La copa de vino

5 12 2016

El origen de todos sus males aquella noche se encontraba tirado en el suelo, en una posición que no dejaba lugar a dudas. Estaba muerto. Ante sí tenía el cadáver de una importante persona de la cual no había oído hablar hasta hacía unas horas. Pero si los jefazos le habían llamado a él, la cosa pintaba mal. Sentada junto al sillón más próximo se encontraba el ama de llaves, una anciana que había tenído la sensatez de no llamar a la policía primero. Pero no estaba sola. Poco después de su llegada también lo hizo el resto de la familia: su mujer, una snob que se encontraba con sus amigas snobs en una reunión snob cuando encontraron a su marido; y sus hijos, unos personajillos demasiado jóvenes y con demasiado dinero para que aquello les importase. Junto al hombre importante había una copa de cristal fino hecha añicos y que desparramaba su contenido sobre la cara alfombra que vestía el suelo. Se acercó a la botella de la que había bebido la copa y olisqueó su contenido. La calidad del caldo denotaba que él nunca podría permitirse un vino D.O. de tal calibre. Incluso con lo cargada de la atmósfera percibía el aroma a cacahuetes. Aquello atrajo su atención. ¿No había dicho la anciana que sufría alergia a ellos? Aquello abría un sinfín de preguntas. ¡Dios! Qué viejo estaba para aquello, pensó mientras miraba con renovado interés a sus acompañantes.

Anuncios




La decisión de su (mi) vida

11 09 2016

La primera vez que lo vi fue una noche de las ya tan habituales en mi vida. Me encontraba en el garito que solía frecuentar cuando todo se torció. La policía llegó a los pocos minutos y entró allí con ganas de bronca. Después de todo, estaban habituados a los problemas que causábamos. Todo acabó como las otras veces. La mayoría de los presentes consiguió escapar, pero yo, debido a mi estado, fui detenida y metida en un coche patrulla. Y entonces hizo su aparición él, de igual forma que hace el sol mientras amanece tras una noche de fuerte tormenta, tímidamente, casi con temor, pero seguro de lo que quería hacer. Estuvo hablando con el agente durante un buen rato. Yo no pude oír lo que decían, no me encontraba en condiciones para ello. Pero sí me percaté de que hablaron de mi. Cuando terminaron, él se quedó mirando como el vehículo se marchaba conmigo dentro, mientras yo perdía su figura en la lejanía y las brumas de mi mermado entendimiento me impedían fijar su recuerdo.

La segunda vez fue a la mañana siguiente, pero yo ya me había olvidado de él. Pasé el resto de la noche en el calabozo, un lugar que se había convertido en mi segundo hogar de un tiempo a esta parte. Cuando llegó la mañana, uno de los agentes abrió mi celda y me informó que estaba libre y que alguien había pagado mi fianza. Aunque no recordaba por qué estaba allí, casi con seguridad por lo de siempre, sí estaba segura que ninguno de los otros habría hecho aquel esfuerzo por apiadarse de mi, así que me extrañé ante aquella revelación.

Al salir de la comisaría él estaba esperándome. Era alto y delgado, no muy musculoso, pero fibroso, como denotaban sus brazos. Su rostro era de una belleza sutil, sin ser realmente atractivo. Su cabello era de un tono pajizo, y sus cejas rubias enmarcaban unos ojos azules como el cielo límpido de aquella mañana, pero con iridiscencias grises, como la tormenta pasada. Llevaba unos vaqueros y una camiseta negra con un símbolo extraño dibujado mediante palabras en otro lenguaje. Me resultó familiar, pero no conseguí ubicarlo; quizás lo hubiera visto en televisión o en algún escaparate. El símbolo, no la persona.

Cuando se percató de mi presencia, todo su cuerpo se tensó. Levantó su mano derecha a modo de saludo, pero lo hizo con timidez. Me quedé mirándolo unos segundo más, intentando ubicarlo en mi memoria, pero no pude hacerlo. Así que hice lo que mejor sabía hacer: huir. Giré mi cuerpo en dirección contraria y me encaminé hacia cualquier lugar, lejos de aquel extraño. Cuando me percaté de que me seguía, aceleré mi paso hasta el punto de ponerme a correr por la acera mientras esquivaba a los transeúntes. Pero cometí el error de mirar hacia atrás para comprobar cuánta ventaja le sacaba. Aquello, pero sobre todo mi estado físico, provocó que perdiera la referencia mientras corría y acabé chocando con una farola.

Endolorida y en el suelo, mostraba una imagen pésima. Pero al extraño no le importó, sino que incrementó su velocidad cuando me vio caer. No sé si fue por verme atrapada ya o porque realmente estaba preocupado ante el incidente. La cuestión es que me alcanzó.

-¿Estás bien? -preguntó en un susurro, pero su voz sonó con un timbre musical.

Aparté bruscamente su brazo cuando intentó ayudarme a levantar. Ante aquel gesto, él retrocedió un único paso, pero no se marchó. La gente miraba la escena con indiferencia, sólo unos pocos mostraban algo de interés, aunque era más por curiosear que por otra cosa.

-¡Déjame! -le increpé mientras llevaba mi mano derecha a la frente. Un dolor atroz laceraba mi cabeza e intenté calmarlo con aquel gesto.

-Estás sangrando -me indicó en cuando retiré la mano. Y era verdad. Mis dedos estaban cubiertos por aquel líquido rojizo que tantas nauseas me producía.

Sufrí un vahído ante su visión que a punto estuvo de enviarme de nuevo al suelo, pero el extraño se movió con una increíble rapidez y evitó otra caída por mi parte. Mientras estaba en sus brazos, posó su mano sobre la herida, y una extraña sensación de calidez y bienestar me invadió desde la zona de contacto hasta el resto del cuerpo.

Conseguí llegar a un banco con su ayuda, donde me senté para recuperarme. Él hizo lo propio, situándose a mi lado. Me negaba a mirarlo por miedo a que fuera algún trastornado y no quería avivar su locura, pero tras su contacto, un bienestar extraño me incitaba a saber más de él.

-Gracias -conseguí balbucear. Él simplemente sonrió-. Por todo -añadí pasados unos segundos-. Porque supongo que has sido tú quien ha pagado mi fianza -pero no estaba segura de sentir verdadera gratitud. Simplemente había hablado por romper el incómodo silencio que se había adueñado de los dos.

-No es nada…

No le dejé terminar.

-¿Por qué lo has hecho? -aquello era más una recriminación que una pregunta, pero él no pareció darse cuenta, o si lo hizo, no le importó.

No contestó, sino que se quedó con la mirada fija en algún punto indeterminado frente a él. Aquello me exhortaba a mantenerme en mi pensamiento inicial. Aquel hombre parecía un loco, pero sentía un impedimento a apartarme de él ahora.

-¿Quieres comer algo? -dijo pasados unos segundos, sin mover su rostro del lugar donde tuviera fijos los ojos-. Necesitas reponer fuerzas. Y seguro que después de lo que has pasado, tienes hambre.

Abrí la boca para rechazar su invitación, todavía temerosa de él, pero entonces mis tripas me traicionaron de forma malévola y emitieron un largo quejido.

-Tomaré eso como un sí -sentenció mientras ahora sí me miraba y sonreía.

Cuando me di cuenta, estaba siguiendo sus pasos hacia donde me estuviera llevando. Había caído en su trampa. Una trampa que le salpicó a él mismo.

Después de aquel desayuno, llegaron otros muchos. A veces igual a aquel primero, con paso previo por el cuartelillo incluido. Otras, algo más calmado. Pero aquellos encuentros fueron el principio de algo que nunca hubiese imaginado que ocurriera.

Erz, como así le gustaba que le llamaran, consiguió entrar en mi vida a hurtadillas, aunque yo nunca entendí por qué. Y esa fue su perdición. Mi vida no valía nada. Yo misma no valía nada. Mis excesos y mis vicios me convertían en una persona difícil de tratar y de entender. Pero a él no le importaba. Su vicio era yo, fuera lo que fuera que le extasiara de mi.

Con el paso del tiempo, él se integró en mi rutina de forma más intensa. Frecuentaba mis rincones, trataba a mi gente… y finalmente compartió mis costumbres, mis funestas costumbres. Primero fue una calada. Más tardes llegó la primera línea. Y finalmente también le dió al pico. Pero a él no parecía afectarle como al resto. Nada le dañaba, al menos no como a mi. Lo único en que salía perdiendo era en el dinero que se marchaba incluso antes de entrar.

Pasamos tiempos difíciles, durmiendo en los parques, comiendo de la basura, huyendo de la policía. Pero nunca se separó de mi. Por mi parte, yo me había vuelto dependiente de él, hasta el punto que ya no concebía mi existencia en su ausencia.

Entonces se me ocurrió el magnífico plan de obtener dinero de forma fácil. Mis habituales prácticas de tirar del bolso no nos proporcionaban el dinero suficiente. Así que decidí ir más allá. Los dos entramos en una sucursal durante la hora punta. Lógicamente, estaba abarrotada de gente, pero aquello no me paró. Él sólo me seguía, como hacía siempre. Me acerqué al mostrador más próximo y agarré a la cajera de la blusa. Cuando se percató de lo que ocurría, ya tenía mi navaja puesta en su garganta. El resto fue evidente. La gente huyó despavorida mientras los demás trabajadores intentaban persuadirme de mis intenciones. Pero yo no prestaba oídos a nadie. Sólo quería lo que había venido a buscar, el dinero.

Como era lógico, la exigua minuciosidad que puse en aquel plan me evitó prever la presencia del guardia jurado. Éste, por su parte, se comportó como el vaquero que era y no dudó en extraer su arma para apuntarme. Me lanzó varias órdenes entre gritos, mientras me exigía que soltara mi navaja. Cuando quedó patente que no iba a hacerle caso, se produjo el hecho que lo cambió todo.

El muy gilipollas apretó el gatillo, pero ni si quiera entonces le presté atención. Sólo cuando el cuerpo de alguien se desplomó sobre mí, perdí un efímero segundo en desviar la atención de mi presa. Allí en el suelo, cubierto por aquel asqueroso líquido que me repugnaba, yacía Erz, totalmente inmóvil. En aquella ocasión no me desmayé ante la visión del fluido rojo. Y supe que lo único que me mantuvo despierta fue verle a él sin vida. Entonces, solté el cuchillo y me abalancé sobre su pecho, pero él ya se había marchado.

La decisión fue fácil de tomar entonces. Sé que nunca lo habría hecho por mí, sino que fue él el que me hizo tomarla después de aquello.

Han pasado seis años desde aquello. He vuelto a pisar la calle después de mi encarcelamiento, y lo primero que he hecho es acudir al cementerio para ver su tumba. Le traigo dos obsequios. Más bien un recuerdo y un presente. El futuro ya vendrá, pero sin él.

Cuando entró en mi vida, produjo un cambio del que nunca me percaté hasta aquel día. Eso fue el detonante. Ahora tengo un trabajo de mierda, de limpiadora, que me dará para ir tirando. Cosas del sistema de reinserción. Es el primer paso de mi nuevo camino. Espero no volver atrás. Debo hacerlo por él, por su sacrificio.

Siempre me decía lo mismo. Pero se marchó para que yo lo entendiera. Por eso ahora lo pone en su lápida, para recordármelo cada vez que necesito verle de nuevo.

• • •

Rafael esperó a que la mujer se marchara. Cuando lo hizo, se acercó a la tumba. Allí, sobre la lápida, una rosa negra y una punta de bala aplastada, descansaban junto a la inscripción que había cincelada en ella:

En las cenizas del fracaso está la sabiduría.

El hombre sólo le prestó atención un segundo.

-Fue tu decisión, Gabriel. Al final, conseguiste lo que querías. Sacrificar tu eternidad. Espero que el amor haya valido la pena.

• • •

Tributo a Amaral.





La decisión de su (mi) vida

8 09 2016

La primera vez que lo vi fue una noche de las ya tan habituales en mi vida. Me encontraba en el garito que solía frecuentar cuando todo se torció. La policía llegó a los pocos minutos y entró allí con ganas de bronca. Después de todo, estaban habituados a los problemas que causábamos. Todo acabó como las otras veces. La mayoría de los presentes consiguió escapar, pero yo, debido a mi estado, fui detenida y metida en un coche patrulla. Y entonces hizo su aparición él, de igual forma que hace el sol mientras amanece tras una noche de fuerte tormenta, tímidamente, casi con temor, pero seguro de lo que quería hacer. Estuvo hablando con el agente durante un buen rato. Yo no pude oír lo que decían, no me encontraba en condiciones para ello. Pero sí me percaté de que hablaron de mi. Cuando terminaron, él se quedó mirando como el vehículo se marchaba conmigo dentro, mientras yo perdía su figura en la lejanía y las brumas de mi mermado entendimiento me impedían fijar su recuerdo.

La segunda vez fue a la mañana siguiente, pero yo ya me había olvidado de él. Pasé el resto de la noche en el calabozo, un lugar que se había convertido en mi segundo hogar de un tiempo a esta parte. Cuando llegó la mañana, uno de los agentes abrió mi celda y me informó que estaba libre y que alguien había pagado mi fianza. Aunque no recordaba por qué estaba allí, casi con seguridad por lo de siempre, sí estaba segura que ninguno de los otros habría hecho aquel esfuerzo por apiadarse de mi, así que me extrañé ante aquella revelación.

Al salir de la comisaría él estaba esperándome. Era alto y delgado, no muy musculoso, pero fibroso, como denotaban sus brazos. Su rostro era de una belleza sutil, sin ser realmente atractivo. Su cabello era de un tono pajizo, y sus cejas rubias enmarcaban unos ojos azules como el cielo límpido de aquella mañana, pero con iridiscencias grises, como la tormenta pasada. Llevaba unos vaqueros y una camiseta negra con un símbolo extraño dibujado mediante palabras en otro lenguaje. Me resultó familiar, pero no conseguí ubicarlo; quizás lo hubiera visto en televisión o en algún escaparate. El símbolo, no la persona.

Cuando se percató de mi presencia, todo su cuerpo se tensó. Levantó su mano derecha a modo de saludo, pero lo hizo con timidez. Me quedé mirándolo unos segundo más, intentando ubicarlo en mi memoria, pero no pude hacerlo. Así que hice lo que mejor sabía hacer: huir. Giré mi cuerpo en dirección contraria y me encaminé hacia cualquier lugar, lejos de aquel extraño. Cuando me percaté de que me seguía, aceleré mi paso hasta el punto de ponerme a correr por la acera mientras esquivaba a los transeúntes. Pero cometí el error de mirar hacia atrás para comprobar cuánta ventaja le sacaba. Aquello, pero sobre todo mi estado físico, provocó que perdiera la referencia mientras corría y acabé chocando con una farola.

Endolorida y en el suelo, mostraba una imagen pésima. Pero al extraño no le importó, sino que incrementó su velocidad cuando me vio caer. No sé si fue por verme atrapada ya o porque realmente estaba preocupado ante el incidente. La cuestión es que me alcanzó.

-¿Estás bien? -preguntó en un susurro, pero su voz sonó con un timbre musical.

Aparté bruscamente su brazo cuando intentó ayudarme a levantar. Ante aquel gesto, él retrocedió un único paso, pero no se marchó. La gente miraba la escena con indiferencia, sólo unos pocos mostraban algo de interés, aunque era más por curiosear que por otra cosa.

-¡Déjame! -le increpé mientras llevaba mi mano derecha a la frente. Un dolor atroz laceraba mi cabeza e intenté calmarlo con aquel gesto.

-Estás sangrando -me indicó en cuando retiré la mano. Y era verdad. Mis dedos estaban cubiertos por aquel líquido rojizo que tantas nauseas me producía.

Sufrí un vahído ante su visión que a punto estuvo de enviarme de nuevo al suelo, pero el extraño se movió con una increíble rapidez y evitó otra caída por mi parte. Mientras estaba en sus brazos, posó su mano sobre la herida, y una extraña sensación de calidez y bienestar me invadió desde la zona de contacto hasta el resto del cuerpo.

Conseguí llegar a un banco con su ayuda, donde me senté para recuperarme. Él hizo lo propio, situándose a mi lado. Me negaba a mirarlo por miedo a que fuera algún trastornado y no quería avivar su locura, pero tras su contacto, un bienestar extraño me incitaba a saber más de él.

-Gracias -conseguí balbucear. Él simplemente sonrió-. Por todo -añadí pasados unos segundos-. Porque supongo que has sido tú quien ha pagado mi fianza -pero no estaba segura de sentir verdadera gratitud. Simplemente había hablado por romper el incómodo silencio que se había adueñado de los dos.

-No es nada…

No le dejé terminar.

-¿Por qué lo has hecho? -aquello era más una recriminación que una pregunta, pero él no pareció darse cuenta, o si lo hizo, no le importó.

No contestó, sino que se quedó con la mirada fija en algún punto indeterminado frente a él. Aquello me exhortaba a mantenerme en mi pensamiento inicial. Aquel hombre parecía un loco, pero sentía un impedimento a apartarme de él ahora.

-¿Quieres comer algo? -dijo pasados unos segundos, sin mover su rostro del lugar donde tuviera fijos los ojos-. Necesitas reponer fuerzas. Y seguro que después de lo que has pasado, tienes hambre.

Abrí la boca para rechazar su invitación, todavía temerosa de él, pero entonces mis tripas me traicionaron de forma malévola y emitieron un largo quejido.

-Tomaré eso como un sí -sentenció mientras ahora sí me miraba y sonreía.

Cuando me di cuenta, estaba siguiendo sus pasos hacia donde me estuviera llevando. Había caído en su trampa. Una trampa que le salpicó a él mismo.

Después de aquel desayuno, llegaron otros muchos. A veces igual a aquel primero, con paso previo por el cuartelillo incluido. Otras, algo más calmado. Pero aquellos encuentros fueron el principio de algo que nunca hubiese imaginado que ocurriera.

Erz, como así le gustaba que le llamaran, consiguió entrar en mi vida a hurtadillas, aunque yo nunca entendí por qué. Y esa fue su perdición. Mi vida no valía nada. Yo misma no valía nada. Mis excesos y mis vicios me convertían en una persona difícil de tratar y de entender. Pero a él no le importaba. Su vicio era yo, fuera lo que fuera que le extasiara de mi.

Con el paso del tiempo, él se integró en mi rutina de forma más intensa. Frecuentaba mis rincones, trataba a mi gente… pero nunca compartió mis vicios, al menos no como yo. Él estaba siempre a mi lado, recogiéndome en mis caida, levantándome, cosa que yo hacía muy seguido. Pero no parecía importarle. Lo único en que salía perdiendo era en el dinero que se marchaba incluso antes de entrar.

Pasamos tiempos difíciles, durmiendo en los parques, comiendo de la basura, huyendo de la policía. Pero nunca se separó de mi. Por mi parte, yo me había vuelto dependiente de él, hasta el punto que ya no concebía mi existencia en su ausencia.

Entonces se me ocurrió el magnífico plan de obtener dinero de forma fácil. Mis habituales prácticas de tirar del bolso no nos proporcionaban el dinero suficiente. Así que decidí ir más allá. Los dos entramos en una sucursal durante la hora punta. Lógicamente, estaba abarrotada de gente, pero aquello no me paró. Él sólo me seguía, como hacía siempre. Me acerqué al mostrador más próximo y agarré a la cajera de la blusa. Cuando se percató de lo que ocurría, ya tenía mi navaja puesta en su garganta. El resto fue evidente. La gente huyó despavorida mientras los demás trabajadores intentaban persuadirme de mis intenciones. Pero yo no prestaba oídos a nadie. Sólo quería lo que había venido a buscar, el dinero.

Como era lógico, la exigua minuciosidad que puse en aquel plan me evitó prever la presencia del guardia jurado. Éste, por su parte, se comportó como el vaquero que era y no dudó en extraer su arma para apuntarme. Me lanzó varias órdenes entre gritos, mientras me exigía que soltara mi navaja. Cuando quedó patente que no iba a hacerle caso, se produjo el hecho que lo cambió todo.

El muy gilipollas apretó el gatillo, pero ni si quiera entonces le presté atención. Sólo cuando el cuerpo de alguien se desplomó sobre mí, perdí un efímero segundo en desviar la atención de mi presa. Allí en el suelo, cubierto por aquel asqueroso líquido que me repugnaba, yacía Erz, totalmente inmóvil. En aquella ocasión no me desmayé ante la visión del fluido rojo. Y supe que lo único que me mantuvo despierta fue verle a él sin vida. Entonces, solté el cuchillo y me abalancé sobre su pecho, pero él ya se había marchado.

La decisión fue fácil de tomar entonces. Sé que nunca lo habría hecho por mí, sino que fue él el que me hizo tomarla después de aquello.

Han pasado seis años desde aquello. He vuelto a pisar la calle después de mi encarcelamiento, y lo primero que he hecho es acudir al cementerio para ver su tumba. Le traigo dos obsequios. Más bien un recuerdo y un presente. El futuro ya vendrá, pero sin él.

Cuando entró en mi vida, produjo un cambio del que nunca me percaté hasta aquel día. Eso fue el detonante. Ahora tengo un trabajo de mierda, de limpiadora, que me dará para ir tirando. Cosas del sistema de reinserción. Es el primer paso de mi nuevo camino. Espero no volver atrás. Debo hacerlo por él, por su sacrificio.

Siempre me decía lo mismo. Pero se marchó para que yo lo entendiera. Por eso ahora lo pone en su lápida, para recordármelo cada vez que necesito verle de nuevo.

• • •

Rafael esperó a que la mujer se marchara. Cuando lo hizo, se acercó a la tumba. Allí, sobre la lápida, una rosa negra y una punta de bala aplastada, descansaban junto a la inscripción que había cincelada en ella:

“En las cenizas del fracaso está la sabiduría”

El hombre sólo le prestó atención un segundo.

-Fue tu decisión, Gabriel. Al final, conseguiste lo que querías. Sacrificar tu eternidad. Espero que el amor haya valido la pena.

• • •

Tributo a Amaral.





Foscor

22 02 2016

La nit estava avançada. La foscor oprimia el lloc. El vent engrunsava branques i fulles, produint un so molest. La jove s’acostà a la vora del riu. Es demorà uns segons, quieta, observant l’objecte que hi havia en la seua mà. Un anell, llis, d’or, sense adorn o disseny decoratiu. Era un regal d’algú que ja no importava. Una forta ràfega feu que els cabells se l’arremolinaren. L’aire era fred. La jove s’abrigà entre les vestidures. Llançà el braç cap arrere i l’estengué cap avant. La joia eixí despedida de la seua mà i solcà l’aire cap al centre de les aigües. Quan impactà en elles, es tornaren negres. Ho percebé inclús amb la negror del bosc. Esta es fou estenent a la resta del riu. Quan els marges començaren a enfosquir-se, la jove començà a preocupar-se. Però no podia moure’s. La foscor arribà als seus peus. S’enfilà per les cames, per la cintura. Intentà cridar, però la veu se li trencà com si fora un vidre. Cap so sorgí de la seua gola. La negror arribà al coll i l’emboicà de la mateixa manera que a la resta del cos. Quan invadí el seu rostre, la seua veu a la fi pogué llançar un alarit de pànic. Però ningú allí l’escoltà…





Tarde de té

24 10 2015

Capítulo uno: él.

Andaba apresurado entre el gentío. Su premura se debía a que el autobús había tardado más de lo habitual en realizar su recorrido. A aquellas horas, muchas personas volvían a casa después del trabajo y la mayoría de ellos lo hacía con sus vehículos particulares. No obstante, aquella tarde las calles también estaban abarrotadas de gente, a pesar del frío que hacía en la ciudad. La mortecina luz de las farolas, con su tonalidad incandescente, daba un aspecto de estampa navideña al lugar.

Esquivó a una pareja que caminaba sin rumbo aparente, cogidos de la mano, y se introdujo en el Carrer del Micalet. A su derecha quedó la Puerta de los Hierros y el campanario que daba nombre a la calle. Como siempre, aquel pequeño callejón también estaba concurrido de viandantes. Cuando entró en la Plaça de la Verge, ésta mostraba la misma imagen de abarrotamiento. Pero el hombre no le prestó ninguna atención al lugar.

Sus piernas se dirigieron hacia su izquierda. Subieron los pocos peldaños que circundaban aquella parte de la plaza y se encaró hacia el edificio más inmediato. Allí, en uno de los bajos de la finca, una pequeña tetería regentaba el local comercial. Por fortuna para el hombre, en la terraza todavía quedaba una mesa libre, la suya. Con premura, se abalanzó sobre ella y se sentó en una de las sillas de mimbre.

Algo jadeante por el esfuerzo de su prisa, extrajo el móvil de su bolsillo. Tras encenderlo pudo comprobar en la pantalla que todavía faltaba un par de minutos para que fueran las siete de la tarde. Suspiró aliviado, pues aún no había llegado la hora que tanto esperaba.

A los pocos segundos, un camarero le tomó nota de su pedido. Aquella tarde le apetecía algo fuerte, así que pidió un té negro con frutos del bosque. Para endulzarlo eligió miel de espliego. La mezcla era atrevida y denotaba un choque de características que parecían no encajar a priori. El té negro tenía un sabor potente, más que sus hermanos de otros colores. El nivel de oxidación de sus componentes le conferían esta característica. Además, su contenido en teína era mayor. Por contra, la miel de espliego tenía virtudes relajantes, lo cual contrarrestaría los efectos de la teína.

El camarero volvió enseguida y dejó lo que traía entre manos en la mesa, una pequeña tetera con humeante té caliente, una taza a juego y un tarrito de miel acompañado de un dispensador de madera. Ya solo, el hombre vertió el té en la taza de porcelana y la rodeó con sus manos, disfrutando así del calor que todavía desprendía la bebida. En la calle hacía frío, por lo que aquel gesto le reconfortó unos segundos. Acto seguido, acercó el tazón a su nariz y olfateó el aroma que desprendía el té. La mezcla de frutas del bosque le daba un olor dulzón, además de un color morado oscuro. Después de dejar la taza en la mesa, se acercó el tarrito de miel y con el dispensador, vertió tres cucharadas del espeso líquido nacarado. Le gustaba dulce, por lo que no tuvo reparo en añadir tanta miel.

Y así, con su bebida ya preparada y después de tomar un primer sorbo, se dispuso a contemplar la plaza. La misma luz anaranjada que le había acompañado en su viaje hasta allí, inundaba también todo el perímetro del lugar. Incluso la fuente que se encontraba a su izquierda estaba iluminada con el mismo tono. Muchos eran los visitantes que venían a disfrutar de ella, pero pocos conocían el significado de tan hermosa escultura. En ella se podía ver a una figura varonil en posición sedente, completamente de bronce. La figura representaba al río Turia, que en el pasado había dividido con sus aguas en dos la ciudad. Estaba asentado sobre un pedestal de mármol y en una de sus manos sostenía el cuerno de Amaltea, del que desbordaban los frutos de la huerta valenciana. A su alrededor, también sobre pedestales, se encontraban ocho figuras femeninas de bronce. Eran jóvenes desnudas, peinadas al estilo de las antiguas labradoras valencianas. Estas ocho estatuas representaban a las ocho acequias que obtenían su agua del río. Ahora, igual que cualquier otro día, diversas personas se tomaban fotografía sentados en ella.

Pero la plaza tenía otros atractivos. Frente a él estaba ubicada la Basílica de la Virgen de los Desamparados, patrona de todos los valencianos. Justo a la derecha de ésta, separada por un estrecho callejón, se encontraba la Catedral de Santa María, con su impresionante campanario, el Miguelete, sobresaliendo por encima de todos los tejados de los edificios del lugar. En frente de la catedral, la sed del Tribunal de las Aguas, un antiguo tribunal que databa de muchos siglos atrás, y que discernía todas las disputas relacionadas con las aguas de la huerta valenciana, precisamente, las que pertenecían a las ocho acequias representadas por la fuente. Y atrás suyo de donde él estaba sentado, estaba el edificio del Palacio de la Generalitat.

Pero todo aquello dejó de tener sentido cuando ella apareció. Lo hizo por la callejuela que separaba la Basílica de la Catedral. Su andar era pausado, rítmico, carente de premura. El hombre se quedó embelesado mientras la observaba, pero a la vez disimulaba sus gestos para evitar que le sorprendiera. Descubrió que la mujer vestía una blusa blanca bajo la ropa de abrigo. La prenda hacía juego con la falda que envolvía sus piernas.

Cada tarde desde hacía un tiempo, el hombre se acercaba hasta aquella pequeña tetería para esperar ver llegar a la mujer. Y desde su asiento en la terraza la contemplaba con adoración, como si se tratase de la misma Virgen que los valencianos adoraban. Pero su atrevimiento terminaba ahí, pues nunca encontraba el valor para acercarse a ella.

Cuando la mujer se aproximó a su mesa, volvió el gesto para evitar que sus miradas se cruzaran. En el fondo sabía que aquello no ocurría jamás, ya que ella nunca parecía percatarse de su presencia. Aspiró su perfume cuando pasó al lado suyo. Olía de forma dulzona, a flores frescas. Cuando por fin se alejó, se atrevió de nuevo a mirarla. Lo hizo en el preciso momento en que giraba por la esquina de la calle Caballeros. Por un instante, le pareció vislumbrar una fugaz mirada. Pero enseguida desechó aquella idea.

Ya nada le retenía en aquel lugar. No obstante, mañana todavía sería viernes, así que volvería de nuevo allí, para contemplarla otra vez. Apuró su taza de té y se levantó, dispuesto a marcharse, con la vana esperanza de encontrar el valor necesario la próxima vez.

Capítulo dos: ella.

Estaba cansada, la jornada había sido complicada en la oficina y por un momento se sintió tentada de quedarse hasta más tarde para terminar la faena. Pero al final decidió marcharse, en el fondo no quería pasar más tiempo allí.

Ahora caminaba por el Carrer del Palau. A su izquierda quedaba el Palacio Arzobispal, con su imponente fachada de ladrillo rojo. Aquí y allí podían observarse diseños en piedra caliza que enmarcaban el ladrillo visto. Parecían pequeñas pinceladas que rompían la monotonía del color predominante del edificio.

Sus pasos la llevaron hacia la Plaça de l’Almoina, un punto clave en el pasado de la ciudad. Estuvo regentada por el foro romano durante aquel periodo histórico. Más tarde contuvo las primeras iglesias de los diferentes reinos que ocuparon la ciudad. Ahora, era una plaza restaurada bajo la que se encontraba un importante yacimiento arqueológico. Además, muchos viandantes la cruzaban en dirección a donde les llevaran sus andares. También podía observarse a un músico callejero que tocaba su violín. El instrumento estaba algo desvencijado y parecía haber vivido tiempos mejores. Pero las notas de música que el artista extraía de sus cuerdas, conferían una estampa idílica al lugar. Aquel efecto estaba acompañado por la mortecina luz anaranjada de las farolas.

La mujer se detuvo unos segundos a disfrutar de la música. El hombre, un anciano ya, tocaba con maestría, de forma pausada, tomándose su tiempo en cada nota. La pieza era triste y melancólica, y la mujer se estremeció al escucharla. Al cabo de un para de minutos, el anciano alargó el arco, haciendo que el instrumento emitiera una larga nota, finalizando así su interpretación. Muchas personas fueron las que después de aquello se acercaron a depositar unas pocas monedas en el estuche que descansaba en el suelo, frente a él. La mujer hizo lo mismo, mientras le sonreía. Después de aquello, se marchó.

Antes de ponerse en marcha, se adecentó un poco la ropa. Lo hizo de forma nerviosa, por lo que tuvo que repetir el gesto varias veces. Después de todo, pronto llegaría el motivo por el que había decidido dejar pendiente su trabajo para el día siguiente. Se alisó la falda, reubicó el cuello de la blusa que llevaba esa tarde y se ajustó la chaqueta sobre su figura. Acto seguido, extrajo de su bolso un pequeño frasco de perfume y se roció unas pocas gotas. Cuando consideró que ya estaba aseada, reanudó su marcha.

Giró hacia la izquierda y enfiló el pequeño callejón que separaba la Catedral de la Basílica. Gastó un efímero segundo en recordar sus pasos por aquella misma callejuela durante su niñez, cuando fue fallera e iba a llevar flores a la Virgen, durante la Ofrena. Igual que entonces, su caminar se vió acompañado de un nerviosismo creciente, una sensación que no le permitió dirigir su atención hacia su principal interés en aquel momento. Por contra, se recreó en el paisaje urbano de la plaza en la que ahora entraba, y que en su recuerdo estaba coronado por el enorme cadafal de madera que formaba la figura de la Virgen. Aquí también la gente abarrotaba el lugar, algunos de vuelta a casa después del trabajo, buscando tan merecido descanso, y otros disfrutando de su tiempo de ocio. Siempre le había llamado la atención la fuente que regentaba el lugar. Conocía su historia y su simbología, y le parecía un monumento muy acertado para homenajear a la mayor fuente de vida de la ciudad, el Río Turia.

Pero al final tuvo que armarse de valor y dirigió su mirada hacia la pequeña tetería que había unos metros más al fondo. Su corazón empezó a palpitar con fuerza y el pulso se le aceleró. Él estaba allí, como cada tarde. Su aspecto era el mismo de siempre, impecable y sereno. Iba ataviado con una sencilla gabardina que lo protegía de la helor que imperaba a aquellas horas de la tarde. Como cada vez que se cruzaba con él, disfrutaba de un té caliente que sorbía con pausa.

Se dirigió hacia aquella zona, cruzando toda la plaza e intentando que sus pasos parecieran tranquilos. Y justo en aquel momento, el hombre lanzó su mirada hacia donde se encontraba ella. La mujer, por contra, apartó la suya con premura, intentando disimular su anterior gesto de observación. Deseó que no descubriera en ella la rojez que se estaba adueñando de su semblante.

Justo cuando se acercó hasta él, el hombre volvió su cabeza, de nuevo prestando toda su atención al té. Ella subió los pocos escalones que había en aquella parte de la plaza y pasó al lado de la mesa en la que estaba sentado. Un ligero aroma afrutado penetró por sus fosas nasales. Después, unas reminiscencias florares, de lavanda o espliego, sustituyeron a la fragancia de frutas del bosque inicial. La mezcla le agradó y tomó nota mental de ella para probarla en un futuro.

Pero el instante mágico pasó en seguida y la mujer dejó atrás al hombre. Todas las tardes, él estaba sentado en la misma mesa y se tomaba un té caliente. Desde que lo vio por primera vez, una sensación extraña embriagó su corazón, provocando que ella adecuara su rutina para cruzarse con él todas las tardes. Pero estaba segura que el hombre nunca se percataba de su presencia. A veces se sentía tentada a pararse y preguntarle algo, cualquier cosa, por el simple hecho de iniciar una conversación que posibilitase una relación, de la índole que fuera, entre ellos. Pero siempre desechaba la idea, temerosa de una negativa por su parte.

Llegaba ya a la esquina de la Calle Caballeros cuando se atrevió a girar la cabeza una última vez. Durante un efímero instante, creyó descubrir que el hombre la contemplaba. Pero la imagen escapó de su campo visual cuando torció el edificio. Suspiró, más para calmarse que por otra cosa. Pero aquel gesto denotaba muchos sentimientos a la vez.

Ya pasado su anhelo, sus pasos se tornaron más rápidos. Mañana sería viernes, así que volvería a cruzarse con el hombre, como cada tarde.





Concurso de fotografía de la ACAA

10 09 2015

La fotografía que podéis ver abajo ha sido galardonada con el tercer premio en el concurso de fotografía digital de la Asociación Cultural Amigos de Alpuente, sobre arquitectura rural de la Comunidad Valenciana.

Foto 3





eutanasIA

31 08 2015

El pitido del despertador la sustrajo de su profundo sueño de forma abrupta. Cuando por fin consiguió abrir los ojos y volver al mundo real, su cuerpo todavía se sentía cansado. Y no porque no hubiera dormido lo suficiente. No, de hecho aquella mañana había pasado más tiempo del habitual entre las sábanas. Sino porque el periodo de descanso no había sido eso. Sus remordimientos y conciencia habían evitado reparar su físico y su mente. Sobre todo después del acto que había tenido lugar aquella misma noche. Por eso mismo, no estaba contenta con lo que se vería obligada a hacer en unas horas.

El espejo del baño le devolvió un rostro que no reconoció. Sus azules ojos estaban enmarcados por unas sombras oscuras, consecuencia de su mal dormir. Además, tenía el pelo alborotado y sus rizos de color azabache se habían enredado unos con otros. Apartó la mirada de su propio reflejo e intentó adecentar un poco su cara. Después de aquella rutina de acicalamiento, su imagen exterior lucía mejor. Pero su aspecto interior, sus sentimientos, seguían oprimiéndole el corazón.

Bajó al piso de abajo, donde ella ya se encontraba.

-Es la hora -le dijo, dispuesta a acabar cuanto antes con ello, aunque realmente no lo quisiera.

No pudo aguantarle la mirada, no con todo lo que iba a ocurrir. Los ojos que la observaban eran igual de azules a los suyos. En realidad se parecían mucho físicamente. Sólo el rubio cabello de la otra marcaba una firme diferencia entre las dos.

-No -sentenció la otra-. Primero debemos desayunar. Todavía tenemos tiempo para esto -y le lanzó una sonrisa con sus labios.

Natalia no tuvo valor para negarle aquella pequeña rebeldía. Así que cedió ante el chantaje al que su compañera le estaba sometiendo. Ella le había preparado un suculento almuerzo a base de fruta, tostadas con miel y un café con leche. En realidad no tenía apetito, no con todo lo que le esperaba, pero por consideración a Beatriz hizo el esfuerzo por acabárselo por completo.

Después de aquello, las dos recogieron sus cosas y salieron de la casa. La mañana había amanecido gris y el cielo estaba encapotado, completamente cubierto por nubes. Ningún resquicio de azul escapaba al cautiverio del temporal. Parecía que el día tampoco estuviese contento con lo que iba a suceder. Unos segundos después, las primeras gotas de lluvia hicieron aparición. Su repiqueteo en el techado produjo un sonido rítmico que hipnotizó a Natalia mientras esperaba a que la otra la alcanzara. Aquella sensación la transportó a un tiempo pasado, no muy lejano en realidad, en el que Beatriz y ella se confesaban confidencias en ese mismo cobertizo. Y con aquel primer recuerdo, un torrente de imágenes inundó su memoria de reminiscencias de su pasado con ella.

Pero los recuerdos añadieron más pesadumbre sobre su ser. Aquellos momentos que habían sido alegres y felices no consiguieron contagiarle de bienestar, sino que la sumieron todavía más en su culpa.

Beatriz la alcanzó a los pocos segundos. Estaba perfecta, como siempre. Incluso en aquel momento su aspecto era reluciente y, ni lo oscuro del día ni la importancia de la situación, ocultaban su belleza.

Las dos se miraron unos segundos. El azul de sus respectivos ojos se reflejaba en la mirada de la otra. Natalia fue la primera en apartar su cara. Beatriz era más fuerte. Entendía las razones de lo que iba a suceder y lo tenía bien asumido, pero veía en el rostro de Natalia el sufrimiento que padecía por todo aquello, y sólo había intentado darle fuerzas. Pero no resultó.

-Vamos -sentenció-. No podemos hacerles esperar, o se pondrán en lo peor.

Beatriz asintió, y su rubia melena lanzó destellos que, por un momento, iluminaron el inmediato entorno que las rodeaba.

Las dos subieron en el coche que había aparcado frente a la vivienda. El vehículo las saludó con su voz monótona y artificial. A Natalia no le apetecía conducir aquella mañana, por lo que activó el modo de conducción automática e introdujo el destino en el panel de mando. El automóvil se puso en marcha cuando finalizó con la operación. Mientras, en su regazo descansaba una pequeña tablet con todo el protocolo que debía seguir. Pero fue incapaz de leerlo una vez más. Aunque no era necesario, pues conocía cada paso a seguir. Por contra, su atención se dirigió hacia el paisaje que pasaba veloz a través de los cristales del coche. Su visión estaba empañada por la humedad y la lluvia, pero no por eso dejó de contemplar su entorno. Además, aquella imagen distorsionada de la realidad se adaptaba a la perfección con los sentimientos que inundaban su mente en aquel momento.

Beatriz iba al lado suyo, como siempre desde hacía un tiempo. Ella también contemplaba las calles. Le encantaba aquel lugar, aunque estuviera lloviendo como ahora, y cada vez que sus pasos la llevaban por nuevos caminos, sus azules ojos intentaban grabar en su memoria cada rincón de lo que percibían.

Ninguna habló durante el trayecto, aunque Beatriz lo intentó, pero no supo encontrar las palabras adecuadas que transmitir. Natalia, por su parte, no tuvo el valor de mirar ni una sola vez a la otra, y lo único que pudo hacer fue sumirse en sus miedos.

Finalmente, el coche se detuvo en una plaza de aparcamiento asignada para él. Ninguna se movió cuando el motor del vehículo se apagó y el ordenador de abordo indicó que habían llegado a su destino. Beatriz volvió a mirar a Natalia, esperando que ella reaccionara. Pero la mujer sólo contemplaba la fachada del edificio que tenía frente a sí. Cuando vio que no iba a salir de aquel ensimismamiento en el que se había sumido, puso su mano sobre la rodilla de la otra. Natalia movió levemente la cabeza, como sacada de un sueño, y su mirada se dirigió hacia la extremidad que reposaba en su regazo. La blancura de la piel de Beatriz contrastaba con su leve tono broncíneo. Los segundos fueron pasando mientras sus ojos se perdían en la epidermis de la otra, intentando encontrar el valor necesario, pero no lo consiguió.

-Es la hora, Natalia -sentenció Beatriz en un susurro. En todo el trayecto, la interpelada había perdido la poca resolución que había albergado en relación a aquello, y ahora se encontraba perdida.

Natalia torció el gesto hacia el origen de la voz y, de nuevo, sus ojos se encontraron con los de Beatriz. Bien mirado, sus tonalidades azules eran diferentes. Los iris de Natalia, aun siendo azules, poseían un matiz más agrisado, como un zafiro deslustrado por el paso del tiempo. Los de Beatriz, por contra, eran de un vivo color azul, una mezcla entre el azul del mar y el azul del cielo, y de vez en cuando se encontraban salpicados por pequeños puntitos de un azul más oscuro.

Natalia asintió al fin, pero no fue capaz de moverse.

-Vamos -dijo Beatriz y, acompañando su orden, abrió la puerta del coche. Cuando salió del vehículo, Natalia todavía no se había movido de su asiento. Así que giró alrededor del automóvil y abrió la puerta del conductor. Una vez lo hizo, extendió su brazo derecho, cediéndoselo a la otra mujer para que encontrara apoyo en él mientras la fuerza que necesitaba hacía acto de presencia.

Natalia aceptó su gesto y, cogiéndola de la mano, salió del coche. El roce con la piel de Beatriz produjo un estremecimiento en todo su ser, tanto en su cuerpo físico como en su parte subconsciente. Beatriz apretó su mano, cogiendo la de la otra con fuerza, cuando percibió el temblor de Natalia. Y así, consiguió que la mujer comenzara a andar.

Traspusieron las puertas de cristal del enorme edificio con sus manos todavía enlazadas. Una vez dentro del vestíbulo de la entrada, las dos mujeres se dirigieron hacia una puerta lateral. El hombre de seguridad que guardaba el acceso las reconoció al instante y, con una llave electrónica, les posibilitó la entrada a la zona privada.

Un largo pasillo, iluminado con una brillante luz blanca, les dio la bienvenida. Lo atravesaron todavía juntas, sin haberse soltado sus manos. Cuando llegaron al final del mismo, la pared del fondo se deslizó con un leve sonido de succión hacia uno de los lados, revelando un ascensor. Las dos mujeres entraron y una voz femenina carente de sentimiento les deseó los buenos días. Después, el mismo programa informático de voz les solicitó la planta de destino.

Durante unos segundos, ninguna de las dos respondió.

-Natalia -la conminó Beatriz mientras ejercía todavía mayor presión sobre la mano de su compañera-. Vamos.

La interpelada dio un respingo, como si la hubieran despertado de un sueño, y miró alrededor suyo. Cuando se topó con el rostro de Beatriz, la requirió de nuevo con su mirada.

-Planta trece -dijo al fin. Estuvo tentada de añadir un “por favor”, pero desestimó aquel pensamiento. Después de todo, no estaba dispuesta a ser cortés ante algo que no quería llevar a cabo.

El motor del ascensor produjo un leve chirrido y la caja en la que se encontraban empezó a descender hacia las profundidades que escondía el edificio bajo el suelo. Fue un trayecto de apenas unos pocos segundos. Pasado ese tiempo, el elevador redujo su velocidad hasta que, finalmente, se detuvo. La puerta se abrió y las dos mujeres salieron de él.

-Perfecto -dijo una voz masculina-. Ya estáis aquí.

-Hola, Doctor -saludó Beatriz.

-Hola, Bice -respondió el hombre-. ¿Todo en orden?

-Por supuesto, Doctor.

-Bien -continuó el-. Será mejor empezar cuanto antes.

Beatriz asintió y, tras aquel gesto, empezó a caminar. Pero Natalia no la soltó de la mano, por lo que la mujer obtuvo una leve resistencia en su avance. No se opuso a ella, sin embargo, pues la había esperado. Cuando se volvió para mirar a su compañera, comprobó que ella no estaba dispuesta a dejarla marchar.

-Natalia -empezó-, supiste desde el principio cuál sería el desenlace de todo esto.

La interpelada negó con la cabeza, dándole a entender que, aún sabiéndolo entonces, ahora no compartía su propósito inicial.

-Natalia -repitió la otra con una leve inflexión de su voz de reprimenda.

Aquel tono bastó para que ella bajara su rostro, vencida en su determinación. Beatriz se acercó hasta ella de nuevo y, con una pequeña inclinación de su cabeza, depositó un beso en su mejilla. Fue un efímero roce de labios contra piel, pero Natalia percibió un calor en el punto donde contactaron que no esperaba que fuera posible. Beatriz reanudó su marcha de nuevo y, entonces sí, Natalia soltó su mano, no sin antes dilatar el contacto físico todo lo que fue capaz. Beatriz se perdió por una de las muchas puertas que circundaban la habitación. Natalia, por su parte, contempló su partida con tal intensidad que parecía intentar retenerla sólo con su mirada.

El hombre, ya mayor y con la cabeza calva, se mantuvo al margen de toda aquella escena. En realidad, ni siquiera se apercibió de lo que había ocurrido entre las dos mujeres, centrada su atención en los papeles que cargaba en una de sus manos. Cuando terminó con su estudio, volvió a prestar atención a la mujer que quedaba allí.

-Vamos -la conminó-. Tú también debes prepararte -y comenzó a caminar.

Pero Natalia no lo siguió inmediatamente, sino que se quedó contemplando la puerta por la que había desaparecido Beatriz, deseando que apareciera por ella, de nuevo, en cualquier momento. Pero Beatriz no volvió, así que, roto su deseo, Natalia se fue tras los pasos del hombre.

-Aquí te dejo -le informó tras unos minutos de caminata-. Estaré en la sala de observación durante todo el procedimiento -y se marchó.

Natalia entró en la sala contigua, un pequeño vestuario equipado con todos los objetos necesarios para entrar en el laboratorio. Allí, comenzó a desvestirse y cambió sus ropajes de calle por las prendas homologadas para el trabajo que se realizaba en las instalaciones. Se tomó un tiempo innecesario en quitarse su ropa, y después, en plegarla a conciencia y guardarla en una de las taquillas. Seguidamente, extrajo el pijama de trabajo y lo desplegó con desgana. Mientras se lo ponía, ya había decidido cuál sería su siguiente paso.

Una vez ataviada con el uniforme, salió de la habitación por la puerta por la que había entrado y fue en pos del hombre que la había acompañado hacía un instante. Sabía que no se habría dirigido directamente a la sala de observación, sino que primero habría hecho una pequeña parada en su despacho. Efectivamente, cuando llegó allí oyó cómo alguien se movía dentro de la habitación.

Extendió la mano, que tembló mientras se movía, y cerro su puño sobre el picaporte. Al tacto estaba frio, y aquella sensación la tomó por sorpresa. Pero no se atrevió a girarlo inmediatamente. Permaneció unos segundos así, con el pomo entre sus dedos, incapaz de seguir adelante. Finalmente, lanzo un largo suspiro y giró el picaporte.

-No podemos hacerlo -dijo con determinación mientras entraba por la puerta. Pero aquel arrojo era ficticio-. Tiene que haber otra forma.

El hombre la miró, primero sorprendido por su presencia allí, pero recompuso su confusión inicial y tornó su rostro en un gesto paternalista.

-Natalia -y la interpelada supo lo que iba a decir a continuación-, no hay otra forma y lo sabes. Tú misma dictaste este procedimiento de actuación -aquella era la respuesta correcta, la única en realidad, la que sabía que oiría. Pero ahora, después de todo el tiempo, no estaba de acuerdo.

La mujer se tragó un sollozo que afloró a su garganta, impidiendo que llegara a sus azules y grisáceos ojos. Después de todo, no estaba dispuesta a mostrarse derrotada, no más al menos de lo que ya parecía.

-No tienes por qué hacerlo tú -le dijo como último intento de reconciliación-. De hecho, sabes que nunca estuve de acuerdo en que fueras tú la encargada. Si quieres… -continuó- designaré a cualquier otro…

-No -le cortó-. Es lo único que tengo claro ahora mismo. Se lo debo -pero aquellas tres últimas palabras sonaron en un leve susurro que sólo ella escuchó.

Después de aquello, agachó el rostro y se marchó de allí. Oyó cómo el hombre la llamaba, pero ella no tuvo valor para enfrentarse de nuevo a él. Aún así, él tampoco fue en su búsqueda. Sabía que había sido un acción fatua, pero no por eso se arrepentía de su intento, aunque no le sorprendió el desenlace del mismo. Un desenlace que era imposible evitar.

Puso distancia entre el despacho y ella, y volvió al pequeño vestuario. No le quedaba nada más que hacer allí. Después de todo, ya estaba cambiada. Sólo atravesar la otra puerta de la habitación. Así que se dirigió hacia ella. Junto al marco de la misma había un pequeño panel con un botón en el que ponía: “APRETAR PARA ENTRAR”. Así lo hizo Natalia. Un sonido característico se oyó cuando las puertas se abrieron. Era el paso de un pequeña corriente de aire desde la sala de ducha al vestuario. Todas las instalaciones del edificio estaban diseñadas de tal forma que los recintos que debían mantenerse estériles tuviesen una presión de aire superior a aquellos que no necesitaban esas condiciones. Así pues, el eco que había sentido indicaba que la ducha estaba a mayor presión que el vestuario.

Natalia entró en ella. Nada más poner su pie allí, notó cómo las suelas de su calzado de trabajo se adherían al material que inundaba el suelo. Aquello era un medida más de protección que evitaba que diferentes cuerpos extraños penetraran en el laboratorio, pues cualquier trozo de la estancia anterior que estuviera adherido a ellas, se pegaba en la alfombrilla especial. Una vez dentro y tras cerrarse la puerta de entrada, una fuerte lluvia de aire surgió de todas direcciones, bañando por completo a la mujer. Aquel mecanismo provocaba un efecto similar al de la alfombra, ya que soltaba las sustancias que estuvieran agarradas al vestuario o a la poca piel que quedaba a la vista. El aire enviaba los residuos hacia el suelo, que quedaban pegados a él. Los que no, eran expulsados de la pequeña habitación a los pocos segundos mediante otra corriente de aire, esta vez de succión. Por último, un escáner accionado por un ordenador, comprobó la carga estática del cuerpo de Natalia. Cuando finalizó con la tarea, lanzó una corriente de iones para contrarrestar la electricidad que ella albergaba como si fuera una batería.

Terminado todo el protocolo de limpieza, otra puerta diferente, situada frente a la de entrada, se abrió. De nuevo se oyó el característico sonido de succión que indicaba que la ducha estaba a menor presión que el laboratorio de destino, igual que había ocurrido antes, posibilitando el paso de otra corriente de aire desde dentro hacia fuera. Natalia la traspuso y se adentró en él.

El laboratorio parecía una sala de operaciones equipado con los aparatos tecnológicos más vanguardistas que se podían encontrar en aquel momento. Diversos ordenadores compartían el lugar con otros aparatos de diferentes características. Natalia conocía cada una de las funciones de todos ellos, pero ahora no se vería obligada a hacer uso de ninguno. Su tarea era más sencilla.

Se acercó a uno de los armarios que estaban dispuestos por las paredes del laboratorio, y lo abrió. Allí guardaban botes cuyo contenido correspondía a diferentes sueros. Cada uno de ellos estaba indicado para una necesidad diferente. En esta ocasión escogió uno de color azulado cristalino. La botella estaba etiquetada con las características de la disolución. La mujer no le prestó ninguna atención, puesto que ella había sido una de las investigadoras encargadas de su creación años atrás. Lo agitó durante unos segundos para comprobar su estabilidad y, cuando quedó satisfecha, lo llevó a una pequeña mesa que había junto a la cama gravitacional, en el centro de la sala.

Toda su actividad había sido llevada con lentitud, como si algo le impidiera actuar correctamente. Y en verdad así era, por lo que la desgana y el desaliento acompañó a sus movimientos. Un letargo emocional del que no conseguía librarse.

Allí, en la mesa de material había una pequeña pistola de inyección metálica. Natalia la cogió y manipuló diferentes partes, permitiendo así que el bote de suero encajara en el lugar exacto. Un pequeño clic sonó y le indicó que la minúscula botellita se había ensamblado correctamente. Finalizada aquella maniobra, depositó la pistola de nuevo en la mesa.

Natalia alzó el rostro hacía arriba. Allí, detrás de una cristalera, se encontraba su jefe, el anciano hombre del despacho, sentado en una de las butacas que circundaban la sala de observaciones. Aquel laboratorio era a la vez una zona de investigación y de aprendizaje. El resto de investigadores interesados, y que poseían la acreditación de seguridad necesaría, podían contemplar todo lo que ocurría en él gracias a un pequeño anfiteatro ubicado cerca del techo del laboratorio, que daba acceso visual al mismo a través de unos ventanales. Ahora, el Doctor y jefe del proyecto se encontraba en dicho anfiteatro, atento a todo el procedimiento.

Natalia buscó su rostro en un último intento desesperado por poner fin a aquello. El hombre, por su parte, aguantó su mirada unos pocos segundos, pero al final la apartó. Como excusa cobarde, simuló leer uno de los documentos que descansaba en su regazo. Natalia siguió mirándolo, pero él no volvió a forzar aquel contacto visual.

Vencido su conato, se dirigió hacia uno de los bancos de trabajo del laboratorio. Allí, accionó un minúsculo micrófono. Tragó saliva mientras se tomaba su tiempo en hablar. Cuando al fin lo hizo, su voz sonó apagada, pero las únicas cuatro palabras que pronunció sonaron con claridad:

-Traed a la paciente -ordenó.

A los pocos segundos, otra puerta se abrió y Beatriz entró por ella acompañada de dos subordinados.

El corazón de Natalia sufrió un vuelco cuando se encontró de nuevo con el rostro de ella. Y aunque Beatriz sonrió al verla otra vez, parecía una prisionera escoltada por dos carceleros. Llevaba puesto un traje rudimentario, también protocolario, que cubría su torso y sus muslos. Los brazos, sin embargo, y las piernas de rodillas para abajo, estaban desnudos.

-Hola, Natalia -la saludó.

La interpelada sintió una nueva punzada al escuchar su voz, pero fue capaz de contestar:

-Hola… -fue apenas un susurro, y no tuvo valor para pronunciar su nombre.

Beatriz extendió todavía más su sonrisa, pero Natalia no encontró la fuerza necesaria para responderle de igual forma.

Los dos acompañantes abandonaron el laboratorio. Entonces, Natalia indicó a Beatriz que se sentara en la mesa gravitacional. Ésta así lo hizo. Un generador de campos gravitatorios instalado en el suelo, permitió que la mujer adquiriera una postura similar a estar sentado en una silla. Pero en realidad, el cuerpo de Beatriz flotaba libre en el aire. Natalia se acercó a una pequeña pantalla de grafeno que había junto al generador y, con manos temblorosa, accionó diversos comandos. El cuerpo de Beatriz fue cambiando de posición a medida que el campo gravitacional reajustaba sus parámetros. Cuando la maniobra terminó, Beatriz se encontraba en posición horizontal, como si estuviera tumbada.

Natalia tomó la pistola de inyección de la mesa de material y la acercó al brazo derecho de su compañera. Pero, cuando le faltaba unos pocos centímetros para hacer contacto con su piel, ésta detuvo su avance. La mujer miró a Beatriz, a su rostro, a sus ojos. Ella todavía mantenía su sonrisa. Pero Natalia no sonreía. No podía hacerlo.

-Hazlo -le conminó.

Vencida y resignada, Natalia terminó de acercar la pistola al brazo de Beatriz.

-Sólo una cosa más -le dijo en el último segundo, mientras la sonrisa seguía instaurada en sus labios. Y, gesticulando en silencio con ellos, pronunció dos únicas palabras.

Ahora sí, Natalia no pudo aguantar más y de uno de sus ojos brotó una única lágrima que surcó su mejilla. Cuando la frágil gota saltó al vacío y se estrelló contra el suelo, Natalia contestó:

-Lo sé -y accionó el gatillo de la pistola, mientras cerraba sus ojos.

El suero pasó del bote al interior del cuerpo de Beatriz. Ella, por su parte, sólo percibió un ligero pinchazo. Pero, al cabo de unos segundos, la luz de sus ojos, siempre azules hasta entonces, se apagó.

Natalia contempló el cuerpo inerte de Beatriz, incapaz de moverse de su lado. Tiempo después, cuando el resto de personal llegó para cumplir con su trabajo, Natalia despertó del aturdimiento en el que se había envuelto.

Ahora Natalia se encontraba en la sala de observaciones. Aquello era parte de su trato consigo misma, pero, sobre todo, con Beatriz, aunque nunca lo llegaron a hablar en realidad. Asistiría a la intervención completa. Estaba sola, pues el anciano hombre se marchó en cuanto Natalia concluyó con su tarea.

Abajo, varias personas manipulaban el cuerpo sin vida de Beatriz. Ahora, ella se encontraba tumbada bocabajo. Una mujer abrió el top que llevaba puesto Beatriz y su espalda quedó al descubierto. Con mano de cirujano, apretó un punto en el centro de su columna y un pequeño panel emergió del interior de ella. La mujer pulsó varias veces en él y éste se cerró. Después de aquello, el campo gravitacional volvió a colocar el cuerpo de Beatriz en posición sentada. La mujer se dispuso detrás de Beatriz. Extendió sus brazos y, con sus manos, presionó sus sienes. La cima, la región parietal y la coronilla se soltaron del resto de la cabeza, dejando al descubierto el interior del cráneo. Allí podía observarse un extraño artefacto iridiscente con forma ovalada algo deformada. Aquello era el objeto de interés de los ingenieros robóticos.

Beatriz era el primer androide dotado de inteligencia artificial. Construido con una base esquelética robótica, sobre ella se habían generado una serie de órganos y tejidos biosintéticos que habían configurado el cuerpo de la mujer. Pero su cerebro era un amasijo de interconexiones entre nanorobots que pretendían simular un cerebro humano y sus complejidades.

El proyecto Biocuerpo Inteligente de Conciencia Existencial, conocido por sus siglas como BICE, era el primer intento humano por crear robots capaces de almacenar recuerdos, pensamientos, sensaciones y sentimientos, y actuar en base a un aprendizaje obtenidos de ellos. Un androide capaz de tomar conciencia de sí mismo. Y Beatriz se convirtió en el primer y único prototipo que existía hasta el momento. Los datos recogidos en su cerebro y que los ingenieros robóticos pretendían ahora estudiar, darían pie a una nueva comprensión sobre esta tecnología.

Natalia formaba parte del proyecto desde el principio. Ella había sido la encargada de crear el biocuerpo orgánico con novedosas técnicas de bioingeniería genética y médica. Cuando el director del proyecto la propuso como la persona encargada de interactuar con Bice, nombre que se le puso en reconocimiento al apelativo del proyecto, debido a que nadie mejor que ella conocía las necesidades de aquel biocuerpo, no esperaba que todo acabaría como al final había ocurrido. Pero ella aceptó en aquel momento y el androide se instaló en su casa.

Bice, o Beatriz como la había llamado Natalia por ser el nombre original del hipocorístico con el que compartía nombre, había resultado ser un ente tan parecido a los humanos que pronto comenzó a cogerle cariño. En algunos aspectos incluso, parecía más humana que los propios humanos. Con el tiempo, aquel sentimiento inicial se transformó en uno más potente, algo que nunca planeó que sucediera. Su recelo inicial a lo que sentía le había causado infinidad de problemas. Natalia se había enamorado de Beatriz, para quien ella era ahora una persona más y no un robot. Beatriz, por su parte, había aprendido también a amar, el sentimiento más complicado, fantástico, emocionante y absurdo de los que poseía la humanidad. Pero cuando las dos encontraron el valor para aceptarlo, todo cambió.

Ahora, Natalia recordaba cada uno de los momentos vividos en compañía de Beatriz, mientras observaba cómo los ingenieros manipulaban la carcasa sin vida en que se había convertido su pareja. Por su mente pasaba cada instante, cada situación con ella. Y en ningún otro momento de su vida fue tan feliz como cuando compartían sus vidas juntas. Su mente creó una especie de película con sus recuerdos que fue pasando lentamente por delante de sus azules ojos. Así transcurrió su estancia en la sala de observaciones, rememorando los momentos más dichosos con Beatriz, todos y cada uno de ellos.

Hasta que llegó a la última noche, un tiempo que parecía ya lejano pero que en realidad había ocurrido hacía apenas unas horas antes. Beatriz y ella habían mantenido una charla larga. Natalia le había revelado su reticencia a seguir con el proyecto. Incluso le confesó un plan que había ideado para escapar de allí las dos juntas. Pero Beatriz era más humana que los propios humanos, y su sentido del honor y el deber era tal que nunca podría hacer lo que ella le proponía. Beatriz conocía su destino desde el principio y, ni todos los placeres que había experimentado ni el ingenuo e inocente sentimiento de amor que experimentaba por Natalia, impedirían que ella cumpliese con el cometido para el que había sido creada.

Pero Natalia no se resignó a no convencerla. Intentó por todos sus medios hacerla cambiar de parecer. Cuando Beatriz comprendió que ella no pararía, decidió hacer lo que mejor sabía hacer: amar.

Se acercó a su compañera mientras ella estaba distraída, divagando sobre sus intenciones. Cuando estuvo junto a ella, rozó su brazo desnudo con su índice. El roce le produjo un instante efímero de placer, pero fue suficiente para encender su fuego interno. El de las dos en realidad. Natalia fue callando poco a poco. Las dos se miraron durante un instante. Cada una conocía los rasgos de la otra a la perfección. Pasado unos segundos, Beatriz se aproximó todavía más a Natalia. Sus rostros estaban uno frente al otro, casi tocándose. A la vez, ambas inclinaron sus cabezas, cada una hacia un lado, y se fundieron en un beso. Sus labios se rozaron lentamente primero. Pero conforme pasaba el tiempo, cada beso era más intenso que el anterior. Hasta que convirtieron aquella acción en un acto frenético.

Tras los besos pasaron a las caricias y los susurros. Las manos de una recorrían cada centímetro del cuerpo de la otra. Se movían con una sincronía de movimientos casi perfecta, ajenas al futuro. Y todo terminó como debía. Natalia y Beatriz consumaron sus actos de erotismo con sexo. A las dos les pareció la mejor forma de despedirse, tanto es así, que llegaron al clímax casi al unísono, como si fueran un solo ser.

Cuando Natalia terminó con aquel recuerdo, no pudo aguantar más. Se levantó repentinamente y salió de la sala de observaciones a toda velocidad. Sus pasos la llevaron a recorrer varios pasillos y a cruzar algunas puertas. Pero finalmente llegó a su destino. Allí, cedió a todos sus impulsos y vomitó su contenido estomacal en uno de los retretes. El desayuno de la mañana, el último que Beatriz le había preparado y que ella había ingerido por obligación, salió como si fuera una fuente por su boca, directo a la taza del inodoro. Desde el primer momento, su estómago mostró su desacuerdo por almacenar aquellos alimentos. Pero Natalia había hecho un esfuerzo. Ahora, con todo lo ocurrido y totalmente derrotada, no pudo aguantar más y evacuó los restos medio digeridos que le quedaban dentro. El resultado fue un sabor amargo que encajaba a la perfección con su estado de ánimo.

Natalia sufrió varias arcadas más. Después de aquello, se limpió los restos de babas de la cara con agua y se secó con un trozo de papel. El rostro que le devolvía el espejo del servicio no parecía el suyo. No conseguía reconocerse en aquella imagen. Y lo peor de todo es que no sabía si volvería a ser la misma algún día. Y fue en aquel momento, mientras contemplaba su reflejo en el cristal azogado, cuando rompió a llorar. Y lloró todo lo que no había llorado hasta entonces. Litros y litros de lágrimas manaron de sus ojos. Su rostro se vio totalmente inundado de la triste secreción que producían sus glándulas lacrimales. Y así pasó mucho tiempo, mientras se ahogaba en su pena.

Salió de allí pasadas unas horas, cuando sus ojos se secaron y fue capaz de encerrar de nuevo su tristeza. Ahora, sus pasos la llevaron de nuevo al laboratorio. No quedaba nadie allí ya, pues todo el trabajo había finalizado. Estaba a oscuras. Sin embargo, ella no encendió las luces. Aquella penumbra encajaba perfectamente con lo que sentía. Se acercó a la mesa gravitacional. Allí, el cuerpo de Beatriz estaba ahora tumbado bocarriba. Contempló su rostro una vez más. Estaba sereno, como dormido, pero ella sabía que era sólo una ilusión.

El suero que le había inyectado estaba compuesto de pequeños nanorobots cuya función era inhibir las conexiones sinápticas artificiales creadas por los correspondientes nanorobots que formaban su cerebro. Aquel efecto simulaba una muerte cerebral parecida a la de un humano, pero con una salvedad, preservaba totalmente intacto el cerebro de Beatriz. Así, los ingenieros robóticos podían obtener la información que precisaban de él.

Ahora, su cuerpo era una mera carcasa de tejido biosintético y esqueleto metálico que había albergado a Beatriz. Porque ella no era aquel amasijo de carne y metal que contemplaba, sino algo mucho más grande. Algo que hasta ahora Natalia no había logrado comprender. Se inclinó sobre ella y depositó sobre sus labios fríos un último beso. Tras aquel gesto, respondió a la última frase que le había dicho ella en un susurro justo antes morir:

-Yo también te quiero.

Cuando salió de allí, ya había tomado la decisión. Le llevó sólo unos minutos escribir el documento desde su ordenador personal en su casa vacía de alegría y que ella sola tendría que soportar a partir de ahora.

Lejos, en un despacho en el que Natalia había estado aquella misma mañana, una impresora comenzó a funcionar de forma remota. En unos segundos imprimió una sola hoja en la que figuraba su nombre completo y en la que decía que renunciaba a su puesto de trabajo en el proyecto BICE.

A partir de ahora, su cometido sería otro.