Relato “Tarde de té” seleccionado

15 03 2017

El relato “Tarde de té” ha sido seleccionado para pasar a la fase final de la VIII edición del certamen internacional de relato breve de “La Fénix Troyana”.

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La copa de vino

5 12 2016

El origen de todos sus males aquella noche se encontraba tirado en el suelo, en una posición que no dejaba lugar a dudas. Estaba muerto. Ante sí tenía el cadáver de una importante persona de la cual no había oído hablar hasta hacía unas horas. Pero si los jefazos le habían llamado a él, la cosa pintaba mal. Sentada junto al sillón más próximo se encontraba el ama de llaves, una anciana que había tenído la sensatez de no llamar a la policía primero. Pero no estaba sola. Poco después de su llegada también lo hizo el resto de la familia: su mujer, una snob que se encontraba con sus amigas snobs en una reunión snob cuando encontraron a su marido; y sus hijos, unos personajillos demasiado jóvenes y con demasiado dinero para que aquello les importase. Junto al hombre importante había una copa de cristal fino hecha añicos y que desparramaba su contenido sobre la cara alfombra que vestía el suelo. Se acercó a la botella de la que había bebido la copa y olisqueó su contenido. La calidad del caldo denotaba que él nunca podría permitirse un vino D.O. de tal calibre. Incluso con lo cargada de la atmósfera percibía el aroma a cacahuetes. Aquello atrajo su atención. ¿No había dicho la anciana que sufría alergia a ellos? Aquello abría un sinfín de preguntas. ¡Dios! Qué viejo estaba para aquello, pensó mientras miraba con renovado interés a sus acompañantes.





La decisión de su (mi) vida

11 09 2016

La primera vez que lo vi fue una noche de las ya tan habituales en mi vida. Me encontraba en el garito que solía frecuentar cuando todo se torció. La policía llegó a los pocos minutos y entró allí con ganas de bronca. Después de todo, estaban habituados a los problemas que causábamos. Todo acabó como las otras veces. La mayoría de los presentes consiguió escapar, pero yo, debido a mi estado, fui detenida y metida en un coche patrulla. Y entonces hizo su aparición él, de igual forma que hace el sol mientras amanece tras una noche de fuerte tormenta, tímidamente, casi con temor, pero seguro de lo que quería hacer. Estuvo hablando con el agente durante un buen rato. Yo no pude oír lo que decían, no me encontraba en condiciones para ello. Pero sí me percaté de que hablaron de mi. Cuando terminaron, él se quedó mirando como el vehículo se marchaba conmigo dentro, mientras yo perdía su figura en la lejanía y las brumas de mi mermado entendimiento me impedían fijar su recuerdo.

La segunda vez fue a la mañana siguiente, pero yo ya me había olvidado de él. Pasé el resto de la noche en el calabozo, un lugar que se había convertido en mi segundo hogar de un tiempo a esta parte. Cuando llegó la mañana, uno de los agentes abrió mi celda y me informó que estaba libre y que alguien había pagado mi fianza. Aunque no recordaba por qué estaba allí, casi con seguridad por lo de siempre, sí estaba segura que ninguno de los otros habría hecho aquel esfuerzo por apiadarse de mi, así que me extrañé ante aquella revelación.

Al salir de la comisaría él estaba esperándome. Era alto y delgado, no muy musculoso, pero fibroso, como denotaban sus brazos. Su rostro era de una belleza sutil, sin ser realmente atractivo. Su cabello era de un tono pajizo, y sus cejas rubias enmarcaban unos ojos azules como el cielo límpido de aquella mañana, pero con iridiscencias grises, como la tormenta pasada. Llevaba unos vaqueros y una camiseta negra con un símbolo extraño dibujado mediante palabras en otro lenguaje. Me resultó familiar, pero no conseguí ubicarlo; quizás lo hubiera visto en televisión o en algún escaparate. El símbolo, no la persona.

Cuando se percató de mi presencia, todo su cuerpo se tensó. Levantó su mano derecha a modo de saludo, pero lo hizo con timidez. Me quedé mirándolo unos segundo más, intentando ubicarlo en mi memoria, pero no pude hacerlo. Así que hice lo que mejor sabía hacer: huir. Giré mi cuerpo en dirección contraria y me encaminé hacia cualquier lugar, lejos de aquel extraño. Cuando me percaté de que me seguía, aceleré mi paso hasta el punto de ponerme a correr por la acera mientras esquivaba a los transeúntes. Pero cometí el error de mirar hacia atrás para comprobar cuánta ventaja le sacaba. Aquello, pero sobre todo mi estado físico, provocó que perdiera la referencia mientras corría y acabé chocando con una farola.

Endolorida y en el suelo, mostraba una imagen pésima. Pero al extraño no le importó, sino que incrementó su velocidad cuando me vio caer. No sé si fue por verme atrapada ya o porque realmente estaba preocupado ante el incidente. La cuestión es que me alcanzó.

-¿Estás bien? -preguntó en un susurro, pero su voz sonó con un timbre musical.

Aparté bruscamente su brazo cuando intentó ayudarme a levantar. Ante aquel gesto, él retrocedió un único paso, pero no se marchó. La gente miraba la escena con indiferencia, sólo unos pocos mostraban algo de interés, aunque era más por curiosear que por otra cosa.

-¡Déjame! -le increpé mientras llevaba mi mano derecha a la frente. Un dolor atroz laceraba mi cabeza e intenté calmarlo con aquel gesto.

-Estás sangrando -me indicó en cuando retiré la mano. Y era verdad. Mis dedos estaban cubiertos por aquel líquido rojizo que tantas nauseas me producía.

Sufrí un vahído ante su visión que a punto estuvo de enviarme de nuevo al suelo, pero el extraño se movió con una increíble rapidez y evitó otra caída por mi parte. Mientras estaba en sus brazos, posó su mano sobre la herida, y una extraña sensación de calidez y bienestar me invadió desde la zona de contacto hasta el resto del cuerpo.

Conseguí llegar a un banco con su ayuda, donde me senté para recuperarme. Él hizo lo propio, situándose a mi lado. Me negaba a mirarlo por miedo a que fuera algún trastornado y no quería avivar su locura, pero tras su contacto, un bienestar extraño me incitaba a saber más de él.

-Gracias -conseguí balbucear. Él simplemente sonrió-. Por todo -añadí pasados unos segundos-. Porque supongo que has sido tú quien ha pagado mi fianza -pero no estaba segura de sentir verdadera gratitud. Simplemente había hablado por romper el incómodo silencio que se había adueñado de los dos.

-No es nada…

No le dejé terminar.

-¿Por qué lo has hecho? -aquello era más una recriminación que una pregunta, pero él no pareció darse cuenta, o si lo hizo, no le importó.

No contestó, sino que se quedó con la mirada fija en algún punto indeterminado frente a él. Aquello me exhortaba a mantenerme en mi pensamiento inicial. Aquel hombre parecía un loco, pero sentía un impedimento a apartarme de él ahora.

-¿Quieres comer algo? -dijo pasados unos segundos, sin mover su rostro del lugar donde tuviera fijos los ojos-. Necesitas reponer fuerzas. Y seguro que después de lo que has pasado, tienes hambre.

Abrí la boca para rechazar su invitación, todavía temerosa de él, pero entonces mis tripas me traicionaron de forma malévola y emitieron un largo quejido.

-Tomaré eso como un sí -sentenció mientras ahora sí me miraba y sonreía.

Cuando me di cuenta, estaba siguiendo sus pasos hacia donde me estuviera llevando. Había caído en su trampa. Una trampa que le salpicó a él mismo.

Después de aquel desayuno, llegaron otros muchos. A veces igual a aquel primero, con paso previo por el cuartelillo incluido. Otras, algo más calmado. Pero aquellos encuentros fueron el principio de algo que nunca hubiese imaginado que ocurriera.

Erz, como así le gustaba que le llamaran, consiguió entrar en mi vida a hurtadillas, aunque yo nunca entendí por qué. Y esa fue su perdición. Mi vida no valía nada. Yo misma no valía nada. Mis excesos y mis vicios me convertían en una persona difícil de tratar y de entender. Pero a él no le importaba. Su vicio era yo, fuera lo que fuera que le extasiara de mi.

Con el paso del tiempo, él se integró en mi rutina de forma más intensa. Frecuentaba mis rincones, trataba a mi gente… y finalmente compartió mis costumbres, mis funestas costumbres. Primero fue una calada. Más tardes llegó la primera línea. Y finalmente también le dió al pico. Pero a él no parecía afectarle como al resto. Nada le dañaba, al menos no como a mi. Lo único en que salía perdiendo era en el dinero que se marchaba incluso antes de entrar.

Pasamos tiempos difíciles, durmiendo en los parques, comiendo de la basura, huyendo de la policía. Pero nunca se separó de mi. Por mi parte, yo me había vuelto dependiente de él, hasta el punto que ya no concebía mi existencia en su ausencia.

Entonces se me ocurrió el magnífico plan de obtener dinero de forma fácil. Mis habituales prácticas de tirar del bolso no nos proporcionaban el dinero suficiente. Así que decidí ir más allá. Los dos entramos en una sucursal durante la hora punta. Lógicamente, estaba abarrotada de gente, pero aquello no me paró. Él sólo me seguía, como hacía siempre. Me acerqué al mostrador más próximo y agarré a la cajera de la blusa. Cuando se percató de lo que ocurría, ya tenía mi navaja puesta en su garganta. El resto fue evidente. La gente huyó despavorida mientras los demás trabajadores intentaban persuadirme de mis intenciones. Pero yo no prestaba oídos a nadie. Sólo quería lo que había venido a buscar, el dinero.

Como era lógico, la exigua minuciosidad que puse en aquel plan me evitó prever la presencia del guardia jurado. Éste, por su parte, se comportó como el vaquero que era y no dudó en extraer su arma para apuntarme. Me lanzó varias órdenes entre gritos, mientras me exigía que soltara mi navaja. Cuando quedó patente que no iba a hacerle caso, se produjo el hecho que lo cambió todo.

El muy gilipollas apretó el gatillo, pero ni si quiera entonces le presté atención. Sólo cuando el cuerpo de alguien se desplomó sobre mí, perdí un efímero segundo en desviar la atención de mi presa. Allí en el suelo, cubierto por aquel asqueroso líquido que me repugnaba, yacía Erz, totalmente inmóvil. En aquella ocasión no me desmayé ante la visión del fluido rojo. Y supe que lo único que me mantuvo despierta fue verle a él sin vida. Entonces, solté el cuchillo y me abalancé sobre su pecho, pero él ya se había marchado.

La decisión fue fácil de tomar entonces. Sé que nunca lo habría hecho por mí, sino que fue él el que me hizo tomarla después de aquello.

Han pasado seis años desde aquello. He vuelto a pisar la calle después de mi encarcelamiento, y lo primero que he hecho es acudir al cementerio para ver su tumba. Le traigo dos obsequios. Más bien un recuerdo y un presente. El futuro ya vendrá, pero sin él.

Cuando entró en mi vida, produjo un cambio del que nunca me percaté hasta aquel día. Eso fue el detonante. Ahora tengo un trabajo de mierda, de limpiadora, que me dará para ir tirando. Cosas del sistema de reinserción. Es el primer paso de mi nuevo camino. Espero no volver atrás. Debo hacerlo por él, por su sacrificio.

Siempre me decía lo mismo. Pero se marchó para que yo lo entendiera. Por eso ahora lo pone en su lápida, para recordármelo cada vez que necesito verle de nuevo.

• • •

Rafael esperó a que la mujer se marchara. Cuando lo hizo, se acercó a la tumba. Allí, sobre la lápida, una rosa negra y una punta de bala aplastada, descansaban junto a la inscripción que había cincelada en ella:

En las cenizas del fracaso está la sabiduría.

El hombre sólo le prestó atención un segundo.

-Fue tu decisión, Gabriel. Al final, conseguiste lo que querías. Sacrificar tu eternidad. Espero que el amor haya valido la pena.

• • •

Tributo a Amaral.





La decisión de su (mi) vida

8 09 2016

La primera vez que lo vi fue una noche de las ya tan habituales en mi vida. Me encontraba en el garito que solía frecuentar cuando todo se torció. La policía llegó a los pocos minutos y entró allí con ganas de bronca. Después de todo, estaban habituados a los problemas que causábamos. Todo acabó como las otras veces. La mayoría de los presentes consiguió escapar, pero yo, debido a mi estado, fui detenida y metida en un coche patrulla. Y entonces hizo su aparición él, de igual forma que hace el sol mientras amanece tras una noche de fuerte tormenta, tímidamente, casi con temor, pero seguro de lo que quería hacer. Estuvo hablando con el agente durante un buen rato. Yo no pude oír lo que decían, no me encontraba en condiciones para ello. Pero sí me percaté de que hablaron de mi. Cuando terminaron, él se quedó mirando como el vehículo se marchaba conmigo dentro, mientras yo perdía su figura en la lejanía y las brumas de mi mermado entendimiento me impedían fijar su recuerdo.

La segunda vez fue a la mañana siguiente, pero yo ya me había olvidado de él. Pasé el resto de la noche en el calabozo, un lugar que se había convertido en mi segundo hogar de un tiempo a esta parte. Cuando llegó la mañana, uno de los agentes abrió mi celda y me informó que estaba libre y que alguien había pagado mi fianza. Aunque no recordaba por qué estaba allí, casi con seguridad por lo de siempre, sí estaba segura que ninguno de los otros habría hecho aquel esfuerzo por apiadarse de mi, así que me extrañé ante aquella revelación.

Al salir de la comisaría él estaba esperándome. Era alto y delgado, no muy musculoso, pero fibroso, como denotaban sus brazos. Su rostro era de una belleza sutil, sin ser realmente atractivo. Su cabello era de un tono pajizo, y sus cejas rubias enmarcaban unos ojos azules como el cielo límpido de aquella mañana, pero con iridiscencias grises, como la tormenta pasada. Llevaba unos vaqueros y una camiseta negra con un símbolo extraño dibujado mediante palabras en otro lenguaje. Me resultó familiar, pero no conseguí ubicarlo; quizás lo hubiera visto en televisión o en algún escaparate. El símbolo, no la persona.

Cuando se percató de mi presencia, todo su cuerpo se tensó. Levantó su mano derecha a modo de saludo, pero lo hizo con timidez. Me quedé mirándolo unos segundo más, intentando ubicarlo en mi memoria, pero no pude hacerlo. Así que hice lo que mejor sabía hacer: huir. Giré mi cuerpo en dirección contraria y me encaminé hacia cualquier lugar, lejos de aquel extraño. Cuando me percaté de que me seguía, aceleré mi paso hasta el punto de ponerme a correr por la acera mientras esquivaba a los transeúntes. Pero cometí el error de mirar hacia atrás para comprobar cuánta ventaja le sacaba. Aquello, pero sobre todo mi estado físico, provocó que perdiera la referencia mientras corría y acabé chocando con una farola.

Endolorida y en el suelo, mostraba una imagen pésima. Pero al extraño no le importó, sino que incrementó su velocidad cuando me vio caer. No sé si fue por verme atrapada ya o porque realmente estaba preocupado ante el incidente. La cuestión es que me alcanzó.

-¿Estás bien? -preguntó en un susurro, pero su voz sonó con un timbre musical.

Aparté bruscamente su brazo cuando intentó ayudarme a levantar. Ante aquel gesto, él retrocedió un único paso, pero no se marchó. La gente miraba la escena con indiferencia, sólo unos pocos mostraban algo de interés, aunque era más por curiosear que por otra cosa.

-¡Déjame! -le increpé mientras llevaba mi mano derecha a la frente. Un dolor atroz laceraba mi cabeza e intenté calmarlo con aquel gesto.

-Estás sangrando -me indicó en cuando retiré la mano. Y era verdad. Mis dedos estaban cubiertos por aquel líquido rojizo que tantas nauseas me producía.

Sufrí un vahído ante su visión que a punto estuvo de enviarme de nuevo al suelo, pero el extraño se movió con una increíble rapidez y evitó otra caída por mi parte. Mientras estaba en sus brazos, posó su mano sobre la herida, y una extraña sensación de calidez y bienestar me invadió desde la zona de contacto hasta el resto del cuerpo.

Conseguí llegar a un banco con su ayuda, donde me senté para recuperarme. Él hizo lo propio, situándose a mi lado. Me negaba a mirarlo por miedo a que fuera algún trastornado y no quería avivar su locura, pero tras su contacto, un bienestar extraño me incitaba a saber más de él.

-Gracias -conseguí balbucear. Él simplemente sonrió-. Por todo -añadí pasados unos segundos-. Porque supongo que has sido tú quien ha pagado mi fianza -pero no estaba segura de sentir verdadera gratitud. Simplemente había hablado por romper el incómodo silencio que se había adueñado de los dos.

-No es nada…

No le dejé terminar.

-¿Por qué lo has hecho? -aquello era más una recriminación que una pregunta, pero él no pareció darse cuenta, o si lo hizo, no le importó.

No contestó, sino que se quedó con la mirada fija en algún punto indeterminado frente a él. Aquello me exhortaba a mantenerme en mi pensamiento inicial. Aquel hombre parecía un loco, pero sentía un impedimento a apartarme de él ahora.

-¿Quieres comer algo? -dijo pasados unos segundos, sin mover su rostro del lugar donde tuviera fijos los ojos-. Necesitas reponer fuerzas. Y seguro que después de lo que has pasado, tienes hambre.

Abrí la boca para rechazar su invitación, todavía temerosa de él, pero entonces mis tripas me traicionaron de forma malévola y emitieron un largo quejido.

-Tomaré eso como un sí -sentenció mientras ahora sí me miraba y sonreía.

Cuando me di cuenta, estaba siguiendo sus pasos hacia donde me estuviera llevando. Había caído en su trampa. Una trampa que le salpicó a él mismo.

Después de aquel desayuno, llegaron otros muchos. A veces igual a aquel primero, con paso previo por el cuartelillo incluido. Otras, algo más calmado. Pero aquellos encuentros fueron el principio de algo que nunca hubiese imaginado que ocurriera.

Erz, como así le gustaba que le llamaran, consiguió entrar en mi vida a hurtadillas, aunque yo nunca entendí por qué. Y esa fue su perdición. Mi vida no valía nada. Yo misma no valía nada. Mis excesos y mis vicios me convertían en una persona difícil de tratar y de entender. Pero a él no le importaba. Su vicio era yo, fuera lo que fuera que le extasiara de mi.

Con el paso del tiempo, él se integró en mi rutina de forma más intensa. Frecuentaba mis rincones, trataba a mi gente… pero nunca compartió mis vicios, al menos no como yo. Él estaba siempre a mi lado, recogiéndome en mis caida, levantándome, cosa que yo hacía muy seguido. Pero no parecía importarle. Lo único en que salía perdiendo era en el dinero que se marchaba incluso antes de entrar.

Pasamos tiempos difíciles, durmiendo en los parques, comiendo de la basura, huyendo de la policía. Pero nunca se separó de mi. Por mi parte, yo me había vuelto dependiente de él, hasta el punto que ya no concebía mi existencia en su ausencia.

Entonces se me ocurrió el magnífico plan de obtener dinero de forma fácil. Mis habituales prácticas de tirar del bolso no nos proporcionaban el dinero suficiente. Así que decidí ir más allá. Los dos entramos en una sucursal durante la hora punta. Lógicamente, estaba abarrotada de gente, pero aquello no me paró. Él sólo me seguía, como hacía siempre. Me acerqué al mostrador más próximo y agarré a la cajera de la blusa. Cuando se percató de lo que ocurría, ya tenía mi navaja puesta en su garganta. El resto fue evidente. La gente huyó despavorida mientras los demás trabajadores intentaban persuadirme de mis intenciones. Pero yo no prestaba oídos a nadie. Sólo quería lo que había venido a buscar, el dinero.

Como era lógico, la exigua minuciosidad que puse en aquel plan me evitó prever la presencia del guardia jurado. Éste, por su parte, se comportó como el vaquero que era y no dudó en extraer su arma para apuntarme. Me lanzó varias órdenes entre gritos, mientras me exigía que soltara mi navaja. Cuando quedó patente que no iba a hacerle caso, se produjo el hecho que lo cambió todo.

El muy gilipollas apretó el gatillo, pero ni si quiera entonces le presté atención. Sólo cuando el cuerpo de alguien se desplomó sobre mí, perdí un efímero segundo en desviar la atención de mi presa. Allí en el suelo, cubierto por aquel asqueroso líquido que me repugnaba, yacía Erz, totalmente inmóvil. En aquella ocasión no me desmayé ante la visión del fluido rojo. Y supe que lo único que me mantuvo despierta fue verle a él sin vida. Entonces, solté el cuchillo y me abalancé sobre su pecho, pero él ya se había marchado.

La decisión fue fácil de tomar entonces. Sé que nunca lo habría hecho por mí, sino que fue él el que me hizo tomarla después de aquello.

Han pasado seis años desde aquello. He vuelto a pisar la calle después de mi encarcelamiento, y lo primero que he hecho es acudir al cementerio para ver su tumba. Le traigo dos obsequios. Más bien un recuerdo y un presente. El futuro ya vendrá, pero sin él.

Cuando entró en mi vida, produjo un cambio del que nunca me percaté hasta aquel día. Eso fue el detonante. Ahora tengo un trabajo de mierda, de limpiadora, que me dará para ir tirando. Cosas del sistema de reinserción. Es el primer paso de mi nuevo camino. Espero no volver atrás. Debo hacerlo por él, por su sacrificio.

Siempre me decía lo mismo. Pero se marchó para que yo lo entendiera. Por eso ahora lo pone en su lápida, para recordármelo cada vez que necesito verle de nuevo.

• • •

Rafael esperó a que la mujer se marchara. Cuando lo hizo, se acercó a la tumba. Allí, sobre la lápida, una rosa negra y una punta de bala aplastada, descansaban junto a la inscripción que había cincelada en ella:

“En las cenizas del fracaso está la sabiduría”

El hombre sólo le prestó atención un segundo.

-Fue tu decisión, Gabriel. Al final, conseguiste lo que querías. Sacrificar tu eternidad. Espero que el amor haya valido la pena.

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Tributo a Amaral.





Foscor

22 02 2016

La nit estava avançada. La foscor oprimia el lloc. El vent engrunsava branques i fulles, produint un so molest. La jove s’acostà a la vora del riu. Es demorà uns segons, quieta, observant l’objecte que hi havia en la seua mà. Un anell, llis, d’or, sense adorn o disseny decoratiu. Era un regal d’algú que ja no importava. Una forta ràfega feu que els cabells se l’arremolinaren. L’aire era fred. La jove s’abrigà entre les vestidures. Llançà el braç cap arrere i l’estengué cap avant. La joia eixí despedida de la seua mà i solcà l’aire cap al centre de les aigües. Quan impactà en elles, es tornaren negres. Ho percebé inclús amb la negror del bosc. Esta es fou estenent a la resta del riu. Quan els marges començaren a enfosquir-se, la jove començà a preocupar-se. Però no podia moure’s. La foscor arribà als seus peus. S’enfilà per les cames, per la cintura. Intentà cridar, però la veu se li trencà com si fora un vidre. Cap so sorgí de la seua gola. La negror arribà al coll i l’emboicà de la mateixa manera que a la resta del cos. Quan invadí el seu rostre, la seua veu a la fi pogué llançar un alarit de pànic. Però ningú allí l’escoltà…





Tarde de té

24 10 2015

Capítulo uno: él.

Andaba apresurado entre el gentío. Su premura se debía a que el autobús había tardado más de lo habitual en realizar su recorrido. A aquellas horas, muchas personas volvían a casa después del trabajo y la mayoría de ellos lo hacía con sus vehículos particulares. No obstante, aquella tarde las calles también estaban abarrotadas de gente, a pesar del frío que hacía en la ciudad. La mortecina luz de las farolas, con su tonalidad incandescente, daba un aspecto de estampa navideña al lugar.

Esquivó a una pareja que caminaba sin rumbo aparente, cogidos de la mano, y se introdujo en el Carrer del Micalet. A su derecha quedó la Puerta de los Hierros y el campanario que daba nombre a la calle. Como siempre, aquel pequeño callejón también estaba concurrido de viandantes. Cuando entró en la Plaça de la Verge, ésta mostraba la misma imagen de abarrotamiento. Pero el hombre no le prestó ninguna atención al lugar.

Sus piernas se dirigieron hacia su izquierda. Subieron los pocos peldaños que circundaban aquella parte de la plaza y se encaró hacia el edificio más inmediato. Allí, en uno de los bajos de la finca, una pequeña tetería regentaba el local comercial. Por fortuna para el hombre, en la terraza todavía quedaba una mesa libre, la suya. Con premura, se abalanzó sobre ella y se sentó en una de las sillas de mimbre.

Algo jadeante por el esfuerzo de su prisa, extrajo el móvil de su bolsillo. Tras encenderlo pudo comprobar en la pantalla que todavía faltaba un par de minutos para que fueran las siete de la tarde. Suspiró aliviado, pues aún no había llegado la hora que tanto esperaba.

A los pocos segundos, un camarero le tomó nota de su pedido. Aquella tarde le apetecía algo fuerte, así que pidió un té negro con frutos del bosque. Para endulzarlo eligió miel de espliego. La mezcla era atrevida y denotaba un choque de características que parecían no encajar a priori. El té negro tenía un sabor potente, más que sus hermanos de otros colores. El nivel de oxidación de sus componentes le conferían esta característica. Además, su contenido en teína era mayor. Por contra, la miel de espliego tenía virtudes relajantes, lo cual contrarrestaría los efectos de la teína.

El camarero volvió enseguida y dejó lo que traía entre manos en la mesa, una pequeña tetera con humeante té caliente, una taza a juego y un tarrito de miel acompañado de un dispensador de madera. Ya solo, el hombre vertió el té en la taza de porcelana y la rodeó con sus manos, disfrutando así del calor que todavía desprendía la bebida. En la calle hacía frío, por lo que aquel gesto le reconfortó unos segundos. Acto seguido, acercó el tazón a su nariz y olfateó el aroma que desprendía el té. La mezcla de frutas del bosque le daba un olor dulzón, además de un color morado oscuro. Después de dejar la taza en la mesa, se acercó el tarrito de miel y con el dispensador, vertió tres cucharadas del espeso líquido nacarado. Le gustaba dulce, por lo que no tuvo reparo en añadir tanta miel.

Y así, con su bebida ya preparada y después de tomar un primer sorbo, se dispuso a contemplar la plaza. La misma luz anaranjada que le había acompañado en su viaje hasta allí, inundaba también todo el perímetro del lugar. Incluso la fuente que se encontraba a su izquierda estaba iluminada con el mismo tono. Muchos eran los visitantes que venían a disfrutar de ella, pero pocos conocían el significado de tan hermosa escultura. En ella se podía ver a una figura varonil en posición sedente, completamente de bronce. La figura representaba al río Turia, que en el pasado había dividido con sus aguas en dos la ciudad. Estaba asentado sobre un pedestal de mármol y en una de sus manos sostenía el cuerno de Amaltea, del que desbordaban los frutos de la huerta valenciana. A su alrededor, también sobre pedestales, se encontraban ocho figuras femeninas de bronce. Eran jóvenes desnudas, peinadas al estilo de las antiguas labradoras valencianas. Estas ocho estatuas representaban a las ocho acequias que obtenían su agua del río. Ahora, igual que cualquier otro día, diversas personas se tomaban fotografía sentados en ella.

Pero la plaza tenía otros atractivos. Frente a él estaba ubicada la Basílica de la Virgen de los Desamparados, patrona de todos los valencianos. Justo a la derecha de ésta, separada por un estrecho callejón, se encontraba la Catedral de Santa María, con su impresionante campanario, el Miguelete, sobresaliendo por encima de todos los tejados de los edificios del lugar. En frente de la catedral, la sed del Tribunal de las Aguas, un antiguo tribunal que databa de muchos siglos atrás, y que discernía todas las disputas relacionadas con las aguas de la huerta valenciana, precisamente, las que pertenecían a las ocho acequias representadas por la fuente. Y atrás suyo de donde él estaba sentado, estaba el edificio del Palacio de la Generalitat.

Pero todo aquello dejó de tener sentido cuando ella apareció. Lo hizo por la callejuela que separaba la Basílica de la Catedral. Su andar era pausado, rítmico, carente de premura. El hombre se quedó embelesado mientras la observaba, pero a la vez disimulaba sus gestos para evitar que le sorprendiera. Descubrió que la mujer vestía una blusa blanca bajo la ropa de abrigo. La prenda hacía juego con la falda que envolvía sus piernas.

Cada tarde desde hacía un tiempo, el hombre se acercaba hasta aquella pequeña tetería para esperar ver llegar a la mujer. Y desde su asiento en la terraza la contemplaba con adoración, como si se tratase de la misma Virgen que los valencianos adoraban. Pero su atrevimiento terminaba ahí, pues nunca encontraba el valor para acercarse a ella.

Cuando la mujer se aproximó a su mesa, volvió el gesto para evitar que sus miradas se cruzaran. En el fondo sabía que aquello no ocurría jamás, ya que ella nunca parecía percatarse de su presencia. Aspiró su perfume cuando pasó al lado suyo. Olía de forma dulzona, a flores frescas. Cuando por fin se alejó, se atrevió de nuevo a mirarla. Lo hizo en el preciso momento en que giraba por la esquina de la calle Caballeros. Por un instante, le pareció vislumbrar una fugaz mirada. Pero enseguida desechó aquella idea.

Ya nada le retenía en aquel lugar. No obstante, mañana todavía sería viernes, así que volvería de nuevo allí, para contemplarla otra vez. Apuró su taza de té y se levantó, dispuesto a marcharse, con la vana esperanza de encontrar el valor necesario la próxima vez.

Capítulo dos: ella.

Estaba cansada, la jornada había sido complicada en la oficina y por un momento se sintió tentada de quedarse hasta más tarde para terminar la faena. Pero al final decidió marcharse, en el fondo no quería pasar más tiempo allí.

Ahora caminaba por el Carrer del Palau. A su izquierda quedaba el Palacio Arzobispal, con su imponente fachada de ladrillo rojo. Aquí y allí podían observarse diseños en piedra caliza que enmarcaban el ladrillo visto. Parecían pequeñas pinceladas que rompían la monotonía del color predominante del edificio.

Sus pasos la llevaron hacia la Plaça de l’Almoina, un punto clave en el pasado de la ciudad. Estuvo regentada por el foro romano durante aquel periodo histórico. Más tarde contuvo las primeras iglesias de los diferentes reinos que ocuparon la ciudad. Ahora, era una plaza restaurada bajo la que se encontraba un importante yacimiento arqueológico. Además, muchos viandantes la cruzaban en dirección a donde les llevaran sus andares. También podía observarse a un músico callejero que tocaba su violín. El instrumento estaba algo desvencijado y parecía haber vivido tiempos mejores. Pero las notas de música que el artista extraía de sus cuerdas, conferían una estampa idílica al lugar. Aquel efecto estaba acompañado por la mortecina luz anaranjada de las farolas.

La mujer se detuvo unos segundos a disfrutar de la música. El hombre, un anciano ya, tocaba con maestría, de forma pausada, tomándose su tiempo en cada nota. La pieza era triste y melancólica, y la mujer se estremeció al escucharla. Al cabo de un para de minutos, el anciano alargó el arco, haciendo que el instrumento emitiera una larga nota, finalizando así su interpretación. Muchas personas fueron las que después de aquello se acercaron a depositar unas pocas monedas en el estuche que descansaba en el suelo, frente a él. La mujer hizo lo mismo, mientras le sonreía. Después de aquello, se marchó.

Antes de ponerse en marcha, se adecentó un poco la ropa. Lo hizo de forma nerviosa, por lo que tuvo que repetir el gesto varias veces. Después de todo, pronto llegaría el motivo por el que había decidido dejar pendiente su trabajo para el día siguiente. Se alisó la falda, reubicó el cuello de la blusa que llevaba esa tarde y se ajustó la chaqueta sobre su figura. Acto seguido, extrajo de su bolso un pequeño frasco de perfume y se roció unas pocas gotas. Cuando consideró que ya estaba aseada, reanudó su marcha.

Giró hacia la izquierda y enfiló el pequeño callejón que separaba la Catedral de la Basílica. Gastó un efímero segundo en recordar sus pasos por aquella misma callejuela durante su niñez, cuando fue fallera e iba a llevar flores a la Virgen, durante la Ofrena. Igual que entonces, su caminar se vió acompañado de un nerviosismo creciente, una sensación que no le permitió dirigir su atención hacia su principal interés en aquel momento. Por contra, se recreó en el paisaje urbano de la plaza en la que ahora entraba, y que en su recuerdo estaba coronado por el enorme cadafal de madera que formaba la figura de la Virgen. Aquí también la gente abarrotaba el lugar, algunos de vuelta a casa después del trabajo, buscando tan merecido descanso, y otros disfrutando de su tiempo de ocio. Siempre le había llamado la atención la fuente que regentaba el lugar. Conocía su historia y su simbología, y le parecía un monumento muy acertado para homenajear a la mayor fuente de vida de la ciudad, el Río Turia.

Pero al final tuvo que armarse de valor y dirigió su mirada hacia la pequeña tetería que había unos metros más al fondo. Su corazón empezó a palpitar con fuerza y el pulso se le aceleró. Él estaba allí, como cada tarde. Su aspecto era el mismo de siempre, impecable y sereno. Iba ataviado con una sencilla gabardina que lo protegía de la helor que imperaba a aquellas horas de la tarde. Como cada vez que se cruzaba con él, disfrutaba de un té caliente que sorbía con pausa.

Se dirigió hacia aquella zona, cruzando toda la plaza e intentando que sus pasos parecieran tranquilos. Y justo en aquel momento, el hombre lanzó su mirada hacia donde se encontraba ella. La mujer, por contra, apartó la suya con premura, intentando disimular su anterior gesto de observación. Deseó que no descubriera en ella la rojez que se estaba adueñando de su semblante.

Justo cuando se acercó hasta él, el hombre volvió su cabeza, de nuevo prestando toda su atención al té. Ella subió los pocos escalones que había en aquella parte de la plaza y pasó al lado de la mesa en la que estaba sentado. Un ligero aroma afrutado penetró por sus fosas nasales. Después, unas reminiscencias florares, de lavanda o espliego, sustituyeron a la fragancia de frutas del bosque inicial. La mezcla le agradó y tomó nota mental de ella para probarla en un futuro.

Pero el instante mágico pasó en seguida y la mujer dejó atrás al hombre. Todas las tardes, él estaba sentado en la misma mesa y se tomaba un té caliente. Desde que lo vio por primera vez, una sensación extraña embriagó su corazón, provocando que ella adecuara su rutina para cruzarse con él todas las tardes. Pero estaba segura que el hombre nunca se percataba de su presencia. A veces se sentía tentada a pararse y preguntarle algo, cualquier cosa, por el simple hecho de iniciar una conversación que posibilitase una relación, de la índole que fuera, entre ellos. Pero siempre desechaba la idea, temerosa de una negativa por su parte.

Llegaba ya a la esquina de la Calle Caballeros cuando se atrevió a girar la cabeza una última vez. Durante un efímero instante, creyó descubrir que el hombre la contemplaba. Pero la imagen escapó de su campo visual cuando torció el edificio. Suspiró, más para calmarse que por otra cosa. Pero aquel gesto denotaba muchos sentimientos a la vez.

Ya pasado su anhelo, sus pasos se tornaron más rápidos. Mañana sería viernes, así que volvería a cruzarse con el hombre, como cada tarde.





Concurso de fotografía de la ACAA

10 09 2015

La fotografía que podéis ver abajo ha sido galardonada con el tercer premio en el concurso de fotografía digital de la Asociación Cultural Amigos de Alpuente, sobre arquitectura rural de la Comunidad Valenciana.

Foto 3