. Pero al final decidió marcharse, en el fondo no quería pasar más tiempo allí.

Ahora caminaba por el Carrer del Palau. A su izquierda quedaba el Palacio Arzobispal, con su imponente fachada de ladrillo rojo. Aquí y allí podían observarse diseños en piedra caliza que enmarcaban el ladrillo visto. Parecían pequeñas pinceladas que rompían la monotonía del color predominante del edificio.

Sus pasos la llevaron hacia la Plaça de l’Almoina, un punto clave en el pasado de la ciudad. Estuvo regentada por el foro romano durante aquel periodo histórico. Más tarde contuvo las primeras iglesias de los diferentes reinos que ocuparon la ciudad. Ahora, era una plaza restaurada bajo la que se encontraba un importante yacimiento arqueológico. Además, muchos viandantes la cruzaban en dirección a donde les llevaran sus andares. También podía observarse a un músico callejero que tocaba su violín. El instrumento estaba algo desvencijado y parecía haber vivido tiempos mejores. Pero las notas de música que el artista extraía de sus cuerdas, conferían una estampa idílica al lugar. Aquel efecto estaba acompañado por la mortecina luz anaranjada de las farolas.

La mujer se detuvo unos segundos a disfrutar de la música. El hombre, un anciano ya, tocaba con maestría, de forma pausada, tomándose su tiempo en cada nota. La pieza era triste y melancólica, y la mujer se estremeció al escucharla. Al cabo de un para de minutos, el anciano alargó el arco, haciendo que el instrumento emitiera una larga nota, finalizando así su interpretación. Muchas personas fueron las que después de aquello se acercaron a depositar unas pocas monedas en el estuche que descansaba en el suelo, frente a él. La mujer hizo lo mismo, mientras le sonreía. Después de aquello, se marchó.

Antes de ponerse en marcha, se adecentó un poco la ropa. Lo hizo de forma nerviosa, por lo que tuvo que repetir el gesto varias veces. Después de todo, pronto llegaría el motivo por el que había decidido dejar pendiente su trabajo para el día siguiente. Se alisó la falda, reubicó el cuello de la blusa que llevaba esa tarde y se ajustó la chaqueta sobre su figura. Acto seguido, extrajo de su bolso un pequeño frasco de perfume y se roció unas pocas gotas. Cuando consideró que ya estaba aseada, reanudó su marcha.

Giró hacia la izquierda y enfiló el pequeño callejón que separaba la Catedral de la Basílica. Gastó un efímero segundo en recordar sus pasos por aquella misma callejuela durante su niñez, cuando fue fallera e iba a llevar flores a la Virgen, durante la Ofrena. Igual que entonces, su caminar se vió acompañado de un nerviosismo creciente, una sensación que no le permitió dirigir su atención hacia su principal interés en aquel momento. Por contra, se recreó en el paisaje urbano de la plaza en la que ahora entraba, y que en su recuerdo estaba coronado por el enorme cadafal de madera que formaba la figura de la Virgen. Aquí también la gente abarrotaba el lugar, algunos de vuelta a casa después del trabajo, buscando tan merecido descanso, y otros disfrutando de su tiempo de ocio. Siempre le había llamado la atención la fuente que regentaba el lugar. Conocía su historia y su simbología, y le parecía un monumento muy acertado para homenajear a la mayor fuente de vida de la ciudad, el Río Turia.

Pero al final tuvo que armarse de valor y dirigió su mirada hacia la pequeña tetería que había unos metros más al fondo. Su corazón empezó a palpitar con fuerza y el pulso se le aceleró. Él estaba allí, como cada tarde. Su aspecto era el mismo de siempre, impecable y sereno. Iba ataviado con una sencilla gabardina que lo protegía de la helor que imperaba a aquellas horas de la tarde. Como cada vez que se cruzaba con él, disfrutaba de un té caliente que sorbía con pausa.

Se dirigió hacia aquella zona, cruzando toda la plaza e intentando que sus pasos parecieran tranquilos. Y justo en aquel momento, el hombre lanzó su mirada hacia donde se encontraba ella. La mujer, por contra, apartó la suya con premura, intentando disimular su anterior gesto de observación. Deseó que no descubriera en ella la rojez que se estaba adueñando de su semblante.

Justo cuando se acercó hasta él, el hombre volvió su cabeza, de nuevo prestando toda su atención al té. Ella subió los pocos escalones que había en aquella parte de la plaza y pasó al lado de la mesa en la que estaba sentado. Un ligero aroma afrutado penetró por sus fosas nasales. Después, unas reminiscencias florares, de lavanda o espliego, sustituyeron a la fragancia de frutas del bosque inicial. La mezcla le agradó y tomó nota mental de ella para probarla en un futuro.

Pero el instante mágico pasó en seguida y la mujer dejó atrás al hombre. Todas las tardes, él estaba sentado en la misma mesa y se tomaba un té caliente. Desde que lo vio por primera vez, una sensación extraña embriagó su corazón, provocando que ella adecuara su rutina para cruzarse con él todas las tardes. Pero estaba segura que el hombre nunca se percataba de su presencia. A veces se sentía tentada a pararse y preguntarle algo, cualquier cosa, por el simple hecho de iniciar una conversación que posibilitase una relación, de la índole que fuera, entre ellos. Pero siempre desechaba la idea, temerosa de una negativa por su parte.

Llegaba ya a la esquina de la Calle Caballeros cuando se atrevió a girar la cabeza una última vez. Durante un efímero instante, creyó descubrir que el hombre la contemplaba. Pero la imagen escapó de su campo visual cuando torció el edificio. Suspiró, más para calmarse que por otra cosa. Pero aquel gesto denotaba muchos sentimientos a la vez.

Ya pasado su anhelo, sus pasos se tornaron más rápidos. Mañana sería viernes, así que volvería a cruzarse con el hombre, como cada tarde.





Mi camino

23 05 2014

Las cinco y veinte de la tarde pasadas. Volvía a casa tras una dura jornada. De pronto me paré. Estaba en la esquina de la calle Alfonso I. Me arreglé la falda y el abrigo, ansiosa. Llevaba una bufanda gris perla nueva. Respiré hondo y reanudé mi marcha.

Debía cruzar la plaza del Pilar para llegar a casa. En ella se encontraba algunos de los edificios y monumentos más significativos de la ciudad: la Basílica del Pilar, la Catedral del Salvador, el Ayuntamiento, la Lonja, la Fuente de la Hispanidad o la gran bola de piedra con la que jugaba de niña creyendo que podía viajar por el mundo con solo indicarle dónde quería ir. Nada de aquello atrajo mi atención, pues conocía bien el lugar.

También había una pequeña cafetería con terraza. No tenía muchos clientes fuera debido al frio. Sin embargo, el sí estaba, como siempre. Hoy llevaba un abrigo gris oscuro y pantalón marrón canela. No tenía guantes, pero se frotaba constantemente las manos. En la mesa, sólo un cortado.

El corazón se me paró de golpe cuando levantó la mirada. Aparté la vista intentado disimular. Deseé no haberme sonrojado. Divisé el Paseo Echegaray y Caballero, y enfilé a toda prisa hacia él por la calle Salduba.

Nunca se percataba de mi presencia. Pero yo lo veía ahí todas las tardes después del trabajo. Solté mi habitual suspiró por nuestro efímero encuentro. Las cinco y media. Empezaba a cruzar ya el puente en dirección a casa. Mañana sería viernes, así que volvería a verlo.

 

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Por Es Ther.





El ritual

22 05 2014

 

Llegué corriendo. El tráfico era denso y me hizo tardar más de lo normal. Recuperé un poco el aliento y me dirigí a mi mesa de siempre. Me senté en la terraza de la cafetería y esperé a que me atendieran. Pedí un cortado, me apetecía algo caliente.

Todavía quedaba tiempo, así que me dispuse a disfrutar del lugar, como hacía cada tarde. A mi derecha estaba la Fuente de la Hispanidad, repleta de gente que se hacía fotos junto a ella. Un poco más a mi izquierda, más personas se fotografiaban en otro de los atractivos de la plaza, la bola del mundo de piedra. Muchos paseaban, ya fuera como parte de su rutina o porque habían venido adrede para visitar la plaza. En verdad era bonita. Grande y amplia, albergaba en su perímetro algunos de los edificios más ilustres de la ciudad: la Catedral del Salvador, la Lonja, el Ayuntamiento y, como no, el santuario barroco más grande de España, la Basílica del Pilar. Pero nada de todo aquello llamaba mi atención ahora.

De pronto la vi. Apareció por la esquina de la calle Alfonso I y cruzó la plaza en mi dirección. Pasó cerca de la mesa donde yo estaba y siguió caminando en dirección al Paseo Echegaray y Caballero.

Nunca se percataba de mi presencia. No creo que ni me recordara. Pero yo iba allí todas las tardes para verla un instante. Solté un suspiro, de pena o de deseo, no lo sé. Pero no me atreví a hacer nada más. Cuando desapareció por la esquina de la calle Salduba, terminé mi cortado y me marché.

Mañana volvería a verla.

 





A veces…

6 01 2014

A veces, amiga, lamento no haberte conocido antes que a ella.

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“Mi agradecimiento a la persona que inspiró estas palabras”

“Dedicado a esa misma persona”

“Forma parte de la antología Cachitos de amor III





Suspiro

11 07 2013

Del latín suspĭrum. Aspiración fuerte y prolongada seguida de una espiración, acompañada a veces de un gemido y que suele denotar pena, ansia o deseo.

Eso es lo único que consigo articular cada vez que mi mirada se posa en su figura.

Ni una sola palabra. Ningún gesto que atraiga su atención. Nada.

Sólo un suspiro…

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Finalista del  I Concurso de microrrelatos románticos “Porciones del alma”

Forma parte de la antología “Porciones del alma”





Conflicto

5 05 2013

La tarde había comenzado apacible, como tantas otras últimamente. Pero, de pronto, aquella nueva visión los perturbó. Los dos viejos amigos se estudiaron un segundo, intentando discernir la reacción del otro sobre lo sucedido. Y, al instante, sólo con ese breve escrutinio, comprendieron que el conflicto había vuelto a aparecer.

Aquello había sucedido varias veces desde que se conocían y los dos sabían cuál sería la actitud del otro. Pero estaban acostumbrados a aquella disputa. A veces ganaba uno, otras, el otro. Pero nunca sabían cómo terminaría todo.

Quizás eso fuera lo interesante de todo aquello, la imposibilidad de conocer el final. Por eso mismo se deleitaban en el proceso, ajenos al daño mutuo que pudieran causarse a posteriori.

PFC negó con la cabeza cuando Estri dibujó una sonrisa en su rostro. Sabía que debía parar aquella sensación desde el principio, si no ya no podría controlarlo. Aludido, el joven reprimió el gesto de sus labios, pero no por eso desapareció lo sentido.

Ambos tenían la misma edad, pero PFC parecía más maduro, más… racional. Al menos no se dejaba llevar por impulsos innecesarios. Pero también tenía la capacidad de vislumbrar las posibilidades del futuro. Ambas cualidades le permitían ser socialmente correcto en un intento por no crear situaciones que pudieran parecer inaceptables. Estri, por el contrario, era más alocado y siempre parecía eufórico. En resumen, ambos formaban las dos caras de una misma moneda.

-Sabes lo que pienso al respecto -comenzó PFC. No quería hacerlo en realidad, pero no le quedaba otra solución.

-¡Vamos! -le recriminó Estri. -¡Una última vez!

-La última vez dijiste lo mismo. Y la anterior. Y la más anterior -se justificó PFC-. En todas aquellas ocasiones silencié mis reticencias sobre tu decisión y, al final, acabamos sufriendo. ¿Quieres que eso vuelva a suceder?

-¡Córtex! ¡No seas aguafiestas! -le reprochó el otro mientras con sus manos hacía un gesto de censura-. Sabes que no puedo evitarlo. Está en mi naturaleza.

-Sí, lo sé. Y quizás eso sea lo peor. Pareces no darte cuenta. Tus heridas cicatrizan con facilidad. Pero luego soy yo el que debe recordar, el que debe valorar lo sucedido.

-Pero los demás dicen…

-¡¿Los demás?! -lo cortó indignado-. ¿Quiénes son los demás? No, no contestes, lo sé muy bien. Yo te diré lo que pienso del resto: estoy harto de las estúpidas maripositas de Hipot; no soporto que VTA me inunde con sus sustancias que inhiben mi raciocinio; tampoco aguanto a los gemelos Regdop que te ayudan a narcotizarme. Atestaréis todas mis células con anfetaminas naturales que impedirán mi correcto funcionamiento; y después, cuando llegue la dependencia, las cambiaréis por otras que me harán entrar en un estado de depresión.

»¿Qué es lo que quieres? Tampoco debes responderme a eso. Lo sé también. ¿Cuánto durará? ¿Un año? ¿Dos? ¿Tres como mucho? Ya sé, ya sé. Todo será euforia al principio. Todo felicidad e ilusión. Los problemas desaparecerán. La vida parecerá más fácil. No habrán dificultades. Y nos volveremos posesivos. Caeremos en su necesidad. Como si fuera otra droga más, nos convertiremos en yonkis que no conseguirán pasar el mono. Y después de esos tres primeros años, ¿qué? Vosotros no sabéis llevar estos asuntos. En el mejor de los casos, si vuestros estupefacientes consiguen no confundirme del todo, seré yo el que deba darle un giro a la situación. Nos haremos inmunes a vuestras sustancias y si yo no creo otros vínculos todo se irá al garete. Necesitaré de opiáceos que vosotros no seréis capaces de suministrarme; tendré, de nuevo, que buscarme la vida por mi cuenta. Sin ellos no podré construir esos nexos que nos mantengan unidos durante más tiempo. Y si eso no funciona, todo estará perdido. Tomaréis el control de nuevo, pero esta vez de forma diferente. Odiaréis. Odiaréis con todas vuestras células. Lo que antes sentíais se volverá oscuro y eso podría llevarnos a nuestra propia destrucción. Otros han muerto por cosas similares. ¡Peor! ¡Otros han matado por asuntos así! ¿Eso es lo que quieres?

Estri lo miró un segundo. Intentó contradecirlo, argumentarle que no volvería a pasar. Pero no estaba entre sus manos esa posibilidad. En el fondo, sabía que su amigo tenía razón.

Decidió volver a mirar, para despedir aquella maravillosa visión. Pero, entonces, una sonrisa volvió a aparecer en su rostro. Y supo en ese momento que no podría evitarlo. No, su cometido no era ese. Para eso estaba PFC. Ahora tenía que ser él el que lo hiciera cambiar de opinión, como en las anteriores ocasiones. Y sabía cómo hacerlo, aunque solamente tendría una oportunidad.

-Pero es tan adictivo -sentenció Estri mientras se acercaba a su amigo-. Mira, vuelve a mirar. Sólo un segundo y verás que tengo razón.

-No -intentó negarse PFC, pero el otro le obligó a hacerlo.

Y, entonces, ocurrió. Ya no había vuelta atrás.

Aquel ingenuo cerebro del que formaban parte se había enamorado.

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“Mi agradecimiento a Hugo Pilsner Urquell”